Mostrando entradas con la etiqueta Mitos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Mitos. Mostrar todas las entradas

jueves, 6 de noviembre de 2014

El enigma de la esfinge: resolviendo un mito


Edipo y la esfinge Gustave Moreau, 1864
Óleo sobre tela


En el camino hacia Tebas, huyendo de Corinto, Edipo se encuentra con la Esfinge. Se trata de una desgracia que azota la ciudad de Tebas, con una forma monstruosa: medio mujer, medio leona. Cabeza de mujer y senos de mujer, cuerpo y patas de leona.

Preguntas mortales

La Esfinge está en una de las puertas de Tebas, bien sobre una columna, bien sobre una roca.
La Esfinge se divierte planeando enigmas a los jóvenes de la ciudad

La Esfinge se divierte planeando enigmas a los jóvenes de la ciudad. Exige la presencia de un joven cada día. A cada nuevo joven, le plantea un enigma y, si no pueden resolverlo, les mata.
De esta manera, la ciudad de Tebas va perdiendo lo mejor de su población: los jóvenes, que son el futuro de la ciudad.
Al ver a Edipo, la Esfinge ve una preciada presa. Le plantea su enigma:
¿Quién es el ser, el único ser de entre todos los habitantes de la tierra, las aguas, el aire, que tiene una única naturaleza, pero posee dos pies, tres pies y cuatro pies, y es más débil cuntos más pies posee?
Edipo reflexiona la respuesta. Pero su nombre ayuda, y mucho, a resolver el enigma

Edipo reflexiona la respuesta. Pero su nombre ayuda, y mucho, a resolver el enigma.
En griego, dos pies se dice dípous, tres pies se dice trípous, y cuatro pies se dice tetrapous.
Edipo recibió su nombre porque tenía los pies hinchados cuando lo encontraron.
Así que Edipo resolvió el enigma. Respondió a la Esfinge:
Es el hombre. De niño, camina a cuatro patas; con la edad adulta, camina erguido sobre dos patas; y de viejo, se ayuda con un bastón para corregir su paso embloroso.
Así venció Edipo a la Esfinge. Con la inteligencia. Gracias a su astucia.

El enigma de Edipo

Este enigma de la Esfinge refleja la historia del mito de Edipo.
Para los griegos, los animales tienen una sola naturaleza inmutable. Pero el hombre cambia. Tiene tres estados sucesivos. Tres naturalezas diferentes.
 Edipo ha mezclado los tres estados de la existencia humana

Al volver al palacio donde ha nacido, Edipo ha mezclado los tres estados de la existencia humana. Se identifica con su padre al ocupar su lugar; pero también con sus hijos, que a la vez son sus hermanos.
El monstruo que menciona la Esfinge, es también el mismo Edipo.
Fuente:
http://www.rtve.es/television/20121221/enigma-esfinge/591543.shtml

viernes, 21 de febrero de 2014

La pìntora bendita: Tilsa

Recuerdo la reverencia con la que asistíamos a las exposiciones de Tilsa en la galería Camino Brent . Recorríamos en silencio el espacio que separaba uno de otro cuadro y nos deteníamos a contemplar esos seres sobrenaturales que parecían a punto de corporizarse. Siempre quisimos tener un Tilsa pero sus pinturas ya estaban vendidas antes de la inauguración. Su muerte causó una inmensa tristeza, todavía esperábamos mucha más obra suya. Hasta el día de hoy es reconocida como uno de las mejores artistas peruanos. Acá comparto esta  crónica del poeta José Watanabe publicado en la revista Caretas,y algunos de sus cuadros:






