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domingo, 19 de julio de 2015

Santoral por Manuel Vicent

Santoral por Manuel Vicent








Hasta hace poco existía el santoral de frutas y verduras. El calendario del año, más allá de la meteorología, lo marcaban las cosechas y estas iban unidas a una virgen, a un santo, a cualquier festividad religiosa. De niño, cuando en el mes de mayo llevaba flores a María, sabía que al volver a casa habría fresas y cerezas en la mesa. El mes de junio estaba dedicado al Corazón de Jesús; en las estampas veía aquella víscera sagrada de color dorado llameando y esa imagen me llevaba a pensar en los nísperos y albaricoques, que tenían una forma parecida. Las brevas llegaban inexorablemente por San Juan, las ciruelas amarillas y los melocotones rosados por San Pedro, los melones y sandías por Santiago Apóstol, los higos napolitanos por san Roque Peregrino a mitad de agosto, la uva moscatel con las vírgenes de septiembre, las peras limoneras en octubre con La Milagrosa y las naranjas mandarinas por Todos los Santos. La Candelaria traía las primeras habas y alcachofas, los espárragos silvestres germinaban en los barrancos anunciando la resurrección de Cristo el domingo de Pascua, los tomates y pimientos eran inseparables de la canícula, como los nabos se daban en Adviento y las castañas abrían la Navidad. El tiempo podía traer lluvias salvajes y duras sequías, nieves y sirocos infernales, pero todo iba bien para el espíritu si el calendario obedecía imperturbable al santoral de frutas y verduras que marcaba los meses y los días. Hoy se asiste a la locura de las semillas trasgénicas, un fenómeno que también comparten la política, la economía, la religión, el arte, incluso el cuerpo humano. La aldea global no solo atañe a los mercados financieros; también se manifiesta en los puestos de frutas y verduras, donde puedes comprar toda clase de productos en cualquier día del año sin saber quien los ha manipulado. Me pregunto si hay que tener previamente un alma transgénica, cultivada bajo plásticos en un invernadero, para tragar con todo lo que te echan, lo mismo en frutas que en ideas, fuera de tiempo. Si ya no hay un valor seguro al que agarrarse ni un maestro al que seguir, tampoco es tan raro que campe por los mercados la bacteria E.coli con tantas frutas y hortalizas sin un santo al que acogerse, sin una virgen que las pruebe primero. Del diario El País

 


domingo, 10 de mayo de 2015

Qué vida, por Juan José Millás

Qué vida. Juan José Millás

 

Qué vida

 
Telefoneé a mi amiga Maruja y descolgó el jefe de seguridad de unos grandes almacenes. Mi amiga se había dejado el móvil en un probador. Llamé a Maruja al fijo y le pregunté dónde tenía el móvil. En el bolso, supongo, dijo ella. Búscalo, dije yo. Lo buscó sin hallarlo, entonces le conté, riéndome, que lo tenía el jefe de seguridad de unos grandes almacenes.
Como notara al otro lado un silencio ominoso (qué rayos querrá decir ominoso) pregunté qué ocurría, y mi amiga me confesó que había robado una falda. Media falda en realidad, añadió, pues estaba rebajada. De repente, el móvil a secas se había convertido en el móvil del crimen. ¿Qué hacer? Telefoneé de nuevo al móvil de mi amiga y volvió a responder el jefe de seguridad. Mi amiga, dije, ha entrado en urgencias y está al borde de la muerte, de modo que me voy a acercar yo a recoger su móvil. ¿Y la falda?, dijo el jefe de seguridad. ¿Qué falda?, dije yo. La que ha robado su amiga, dijo él. Aquí, entre nosotros, dije yo, era una mierda de falda. Pues el móvil es una mierda de móvil, dijo él. Si le parece, dije yo, le devuelvo la falda de mierda, me devuelve la mierda de móvil y aquí paz y después gloria.
El jefe de seguridad dudó unos instantes, luego bajó la voz, como con miedo a que le escucharan, y dijo que en el fondo él admiraba a la gente como mi amiga. Yo jamás me he atrevido a robar nada, añadió, lejos de eso me dedico a detener a la gente que roba, por lo que me detesto, me odio, no sé cómo he llegado a esta situación, me gustaría devolverle personalmente el móvil a su amiga. Ya le digo que está en el hospital, dije yo. Pero sé que es mentira, dijo él. Total, que esa noche, al salir del trabajo, fue a casa de Maruja a devolverle el móvil. Le llevó también una blusa estampada que era la primera cosa que lograba robar. Y ahora salen juntos, qué vida.
EL PAIS, 04-IX-2009  Cortesía de ABRA taller de lectura.

sábado, 25 de abril de 2015

Formas de duelo

Formas de duelo Un artículo de Fernando Savater para el diario El Pais

En los últimos meses han aparecido en Anagrama dos novelas que tratan del duelo por la pérdida de un ser amado, 'Niveles de vida', de Julian Barnes, y 'También esto pasará', de Milena Busquets
Escritor Julian Barnes

