domingo, 9 de diciembre de 2012

Cucarachonas de guantes blancos


Para mis amigos de FB, el texto está ya en el blog, me había olvidado que ya lo había colgado, así que pueden buscarlo. http://abraelazuldelcielo.blogspot.com/2012/09/cucarachonas-de-guantes-blancos.html

Mi vida con la ola


Este texto está en el blog pero en una adaptación para teatro. Aquí la historia de amor que nos entrega Octavio Paz en su libro Arenas movedizas



Cuando dejé aquel mar, una ola se adelanto entre todas. Era esbelta y ligera. A pesar de los gritos de las otras, que la detenían por el vestido flotante, se colgó de mi brazo y se fue conmigo saltando. No quise decirle nada, porque me daba pena avergonzarla ante sus compañeras. Además, las miradas coléricas de las mayores me paralizaron.

Cuando llegamos al pueblo, le expliqué que no podía ser, que la vida en la ciudad no era lo que ella pensaba en su ingenuidad de ola que nunca ha salido del mar. Me miro seria: “Su decisión estaba tomada. No podía volver.” Intente dulzura, dureza, ironía. Ella lloro, grito, acaricio, amenazo. Tuve que pedirle perdón. Al día siguiente empezaron mis penas. ¿Cómo subir al tren sin que nos vieran el conductor, los pasajeros, la policía? Es cierto que los reglamentos no dicen nada respecto al transporte de olas en los ferrocarriles, pero esa misma reserva era un indicio de la severidad con que se juzgaría nuestro acto.

Tras de mucho cavilar me presente en la estación una hora antes de la salida, ocupé mi asiento y, cuando nadie me veía, vacié el depósito de agua para los pasajeros; luego, cuidadosamente, vertí en él a mi amiga.

El primer incidente surgió cuando los niños de un matrimonio vecino declararon su ruidosa sed. Les salí al paso y les prometí refrescos y limonadas. Estaban a punto de aceptar cuando se acerco otra sedienta. Quise invitarla también, pero la mirada de su acompañante me detuvo. La señora tomo un vasito de papel, se acerco al depósito y abrió la llave. Apenas estaba a medio llenar el vaso cuando me interpuse de un salto entre ella y mi amiga. La señora me miro con asombro. Mientras pedía disculpas, uno de los niños volvió abrir el depósito. Lo cerré con violencia.

La señora se llevo el vaso a los labios: -Ay el agua esta salada. El niño le hizo eco. Varios pasajeros se levantaron. El marido llamo al Conductor: -Este individuo echo sal al agua. El Conductor llamo al Inspector: -¿Conque usted echo substancias en el agua? El Inspector llamo al Policía en turno: -¿Conque usted echo veneno al agua? El Policía en turno llamo al Capitán: – ¿Conque usted es el envenenador? El Capitán llamo a tres agentes. Los agentes me llevaron a un vagón solitario, entre las miradas y los cuchicheos de los pasajeros. En la primera estación me bajaron y a empujones me arrastraron a la cárcel. Durante días no se me hablo, excepto durante los largos interrogatorios. Cuando contaba mi caso nadie me creía, ni siquiera el carcelero, que movía la cabeza, diciendo: “El asunto es grave, verdaderamente grave. ¿No había querido envenenar a unos niños?”. Una tarde me llevaron ante el Procurador. -Su asunto es difícil -repitió-. Voy a consignarlo al Juez Penal. Así paso un año. Al fin me juzgaron. Como no hubo víctimas, mi condena fue ligera. Al poco tiempo, llego el día de la libertad. El Jefe de la Prisión me llamo: -Bueno, ya esta libre. Tuvo suerte. Gracias a que no hubo desgracias. Pero que no se vuelva a repetir, por que la próxima le costara caro… Y me miro con la misma mirada seria con que todos me veían.

