miércoles, 8 de noviembre de 2017

Quedarse platada

Un cuento mío usando la expresión: Quedarse plantada”.
“Quedarse plantada.
Era como cualquiera, había empezado a caminar a los dos años y no había parado de ir de un lado al otro interesándose por la vida y por las cosas. Lo que más le gustaba era la gente. Cada persona distinta, esa combinación de ojos, nariz, boca y orejas daba infinidad de rostros todos distintos. Algunos daban confianza, a otros había que temerles, había algunos de los que provocaban salir corriendo y otros quedarse a su lado para descansar. Su padre era zapatero y ella aprendió pronto el arte de hacer zapatos. Su especialidad era la gamuza porque le gustaba lo aterciopelado de su tacto y en las noches antes de dormir imaginaba una manada de gamuzas, hermosas ovejas que saltaban y ella las iba contando para atraer el sueño. Su madre vendía hortalizas y frutas que ella misma sembraba en el jardín trasero de la casa. Lo que más le gustaba a la niña era la cosecha, arrancarle a la tierra sus hermosos frutos, era magia pura. Los sábados acompañaba a su madre a vender a la feria de la plaza principal y se pasaba el día pregonando:
— Yucas, paltas, fresas, uvas, zanahorias, papas, colifloooores!
Un día su mamá tuvo que irse de improviso, tuvo el presentimiento de que algo había pasado, como efectivamente pasó, su esposo se había rodado las escaleras de la iglesia y tenía rotas las dos piernas y se había hecho un agujero en la cabeza.
—Quédate aquí, le dijo la madre, —no te muevas.
Y ella obedeció. Se fue haciendo de noche, hacía frío, tenía miedo, pero lo más extraño fue que le crecieron raíces de las piernas y los pies que se fueron incrustando en el pequeño jardín de la plaza y aunque ella quería moverse, no podía. Estaba plantada. Se encogió un poco, resbalándose hasta caer sobre el suelo, y se arrastró para alcanzar a ver la luz que había quedado encendida en una esquina de la municipalidad.
¿Soy una flor, —se dijo— o seré un árbol?
Y las manos pegadas al cuerpo las subió dirigiéndolas hacia el cielo como rezando o convirtiéndose en flor. La madre se pasó la noche cuidando al padre, haciendo trámites para que lo pudiesen operar, especialmente de la cabeza porque se le podían escapar las ideas y olvidar la fórmula de hacer zapatos tan bellos, los mejores del pueblo, de rato en rato se acordaba de la niña, pero no podía ir por ella, le tocaba estar ahí junto al esposo. Empezó a llover, una lluvia fina, una garúa que acompañó a la niña y la refrescó y le dio ánimos para seguir ahí plantada esperando. Al amanecer se dio cuenta de que había dormido y de que había crecido, a pesar de la soledad, se sentía feliz y hasta hermosa.
Antes de que se hiciese del todo de día llegó la madre corriendo, llamándola:
—Elisa, Elisa, acá estoy. La niña estiró los brazos como si fuesen pétalos movidos por el viento de la mañana.
En un instante la madre, conocedora de plantas y flores notó las raíces que retenían a la niña y suavemente, con movimientos sabios de adelante para atrás, de derecha a izquierda, fue arrancándola, diciéndole palabras dulces de madre, amorosas,
—Te quiero, eres mi sol, eres mi vida, eres mi luna querida. La niña se sorprendió al notar la facilidad con la que podía mover los pies y zafarse de la tierra, abrazó a su madre y ella le fue contando la caída del padre, el por qué la había dejado ahí plantada, —pobre niña mía. —Saltando en un pie, en otro, en los dos, llegaron juntas al hospital en donde el médico les aseguró que se pondría bien y que ni se preocuparan porque él había visto tras el agujero de la cabeza intacta, la fórmula de hacer zapatos bellos, en especial los de gamuza. CB de R
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Grafiti, un cuento de Cortázar que me encanta

