Desde Lima, un relámpago de azul-cielo o azul-mar en nuestra mente o en nuestro corazón que ansían la belleza. Cuentos, poesía, música, cine, reflexiones, teatro, viajes, fotografía, entrevistas, danza y más.
domingo, 8 de noviembre de 2015
"Tango Notturno" - (1) Pola NEGRI !
La Joven Victoria | Pelicula en Español Latino
Descubrir que puedo ver películas en mi tv de Youtube ha sido para mi una alegría. Por ejemplo con La joven Victoria he disfrutado muchísimo. Se las recomiendo.
domingo, 1 de noviembre de 2015
El socio, Slawomir Mrozek
Decidí vender mi alma al diablo. El alma es lo más valioso que tiene el hombre, de modo que esperaba hacer un negocio colosal.
El diablo que se presentó a la cita me decepcionó. Las pezuñas de plástico, la cola arrancada y atada con una cuerda, el pellejo descolorido y como roído por las polillas, los cuernos pequeñitos, poco desarrollados. ¿Cuánto podía dar un desgraciado así por mi inapreciable alma?
–¿Seguro que es usted el diablo? –pregunté.
–Sí, ¿por qué lo duda?
–Me esperaba al Príncipe de las Tinieblas y usted es, no sé, algo así como una chapuza.
Cada vela
Cada vela ha sido colocada ahí con una intención al Señor de los Milagros, que sane, que cuide, que cure, que consuele. Que termine con esa soledad que entristece, que consiga trabajo para el hijo, que haga que la hija sea menos dura. Han escogido el dolor más agudo, el que no se aparta, el que parece que acompañará hasta el fin de los días y se lo han entregado a El, con toda su fe a ese Cristo morado tan nuestro.
Bella foto de mi amiga y fotógrafa Helen Perea!
Una bella durmiente de Mrozek
Tendida sobre un lecho rebosante de
flores, bajo una campana de cristal, dormía la Bella Durmiente.
Era bella, buena y juiciosa, pero su belleza, su bondad y su buen juicio dormían con ella. Existía, pero dormía, así que era como si no existiese. A través de la campana transparente sólo era visible su belleza, no las cualidades de su carácter. Desde tiempo inmemorial estaba sumida en un sueño profundo, rodeada de unos afables gnomos que la defendían de los bandidos y los animales salvajes. Ellos sabían que sólo un Príncipe Errante tenía derecho a acercarse a ella. Pero no era seguro que el Príncipe llegara, ni tampoco que no llegara.
Cuál fue la alegría de los fieles gnomos, pues, al ver una mañana de mayo al Príncipe que, por un feliz azar, se había dejado caer por aquellos parajes. «¡Aquí! ¡Aquí!», se
pusieron a llamarlo y en seguida quitaron la campana de cristal.
El Príncipe se acercó. Miró y vio lo hermosa que era la Bella Durmiente. Dejándose llevar por un impulso poderoso, se inclinó y depositó un beso sobre sus pálidos labios
rosados. Exactamente como estaba previsto.
La Bella Durmiente abrió los ojos, se despertó y vio al Príncipe inclinado sobre ella. Le rodeó el cuello con los brazos, mientras los gnomos bailaban a su alrededor de alegría. Y
también de contento, porque había acabado su guardia junto a la Bella Durmiente y por fin podrían dedicarse a sus cosas.
Los gnomos se habían alejado saltando de júbilo, mientras el Príncipe seguía entre los brazos de la Bella Durmiente y ella continuaba abrazándole. Hasta que a él empezó a dolerle la espalda, de modo que inadvertidamente se sentó en el borde del lecho de cristal; pero como seguía inclinado sobre ella y por ella abrazado, le era imposible cambiar del todo de posición. Así que transcurrído un tiempo preguntó:
—¿Y ahora qué?
—Ahora quedaremos así para siempre —contestó la Bella Durmiente.
—¿Para siempre? —se sorprendió el Príncipe.
—Por supuesto. ¿No es por eso por lo que me has despertado depositando un beso en mis pálidos labios rosados?
—Pero mi querida Bella Durmiente, ¿y no nos aburriremos?
—No entiendo de qué hablas. Pero si la felicidad es esto.
El Príncipe calló confuso y no discutió más, porque no quería quedar mal. Pero al cabo de un tiempo volvió a intentarlo, esta vez tratando de presentar su punto de vista subjetivo como una verdad objetiva.