Esa misma tarde tome el tren y luego de unas horas de viaje incómodo llegue a México. Tome un taxi y me dirigí a casa. Al llegar a la puerta de mi departamento oí risas y cantos. Sentí un dolor en el pecho, como el golpe de la ola de la sorpresa cuando la sorpresa nos golpea en pleno pecho: mi amiga estaba allí, cantando y riendo como siempre. -¿Cómo regresaste? -Muy fácil: en el tren. Alguien, después de cerciorarse de que sólo era agua salada, me arrojo en la locomotora. Fue un viaje agitado: de pronto era un penacho blanco de vapor, de pronto caía en lluvia fina sobre la máquina. Adelgace mucho. Perdí muchas gotas. Su presencia cambio mi vida. La casa de pasillos obscuros y muebles empolvados se lleno de aire, de sol, de rumores y reflejos verdes y azules, pueblo numeroso y feliz de reverberaciones y ecos.

¡Cuántas olas es una ola o como puede hacer playa o roca o rompeolas un muro, un pecho, una frente que corona de espumas! Hasta los rincones abandonados, los abyectos rincones del polvo y los detritus fueron tocados por sus manos ligeras. Todo se puso a sonreír y por todas partes brillaban dientes blancos. El sol entraba con gusto en las viejas habitaciones y se quedaba en casa por horas, cuando ya hacia tiempo que había abandonado las otras casas, el barrio, la ciudad, el país. Y varias noches, ya tarde, las escandalizadas estrellas lo vieron salir de mi casa, a escondidas. El amor era un juego, una creación perpetua. Todo era playa, arena, lecho de sábanas siempre frescas. Si la abrazaba, ella se erguía, increíblemente esbelta, como tallo liquido de un chopo; y de pronto esa delgadez florecía en un chorro de plumas blancas, en un penacho de risas de caían sobre mi cabeza y mi espalda y me cubrían de blancuras. O se extendía frente a mí, infinita como el horizonte, hasta que yo también me hacia horizonte y silencio. Plena y sinuosa, me envolvía como una música o unos labios inmensos. Su presencia era un ir y venir de caricias, de rumores, de besos. Entraba en sus aguas, me ahogaba a medias y en un cerrar de ojos me encontraba arriba, en lo alto del vértigo, misteriosamente suspendido, para caer después como una piedra, y sentirme suavemente depositado en lo seco, como una pluma. Nada es comparable a dormir mecido en las aguas, si no es despertar golpeado por mil alegres látigos ligeros, por arremetidas que se retiran riendo.

Pero jamás llegue al centro de su ser. Nunca toque el nudo del ay y de la muerte. Quizá en las olas no existe ese sitio secreto que hace vulnerable y mortal a la mujer, ese pequeño botón eléctrico donde todo se enlaza, se crispa y se yergue, para luego desfallecer. Su sensibilidad, como las mujeres, se propagaba en ondas, solo que no eran ondas concéntricas, sino excéntricas, que se extendían cada vez mas lejos, hasta tocar otros astros. Amarla era prolongarse en contactos remotos, vibrar con estrellas lejanas que no sospechamos. Pero su centro… no, no-tenia centro, sino un vació parecido al de los torbellinos, que me chupaba y me asfixiaba.

Tendido el uno al lado de otro, cambiábamos confidencias, cuchicheos, risas. Hecha un ovillo, caía sobre mi pecho y allí se desplegaba como una vegetación de rumores. Cantaba a mi oído, caracola. Se hacia humilde y transparente, echada a mis pies como un animalito, agua mansa. Era tan límpida que podía leer todos sus pensamientos. Ciertas noches su piel se cubría de fosforescencias y abrazarla era abrazar un pedazo de noche tatuada de fuego. Pero se hacia también negra y amarga. A horas inesperadas mugía, suspiraba, se retorcía. Sus gemidos despertaban a los vecinos. Al oírla el viento del mar se ponía a rascar la puerta de la casa o deliraba en voz alta por alas azoteas. Los días nublados la irritaban; rompía muebles, decía malas palabras, me cubría de insultos y de una espuma gris y verdosa. Escupía, lloraba, juraba, profetizaba. Sujeta a la luna, las estrellas, al influjo de la luz de otros mundos, cambiaba de humor y de semblante de una manera que a mí me parecía fantástica, pero que era tal como la marea.