Este cuento de Cortázar me encanta!
Un cuento de amor de Cortázar: Grafiti
Tantas cosas que empiezan y acaso acaban como un juego, supongo que te hizo gracia encontrar un dibujo al lado del tuyo, lo atribuiste a una casualidad o a un capricho y sólo la segunda vez te diste cuenta que era intencionado y entonces lo miraste despacio, incluso volviste más tarde para mirarlo de nuevo, tomando las precauciones de siempre: la calle en su momento más solitario, acercarse con indiferencia y nunca mirar los grafitti de frente sino desde la otra acera o en diagonal, fingiendo interés por la vidriera de al lado, yéndote en seguida.
Tu propio juego había empezado por aburrimiento, no era en verdad una protesta contra el estado de cosas en la ciudad, el toque de queda, la prohibición amenazante de pegar carteles o escribir en los muros. Simplemente te divertía hacer dibujos con tizas de colores (no te gustaba el término grafitti, tan de crítico de arte) y de cuando en cuando venir a verlos y hasta con un poco de suerte asistir a la llegada del camión municipal y a los insultos inútiles de los empleados mientras borraban los dibujos. Poco les importaba que no fueran dibujos políticos, la prohibición abarcaba cualquier cosa, y si algún niño se hubiera atrevido a dibujar una casa o un perro, lo mismo lo hubieran borrado entre palabrotas y amenazas. En la ciudad ya no se sabía demasiado de que lado estaba verdaderamente el miedo; quizás por eso te divertía dominar el tuyo y cada tanto elegir el lugar y la hora propicios para hacer un dibujo.
Nunca habías corrido peligro porque sabías elegir bien, y en el tiempo que transcurría hasta que llegaban los camiones de limpieza se abría para vos algo como un espacio más limpio donde casi cabía la esperanza. Mirando desde lejos tu dibujo podías ver a la gente que le echaba una ojeada al pasar, nadie se detenía por supuesto pero nadie dejaba de mirar el dibujo, a veces una rápida composición abstracta en dos colores, un perfil de pájaro o dos figuras enlazadas. Una sola vez escribiste una frase, con tiza negra: A mí también me duele. No duró dos horas, y esta vez la policía en persona la hizo desaparecer. Después solamente seguiste haciendo dibujos.
Cuando el otro apareció al lado del tuyo casi tuviste miedo, de golpe el peligro se volvía doble, alguien se animaba como vos a divertirse al borde de la cárcel o algo peor, y ese alguien como si fuera poco era una mujer. Vos mismo no podías probártelo, había algo diferente y mejor que las pruebas más rotundas: un trazo, una predilección por las tizas cálidas, un aura. A lo mejor como andabas solo te imaginaste por compensación; la admiraste, tuviste miedo por ella, esperaste que fuera la única vez, casi te delataste cuando ella volvió a dibujar al lado de otro dibujo tuyo, unas ganas de reír, de quedarte ahí delante como si los policías fueran ciegos o idiotas.
Empezó un tiempo diferente, más sigiloso, más bello y amenazante a la vez. Descuidando tu empleo salías en cualquier momento con la esperanza de sorprenderla, elegiste para tus dibujos esas calles que podías recorrer de un solo rápido itinerario; volviste al alba, al anochecer, a las tres de la mañana. Fue un tiempo de contradicción insoportable, la decepción de encontrar un nuevo dibujo de ella junto a alguno de los tuyos y la calle vacía, y la de no encontrar nada y sentir la calle aún más vacía. Una noche viste su primer dibujo solo; lo había hecho con tizas rojas y azules en una puerta de garage, aprovechando la textura de las maderas carcomidas y las cabezas de los clavos. Era más que nunca ella, el trazo, los colores, pero además sentiste que ese dibujo valía como un pedido o una interrogación, una manera de llamarte. Volviste al alba, después que las patrullas relegaron en su sordo drenaje, y en el resto de la puerta dibujaste un rápido paisaje con velas y tajamares; de no mirarlo bien se hubiera dicho un juego de líneas al azar, pero ella sabría mirarlo. Esa noche escapaste por poco de una pareja de policías, en tu departamento bebiste ginebra tras ginebra y le hablaste, le dijiste todo lo que te venía a la boca como otro dibujo sonoro, otro puerto con velas, la imaginaste morena y silenciosa, le elegiste labios y senos, la quisiste un poco.