El breve y compacto ensayo de Freud Duelo y melancolía ha dotado a los atribulados y, sobre todo, a los empeñados en consolarles de un vocabulario racionalizador de la pena: “Hacer el trabajo del duelo”, retirar la libido del objeto ya inexistente y orientarla hacia otro, evitar la psicosis alucinatoria del deseo… El estilo siempre elocuentemente antisentimental del maestro vienés sigue fascinando, pero en este tema despierta la indignada protesta de muchos afligidos: aunque en más sofisticado, les suena parecido a los consejos del descerebrado “piensa en positivo” reinante, con sus lemas de “la vida sigue”, “el tiempo todo lo cura”, etcétera. Prefieren a escritores y poetas menos científicos, pero más convencidos de la evidencia de lo irreparable, como el propio san Agustín cuando a la muerte de su madre reivindica “la dulzura de llorar sobre ella y por ella, sobre mí y por mí… pues ¿qué es lo que me hacía sufrir en el fondo de mí, sino la súbita ruptura de la costumbre, tan grata y querida, de vivir juntos?”.
En los últimos meses han aparecido en Anagrama dos novelas que tratan del duelo por la pérdida de un ser amado, distintas en forma y fondo, pero ambas literariamente recomendables: Niveles de vida, de Julian Barnes, y También esto pasará, de Milena Busquets. La primera cuenta con magistral y sobria precisión la evolución de su padecer tras la muerte de su esposa; la segunda narra los intentos de recuperar la plenitud sensual y afectiva de su vida tras la muerte de una madre que había sido mentora y compañera excepcional. Son dos abandonos muy distintos, el del sexagenario que pierde a quien fue su compañera durante treinta años y la mujer de cuarenta que se queda sin su madre tras una larga enfermedad. Y son contados de modo muy diverso, Barnes con una prosa casi clínica de enorme penetración y llena de pasión contenida, Busquets de modo ágil y muy entretenido, con toques de comedia mundana. También los desenlaces son diferentes: la hija se siente finalmente autorizada por la madre ausente a recobrar el disfrute de su vida, mientras que Barnes no se hace demasiadas ilusiones sobre la posibilidad de librarse de la tristeza y se conforma con desplazarla y dejarse llevar por la brisa.
Es difícil escribir sobre este tema, porque es el más intensamente personal pero también el más común. Como bien dice Barnes, “la aflicción, como la muerte, es banal y única”. La pérdida del ser querido nos pone frente a dos evidencias abrumadoras, una de ellas señalada por Freud y la otra ignorada por él: lo irremediable y lo insustituible. La combinación de ambas es la revelación de lo real, negada por los trasmundanos que creen que la muerte puede corregirse y los positivistas que creen reemplazable lo perdido. El verdadero trabajo del duelo es desechar la realidad acolchada y enmoquetada en que habitábamos y acostumbrarnos a la otra, la desnuda, la que nos desahucia. Hay un apotegma de Wittgenstein que siempre me resultó indescifrable, salvo en un sentido banal indigno del filósofo: “El mundo de un hombre feliz es diferente del de uno infeliz”. Ahora lo comprendo mejor por experiencia propia y creo que de ello tratan, cada cual a su modo, las dos novelas comentadas.

domingo, 29 de diciembre de 2013

Algo maravilloso y original


Ella va a empezar a darte vergüenza.

—¿Ana Karina? ¿Quién es Ana Karina?

Pasó en una fiesta, después de la presentación de un libro. Ella casi nunca va a esos sitios, pero esa noche estaba ahí, conversando con tu editor y otras personas, quizás un poco achispada (envolviendo la copa de vino con toda la mano, un hábito que antes encontrabas encantador y que, ahora, te resulta irritante, un gesto incorrecto y pretencioso), cuando alguien mencionó a Anna Karenina y ella dijo:

—¿Ana Karina? ¿Quién es Ana Karina?

No fue la primera vez. Un año antes, durante un viaje con miembros de un jurado literario, preguntó por lo bajo, aunque todos pudieron escucharla, “¿Qué quiere decir ‘retórica’?”. Después, en una cena con otros escritores, dijo que le gustaban los libros de fotografía “porque no hace falta leer”. Pero ella casi nunca va a esos sitios: cenas, viajes de trabajo, conferencias, ferias de libro.

—Andá vos, que lo disfrutás. Yo me aburro —dijo, hace ya tiempo, y eso, entonces, pareció un buen trato.

¿Cuál es el primero de todos los terribles gestos: el que hace que el otro empiece a ser el enemigo?