Empezó a quejarse de soledad. Llene la casa de caracolas y conchas, pequeños barcos veleros, que en sus días de furia hacia naufragar (junto con los otros, cargados de imágenes, que todas las noches salían de mi frente y se hundía en sus feroces o graciosos torbellinos) ¡Cuantos pequeños tesoros se perdieron en ese tiempo! Pero no le bastaban mis barcos ni el canto silencioso de las caracolas. Confieso que no sin celos los veía nadar en mi amiga, acariciar sus pechos, dormir entre sus piernas, adornar su cabellera con leves relámpagos de colores. Entre todos aquellos peces había unos particularmente repulsivos y feroces, unos pequeños tigres de acuario, grandes ojos fijos y bocas hendidas y carniceras. No sé por que aberración mi amiga se complacía en jugar con ellos, mostrándoles sin rubor una preferencia cuyo significado prefiero ignorar. Pasaba largas horas encerrada con aquellas horribles criaturas.

Un día no pude más; eche abajo la puerta y me arroje sobre ellos. Ágiles y fantasmales, se me escapaban entre las manos mientras ella reía y me golpeaba hasta derribarme. Sentí que me ahogaba. Y cuando estaba a punto de morir, morado ya, me deposito en la orilla y empezó a besarme, y humillado. Y al mismo tiempo la voluptuosidad me hizo cerrar los ojos. Porque su voz era dulce y me hablaba de la muerte deliciosa de loas ahogados.

Cuando volví en mi, empecé a temerla y a odiarla. Tenia descuidados mis asuntos. Empecé a frecuentar los amigos y reanude viejas y queridas relaciones. Encontré a una amiga de juventud. Haciéndole jurar que me guardaría el secreto, le conté mi vida con la ola. Nada conmueve tanto a las mujeres como la posibilidad de salvar a un hombre.

Mi redentora empleo todas sus artes, pero, ¿qué podía una mujer, dueña de un número limitado de almas y cuerpos, frente a mi amiga, siempre cambiante – y siempre idéntica a sí misma en su metamorfosis incesantes? Vino el invierno. El cielo se volvió gris. La niebla cayo sobre la ciudad. Llovía una llovizna helada. Mi amiga gritaba todas las noches. Durante el día se aislaba, quieta y siniestra, mascullando una sola silaba, como una vieja que rezonga en un rincón. Se puso fría; dormir con ella era tirar toda la noche y sentir como se helaba paulatinamente la sangre, los huesos, los pensamientos. Se volvió impenetrable, revuelta. Yo salía con frecuencia y mis ausencias eran cada vez mas prolongadas. Ella, en su rincón, aullaba largamente. Con dientes acerados y lengua corrosiva roía los muros, desmoronaba las paredes. Pasaba las noches en vela, haciéndome reproches. Tenía pesadillas, deliraba con el sol, con un gran trozo de hielo, navegando bajo cielos negros en noches largas como meses. Me injuriaba. Maldecía y reía; llenaba la casa de carcajadas y fantasmas. Llamaba a los monstruos de las profundidades, ciegos, rápidos y obtusos. Cargada de electricidad, carbonizaba lo que rozaba. Sus dulces brazos se volvieron cuerdas ásperas que me estrangulaban. Y su cuerpo verdoso y elástico, era un látigo implacable, que golpeaba, golpeaba, golpeaba.

Huí. Los horribles peces reían con risa feroz. Allá en las montañas, entre los altos pinos y los despeñaderos, respire el aire frió y fino como un pensamiento de libertad. Al cabo de un mes regresé. Estaba decidido. Había hecho tanto frío que encontré sobre el mármol de la chimenea, junto al fuego extinto, una estatua de hielo. No me conmovió su aborrecida belleza. Le eché en un gran saco de lona y salí a la calle, con la dormida a cuestas. En un restaurante de las afueras la vendí a un cantinero amigo, que inmediatamente empezó a picarla en pequeños trozos, que depositó cuidadosamente en las cubetas donde se enfrían las botellas.