Casi en seguida se te ocurrió que ella buscaría una respuesta, que volvería a su dibujo como vos volvías ahora a los tuyos, y aunque el peligro era cada vez mayor después de los atentados en el mercado te atreviste a acercarte al garage, a rondar la manzana, a tomar interminables cervezas en el café de la esquina. Era absurdo porque ella no se detendría después de ver tu dibujo, cualquiera de las muchas mujeres que iban y venían podía ser ella. Al amanecer del segundo día elegiste un paredón gris y dibujaste un triángulo blanco rodeado de manchas como hojas de roble; desde el mismo café de la esquina podías ver el paredón (ya habían limpiado la puerta del garage y una patrulla volvía y volvía rabiosa), al anochecer te alejaste un poco pero eligiendo diferentes puntos de mira, desplazándote de un sitio a otro, comprando mínimas cosas en las tiendas para no llamar demasiado la atención. Ya era noche cerrada cuando oíste la sirena y los proyectores te barrieron los ojos. Había un confuso amontonamiento junto al paredón, corriste contra toda sensatez y sólo te ayudó el azar de un auto dando vuelta a la esquina y frenando al ver el carro celular, su bulto te protegió y viste la lucha, un pelo negro tironeado por manos enguantadas, los puntapiés y los alaridos, la visión entrecortada de unos pantalones azules antes de que la tiraran en el carro y se la llevaran.
Mucho después (era horrible temblar así, era horrible pensar que eso pasaba por culpa de tu dibujo en el paredón gris) te mezclaste con otras gentes y alcanzaste a ver un esbozo en azul, los trazos de ese naranja que era como su nombre o su boca, ella así en ese dibujo truncado que los policías habían borroneado antes de llevársela; quedaba lo bastante como para comprender que había querido responder a tu triángulo con otra figura, un círculo o acaso un espiral, una forma llena y hermosa, algo como un sí o un siempre o un ahora.
Lo sabías muy bien, te sobraría tiempo para imaginar los detalles de lo que estaría sucediendo en el cuartel central; en la ciudad todo eso rezumaba poco a poco, la gente estaba al tanto del destino de los prisioneros, y si a veces volvían a ver a uno que otro, hubieran preferido no verlos y que al igual que la mayoría se perdieran en ese silencio que nadie se atrevía a quebrar. Lo sabías de sobra, esa noche la ginebra no te ayudaría más a morderte las manos, a pisotear tizas de colores antes de perderte en la borrachera y en el llanto.
Sí, pero los días pasaban y ya no sabías vivir de otra manera. Volviste a abandonar tu trabajo para dar vueltas por las calles, mirar fugitivamente las paredes y las puertas donde ella y vos habían dibujado. Todo limpio, todo claro; nada, ni siquiera una flor dibujada por la inocencia de un colegial que roba una tiza en la clase y no resiste el placer de usarla. Tampoco vos pudiste resistir, y un mes después te levantaste al amanecer y volviste a la calle del garage. No había patrullas, las paredes estaban perfectamente limpias; un gato te miró cauteloso desde un portal cuando sacaste las tizas y en el mismo lugar, allí donde ella había dejado su dibujo, llenaste las maderas con un grito verde, una roja llamarada de reconocimiento y de amor, envolviste tu dibujo con un óvalo que era también tu boca y la suya y la esperanza. Los pasos en la esquina te lanzaron a una carrera afelpada, al refugio de una pila de cajones vacíos; un borracho vacilante se acercó canturreando, quiso patear al gato y cayó boca abajo a los pies del dibujo. Te fuiste lentamente, ya seguro, y con el primer sol dormiste como no habías dormido en mucho tiempo.
Esa misma mañana miraste desde lejos: no lo habían borrado todavía. Volviste al mediodía: casi inconcebiblemente seguía ahí. La agitación en los suburbios (habías escuchado los noticiosos) alejaban a la patrulla de su rutina; al anochecer volviste a verlo como tanta gente lo había visto a lo largo del día. Esperaste hasta las tres de la mañana para regresar, la calle estaba vacía y negra. Desde lejos descubriste otro dibujo, sólo vos podrías haberlo distinguido tan pequeño en lo alto y a la izquierda del tuyo. Te acercaste con algo que era sed y horror al mismo tiempo, viste el óvalo naranja y las manchas violetas de donde parecía saltar una cara tumefacta, un ojo colgando, una boca aplastada a puñetazos. Ya sé, ya sé ¿pero qué otra cosa hubiera podido dibujarte? ¿Qué mensaje hubiera tenido sentido ahora? De alguna manera tenía que decirte adiós y a la vez pedirte que siguieras. Algo tenía que dejarte antes de volverme a mi refugio donde ya no había ningún espejo, solamente un hueco para esconderme hasta el fin en la más completa oscuridad, recordando tantas cosas y a veces, así como había imaginado tu vida, imaginando que hacías otros dibujos, que salías por la noche para hacer otros dibujos.

