domingo, 15 de marzo de 2015

La noche hace a toda mujer hermosa


   La noche hace a toda mujer hermosa

 


Esperaba ansiosa la caída del sol a veces sintiendo que seguía un ritual que habrían practicado sus antepasadas, se iba al malecón, tomaba asiento en una piedra ancha y plana que parecía estar ahí esperándola, y asistía a la muerte del sol, a la ceremonia de agacharse, de hundirse y desaparecer,  que el globo rojo, a veces en forma de hongo, otras como plato extendido, una vez con diseño de corona gigantesca, realizaba como para enseñar a los hombres la humildad y la necesidad de la muerte.

 
Una vez desaparecido, luego de que ella hubiese cerrado los ojos, viendo a través de sus párpados todavía el concentrado de fuego que se aventaba al mar como para unirse y desaparecer en una aventura envidiable, luego de pronunciar en silencio los tres deseos, con el corazón ansioso y la fe hundida en sus cejas ceñidas, aguardaba unos momentos contemplando la tristeza del cielo, ese canto de colores que teñía de dolor todo el espacio, ese aullido de pena que la tierra toda desplegaba  ante la agonía del sol y el vacío de amargo que se produciría  tras su ausencia.
 

Entonces, y solo entonces ella corría, cruzaba las pistas, aceleraba el paso y entraba a su pequeña habitación para mirarse en el espejo y comprobar una vez más el milagro. La noche la había vuelto hermosa.

Complacida duraba unos instantes comprobando la perfección de su rostro, el brillo de sus ojos que prometían el amor, la belleza de su sonrisa amplia y verdadera.

Apuraba un poco sus movimientos, abría el armario y ahí en lugar de aquellos vestidos que le parecían ajenos, malhechos, descoloridos o insulsos, hallaba los vestidos preciosos, los que la transformarían en una  mujer regia como  la que ella anhelaba ser durante sus lánguidas horas del día.

Esa noche se cumplía el mes entero de su transformación nocturna. Un mes ya de conocerlo. El la esperaba en la mesa del fondo del café del pueblo, se iluminaba al verla y la tomaba de la mano para llevarla a pasear por las pequeñas calles casi oscuras de los alrededores.

 
Ella ya se lo había contado, soy hermosa solo de noche, es la luna, tal vez alguna estrella, son tus ojos los que me hacen hermosa, o tu amor tan tierno. El insistía en que ella se quedase acompañándolo hasta que saliese el sol, para verla a plena luz para confirmar que seguía siendo hermosa, y que si no fuese así, que si la luz del sol la volviese menos seductora, él la seguiría amando aunque no se pareciese a esa imagen deslumbrante que lo enloquecía de amor.

¿Cambió la naturaleza su manera de ser y desapareció el día haciendo una sola larga noche para que ellos pudiesen verse siempre hermosos y se amasen eternamente sin que los rayos del sol mostrarse imperfección alguna?

¿Se deshizo ella en fragmentos ante su atónita mirada una vez que la luz de la mañana atravesó su ventana iluminándola?

¿Permaneció bella, más bella aún siendo bella de día, la más bella mujer de los días y las noches?

¿Fue ella la que se escandalizó al ver que era él el que perdía su hermosura conforme aclaraba y el cielo se volvía azul y bello?

¿O más bien permanecieron refugiados en la noche pero fue el paso del tiempo y no la luz la que fue quitando frescura y felicidad en sus rostros?

Cada uno tiene su propia historia. La belleza es pasajera, es cambiante, a veces se acentúa y otras cansa. Otros son los dones que permanecen.

 

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