TilsaLa Pintora Bendita
A partir del 27 de setiembre, toda la obra de Tilsa Tsuchiya, desde sus primeros óleos hasta sus últimos bocetos inconclusos, reunidos en el Museo de Arte.
.
Tras intensa pesquisa, la muestra organizada por el Patronato Telefónica presenta la más compleja exposición de la pintora. Derecha: El "Mito del Pájaro y las piedras", de su celebrada serie pintada a mediados de los setentas. Enigmas esenciales a la condición humana en una Tilsa universal.
Escribe JOSE WATANABE
HACE varios años tocaron mi puerta para devolverme unos libros con los que yo siempre había sido avaro. Me los enviaba Tilsa Tsuchiya. Eran colecciones de haikus, aquellos breves poemas japoneses que constituyen un ejercicio de humildad ante la naturaleza. Tilsa sabía que un haiku, uno solo, puede ensimismarnos varias horas. Por eso los tuvo siempre sobre su velador, para sus interminables días de paciente. Empecé a hojear los libros devueltos y extrañados: de uno de ellos sobresalía una nota fijada con una cinta engomada para que ningún descuido pudiera trasladarla a otro lugar. La nota traía un agradecimiento cumplidor, prescindible entre amigos, el verdadero mensaje que Tilsa se había asegurado que yo leyera, estaba en el poema de esa precisa página: He visto muchas veces la luna
y tengo su bendición.
Ya puedo irme ahora.
Una semana después, bendecida por la luna del poeta Chiyo, se fue.
Conocí a esta amiga de tan elegante y delicada despedida en 1968. Ese año expuso en el Instituto de Arte Contemporáneo, que se había mudado de Ocoña a una casona de la calle Belén. Visité la exposición con mi amigo Lorenzo Osores, con quien solía practicar en las galerías el sarcasmo y la petulancia, gozo de juventud que no pudimos ejercer frente a los cuadros de Tilsa. Suspendidos de golpe nuestros humos, decidimos hacer una audacia que el espíritu de esos años nos permitía: ir de inmediato a conocer a la pintora. Todos estábamos para todos y el presente era perpetuo.
Tilsa vivía en una segunda planta de la calle Portugal, en el envejecido distrito de Breña. En el primer piso, la farmacia Floral, de su hermana Olga, recuperaba el nombre que había pertenecido a toda la calle, cuando ésta exhibía casas con puertas de entrepaños labrados y escaleras de mármol. El departamento tenía una angosta habitación contigua a la sala cuya función original era un misterio. Parecía un pasaje ciego con ventana a la calle adyacente. Allí vimos por primera vez a la pintora, en ese pequeño espacio ascendido a la categoría de atelier desde que ella había regresado de Europa dos años antes.
Tilsa tenía la gracia del cuerpo menudo. Su familia la llamaba "La Chola", lo cual sonaba gracioso en una casa donde todos eran de facciones japonesas. Algunos días delineaba sus ojos y prolongaba los rabillos hacia arriba para acentuar aún más sus rasgos orientales. Se dice que los artistas no se parecen a sus obras, y ciertamente ella estaba lejos de la solemnidad de sus personajes. De una picardía disfrazada de inocencia, no zahería, pero esperaba que lo hiciéramos nosotros para convertirse en nuestra cómplice más entusiasta. Pasaba casi todo el día frente al caballete, dando sus hoy famosas pinceladas breves y exactas, mientras el cenicero se llenaba de colillas de gauloises. Con frecuencia el cuadro dejaba el caballete para ir a recostarse en el respaldo del sofá de la sala, donde Tilsa podía contemplarlo con la distancia que no le permitía su reducido atelier.
De la rutina doméstica, y aun del cuidado de su hijo Gilles, un niño de cuatro años, se encargaba su hermana menor, Olga, aquella mujer discreta y bondadosa a quien todos agradecíamos en secreto su infinito apoyo a la pintora.
.
En 1978, Tilsa interna en el Hospital del Empleado. Sus últimos años fueron de dura pelea contra el cáncer.
Los cuadros que habíamos visto y ponderado en el Instituto de Arte Contemporáneo habían salido de ese pequeño taller. Entonces el mundo de Tilsa todavía era plano, los personajes se recortaban sobre fondos difuminados, muchas veces presididos por soles restallantes o brumosos. Los personajes entraban desde fuera del cuadro, como si todavía no quisieran posesionarse del espacio central que les correspondía. El arte poética de esos años, por sus formas y su cromatismo, tal vez lo constituya el lienzo "Aro negro", donde un personaje casi pez y una forma humana a punto de esfumarse, lloran largas lágrimas como espadas. El lienzo fue pintado en memoria de su amigo de infancia Juan Pablo Chang, muerto en Bolivia, en 1967, junto al Ché Guevara.
Cierto día, mientras pintaba y yo leía algo, dijo una frase desconcertante:
-Creo que hace tiempo mis figuras quieren ser de carne. Era el comienzo de la década del 70. Pero desde hacía un tiempo atrás sus personajes ya no eran planos. Habían empezado a ganar corporeidad, volumen, y al mismo tiempo habían ido confirmando su pertenencia a un mundo de movimientos lentos, de reposos estatuarios. "Quieren ser de carne", dijo, y en un comienzo la carne fue leve, casi una sustancia aérea, hasta convertirse años después en voluptuosa como el cuerpo de aquella mujer que vuela elevada sobre una gran ave.
Por esos años, Tilsa enfrentaba el cuadro como el fragmento de un gran territorio que empezaba a poblar de seres extraordinarios, no tanto por sus formas, sino por la potencia vital que llevaban en su interior. Pensaba que si era capaz de imaginar un universo donde cada elemento expresara una plenitud, ese universo era posible. Había en ella una antigua nostalgia del futuro. Un día encontró al pie de su puerta un folleto deslizado por los incansables evangélicos. Traía una cita de uno de los más severos profetas bíblicos, Isaías, pero esta vez su voz no era recriminadora, decía una promesa: "el lobo habitará con el cordero, y el leopardo se acostará junto al cabrito, y comerán juntos el becerro y el león, y un niño pequeño los pastoreará". Tilsa leyó la cita asintiendo con la cabeza como si descubriera una clave sencilla para explicar algo muy complejo.
-Un mundo así -me dijo alargándome el folleto.
Yo hice una broma acerca de la ilustración, hecha con gran devoción kitsch.
-Un mundo así -repitió ella- pero mejor dibujado.
________

(Fragmento del prólogo escrito por el poeta para el libro-catálogo de la muestra editado por la Fundación Telefónica).

domingo, 25 de noviembre de 2012

Luminosa oscuridad


LUIS FERNANDO MORENO CLAROS ( del diario El País)

La diosa de la misericordia japonesa en una ilustración del siglo VIII.