—Verás, mi querida Bella Durmiente, desde el punto de vista subjetivo estoy totalmente de acuerdo contigo, pero objetivamente las cosas están así: yo soy un Príncipe Errante, programado, es decir, destinado a recorrer el mundo en busca de Bellas Durmientes. Cada vez que veo una Bella Durmiente, me acerco y deposito un beso en sus pálidos labios rosados. Entonces ella se despierta, pero lo que pasa después ya no es de mi incumbencia. Así que yo tendría que ponerme de nuevo en camino.
—¿De qué Bellas Durmientes me estás hablando? Pero si soy yo la Bella Durmiente.
—¡Oh, sí! Por supuesto. Es decir, Bella, evidentemente, pero ya no Durmiente. Tú ya no duermes, mientras que otras, pobrecitas, siguen durmiendo profundamente esperando que alguien las despierte.
—¿Qué otras?—preguntó la Bella Durmiente en un tono tal que el Príncipe prefirió no desarrollar el tema. —Las que sean. No tiene importancia.
A la Bella Durmiente le bastó esta respuesta incompleta, porque como ya se ha dicho era juiciosa. Sólo que ahora fue ella la que intentó presentar al Príncipe su punto de vista subjetivo de una manera objetiva:
—Tienes razón en eso de que soy Bella pero ya no Durmiente. Pero al fin y al cabo has sido tú quien me ha despertado, y ahora ya no volveré a dormir. De modo que si tú ahora te
marchas y no te puedo tener más entre mis brazos, ¿quién seré yo y qué será de mí?
El Príncipe se puso triste.
—Realmente es un problema y cada vez estoy más convencido de que este cuento está muy mal escrito. El autor nos ha programado de una manera que todo cuadra hasta cierto momento, pero después empiezan las contradicciones. Quedémonos, pues, en esta posición y tal vez el autor se dé cuenta, borre, añada o cambie algo... Y quizá la cosa se aclare...
Eso dijo el Príncipe, aunque la espalda le dolía cada vez más; sin embargo entendía la situación de la Bella Durmiente y simpatizaba de veras con ella. Así que seguían igual; pero ni la Bella Durmiente era feliz, porque no tenía la seguridad de que seguirían así para siempre, ni tampoco el Príncipe, porque no estaba seguro de que sólo sería por un tiempo. Hasta que al cabo el Príncipe dijo:
—Me gustaría fumar, pero se me han acabado las cerillas. ¿Me permites que vaya un momento a por ellas?
—Pero ¿volverás? —preguntó la Bella Durmiente, ya que era juiciosa.
—Claro que volveré. Sólo voy a por cerillas y en seguida estoy de vuelta. Tengo unas ganas bárbaras de fumar.
La Bella Durmiente se quedó pensativa. Por un lado su buen juicio le imponía escepticismo, por otro su bondad—y como se ha dicho era buena—hacía que le diese pena el Príncipe atormentado por la avidez de nicotina. ¿Cómo se puede torturar así al amado? Y dijo con tristeza, pues el buen juicio y la bondad no se ponían de acuerdo:
—Ve.
Y el Príncipe se marchó. Era verdad que tenía ganas de fumar y que necesitaba cerillas, en este sentido era sincero. En cuanto a lo demás... Tenía la esperanza de que gracias a esta verdad parcial podría apagar sus remordimientos de conciencia respecto a todo el asunto. Porque todo lo demás era mentira. Así que el Príncipe tenía la esperanza de que con una verdad parcial compensaría en su conciencia la mentira total. Pero era una esperanza infundada.
Hasta qué punto era infundada su esperanza lo supo en seguida. Porque como castigo fue convertido en un repugnante sapo. Y seguirá siendo un sapo hasta que —ya según otro cuento—encontrará a cierta Bella de tan buen corazón que, haciendo caso omiso de la asquerosidad del batracio, depositará con sus pálidos labios rosados un beso sobre el pustuloso morro. Sólo entonces volverá a convertirse en Príncipe.
Era bella, buena y juiciosa, pero su belleza, su bondad y su buen juicio dormían con ella. Existía, pero dormía, así que era como si no existiese. A través de la campana transparente sólo era visible su belleza, no las cualidades de su carácter. Desde tiempo inmemorial estaba sumida en un sueño profundo, rodeada de unos afables gnomos que la defendían de los bandidos y los animales salvajes. Ellos sabían que sólo un Príncipe Errante tenía derecho a acercarse a ella. Pero no era seguro que el Príncipe llegara, ni tampoco que no llegara.