Empezaste a ir solo mientras ella se quedaba en casa, planificando su trabajo: averiguando el precio de nuevas semillas de césped, leyendo la página del Royal Botanic Garden, proyectando los setos de un jardín. Cuando regresabas, nunca hablaban de las cosas que te habían pasado —todas esas charlas cargadas de maldad o admiración, conversaciones imbuidas de suave autocomplacencia circulando entre litros de alcohol y canapés—, sino de los asuntos de ella: un raro cactus que quería importar, un posible viaje a Brasil para comprar orquídeas. Te gustaba esa ignorancia refrescante. Nada de conversaciones sobre teoría literaria, nada de esgrima intelectual. “¿Quién es Catulo?”, preguntaba, mientras estaban recostados como dos metáforas de la serenidad sobre la cama, y había algo de tierna perversión —el morbo de educar a un indefenso— en explicarle quién era Catulo, en levantarte y buscar el libro y leer aquello de “Odio y amo. / Quizás te preguntes cómo puedo hacerlo. / No lo sé. / Pero sucede / y me atormenta”. Durante mucho tiempo fue maravilloso ver cómo Catulo y el poema (ese poema en particular, que siempre despertaba en vos la sensación de estar enviando un mensaje encriptado y veraz: “te amo pero voy a odiarte, Lesbia mía”), le importaban poco. Estaba más interesada en el gesto que hacías cuando te ponías las gafas, en la pequeña muesca que tenías junto a la boca y que le gustaba contemplar mientras leías y te sentías el rey del mundo. “Mi bestia”, le decías, le dijiste durante tantos años, durante al menos siete, cuando te gustaba sin reparos esa mujer de huesos altivos equipada con habilidades masculinas —desatapar desagües, pintar paredes, cavar kilómetros de zanjas—, y ella lo aceptaba feliz, como un elogio. “Bestia, bestia mía”.

¿Cuál es el primero de todos los terribles gestos: el que hace que el otro empiece a ser el enemigo? ¿Cómo se puede sospechar, cuando se visten los primeros fastos del amor, la ira frenética que producirá, más tarde, algo tan simple como el ruido que hace alguien al beber de una taza? Pero aún no han llegado ahí. Por ahora es solo un pequeño desastre, una progresiva degradación de la dioptría.

Una noche ella llega contenta porque una revista acaba de publicar seis páginas con fotos de su trabajo en los jardines. Dos días más tarde, tu taza de café se vuelca sobre la revista y, sin pensarlo —sin pensarlo—, la arrojás a la basura. Cuando ella vuelve a casa, encuentra la revista en el cesto y pregunta qué pasó. Decís: “Se me cayó café”. Ella no protesta, no hace un escándalo. Saca la revista con olor a basura, la pone a secar. No hay manera de saber si está ofuscada. Hay algo, en esa reacción medida y prudente, en esa preocupación por solucionar lo sucedido sin pedir explicaciones, que te ofende. Desde entonces sentís, a veces, el deseo de gritarle. Pero nunca sabés bien por qué.

Si ella sospechara de tus sentimientos te abandonaría de inmediato. Porque tiene el orgullo de un guerrero y porque su amor es un hecho concreto, como un pan recién sacado del horno: algo que no necesita explicación

Ella nunca pide ni reclama ni se acongoja: es una máquina, un ser rotundamente fuerte que sobreviviría a una hambruna, a dos sequías, a siete plagas, a 20 revistas en la basura. Es sabia. Es dura. Es fría como un hacha. Lidia con insectos minúsculos que producen estragos de proporciones absolutas y con humanos que tienen sentimientos histéricos con respecto a las enredaderas y los parterres. Sabe tratar a la gente y conoce los misterios gozosos de la naturaleza: es admirable. Pero —aunque celebra tus premios y tus traducciones— no está interesada —nunca lo estuvo— en conocer el contenido de tus conferencias; no está interesada —nunca lo estuvo— en conocer el contenido de tus libros. Durante muchos años eso fue maravilloso y original. La cópula entre el artista inútil para casi todo y la mujer capaz de trepar un volcán en las mañanas. No te importaba que no supiera qué era el estructuralismo porque, además, siempre podías explicárselo (ella te escuchaba atenta, aunque notabas, primero, el esfuerzo por entender y, después, la declinación del entusiasmo). Durante muchos años eso fue maravilloso: fue original. Y, aunque aún no ha dejado de serlo, ella ha empezado a avergonzarte. Te avergüenza que diga, en público, que se aburre con las películas “lentas”, que no le gustan los libros “que no terminan bien”. Pero por la noche, cuando se meten en la cama, su cuerpo todavía te resulta emocionante. Y en las últimas horas de la tarde el sonido de sus llaves en la cerradura es, todavía, el sonido de la felicidad.

Si ella sospechara de tus sentimientos te abandonaría de inmediato. Porque tiene el orgullo de un guerrero y porque su amor es un hecho concreto, como un pan recién sacado del horno: algo que no necesita explicación. Todo continúa, entonces, un poco más. Porque en verdad, salvo cuando hay otras personas, no te importa que ella no sepa quién es Soren Kierkegaard. Y siempre te hace feliz saber que está en algún sitio de la ciudad o de la casa, envuelta en el aroma picante del césped y del insecticida. Tiene una forma de decirte “Todo va a estar bien” —-y de tocarte el pecho con la palma abierta— que te produce esperanza y paz. Su olor es el olor de las mejores cosas. Pero en las noches en las que no podés dormir, cuando ella es apenas una respiración en tu costado, pensás que el único final posible es la catástrofe. Como si ella fuera un hermoso ser de otro planeta que, expuesto a la atmósfera malsana de un sistema nuevo, tuviera que, necesariamente, sucumbir. Diario El País.