viernes, 10 de enero de 2014

Fina estampa cantada por Florencia Bernales en Buenos AIres





Trebol de cuatro hojas


Encontrar un trébol de tres hojas le puede suceder a cualquiera, pero uno de cuatro hojas es solo para quien tiene suerte. Se cree que toparse con un trébol de cuatro hojas es un símbolo de buen augurio. Cada hoja representa uno de los cuatro componentes básicos de la felicidad, pero en este punto existen diferentes concepciones. Para unos los cuatro símbolos que representan son: riqueza, fama, amor y salud. Para otros los cuatro símbolos que representan son: esperanza, fe, amor y suerte. La primera afirma que la primera hoja de la izquierda del tallo trae fama, la segunda hoja riqueza, la tercera amor y la cuarta salud.

Detened todos los relojes




Detén todos los relojes, desconecta el teléfono,
evita que el perro ladre con un jugoso hueso,
acalla los pianos y con redoble amortiguado
que vengan los dolientes, haz salir el ataúd.
Que los aviones den vueltas allá arriba
garabateando en el cielo el mensaje: "Ha muerto".
Pon crespones en los blancos cuellos de las palomas públicas,
que los guardias de tráfico lleven guantes negros de algodón.
Era mi norte, mi sur, mi este y oeste,
mi semana de trabajo y mi descanso dominical,
mi mediodía, mi medianoche, mi canción, mi charla;
creía que el amor duraría por siempre: era una equivocación.
Ahora las estrellas no son bienvenidas: apágalas todas;
recoge la luna y desmantela el sol;
desagua el océano y barre el bosque;
pues ahora ya nada tiene solución. Auden

Un cuento de Nadine Gordimer

NADINE GORDIMER - UN HALLAZGO
escritora sudafricana ganadora del premio Nobel de literatura en 1991