Cuál fue la alegría de los fieles gnomos, pues, al ver una mañana de mayo al Príncipe que, por un feliz azar, se había dejado caer por aquellos parajes. «¡Aquí! ¡Aquí!», se
pusieron a llamarlo y en seguida quitaron la campana de cristal.
El Príncipe se acercó. Miró y vio lo hermosa que era la Bella Durmiente. Dejándose llevar por un impulso poderoso, se inclinó y depositó un beso sobre sus pálidos labios
rosados. Exactamente como estaba previsto.
La Bella Durmiente abrió los ojos, se despertó y vio al Príncipe inclinado sobre ella. Le rodeó el cuello con los brazos, mientras los gnomos bailaban a su alrededor de alegría. Y
también de contento, porque había acabado su guardia junto a la Bella Durmiente y por fin podrían dedicarse a sus cosas.
Los gnomos se habían alejado saltando de júbilo, mientras el Príncipe seguía entre los brazos de la Bella Durmiente y ella continuaba abrazándole. Hasta que a él empezó a dolerle la espalda, de modo que inadvertidamente se sentó en el borde del lecho de cristal; pero como seguía inclinado sobre ella y por ella abrazado, le era imposible cambiar del todo de posición. Así que transcurrído un tiempo preguntó:
—¿Y ahora qué?
—Ahora quedaremos así para siempre —contestó la Bella Durmiente.
—¿Para siempre? —se sorprendió el Príncipe.
—Por supuesto. ¿No es por eso por lo que me has despertado depositando un beso en mis pálidos labios rosados?
—Pero mi querida Bella Durmiente, ¿y no nos aburriremos?
—No entiendo de qué hablas. Pero si la felicidad es esto.
El Príncipe calló confuso y no discutió más, porque no quería quedar mal. Pero al cabo de un tiempo volvió a intentarlo, esta vez tratando de presentar su punto de vista subjetivo como una verdad objetiva.
—Verás, mi querida Bella Durmiente, desde el punto de vista subjetivo estoy totalmente de acuerdo contigo, pero objetivamente las cosas están así: yo soy un Príncipe Errante, programado, es decir, destinado a recorrer el mundo en busca de Bellas Durmientes. Cada vez que veo una Bella Durmiente, me acerco y deposito un beso en sus pálidos labios rosados. Entonces ella se despierta, pero lo que pasa después ya no es de mi incumbencia. Así que yo tendría que ponerme de nuevo en camino.
—¿De qué Bellas Durmientes me estás hablando? Pero si soy yo la Bella Durmiente.
—¡Oh, sí! Por supuesto. Es decir, Bella, evidentemente, pero ya no Durmiente. Tú ya no duermes, mientras que otras, pobrecitas, siguen durmiendo profundamente esperando que alguien las despierte.
—¿Qué otras?—preguntó la Bella Durmiente en un tono tal que el Príncipe prefirió no desarrollar el tema. —Las que sean. No tiene importancia.
A la Bella Durmiente le bastó esta respuesta incompleta, porque como ya se ha dicho era juiciosa. Sólo que ahora fue ella la que intentó presentar al Príncipe su punto de vista subjetivo de una manera objetiva:
—Tienes razón en eso de que soy Bella pero ya no Durmiente. Pero al fin y al cabo has sido tú quien me ha despertado, y ahora ya no volveré a dormir. De modo que si tú ahora te
marchas y no te puedo tener más entre mis brazos, ¿quién seré yo y qué será de mí?
El Príncipe se puso triste.
—Realmente es un problema y cada vez estoy más convencido de que este cuento está muy mal escrito. El autor nos ha programado de una manera que todo cuadra hasta cierto momento, pero después empiezan las contradicciones. Quedémonos, pues, en esta posición y tal vez el autor se dé cuenta, borre, añada o cambie algo... Y quizá la cosa se aclare...
Eso dijo el Príncipe, aunque la espalda le dolía cada vez más; sin embargo entendía la situación de la Bella Durmiente y simpatizaba de veras con ella. Así que seguían igual; pero ni la Bella Durmiente era feliz, porque no tenía la seguridad de que seguirían así para siempre, ni tampoco el Príncipe, porque no estaba seguro de que sólo sería por un tiempo. Hasta que al cabo el Príncipe dijo:
—Me gustaría fumar, pero se me han acabado las cerillas. ¿Me permites que vaya un momento a por ellas?