Alejandra Laurencih, escritora argentina

Dimos inicio a nuestro taller con este texto de Alejandra, escritora argentina, para enterarnos un poco de su historia, su origen eslavo, la condición de emigrantes de sus antepasado y de algunas anécdotas que llegaron hasta ella para conformar su espíritu y su manera de mirar el mundo. AL final de esta crónica Alejandra desea que los emigrantes de este tiempo tengan como tuvieron los suyos oportunidades de supervivencia y prosperidad.
Nuestra casa / Alejandra Laurencich
Era una noche de verano, grandes nubarrones se desplazaban por el cielo y tapaban las estrellas, anunciando tormenta. La pizza traída por el delivery se iba enfriando sobre la mesa del jardín, porque nuestra invitada, la tía, se había decidido a hablar de cosas del pasado, de cuando ella con sólo seis o siete años, papá con apenas diez, y su madre —mi abuela, quien los llevaba de la mano— habían arribado a Argentina, el 15 de septiembre de 1935. Sus sobrinos y sobrinos nietos escuchábamos atentos su relato, sabiendo que la cena podía demorarse, que era más importante el alimento que proporcionaba ella, la historia de cómo habían escapado del régimen mussoliniano, lanzado a una «italianización» masiva de los territorios fronterizos, sometiendo así, por la fuerza, a la población eslava de la zona.
Nos contaba la tía que una pieza al fondo en el barrio de Flores fue el sitio que los hospedó en Buenos Aires hasta que tres semanas más tarde pudo llegar el Nono desde Orán, en Salta, al norte del país, donde había pasado cuatro años juntando los pesos para traer a su familia desde el pueblo donde habían nacido, Doberdob, en la meseta del Carso, a sólo treinta kilómetros de Trieste. ¡Oh Doberdob, tumba de chicos eslovenos!, decía una canción popular de la zona, porque ese sitio fue el escenario de sangrientas batallas en la Primera Guerra Mundial, cuando los bombardeos lograron destruirlo casi por completo.
¿Te gusta más Italia o Argentina?, contaba la tía que le preguntaban, y ella respondía: Allá es más lindo, pero acá se come todos los días. Y nos describía los paisajes de su infancia, las colinas y los bosques, la Nona trabajando en una hostería mientras ellos, sus hijos, esperaban sentaditos para compartir un huevo entre los tres. Recordaba el día que los maestros de la escuela habían tenido toda la mañana a los alumnos bajo el sol, formados en la Vía Roma (la calle del pueblo por donde pasaba la carretera que iba a Trieste) esperando el paso de Il Duce, que nunca pasó. Nos hablaba de la señorita Polola, maestra de primero inferior en una escuela pública en la que mis abuelos anotaron a los chicos apenas llegaron a Argentina. La docente llamó al Nono para decirle que su hija sólo hablaba italiano. ¿Y qué quiere?, contestó él, si acaba de venir de Italia, téngale paciencia. La tía ahora miraba la muzzarella que esperaba por ella bajo el viento, y seguía desgranando recuerdos de acá y de allá, de cuando la Nona los montó en la bicicleta y pedaleó quince kilómetros para llegar a la celebración de la Virgen. Toda la noche durmieron detrás del altar porque no tenían dónde hospedarse.
Me conmueven las historias que narra la tía, acaso porque papá, en los ochenta y pico de años que vivió, jamás me las contó. Pienso en todo lo que guardó en su memoria, pienso que él nunca quiso volver a su país, que si alguno le preguntaba por su tierra decía: pura miseria, como si aún hubiera allá chicos que juntaban balines en la nieve para poder conseguir unas monedas por su venta, las rodillas heladas y los zapatos remendados. Bajo el único abrigo el uniforme obligatorio para los escolares: camisas negras. Todos aquellos sitios de la Vieja Europa habían quedado en su retina cubiertos por el hambre y el dolor de ver cómo, por ejemplo, unos parientes tuvieron que desenterrar a un gato que había muerto de viejo, para tener algo que comer. Allá no vuelvo, decía papá, que se consideraba argentino, que se había enamorado de una porteña, mi madre, y había aprendido a tomar mate como el mejor, había podido pagar los estudios universitarios o terciarios de sus cuatro hijos, hablaba en una especie de lunfardo extraño, que incluía palabras provenientes del tango, como piringundín, mishiadura, bacán o gilastrún; glorificaba a sus ídolos, Gardel o Maradona, hacía asados.