Que se las lleve el diablo.
Un hombre que había tenido mala suerte con las mujeres decidió vivir solitario por un tiempo. Dos veces se había casado por amor. Despejó la casa de cuanto de alguna manera se le había escapado a su abnegada segunda esposa cuando se largó con las posesiones favoritas que juntos habían coleccionado cuadros, cristal fino, hasta los mejores vinos sacados de la cava ; botó los libros en cuya guarda la primera mujer había escrito, amorosa, su nuevo nombre de casada. En seguida se fue de vacaciones sin llevar consigo a ninguna mujer. Por primera vez, que pudiera recordar.
Pero aquellas rameras y vagabundas de quienes se creyó enamorado habían resultado tan infieles como las honestas esposas que juraron quererlo eternamente.
Se fue solo a un balneario donde las rocas lanzaban el mar hacia arriba en forma de abanicos ásperos y la marea siseaba y se chupaba las charcas. No había arena. Sobre piedras, semejantes a confites hirvientes, a rayas, punteadas o estriadas, la gente las mujeres se acostaba en colchonetas descoloridas por la sal y se acariciaba con aceites aromáticos. Aquel año llevaban el cabello recogido y sujeto por gorros elásticos de flores artificiales, o chorreaba suelto al salir del agua con cuentas cristalinas como joyas sobre sus brillantes miembros y cogido por hebillas doradas que intercambiaban señales luminosas con las candongas que formaban un aro en sus orejas. Los senos iban desnudos y sobre el pubis vestían triángulos invertidos de tela fosforescente, asegurados por un cordón que subía por la división entre las nalgas, para encontrarse con dos cordones que bajaban del vientre y las caderas. En su línea de visión, mientras se alejaban hacia el mar, parecían totalmente desnudas; cuando subían del mar, acezando de placer, en dirección a su línea de visión, sus pechos danzaban y se colgaban al agacharse; reían mientras recogían toallas, peines y bronceador. Los cuerpos de algunas tenían diseños parecidos a telas estampadas: listones y parches blancos o rojos donde la ropa había tapado algunos trozos de sus cuerpos de la llameante inmersión en el sol. Otras tenían los pezones en carne viva, como fresas, y se podía observar que a duras penas soportaban tocarlos con bálsamo. Había hombres, pero él no los veía. Cuando cerraba los ojos y oía el mar alcanzaba a oler a las mujeres el aceite.
Nadaba mucho; adentrándose en la serena bahía, entre surfistas crucificados contra sus vistosas velas, o más cerca a la orilla, donde la espuma le golpeaba la cabeza bajo aludes de aguas blancas. Un cardumen de madres jóvenes andaba con sus infantes por las aguas poco profundas. Desnudos, apoyados contra su carne blanda, los niños se aferraban a ellas, tan recientemente separados de allí que parecían aún formar parte de aquellos cuerpos femeninos en los que habían sido sembrados por varones como él. Se acostaba sobre las piedras a secarse. Le gustaba su roce duro y se retorcía para ajustar sus huesos a ellas, hundiéndolos con sus movimientos hasta que lograba acomodarlos en las depresiones, de suerte que las curvas de su cuerpo, más que ofrecer resistencia, fuesen recibidas por ellas. Dormía, y despertaba para ver piernas afeitadas pasar junto a su cabeza mujeres . Gotas desprendidas de los cabellos mojados de aquellas caían sobre sus hombros cálidos. A veces se encontraba nadando bajo el agua, debajo de ellas, y su cuerpo de piel áspera pasaba rozándolas, como un tiburón.
Como suelen hacer los hombres cuando están solos, echaba piedras al mar, recordando recuperando el arte de lograr hacerlas besar la superficie saltando. Acostado boca abajo fuera del alcance de los últimos arroyuelos, colaba puñados de piedras pulidas por el mar, entresacaba algunas y, de cerca, comenzaba a verlas como los adultos han dejado de ver: como un niño mira y remira una flor, una hoja o una piedra, siguiendo sus vetas aluviales, sus fragmentos de color misteriosos, las placas de mica allí sepultadas, sintiendo (lo hacía) su forma de huevo o de rombo, pulida por la mano aceitosa y acariciadora del mar.
No todas las piedras eran en realidad piedras. Había óvalos ambarinos aplanados que el océano, tallador de gemas, había pulido a partir de botellas de cerveza quebradas. Había cabujones de vidrios azules y verdes (otra botella ahogada) que podrían haber pasado por aguamarinas o esmeraldas. Los niños los recogían en gorras o en baldes. Y una tarde, entre tales tesoros, mezclados con trozos de espuma de estireno desechos de barcos de carga , y con otras echazones que se arrojan al mar y flotan de nuevo para ser botadas otra vez en las playas de todo el mundo, encontró en las piedras con las que ocupaba una mano, como un monje que pasa las cuentas de su camándula, un auténtico tesoro. Entre los pedruscos de vidrio de color había un anillo de diamante y zafiro. No estaba sobre la superficie de la playa pedregosa, así que era evidente que ninguna mujer lo había dejado caer aquel día. Alguna querida, algún tesoro del hombre rico (o alguna esposa oculta), al zambullirse desde un yate, allá lejos, con sus joyas puestas mientras se iba despojando con elegancia de otros ropajes, debió sentir que uno de los anillos se le resbalaba del dedo por acción del agua. O no lo sintió, sólo lo percibió al regresar a cubierta, y corrió a buscar la póliza de seguros, mientras el mar arrastraba el anillo cada vez más hondo; y luego, cansándose de él con el correr de los días, de los años, y empujándolo con lentitud, lo echó afuera, y lo tiró a tierra. Era un anillo hermoso. Un zafiro, largo y oblongo, circundado de chispas redondas; y a lado y lado de este brillante montículo, un diamante tallado en forma de baguette que servía de puente a un círculo grabado.
Aunque lo había sacado de una profundidad de más de seis pulgadas mientras excavaba con sus dedos al azar, miró a su alrededor, como si la dueña tuviera que estar allí, de pie, encima de él.
Pero ellas se estaban embadurnando, estaban secando a los infantes con las toallas, se depilaban las cejas observándose en espejos diminutos, estaban sentadas con las piernas cruzadas y los senos apoyados sobre las mesas bajas donde el mesero del restaurante había colocado sus ensaladas y botellas de vino blanco. Subió al restaurante a llevar el anillo: tal vez alguien hubiese informado de una pérdida. La administradora se echó hacia atrás, como si un reducidor le hubiese estado ofreciendo bienes robados. Es valioso. Llévelo a la policía.
La sospecha despierta la atención; tal vez hubiera, en este lugar extranjero, algún motivo para sospechar, aun de la policía. Si nadie reclamaba el anillo, alguno de los lugareños se lo embolsillaría. Así pues, qué importaba y lo echó en su propio bolsillo, o mejor, en la bolsa donde guardaba el dinero, las tarjetas de crédito, las llaves del carro y las gafas de sol . Y regresó a la playa, a acostarse otra vez sobre las piedras, entre las mujeres. A pensar.
Puso un aviso en el periódico local: Hallado anillo en la Playa Horizonte Azul, el martes primero, junto con el teléfono y el número de su habitación en el hotel. La administradora tenía razón: hubo muchas llamadas.
Algunas de hombres que aducían que, en efecto, sus esposas, madres o novias habían de veras perdido un anillo en aquella playa. Cuando les pedía que lo describieran corrían el albur: un anillo de diamante. Pero cuando los presionaba, pidiéndoles más detalles, sólo les quedaba la mentira. Si una voz de mujer era lisonjera, congraciadora (incluso llorosa a veces), identificable como la de una estafadora de mediana edad, colgaba en el momento en que ella intentaba describir su anillo perdido. Pero si la voz era atractiva y a veces claramente juvenil, suave, aun vacilante en su mentirosa osadía, le pedía a su dueña que viniera al hotel a reconocer el anillo.
Descríbalo.
Las sentaba cómodamente frente al balcón abierto para que la luz del mar indagara en sus rostros. Sólo una lo convenció de haber de veras perdido un anillo; lo describió en detalle y se marchó, apesadumbrada por haberlo molestado. Otras algunas bastante atractivas o incluso muy, muy bonitas, vestidas para seducir se habrían conformado con un resultado diferente de la visita si no lograban salirse con la suya al inventar su descripción del anillo. Parecían calcular que un anillo es un anillo: si es valioso, debe tener diamantes, y una o dos tuvieron el ingenio suficiente para decir que sí, que llevaba otras piedras preciosas, pero era una herencia (abuela, tía) y no sabían en realidad los nombres de las piedras.
¿Y el color? ¿La forma?
Se marchaban como ofendidas; o si reían con nerviosismo culpable era que sólo habían venido por aventurarse, para divertirse un poco. Y era bien difícil deshacerse de ellas de manera educada.
Pero hubo una cuya voz era diferente a la de cualquiera de las demás llamadas, quizás la voz dominada de una cantante o actriz, que expresaba timidez. Había perdido toda esperanza. De encontrarlo... mi anillo. Había visto el aviso y pensado no, no, es inútil. Pero ¿y si había una posibilidad en un millón...? Le pidió que viniera al hotel.
Con seguridad tenía cuarenta años, una belleza innata de grandes ojos serenos de un gris verdoso, que sólo necesitaba ayuda para conservar el color negro azabache de su cabello, que, comenzando en un penacho de forma de pico que se elevaba sobre la frente curva, se recogía en un bucle sobre la coronilla, brillante como plumas suavizadas. No había huellas de ningún pliegue allí donde se unían sus senos, firmemente separados en el escote de su vestido, tan negro como el cabello. Tenía manos hechas para anillos; extendió unos dedos largos, volteó las palmas hacia afuera: Y entonces se perdió; vi su reflejo por un instante en el agua.
Descríbalo.
Lo miró a los ojos, volvió la cabeza para apartar la mirada, y comenzó a hablar. Muy trabajado, dijo, platino y oro... Usted sabe, es difícil de precisar cuando se trata de un objeto que uno ha usado durante tanto tiempo, que ya ni lo nota. Un diamante grande... varios. Y esmeraldas, y piedras rojas... rubíes, pero creo que se habían caído antes... Fue al cajón del escritorio tocador y de debajo de unas carpetas que describían restaurantes, programas de TV por cable y servicios disponibles en la habitación, extrajo un sobre. Aquí tiene su anillo, dijo. Los ojos de la mujer no cambiaron. Lo extendió hacia ella. Su mano se dirigió lenta hacia él, como si nadara bajo el agua. Tomó el anillo y comenzó a ponérselo en el dedo del corazón de la mano derecha. No le servía, pero ella corrigió su movimiento con veloz acto de prestidigitación y se lo deslizó sobre el dedo anular, donde se acomodó.
La llevó a cenar y no se hizo alusión al tema. Nunca jamás. Ella se convirtió en su tercera esposa. Viven juntos y no hay entre ambos más cosas no dichas que las que se dan en otras parejas.