Retrospectiva de Eduardo Tokeshi

Esta semana fuimos a ver la retrospectiva de Eduardo Tokeshi, muestra que todo el mundo debería visitar. Mucha de su obra en esa hermosa sala, nos da una idea muy cercana de lo serio de su trabajo y de su preocupación y amor por nuestro país.











Los años maravillosos y Judy Collins


Estuve recodando la preciosa voz de Judy Collins, cantante y compositora norteamericana, y encontré esta canción suya que acompaña el video de la "serie Los años felices" que tanta ternura nos dio.

The Wonder Years, también conocida como Los años maravillosos,en donde Kevin va creciendo y descubriendo el amor fue una serie de televisión creada por Carol Black y Neal Marlens. Tuvo seis temporadas.

Interview por Juan José Arreola

Entrevista cuento de Juan José Arreola , escritor mexicano

-Finalmente, a los lectores les gustaría saber en qué trabaja usted por ahora.
¿Podría decirlo?
-Anoche se me ocurrió algo, pero no sé, no sé...
-Dígalo usted de todas maneras.
-Se trata de algo así como una ballena. Es la esposa de un joven poeta, digamos, de un hombre común y corriente.
-¡Ah, ya! La ballena que se comió a Jonás.
-Sí, sí, pero no sólo a Jonás. Es una especie de ballena total que lleva dentro de sí a todos los peces que se han ido comiendo uno a otro, claro, siempre el más grande al más chico, y comenzando por el microscópico infusorio.
-¡Muy bien, muy bien! Yo también pensaba de niño en un animal así, pero creo que era más bien un canguro cuya bolsa...
-Bueno, en realidad no tendría yo inconveniente en cambiar la imagen de la ballena por la del canguro. Me simpatizan los canguros, con esa gran bolsa en que bien puede caber el mundo. Sólo que, sabe usted, tratándose de la esposa de un joven poeta, es mucho más sugerente la imagen de la ballena. Una ballena azul, si usted prefiere, para no dejar a un lado la galantería.


-¿Y cómo nació en usted tal idea?
-Es dádiva del mismo poeta, esposo de la ballena.
-¿Cómo es eso?
-En uno de sus poemas más bellos se concibe a sí mismo como una rémora pequeñita adherida al cuerpo de la gran ballena nocturna, la esposa dormida que lo conduce en su sueño. Esa enorme ballena femenina es más o menos el mundo, del cual el poeta sólo puede cantar un fragmento, un trozo de la dulce piel que lo sustenta.
-Me temo que sus palabras desconcierten a nuestros lectores. Y el señor director, usted sabe...
-En tal caso, dé usted un giro tranquilizador a mis ideas. Diga sencillamente que a todos, a usted y a mí, a los lectores del periódico y al señor director, nos ha tragado la ballena. Que vivimos en sus entrañas, que nos digiere lentamente y que poco a poco nos va arrojando hacia la nada...
-¡Bravo! No diga usted más; es perfecto, y muy dentro del estilo de nuestro periódico. Por último ¿podría cedernos una fotografía suya?
-No. Prefiero dar a usted una vista panorámica de la ballena. Allí estamos todos. Con un poco de cuidado se me puede distinguir muy bien -no recuerdo exactamente dónde- envuelto en un pequeño resplandor.
Juan José Arreola: BESTIARIO. México, Joaquín Mortiz, 1972, 103-104. Edición original: UNAM, 1959.