La porción de pizza esperaba en el plato de mi tía, el viento tormentoso levantaba sonidos extraños, pero nadie se movía, porque ella seguía dando nombres, detalles, como si todo lo que había pasado hacía tantas décadas hubiera sucedido el día anterior. Contaba de su prima, quien una vez, desafiando la ira de su padre, un hombre violento como pocos, fue a meterle un alambre por el culo a una gallina para quitarle el huevo que estaba por poner, tanta era el hambre y la desesperación en ese pueblo que dejaron. Medio salame, un huevo o dos, para tres o cuatro personas, eran las medidas que manejaban los progenitores mientras en la escuela sus hijos no podían hablar su idioma natal, el esloveno, prohibido públicamente por el gobierno de Mussolini. Para las fiestas de Italia tenían que colgar la bandera extranjera en las fachadas de las casas. Para poder trabajar tenían que conseguir el carnet, que únicamente se les otorgaba a los que se aliaban al partido. Todos se iban, y los que quedaban se veían obligados a dejar a sus hijos solos para ir a plantar pinos para el gobierno.
Pienso en la belleza de esos pueblos y ciudades del norte de Italia y Eslovenia que he visitado, donde he sido invitada a presentar alguno de mis libros, donde he hablado de literatura en festivales o eventos culturales, donde me han preguntado —como si yo fuera una embajadora— por mi familia de origen. Pienso en esos paisajes espléndidos que recorrí, los mismos que setenta o noventa años atrás enmarcaban una historia de miseria y desgarro, como la de mi abuela adolescente empujando una carreta colina arriba, escapando hacia Lubljana, bebiendo agua sucia de la zanja para calmar la sed. Pienso en la frase que ella siempre nos repetía, advirtiéndonos: Chicos, ustedes no saben lo que es la guerra. Pienso en las trincheras que he visto, las que aún bordean la planta urbana de Doberdob como testimonio de lo que fue ese infierno, solitarios parajes donde crece el ruj, un arbusto de hojas escarlata que parece teñido de la sangre de los jóvenes muertos. Tres fronteras llegaron a cruzar esa ciudad en otro tiempo, una de las más castigadas de la región.
Y de la alegría de esa noche la tía pasaba a otra que les había prodigado el azar: cuando llegó la carta que había escrito el hermano menor de mi abuela, del que no habían podido despedirse cuando vinieron para Argentina en el último barco que salió de la zona, porque él había sido convocado a alistarse en la aviación.
La tía seguía esa noche mezclando los planos temporales, los episodios, y así establecía contrastes, como la tremenda fiesta de casamiento de papá y mamá, en el salón de un club esloveno del barrio porteño de Devoto cuyo nombre podría traducirse por Nuestra Casa. Una mesa de chucrut, orquesta en vivo, los paisanos engalanados con trajes y vestidos suntuosos; la familia tenía dinero ganado con trabajo duro y ahorro, el hambre y el padecimiento habían quedado atrás. Y de la alegría de esa noche la tía pasaba a otra que les había prodigado el azar: cuando llegó la carta que había escrito el hermano menor de mi abuela, del que no habían podido despedirse cuando vinieron para Argentina en el último barco que salió de la zona, porque él había sido convocado a alistarse en la aviación. En la carta contaba que su avión había sido derribado, que él había sobrevivido escondiéndose en un pozo sobre el que pasaban los vuelos rasantes enemigos. En el sobre de la carta sólo estaba escrito el apellido de la familia, y abajo Tres Cruces, el antiguo nombre de la Avenida Beiró, en Buenos Aires. Alguien en el correo había comentado la rareza de una carta con un destinatario y una calle sin número ni señas. Y el cartero de la zona escuchó la conversación y dijo: Yo conozco a unos que tienen ese apellido, que viven en Tres Cruces. Y llevó la carta con la que la familia pudo enterarse de que el tío menor había sobrevivido a la Segunda Guerra Mundial.