Joseph Campbell (Nueva York, 1904-Honolulú, 1987) quedó maravillado por los mitos cuando, de niño, su padre lo llevó a ver un museo con vestigios de los indios sioux y conoció sus leyendas. Más tarde, consagró su vida al estudio de las creencias fundacionales de las diversas culturas y llegó a ser el más famoso divulgador norteamericano de mitología comparada. Enseñó que los mitos —desde su “luminosa oscuridad”— hablan al ser humano de su esencia más íntima y “reconcilian nuestra conciencia con las condiciones previas a su existencia”, ya que nos regresan a un antes de las cosas, a la unidad primordial que, a raíz de una misteriosa escisión, dejó de ser plena y pura. Así lo ilustran, por ejemplo, el mito del paraíso perdido —común a varias culturas— con la creación de Adán y Eva; o las Upanishad, los textos sagrados de la India, al revelar que cuando el ser indeterminado primordial pronunció la palabra “yo” se desgajó de lo uno, “necesitó de otro, apareció la multiplicidad y, con ella, nacieron el deseo y el dolor”.

Los mitos, “los sueños arquetípicos del mundo”, según Campbell, hunden sus raíces en lo más profundo del alma humana, de ahí que planteen y respondan de manera simbólica a las cuestiones ¿qué somos? o ¿cómo debemos vivir? Somos seres frágiles, volubles y mortales, nos dicen; pero también, creativos, luminosos y cercanos a los dioses. ¿Y cómo hemos de vivir? Su réplica es firme: con valentía, cual héroes en el intrincado camino de la vida, aprendiendo a cada paso las estrategias de sobrevivencia que nos legaron nuestros ancestros, válidas todavía en la vida dura de hoy.

Gran lector de filosofía, rebelde y autodidacta, Campbell amaba a Schopenhauer y Nietzsche —en los mitos encontró arraigadas las teorías de ambos—, pero no se quedó ahí. Conoció a Khrisnamurti cuando coincidió con él en un trasatlántico cruzando el océano y, cautivado por sus ideas, descubrió la filosofía de la India; trató también al indólogo Heinrich Zimmer y a Jung, gracias al cual conoció la simbología mítica de los sueños. Estudioso también de la literatura de James Joyce y Thomas Mann, Campbell fue un enamorado del saber sin barreras mentales ni prejuicios, de ahí la ecléctica riqueza de sus obras; esenciales son El Héroe de las mil caras (FCE) y Las máscaras de Dios (Alianza).

Campbell fue un enamorado del saber sin barreras mentales ni prejuicios
Atalanta presenta ahora este hermoso libro —Imagen del mito— inédito en castellano y muy bien traducido, en una edición cuidada al máximo, que supera en calidad gráfica y belleza a la norteamericana original (1974). Campbell lo concibió como una ventana por la que asomarse a las creencias primigenias de la humanidad plasmadas en las palabras, imágenes y representaciones artísticas. Con más de cuatrocientas fotografías y grabados elegidos por el autor, este exquisito catálogo de mitología recoge la historia de los mitos humanos a lo largo de 5.000 años y demuestra una de las tesis más queridas de Campbell: que los humanos tenemos en común, aparte de nuestra historia biológica, una comunidad originaria del espíritu, la univocidad de una conciencia primigenia. Y así lo manifiestan los motivos mitológicos que aparecen de un modo u otro en casi todas las culturas: el matrimonio del Cielo y la Tierra y la separación violenta de ambos, el niño nacido de una virgen, el robo del fuego, el héroe de nacimiento oscuro y vida ardua, la simbología de la serpiente o el carnero; los templos consagrados a los dioses o los sacrificios rituales, entre otros; algo común es lo que se palpa en el trasfondo de casi todas las culturas, en sus leyendas o revelaciones. Y esas leyendas —hermosas o terribles— de dioses y animales, de las diosas y sus transfiguraciones, desde Egipto y Mesopotamia hasta la India, Japón y el continente americano, muestran rasgos comunes porque son los sueños del grande y único durmiente eterno que sueña infinitos mundos, diversos y evanescentes.

Un libro, en suma, que se lee con fascinación y que nos recuerda que la humanidad creyó desde siempre —gracias a su fantasía— que hay puertas abiertas hacia ámbitos desconocidos en los que moran los dioses, esas potencias y energías que también radican y actúan en nuestro interior con más fuerza de lo que creemos.