El famoso Moma

Cuando recién apareció el Internet una amiga me explicó lo que era y me decía que se podía visitar un museo. Yo me rompía la cabeza tratando de entender, cómo podíamos visitarlo. Ahora que el internet forma parte tan importante de nuestras vida pongo este video que hace una visita al Museo de arte moderno de Nueva York. El famoso MOMA. Espero lo disfruten.


domingo, 2 de diciembre de 2012

Viajando en taxi




Los últimos días he estado movilizándome en taxi. Toda una experiencia, desde descubrir lo eficientes que son algunas empresas que solo llamas, respondes sí, apretando el número 1, y el taxi está en la puerta de tu casa en diez minutos a lo máximo. Te esperará quince minutos libres de cargo si lo necesitas, y luego, como el mejor chofer del mundo, te llevará adónde tu corazón desee.
Hay una empresa que te ofrece las últimas revistas para que leas en el camino, una caja de la que puedes servirte caramelitos y si lo deseas puedes pedir que te pongan cierta clase de música y alguna fragancia especial. Lo malo que esta empresa no llegó puntual y éso, es lo fundamental.
Aprendí de un señor taxista que la principal cualidad que debe tener un chofer de taxi es la paciencia, con el tráfico y con el cliente. El tiene la política de no hablar hasta que el cliente habla porque podría desear estar en silencio pensando, o descansando o hablando por teléfono.
He conocido gente muy especial en estos viajes de la Molina a Miraflores o San Borja o San Isidro. Gente trabajadora, esforzada, con el espíritu que se necesita para crearse una vida de la cual poderse sentir orgullosos.
—Aprendí a trabajar desde muy chico—me dice el chofer, mi madre hacía unos tamales deliciosos y yo la ayudaba a vender. Ahí aprendí la amabilidad y la he seguido practicando toda mi vida y me ha sido de mucha utilidad. Le pregunto al pasajero por qué ruta quiere ir, y por ahí voy, para que se sienta contento. Trato al pasajero como si fuera mi padre o mi madre, mi hermana o mi hijo, lo trato como me gustaría que me trataran a mí.
Este chofer me contó que los sábados trabajaba corrido veinticuatro horas. Que había aprendido control mental y que lo hacía de manera ordenada y tranquila desde hace muchos años. No como en la noche, porque comer da sueño. A media noche me como un sublime y una coca cola. Camino cuando no tengo clientes y limpio el auto para mantenerme en movimiento. Tengo que pagar al banco 50 soles diarios por el préstamo que me hicieron para comprar mi carro, y esta es la manera que he encontrado para poder descansar el domingo y estar con mi familia. Duermo hasta las dos los domingos, almorzamos, estamos juntos y luego me acuesto temprano. Tengo dos hijos—y me enseña las fotos de una niña y un niño— y pienso en ellos todo el tiempo para cuidarme lo más posible.
—Mi padre me abandonó cuando tenía dos años, — me dice un taxita joven—me costó mucho vivir sin él. En el colegio me fastidiaban, me decían “elsinpadre”. Ahora estudio y trabajo. El dinero que mi padre da para mi educación se lo doy a mi madre. Yo no lo juzgo, cada uno hace lo que puede. — Este muchacho pertenece a la iglesia “Agua viva”, ahí ha encontrado amigos y personas a quien imitar. Me cuenta sobre su novia, que también trabaja con la que quiere hacer una linda familia.
Cada taxista es una persona con una vida digna de ser contada. Con varios de ellos he hablado sobre la revocatoria de Susana, sobre el terrorismo, sobre el deseo de los informales de seguir siendo informales, del caos del tráfico, de alguna película que yo había visto, pero esencialmente hemos hablado de la vida, de porqué somos como somos, de cómo podríamos ser mejores, cada uno me ha entregado un trozo de su historia personal y yo la he recibido con mucho gusto y admiración.
El fastidio de no poder manejar me ha traído como compensación la alegría de compartir mi tiempo con personas estupendas, con peruanos que no están dedicados a destruir, trampear, quejarse, pasar por encima de los demás, manejar sin respeto al próximo, me he encontrado con peruanos de primer nivel.

¿Qué es la dicha?

La dicha, qué es la dicha?


La dicha, qué es la dicha? (La palabra
no me hace feliz, dicho de paso). Yo diría
que es sencillamente ir contigo de la mano,
detenerse un momento porque un olor nos llama,
una luz nos recorre, algo que nos calienta
por dentro, que nos hace pensar que no es la vida,
la que nos lleva, sino que nosotros somos
la vida, que vivir es eso, sencillamente eso.
José Antonio Muñoz Rojas

Arguedas nos entrega su Oda al Jet

Recuerdo la primera vez que leí este texto. Cómo nos entregaba en su oración tan claramente la mezcla de sus dos mundos. Argedas encarna el sincretismo entre la cultura andina y la cultura venida de España.