—Pero ¿volverás? —preguntó la Bella Durmiente, ya que era juiciosa.
—Claro que volveré. Sólo voy a por cerillas y en seguida estoy de vuelta. Tengo unas ganas bárbaras de fumar.
La Bella Durmiente se quedó pensativa. Por un lado su buen juicio le imponía escepticismo, por otro su bondad—y como se ha dicho era buena—hacía que le diese pena el Príncipe atormentado por la avidez de nicotina. ¿Cómo se puede torturar así al amado? Y dijo con tristeza, pues el buen juicio y la bondad no se ponían de acuerdo:
—Ve.
Y el Príncipe se marchó. Era verdad que tenía ganas de fumar y que necesitaba cerillas, en este sentido era sincero. En cuanto a lo demás... Tenía la esperanza de que gracias a esta verdad parcial podría apagar sus remordimientos de conciencia respecto a todo el asunto. Porque todo lo demás era mentira. Así que el Príncipe tenía la esperanza de que con una verdad parcial compensaría en su conciencia la mentira total. Pero era una esperanza infundada.
Hasta qué punto era infundada su esperanza lo supo en seguida. Porque como castigo fue convertido en un repugnante sapo. Y seguirá siendo un sapo hasta que —ya según otro cuento—encontrará a cierta Bella de tan buen corazón que, haciendo caso omiso de la asquerosidad del batracio, depositará con sus pálidos labios rosados un beso sobre el pustuloso morro. Sólo entonces volverá a convertirse en Príncipe.
En el principio fue la mosca
Introducción. "Las moscas". Augusto Monterroso
Introducción.
Hay tres temas: el amor, la muerte y las moscas. Desde que el hombre existe, ese sentimiento, ese temor, esas presencias lo han acompañado siempre. Traten otros los dos primeros. Yo me ocupo de las moscas, que son mejores que los hombres, pero no que las mujeres. Hace años tuve la idea de reunir una antología universal de la mosca. La sigo teniendo. Sin embargo, pronto me di cuenta de que era una empresa prácticamente infinita. La mosca invade todas las literaturas y, claro, donde uno pone el ojo encuentra la mosca. No hay verdadero escritor que en su oportunidad no le haya dedicado un poema, una página, un párrafo, una línea; y si eres escritor y no lo has hecho te aconsejo que sigas mi ejemplo y corras a hacerlo; las moscas son Euménides, Erinias; son castigadoras. Son las vengadoras de no sabesmos qué; pero tú sabes que alguna vez te han perseguido y, en cuanto lo sabes, que te perseguirán para siempre. Ellas vigilan. Son las vicarias de alguien innombrable, buenísimo o maligno. Te exigen. Te siguen. Te observan. Cuando finalmente mueras es probable, y triste, que baste una mosca para llevar quién puede decir a dónde tu pobre alma distraída. Las moscas transportan, heredándose infinitamente la carga, las almas de nuestros muertos, de nuestros antepasados, que así continúan cerca de nosotros, acompañándonos, empeñados en protegernos. Nuestras pequeñas almas transmigan a través de ellas y ellas acumulan sabiduría y conocen todo lo que nosotros no nos atrevemos a conocer. Quizá el último transmisor de nuestra torpe cultura occidental sea el cuerpo de esa mosca, que ha venido reproduciéndose sin enriquerecerse a lo largo de los siglos. Y, bien mirada, creo que dijo Milla (autor que por supuesto desconoces pero que gracias a haberse ocupado de la mosca oyes mencionar hoy por primera vez), la mosca no es tan fea como a primera vista parece. Pero es que a primera vista no parece fea, precisamente porque nadie ha visto nunca una mosca a primera vista. A nadie se le ha ocurrido preguntarse si la mosca fue antes o después. En el principio fue la mosca. (Era casi imposible que no apareciera aquí eso de que en el principio fue la mosca o cualquier otra cosa. De esas frases vivimos. Frases mosca que, como los dolores mosca, no significan nada. Las frases perseguidoras de que están llenas nuestros libros.) Olvídalo. Es más fácil que una mosca se pare en la nariz del papa que el papa se pare en la nariz de una mosca. El papa, o el rey o el presidente (el presidente de la república, claro; el presidente de una compañía financiera o comercial o de productos equis es por lo general tan necio que se considera superior