domingo, 25 de noviembre de 2012

Una memoria de mi amigo José Carlos Huayhuaca

No pude asistir a la presentación del último libro de mi amigo José Carlos Huayhuaca llamado “Elogio de la luz, y otros amores”.José Carlos ha tenido la gentileza de mandarme una de sus memorias-ensayo que me ha encantado. El viaje iniciático de un muchacho que regresa a casa convertido en un hombre. Su lectura me ha dejado con mucho deseo de leer todo el libro, así que lo recomiendo y salgo a buscarlo a librerías.




Bajo el signo del Cometa
XVI
Mientras mi hermano mayor trajinaba afuera, por su cuenta y riesgo, yo estaba todo el tiempo “adentro”, a tiro de ojo de mamá. Aún mi padre, que entonces me parecía poco menos que un ogro, estaba pendiente de lo que hacía y lo que me pasaba. Pero él y yo tuvimos la mala suerte de no haber sido nunca amigos, y de que lo enfrentase todo el tiempo, en particular con el método de la resistencia pasiva o, peor aún, de la ignorancia olímpica. En cierto momento, la desavenencia causó que el ambiente del hogar se volviera, no solo ingrato sino irrespirable (o eso sentía yo). Entonces me escapé, esta vez físicamente, de la casa.
Contó, además, el ejemplo de los hippies, ya mencionados. Su trashumancia, su disponibilidad, su sentido de la aventura, fue sin duda un fuerte estímulo. Era a principios de 1970, cuando mi íntimo amigo Teo Paredes y yo decidimos viajar al sur “tirando dedo”, hasta Santiago de Chile y más allá, con solo una mochila a la espalda. El viaje fue preparado subrepticiamente, por lo menos de mi parte, ya que Teo no tenía el mismo tipo de problemas. Un buen día, simplemente desaparecí, y las reacciones que esto provocó en casa, ustedes las podrán imaginar sin mi ayuda. Posteriormente supe que me buscaron por todos lados, hasta que algún amigo no pudo callar el secreto, pero ya era demasiado tarde para intentar detenernos.
Por parte nuestra, desbordábamos de alegría y vitalidad y el team que conformamos tenía sus fortalezas balanceadas. Teo se atrevía a todo y yo era un buen estratega. Nos pusimos diversas reglas, que ya casi no recuerdo, salvo una, decisiva: no gastar un solo céntimo en desplazamientos, alimentos o techo. Tendríamos que buscárnoslas a como diera lugar. Claro que hicimos, con la anticipación debida, los contactos necesarios -de ninguna manera con parientes; solo con amigos, o amigos de amigos-, al menos respecto a las estaciones grandes: Arequipa, Tacna, Arica y demás. Pero en relación a las intermedias o a las inesperadas (¿hasta dónde nos “jalaría” cada vehículo que accediera a llevarnos?), todo dependería de nuestros recursos de supervivencia. Y así ocurrió. Por lo menos un par de veces, fuimos tratados a cuerpo de rey, con trago fino, piyamas de seda (¡gracias Ronnie Franco, ahí donde estés!), camas mullidas, ducha caliente y opíparos desayunos; otras, la mayoría, recurrimos a comisarías, puertas de tiendas que ya hubieran cerrado, algún rincón de los grifos o al puro descampado, apoyados en las mochilas, un poco deformes y que parecían sacos de papas, pues eran hechizas. En restoranes, mercados y similares, teníamos que seducir a la gente. Teo tocaba el rondín (Dylan era, siquiera en eso, un role model) y yo cantaba en francés, inglés, italiano y portugués; Teo era excelente contando chistes, de repertorio o improvisados (Lenny Bruce y los profesionales del one liner habrían levantado la ceja con interés), y yo recitaba (o más bien representaba) poemas cultos, que incluían a Vallejo, Darío, Sabines, Neruda y similares, pero sobre todo los sonetos bufos de Sofocleto, infalibles en los bares. Si no me equivoco, éramos dos muchachos con un charm casi irresistible: Teo, de un modo natural (lo conocíamos, debido a sus ocurrencias, como el “Loco Paredes”); yo, más bien gracias a mis dotes de actuación (no hay director de cine vocacional que no sea un actor eficiente), ya que en mi personalidad genuina soy, desde siempre, reservado hasta lo inescrutable.
Nos divertimos como locos la mayor parte del tiempo, hubo un sinfín de peripecias, pero también hambre y frío y sueño y miedo. Como nuestro atuendo era harto peculiar, y Teo llevaba el pelo hasta los hombros y la barba le comía la cara, en una ocasión, en un bar, un borracho de cuello y corbata (su rostro empolvado, curiosamente, como las señoras de la época, a quien alguien identificó como gerente de un banco local) nos comenzó a mirar feo. Segundos después despotricaba acusándolo a Teo de ser el hippie asesino de “la Sharon Táit” (trato de reproducir su peculiar pronunciación). En efecto, Teo, aunque mucho más alto, era idéntico a Charles Manson, cuyo close up figuraba en todas las primeras planas. El asunto se puso color de hormiga, y tuvimos que salir disparados, desperdigando las propinas. Lo peor, sin embargo, fueron las esperas de horas en carreteras desoladas, las cantimploras ya vacías, viendo con terror cómo el sol se ponía, sin que pasara un solo vehículo, o sin que los ocasionales quisieran recogernos. No voy a cansarles con una proliferación de anécdotas, salvo aquella que alcanzó, para nosotros, la categoría de prodigio.
Ya en el camino de regreso de este viaje que llegó a parecernos infinito (había durado un mes y medio), nos sentíamos extenuados cuando un granjero nos dejó en Moquegua, a eso de las 4 de la tarde. No teníamos ánimo de hacer monadas en ningún local a cambio de comida, así que permanecimos en la carretera, tirando dedo, con la sola aspiración de arribar a Arequipa cuanto antes, a casa de los Franco, donde sabíamos que nos devolverían a la vida. Las horas fueron pasando y nada. A las 11 de la noche, al borde mismo de la desesperación, fuimos a la comisaría a exponer nuestro problema. Al comisario de turno le bastó con mirarnos. Llamó a otro policía y salimos todos a la pista, donde detuvo, manu militari, a un camión, cuya caseta estaba ya llena, y simplemente le ordenó al chofer que llevara “a sus sobrinos” a Arequipa. No le besamos las manos porque no lo hubiera permitido. Nos instalamos en la tolva, colmada, hasta el borde superior de las barandas, de cajas de pescado congelado cubiertas con una gran tela como de carpa. Nos parecía estar sobre el techo de un tren en marcha, con nada de donde agarrarse, sin el menor tabique que nos protegiera del viento. Tras unas horas de viaje, la tela rezumaba agua, pues supongo que el calor de nuestros cuerpos causó una descongelación. Los dientes nos castañeteaban, a pesar de los guantes, los casacones de solapas levantadas, los sombreros embutidos hasta las cejas, y tuvimos que abrazarnos para no llorar de frío, ahí arriba, a la una o dos de la madrugada. No se cuánto tiempo tuve la cabeza gacha y los ojos cerrados, como si estuviera concentrado en el horror de contar, no los minutos, sino cada segundo, que se estiraba como un chicle antes de pasar de largo… En cierto momento, se me ocurrió levantar la mirada al cielo y me quedé inmóvil. Atiné a decir: “Loco, Loco, mira”. Tuve que insistir y sacudirlo; entonces Teo vio y se le descolgó la mandíbula: por encima y un poco delante de nosotros, refulgía un gran cometa de cabellera dorada y roja en medio del firmamento. Ni la Estrella de Belén hubiera podido competir con el astro que contemplábamos casi levitando, y cuya presencia nos acompañó por horas. No hubo más frío, no hubo más nada que el cometa, si acaso acompañado por la música imaginaria que oíamos en nuestro corazón. Era un milagro que no tratamos de explicar; era, simplemente, la bendición del Universo.