La tormenta continuaba acercándose, la tía miraba hacia el jardín con una concentración intensa y seguía recordando, como si sólo hilando la historia de su pueblo pudiera detenerla. Cada tanto yo le decía: Comé la pizza, tía, se te va a enfriar. Era casi la medianoche cuando por fin se llevó una porción a la boca, saciados ya nosotros de sus recuerdos, ella entonces se dedicó a alimentarse. Después dijo que se iba a dormir, le preparé un cuarto, le acerqué el velador. Escuché cómo se desataba el vendaval afuera, mientras dormíamos al abrigo de una historia con final feliz.
Al otro día ella se levantó tarde, casi para el almuerzo, comimos bifes de carne jugosa con ensalada, después hicimos una recorrida por todo el jardín, por los canteros, por la huerta, ella con su bastón ayudaba a quitar hojas que había arrastrado el viento, enderezaba tallos; no dejaba de acariciar los arbustos y las flores, de oler y admirar cada variedad, escuchaba la historia de cómo había sido plantada, preguntaba nombres. A las dos de la tarde llamé a un remís, corté la única rosa que había quedado entera en el rosal, un montón de romero y orégano para darle. Se fue después de darme un abrazo fuerte, la saludé hasta que el auto dobló la esquina. Fue la última vez que vino a casa, y sé que ya no podrá volver. Es la última persona de esa generación de la familia que queda viva.
Cuando entré a mi hogar el aire parecía cargado de encanto y melancolía. Me fui a dormir la siesta y lloré, por ella, por mi papá, por todos los inmigrantes que pudieron soportar el destierro y construir un hogar en otra parte del mundo, que vieron alzarse a sus familias en un territorio lejano. Lloré por los que murieron y mueren en el intento, por los que esperan en campos de refugiados sin saber qué será de ellos o de sus seres queridos. Resistan, quisiera decirles, tengan esperanza e ilusión, en cualquier tierra puede continuarse la vida, erigirse un destino digno, con trabajo, con amor. Pero quizá no sea un buen consejo para darles, porque acaso los inmigrantes de hoy no tengan la suerte que tuvieron mis ancestros, cuando el país de acogida les abrió los brazos, dándoles futuro e incluso la oportunidad de nutrirse, de crecer y de volver, si no ellos mismos, al menos alguien de su familia. ¿Cuántos hijos o nietos de los refugiados e inmigrantes de hoy podrían ser, el día de mañana, orgullosos portadores de una historia de intercambio y prosperidad, coronando así la lucha por la supervivencia de un nombre, de una línea de vida? ¿Cuántos de esos niños hoy hambreados podrán ser acaso los padres de futuros y brillantes científicos, o destacados artistas, u obreros o maestros en la tierra que les dé cobijo y oportunidad? ¿Cuántas culturas y familias podrían entremezclarse, enriquecerse, honrar territorios como si fueran propios, aquí y allá, compensando la tragedia del desarraigo a la que se ven sometidas?
Duele el mundo que vemos en las pantallas de nuestras notebooks, en las redes sociales, en la televisión; duelen y asustan sus dirigentes, sus políticos, sus gastos de armamentos y la indiferencia evidente hacia los más desprotegidos. Son como una tormenta bestial que se acerca para arrasar con todos. Sólo que tras su avance, si lo permitimos, no habrá familias reunidas ni evocaciones ni recuerdos, no habrá comida esperando alimentar a nadie en la mesa de un jardín, no habrá sitio ni refugio donde guarecerse.

Hola Antonio 9

Hola Antonio 16

Hablando de 'Ensayo' - El Pavón Teatro Kamikaze

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Grafittis en Nueva Zelanda, arte urbano







MÁRIA ŠVARBOVÁ

MÁRIA ŠVARBOVÁ, pintora eslovaca















viernes, 29 de septiembre de 2017

David Oistrakh Paganini Campanella live in Moscow 1954

Querida Elda







La belleza
Tus cuadros  
Venancio
Las plantas
Los amigos
Los gatos
La mesa
La risa
La sonrisa
Tu casa
Ese paseo
Delicadeza


Tantos momentos  inolvidables
entre amigas. 










De padres italianos, Di Malio (Texas - 1946) descubrió la pintura  en el taller Jueves y luego en Bellas Artes, siendo sus maestros creadores de la talla de Leslie Lee, Juan Acha o Mahia Biblos. Con Venancio Shinki, primero su maestro antes de compartir sus vidas, descubrió la pintura abstracta. Pero luego decidió romper con esta corriente estética para mantener un camino independiente, una determinación que marcó la actitud y la obra de ambos esposos.