a ellas) son incapaces de llamar a su guardia suiza o a su guardia real o a sus guardias presidenciales para exterminar una mosca. Al contrario, son tolerantes y, cuando más, se rascan la nariz. Saben. Y saben que también la mosca sabe y los vigila; saben que lo que en realidad tenemos son moscas de la guarda que nos cuidan a toda hora de caer en pecados auténticos, grandes, para los cuales se necesitan ángeles de la guarda de verdad que de pronto se descuiden y se vuelvan cómplices, como el ángel de la guarda de Hitler, o como el de Jonhson. Pero no hay que hacer caso. Vuelve a las narices. La mosca que se posó en la tuya es descendiente directa de la que se paró en la de Cleopatra. Y una vez más caes en las alusiones retóricas prefabricadas que todo el mundo ha hecho antes. Pues a pesar tuyo haces literatura. La mosca quiere que la envuelvas en esa atmósfera de reyes, papas y emperadores. Y lo logra. Te domina. No puedes hablar de ella sin sentirte inclinado hacia la grandeza. Oh, Melville, tenías que recorrer los mares para instalar al fin esa gran ballena blanca sobre tu escritorio de Pittsfield, Massachussetts, sin darte cuenta de que el Mal revoleteaba desde mucho antes alrededor de tu helado de fresa en las calurosas tardes de niñez y, pasados los años,sobre ti mismo en el crepúsculo te arrancabas uno que otro pelo de la barba dorada leyendo a Cervantes y puliendo tu estilo; y no necesariamente en aquella enormidad informe de huesos y esperma incapaz de hacer mal alguno sino a quien interrumpiera su siesta, como el loquito Ahab, ¿Y Poe y su cuervo? Ridículo. Tú mira la mosca. Observa. Piensa.
Augusto Monterroso
Hay tres temas: el amor, la muerte y las moscas. Desde que el hombre existe, ese sentimiento, ese temor, esas presencias lo han acompañado siempre. Traten otros los dos primeros. Yo me ocupo de las moscas, que son mejores que los hombres, pero no que las mujeres. Hace años tuve la idea de reunir una antología universal de la mosca. La sigo teniendo. Sin embargo, pronto me di cuenta de que era una empresa prácticamente infinita. La mosca invade todas las literaturas y, claro, donde uno pone el ojo encuentra la mosca. No hay verdadero escritor que en su oportunidad no le haya dedicado un poema, una página, un párrafo, una línea; y si eres escritor y no lo has hecho te aconsejo que sigas mi ejemplo y corras a hacerlo; las moscas son Euménides, Erinias; son castigadoras. Son las vengadoras de no sabesmos qué; pero tú sabes que alguna vez te han perseguido y, en cuanto lo sabes, que te perseguirán para siempre. Ellas vigilan. Son las vicarias de alguien innombrable, buenísimo o maligno. Te exigen. Te siguen. Te observan. Cuando finalmente mueras es probable, y triste, que baste una mosca para llevar quién puede decir a dónde tu pobre alma distraída. Las moscas transportan, heredándose infinitamente la carga, las almas de nuestros muertos, de nuestros antepasados, que así continúan cerca de nosotros, acompañándonos, empeñados en protegernos. Nuestras pequeñas almas transmigan a través de ellas y ellas acumulan sabiduría y conocen todo lo que nosotros no nos atrevemos a conocer. Quizá el último transmisor de nuestra torpe cultura occidental sea el cuerpo de esa mosca, que ha venido reproduciéndose sin enriquerecerse a lo largo de los siglos. Y, bien mirada, creo que dijo Milla (autor que por supuesto desconoces pero que gracias a haberse ocupado de la mosca oyes mencionar hoy por primera vez), la mosca no es tan fea como a primera vista parece. Pero es que a primera vista no parece fea, precisamente porque nadie ha visto nunca una mosca a primera vista. A nadie se le ha ocurrido preguntarse si la mosca fue antes o después. En el principio fue la mosca. (Era casi imposible que no apareciera aquí eso de que en el principio fue la mosca o cualquier otra cosa. De esas frases vivimos. Frases mosca que, como los dolores mosca, no significan nada. Las frases perseguidoras de que están llenas nuestros libros.) Olvídalo. Es más fácil que una mosca se pare en la nariz del papa que el papa se pare en la nariz de una mosca. El papa, o el