Habíamos estado, por pura casualidad, en el momento y en el lugar precisos -tal vez “a nivel mundial” (como dirían los locutores)- para que se viera en toda su magnificencia el cometa Bennett. Como durante el viaje no escuchábamos radio ni leíamos periódicos, no teníamos idea de lo que estaba ocurriendo en el mundo; de ahí la absoluta sorpresa y la sensación de milagro.

La vuelta al hogar fue dulcísima. Por fin me había dado real cuenta de lo privilegiado que era gracias mis padres, a los amigos, a los vecinos incluso y aún a la ciudad toda. Ocurrió que -como lo tuve claro después, no entonces- me había convertido en un adulto. Y lo había hecho del mejor modo posible, sin habérmelo propuesto: a través de un rito de pasaje, tan intenso, tan esencial como el de los jóvenes sioux de las praderas norteamericanas, o como el de los jóvenes cryptós de la antigua Esparta.

Como lo supe años más tarde, cuando me puse a estudiar antropología, el viaje cumplió con todos los requisitos de una genuina y dramática iniciación: me había apartado de la casa y de la abrigadora sociedad que conocía; había salido a lo abierto e indeterminado, enfrentando riesgos y demostrado coraje y recursos; me había reintegrado luego, pero con una nueva conciencia de mí mismo y de los demás, dispuesto a asumir responsabilidades. Los manuales que estudian estas cosas dicen que, tras tales pruebas, los jóvenes vuelven de su experiencia con un talismán o una marca en el cuerpo (como una cicatriz o un tatuaje). Yo traje la mía, no sin orgullo: un par de bigotes que, si bien ya desteñidos, ostento hasta el día de hoy.

Por fin estaba listo—aunque no supiera del todo para qué.

[1] Escribe Huayhuaca: “Una memoir, como las ‘memorias’, tiene que ver con la vida y los recuerdos de uno, pero, como la ‘memoria’ (esos reportes anuales de las empresas), se restringe a un período específico. Además, para escribirla no hay que ser alguien importante; cualquiera de nosotros, los peatones, puede dar ese tipo de testimonio sobre un aspecto de su vida, si lo siente retrospectivamente con cierto tipo de unidad interna y con algún grado particular de intensidad, y si es capaz de frasearla como una narración.”

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