Ilaria Fantin

Javier Echecopar y la guitarra peruana



La lagartija

" La lagartija", de Lêdo Ivo (Brasil, 1924-2012)

De la niñez, sólo recuerdo
una nerviosa lagartija.
De tanto sol sobre su espalda,
parecía de vidrio hecha.

Entre piedras y papagayos,
aparecía en el jardín.
Tal vez quisiera ver el mundo
o desearme un día bueno.

Este saurio diestro y paciente
que convierte el sol en diamante
me hace alabar la maravilla
oculta en la infancia distante.

Pues cosa grande, para un hombre,
es sentir, que al nacer su vida,
toda la belleza del mundo
estaba en una lagartija.

Lêdo Ivo, incluido en Antología de la poesía brasileña. Desde el Romanticismo a la generación del cuarenta y cinco (Editorial Seix Barral, Barcelona, 1973, trad. de Ángel Crespo).

El sueño de los peces

El sueño de los peces Ledo Ivo



No puedo admitir que los sueños
sean privilegio de las criaturas humanas.
Los peces también sueñan
En el lago pantanoso, entre pestilencias
que aspiran a la densa dignidad de la vida,
sueñan con los ojos abiertos siempre.

Los peces sueñan inmóviles, la bienaventuranza
del agua fétida. No son como los hombres, que se agitan
en sus lechos estropeados. En verdad,
los peces difieren de nosotros, que todavía no aprendemos a soñar.
Y nos debatimos como ahogados en el agua turbia
entre imágenes hediondas y espinas de peces muertos.