rey o el presidente (el presidente de la república, claro; el presidente de una compañía financiera o comercial o de productos equis es por lo general tan necio que se considera superior a ellas) son incapaces de llamar a su guardia suiza o a su guardia real o a sus guardias presidenciales para exterminar una mosca. Al contrario, son tolerantes y, cuando más, se rascan la nariz. Saben. Y saben que también la mosca sabe y los vigila; saben que lo que en realidad tenemos son moscas de la guarda que nos cuidan a toda hora de caer en pecados auténticos, grandes, para los cuales se necesitan ángeles de la guarda de verdad que de pronto se descuiden y se vuelvan cómplices, como el ángel de la guarda de Hitler, o como el de Jonhson. Pero no hay que hacer caso. Vuelve a las narices. La mosca que se posó en la tuya es descendiente directa de la que se paró en la de Cleopatra. Y una vez más caes en las alusiones retóricas prefabricadas que todo el mundo ha hecho antes. Pues a pesar tuyo haces literatura. La mosca quiere que la envuelvas en esa atmósfera de reyes, papas y emperadores. Y lo logra. Te domina. No puedes hablar de ella sin sentirte inclinado hacia la grandeza. Oh, Melville, tenías que recorrer los mares para instalar al fin esa gran ballena blanca sobre tu escritorio de Pittsfield, Massachussetts, sin darte cuenta de que el Mal revoleteaba desde mucho antes alrededor de tu helado de fresa en las calurosas tardes de niñez y, pasados los años,sobre ti mismo en el crepúsculo te arrancabas uno que otro pelo de la barba dorada leyendo a Cervantes y puliendo tu estilo; y no necesariamente en aquella enormidad informe de huesos y esperma incapaz de hacer mal alguno sino a quien interrumpiera su siesta, como el loquito Ahab, ¿Y Poe y su cuervo? Ridículo. Tú mira la mosca. Observa. Piensa.
Augusto Monterroso
La mosca que soñaba que era un águila
Augusto Monterroso
Había una vez una Mosca que todas las noches soñaba que era un Águila y que se encontraba volando por los Alpes y por los Andes.
En los primeros momentos esto la volvía loca de felicidad; pero pasado un tiempo le causaba una sensación de angustia, pues hallaba las alas demasiado grandes, el cuerpo demasiado pesado, el pico demasiado duro y las garras demasiado fuertes; bueno, que todo ese gran aparato le impedía posarse a gusto sobre los ricos pasteles o sobre las inmundicias humanas, así como sufrir a conciencia dándose topes contra los vidrios de su cuarto.
En realidad no quería andar en las grandes alturas o en los espacios libres, ni mucho menos.
Pero cuando volvía en sí lamentaba con toda el alma no ser un Águila para remontar montañas, y se sentía tristísima de ser una Mosca, y por eso volaba tanto, y estaba tan inquieta, y daba tantas vueltas, hasta que lentamente, por la noche, volvía a poner las sienes en la almohada.
En los primeros momentos esto la volvía loca de felicidad; pero pasado un tiempo le causaba una sensación de angustia, pues hallaba las alas demasiado grandes, el cuerpo demasiado pesado, el pico demasiado duro y las garras demasiado fuertes; bueno, que todo ese gran aparato le impedía posarse a gusto sobre los ricos pasteles o sobre las inmundicias humanas, así como sufrir a conciencia dándose topes contra los vidrios de su cuarto.
En realidad no quería andar en las grandes alturas o en los espacios libres, ni mucho menos.
Pero cuando volvía en sí lamentaba con toda el alma no ser un Águila para remontar montañas, y se sentía tristísima de ser una Mosca, y por eso volaba tanto, y estaba tan inquieta, y daba tantas vueltas, hasta que lentamente, por la noche, volvía a poner las sienes en la almohada.
FIN
Escuchando a Eric Clapton
Eric Patrick Clapton, CBE es un guitarrista, cantante y compositor de rock y blues británico, conocido por su magistral habilidad con la guitarra eléctrica, en concreto con su Stratocaster. Wiliperdia
Los sueños de Grete
Grete Stern fue una diseñadora y fotógrafa alemana radicada en Argentina, alumna de la Escuela de la Bauhaus.
Los Sueños - Grete Stern from Nano Festival on Vimeo.
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