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lunes, 21 de marzo de 2016

Teatro y exposición en el Centro cultural de la Católica

Fuimos a ver Ruido de Mariana de Althaus, no la vimos cuando la estrenó hace unos años y nos habíamos quedado con ganas de verla.  Ella nos lleva a la casa de una familia en la que una vecina se ve obligada a pasar la noche por el "Toque de queda".  Ahí conoceremos a esta familia, a la madre que se ha refugiado para no ver ni oír lo que pasa en nuestro país en los ochentas, con el terrorismo, las bombas y los apagones. Sin embargo el ruido está ahí, aunque no se quiera oír. Los extraños hijos se mantienen a flote en un mundo del que quieren huir y la vecina, abandonada por su esposo vive su tragedia personal en medio de la gran tragedia que asola al país. Muy buenas actuaciones en especial las de  Denise Arregui y la de Montserrat Brugué. Salimos del teatro pensando que lo que habíamos vivido era muchísimo más trágico pero que había sido un detonante para que recordáramos y deseásemos que nunca más nos veamos en medio de semejante estado de desconcierto, temor, ausencia de futuro y riesgo permanente. El ruido lo llevamos en nuestra mente.











Mariana de Althaus

Denise Arregui

 Montserrat Brugué


Antes de ver  la obra vimos una exposición  llamada Hydros. El tema del agua, la abundancia y la escasez. Exponen Marcelo Peirano y  Yiriane Kahn.






Acá unas fotos de la obra de Peirano:








Y de Yiriane Kahan :

domingo, 17 de noviembre de 2013

Se busca un padre


[Se busca un Padre]Renato Cisneros

Vas al teatro y, al salir, sientes que mutaste. Que una parte de ti se quedó desparramada entre las butacas y que una parte de lo que sucedió en el escenario se coló en tu organismo, como un virus que en breve adquirirá peso y forma, como una incómoda certeza que pronto tendrá nombre.

Eso me ocurrió luego de ver “Padre Nuestro”, la obra donde Mariana De Althaus enhebra con maestría y corazón los testimonios de cuatro actores acerca de su condición de hijos memoriosos, de padres novatos, de hombres que han crecido en un Perú convulsionado, acostumbrándose a lidiar con distintas representaciones del poder. Pero resulta que estos actores no actúan. O no del todo. Son cuatro sujetos —Omar García, Giovanni Ciccia, Diego López, Gabriel Iglesias— que, sin alterar su identidad, comparten una historia íntima y biográfica que no tarda en perturbar a los asistentes, básicamente porque también ellos alguna vez han vacilado con esa misma incertidumbre y han experimentado ese desarraigo tenaz.

Esto no es teatro clásico, es más bien teatro de autoficción (o lo que en literatura llaman Autobiografía de alto nivel, Realismo Meditativo o Realismo Interior), y la verdad es que el resultado conmueve por la generosidad y valentía con que los actores se abren las venas delante del público, pero también por la sutileza con que De Althaus plantea en el subtexto la urgencia social de curar vínculos con el entorno nuclear.

En un país donde nos horrorizamos ante el parricidio criminal pero paradójicamente desatendemos la orfandad que lo engendra —orfandad de modelos, orfandad de inspiración, orfandad de memoria, orfandad de afecto, orfandad de amparo, orfandad de justicia, orfandad de perdón— “Padre Nuestro” deja de ser solo una pieza teatral y se presenta como una obra humana y política que nos empuja —como hijos y ciudadanos— a explorar el origen de lo que somos en un viaje que solo es doloroso porque es imprescindible.

domingo, 4 de agosto de 2013

La muerte del Padre, libro por buscar


Lo recomienda Mariana de Althaus y claro que una tiene ganas de leerlo. Encuentro este comentario que tambien cuelgo para animarlos a buscar como yo el libro.

“Escribir es sacar de las sombras lo que sabemos”, afirma Karl Ove Knausgård en este primer tomo de sus escritos autobiográficos. Es decir, arrojar luz sobre aquello que el escritor considera digno de ser comunicado, o afrontar lo que, oculto o camuflado, ejerce tal influencia sobre el autor que se hace conveniente la catarsis que un completo ejercicio de memoria proporciona.

Aquí el proustiano sabor a magdalena evocadora lo encuentra Knausgård en su costumbre de visualizar rostros en los dibujos de la solería, práctica incontrolada que le lleva a recordar un episodio de este tipo en su infancia, detonante de la narración. Según parece, este extendido hábito se debe a la importancia que, para el recién nacido, tiene la amable presencia de los rostros de sus progenitores. Y es ante el de su padre que, un ya crecido narrador, aún permanece vigilante y temeroso, intentando reconocer en su expresión indicios del afecto que reclama y no percibe.

Y si la figura del padre es un factor determinante en la formación psicológica de cualquier niño, con mayor motivo lo será para los que tengan que sufrir las exigencias, los desprecios, o simplemente la frialdad de aquel a quien desean agradar a toda costa. Si además ese padre se distancia de su familia y acaba usando el alcohol para destruirse de la forma más brutal, comprenderemos la necesidad de conjurar fantasmas mediante un rito purificador, liturgia que toma cuerpo en el libro a través de la minuciosa limpieza que el autor y su hermano llevan a cabo en la casa de la abuela, donde acaba de morir el padre.

Una casa que se erige en símbolo de la mente del narrador, dotando de sentido la reparación diligente de la bíblica destrucción organizada por el padre, y el empeño en realizar el funeral en ella, en alusión a la necesaria interiorización de la pérdida.

Pero el texto también contiene otros recuerdos de infancia y adolescencia que provocan en el lector una conveniente empatía, y al que quizás permitan reconocerse en el relato de las primeras aproximaciones al alcohol o de los primeros y torpes escarceos amorosos; en las frustradas veleidades musicales o en esos atormentados sentimientos que tanto llevan a temer la exclusión como a recrearse en la idea de ser alguien especial. Aunque también podemos compartir la imagen del porfiado lector de autores de vanguardia que compensa la provisional incomprensión de sus textos con el prestigio que el conocimiento de los mismos proporciona; o el rechazo visceral ante la presencia de un padre ataviado con prendas y actitudes que suponen, para el hijo, un intrusismo en una juventud que ya no le pertenece. Y, por supuesto, asistiremos al vigoroso estallido simultáneo de la primavera y del primer amor, porque “las emociones son como el agua, se configuran siempre según el entorno”.

Un texto, pues, evocador y de lectura fácil, en el que se imponen emociones como el dolor de la madre por la imparable degradación del hijo, o el sentimiento de liberación de unos hijos ante la definitiva desaparición del padre. El relato de unos hechos que necesitan ser fijados para poder ser comprendidos y, finalmente, asimilados.