Oda al Jet (1966) Jetman, haylli


¡Abuelo mío! Estoy en el mundo de Arriba,
sobre los dioses mayores y menores, conocidos y no conocidos.
¿Qué es esto? Dios es hombre, el hombre es dios.
He aquí que los ríos, los adorados, que partían el mundo, se han convertido en el más delgado hilo que teje la araña.
El hombre es dios.
¿Dónde está el cóndor, dónde están las águilas?
Invisibles como los insectos alados se han perdido en el aire o entre las cosas ignoradas.


Dios Padre, Dios Hijo, Dios Espíritu Santo: no os encuentro, ya no sois, he llegado al estadio que vuestros sacerdotes, y los antiguos, llamaron el Mundo de Arriba.


En ese mundo estoy, sentado, más cómodamente que en ningún sitio, sobre un lomo de fuego,
hierro encendido, blanquísimo, hecho por la mano del hombre, pez de viento.
Si. "Jet" es su nombre.
Las escamas de oro de todos los mares y los ríos no alcanzarían a brillar como él brilla.
El temible filo de nieve de las sagradas montañas, allá abajo resplandece, pequeñito; se ha convertido en lastimoso carámbano*.
El hombre es dios. Yo soy hombre. Él hizo este incontable pez golondrina de viento.


¡Gracias, hombre! No hijo del Dios Padre sino su hacedor.


Gracias, padre mío, mi contemporáneo. Nadie sabe hasta que mundos lanzarás tu flecha.
Hombre dios: mueve este pez golondrina para que tu sangre creadora se ilumine más a cada hora.


¡El infierno existe! No dirijas este fuego volador, señor de los señores, hacia el mundo donde se cuece la carne human;
que esta golodrina de oro de los cielos fecunde otros dioses en tu corazón, cada día.


Bajo el suave, el infinito seno del "jet"; ´más tierra, más hombre, más paloma, más gloria me siento; en todas las flores del mundo se han convertido mi pecho, mi rostro y mis manos.
Mis pecados, mis manchas, se evaporan, mi cuerpo vuelve a la dulce infancia.
Hombre, Señor tu hiciste a Dios para alcanzarlo, ¿o para qué otra cosa?
Para alcanzarlo lo creaste y lo persigues ya de cerca.
cuidado con el filo de este "jet", más penetrante que las agujas de hielo terrenas, te rompa los ojos por la mitad;
es demasiado fuego, demasiado poderoso, demasiado libre, este inmenso pájaro de nieve.


Cuidado que tu hijo te envíe el latido de la muerte; la mariposa que nació de tu mano creadora puede convertir tu cabeza en cenizas.
Oye, hombre, ¡entiéndeme!
Bajo el pecho del "Jet" mis ojos se han convertido en los ojos de las águila pequeña a quien le es mostrado por primera vez el mundo.
No siento temor. Mi sangre está alcanzando a las estrellas;
los astros son mi sangre.
No te dejes matar por ningún astro, por este pez celeste, por este dios de los ríos que tus manos eternas fabricaron.
Dios Padre, Dios Hijo, dios Espíritu Santo, Dioses Montañas, Dios Inkarrí: mi pecho arde. Vosotros sois yo, yo soy vosotros, en el inagotable furor de este "Jet".
No bajes a la tierra.
Sigue alzándote, vuela más todavía, hasta llegar al confín de los mundos que se multiplican hirviendo, eternamente. Móntate sobre ellos, dios gloria, dios hombre.
Al Dios que te hacía nacer y te mataba lo has matado ya, semjante mío, hombre de la tierra.
¡Ya no morirás!
He aquí que el "jet" da vueltas, movido por la respiración de los dioses de dioses que existieron, desde el comienzo hasta el fin que nadie sabe ni conoce.


*carámbano:Pedazo de hielo más o menos largo y puntiagudo que se va formando al helarse el agua que gotea.



Juan Muñoz, escultor español

Enseñando a vivir




Eduardo Punset en su programa Redes conversa con Claudio Naranjo sobre los cambios que se necesitan en la educación.

El grito de Lorca





El grito

La elipse de un grito,
va de monte
a monte.
Desde los olivos,
será un arco iris negro
sobre la noche azul.
¡Ay!
Como un arco de viola,
el grito ha hecho vibrar
largas cuerdas del viento.
¡Ay!
(Las gentes de las cuevas
asoman sus velones)
¡Ay!


García Lorca, Federico

La guitarra de Lorca

Poema de Federico García Lorca, musicalizado por Feliu, canta Andrés Rivera.

¿Hoja o estrella?



"La mayoría de los seres humanos son como las hojas que caen de los árboles, que vuelan y revolotean por el aire, vacilan y por último se precipitan al suelo. Otros casi son como estrellas, siguen su camino fijo, ningún viento los alcanza, pues llevan en su interior su ley y su meta"

Amores perros

Esta semana la dieron en el cable. Una película muy fuerte, intensa, con misterio, pasión y amor. Estupenda.




Dice Wikipedia: Amores perros es la primera película del director mexicano Alejandro González Iñárritu. Junto con 21 gramos y Babel forma la Trilogía de la muerte y catapultó internacionalmente la carrera de su protagonista, el actor Gael García Bernal. Las tres películas están basadas en varias subnarraciones que comparten un mismo incidente. Algunas veces fue nombrada la "Pulp Fiction mexicana".

La película ganó once premios Ariel de la Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas, entre ellos los de mejor película, mejor director, mejor actor y mejor actor de cuadro. También recibió un BAFTA, el premio de la Academia Británica de las Artes Cinematográficas y de la Televisión, como "mejor película en lengua no inglesa" y el premio de la crítica en el Festival de Cannes. Fue además nominada al Oscar de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de Hollywood como "mejor película en lengua no inglesa". Recaudo en total 95 millones De pesos, convirtiéndose así como la quinta película mexicana más taquillera.[cita requerida]

La pequeña muerte




Nos da risa el amor cuando llega a lo más hondo de su viaje, a lo más alto de su vuelo: en lo más hondo, en lo más alto, nos arranca gemidos y quejidos, voces de dolor, aunque sea jubiloso dolor, lo que pensándolo bien nada tiene de raro, porque nacer es una alegría que duele. Pequeña muerte, llaman en Francia a la culminación del abrazo, que rompiéndonos nos junta y perdiéndonos nos encuentra y acabándonos empieza. Pequeña muerte la llaman; pero grande, muy grande ha de ser, si matándonos nace.
Eduardo Galeano de El libro de los abrazos

Tómame ahora






La hora

Tómame ahora que aún es temprano
y que llevo dalias nuevas en la mano.

Tómame ahora que aún es sombría
esta taciturna cabellera mía.

Ahora, que tengo la carne olorosa
y los ojos limpios y la piel de rosa.

Ahora, que calza mi planta ligera
la sandalia viva de la primavera.

Ahora que en mis labios repica la risa
como una campana sacudida aprisa.

Después... ¡ah, yo sé
que ya nada de eso más tarde tendré!

Que entonces inútil será tu deseo
como ofrenda puesta sobre un mausoleo.

¡Tómame ahora que aún es temprano
y que tengo rica de nardos la mano!

Hoy, y no más tarde. Antes que anochezca
y se vuelva mustia la corola fresca.

Hoy, y no mañana. Oh, amante, ¿no ves
que en la enredadera crecerá ciprés?

Juana de Ibarburu

sábado, 1 de diciembre de 2012

Una directora de cine argentino nos explica su trabajo

Conocí a esta directora de cine argentino cuando vino a Lima el año pasado al Festival del cine latinoamericano. Su exposición me parece ineligente y muy refrescante.
Espero la disfruten.