Junto al lago que yo mandé cavar,
volviendo la realidad a un incómodo sueño de infancia
pregunto al agua oscura. Las tilapias se ocultan
de mi sospechoso mirar de propietario
y se resisten a enseñarme cómo debo soñar.




Lee todo en: El sueño de los peces - Poemas de Ledo Ivo http://www.poemas-del-alma.com/ledo-ivo-el-suenio-de-los-peces.htm#ixzz2pddQUAhW

Mendelssohn Paulus

Viva Helena Kolody

viernes, 3 de enero de 2014

Del Popol Vuh

Ya estamos en el 2014, lo mejor para ustedes. Y tomo estas bellas palabras del Popol Vuh para desear lo mejor para nuestra existencia.


"Que la germinación se haga, que numerosos sean los verdes caminos, las verdes sendas...
Que tranquilas, muy tranquilas sean las tribus, que perfecta sea la vida, la existencia"
Popol Vuh

El Popol Vuh Libro del Consejo o Libro de la Comunidad, es una recopilación de varias leyendas de los k’iche’, el pueblo de la cultura maya demográficamente mayoritario en Guatemala. El libro tiene un gran valor histórico, así como espiritual. Se le ha llamado, erróneamente, Libro Sagrado o la Biblia de los mayas k'iche's. Es una narración que trata de explicar el origen del mundo, la civilización y los diversos fenómenos. (Wikipedia).

Bella entrevista a Mia Couto

Tengo la suerte de ser amiga de FB de Mía Couto y me encanta lo que publica. Fotos bellísimas de Africa, se nota el amor que tiene por los niños, por las mujeres, por la belleza de sus colores y la alegría contagiante de su música. Mi amiga Beatriz Bresani me manda esta entrevista que publica Ivan Thais en su Moleskine, le agradezco mucho, verdaderamente la he disfrutado y espero que ustedes también lo hagan. Es un poeta muy profundo.


«Jesusalém» de Mia Couto De Moleskine de Ivan Thais http://ivanthays.com.pe/post/72006087193

Alfaguara ha publicado la nueva novela del autor nacido en Mozambique, Mia Couto, Jerusalem. Por lo que se anuncia en esta entrevista de Alfonso Armada en el ABC, se trata de una de las novelas más ambiciosas de Couto. Tiene en portugués ocho ediciones y aunque vende mucho en Portugal y Brasil, se considera africano antes que nada.


Aquí algunas preguntas:



Lleva media vida en esta tierra sonámbula. ¿Cuántas certezas tiene?

No sé ni siquiera si tengo certezas. Porque con las pocas que tengo trato de entrar en conflicto. No dejo de hacerme preguntas. Una de las cosas más felices que me sucedieron fue perder el miedo a la imposibilidad de prever el futuro, y pensar que el mundo tiene reglas y leyes que se pueden entender fácilmente. Creo que en ese sentido vivo en una tierra africana que hizo una revolución, que tiene con respecto a eso una actitud muy relajada. Creo que los africanos tienen, desde su propia noción del tiempo, que es circular, y desde su relación con la muerte, con los muertos, una relación muy comprensiva, porque los muertos están aquí, no se han ido. La manera tan fácil con la que les visita. Se sienten menos sofocados por los miedos existenciales.

(…)

¿Y qué fue lo que lo llevó de la poesía a la prosa? ¿No le llegaba para mostrar todo lo que veía, sentía, soñaba?

Nunca he respetado mucho la frontera entre una cosa y otra, entre la poesía y la narrativa. Cuando escribo prosa yo siento que estoy haciendo poesía, de una manera libre, y creo que probablemente escriba mejor poesía escribiendo prosa. Uno no siempre sabe bien hasta qué punto la poesía es una organización formal del universo.

De hecho su amiga y traductora Fernanda Angius dice que en realidad Mia Couto es más poeta que otra cosa, que su poesía manda en su narrativa, que es más poeta que novelista. ¿Está de acuerdo?

Sí, estoy de acuerdo. Desde luego me gusta verme así. Porque si algo me gusta decir que soy es un poeta. Me da cierto reparo en decir que soy un escritor. Lo que sí siento es que tengo que contar historias, porque esta realidad es muy fuerte en ese contexto, es muy sugestiva en Mozambique, y no por una cuestión mágica, tropical o exótica, sino porque existen muchos mundos que se fracturan aquí. Es una sociedad que está todavía en flagrante construcción de sí misma. Hay muchas historias. Esas contradicciones, esos conflictos, son resueltos mediante la ficción.

La invención de palabras es una constante en su literatura. ¿No basta la lengua tal como es, se gastan las expresiones, las palabras que tenemos para reconocernos en este mundo?

Sin duda, y no se trata solo de una cuestión únicamente literaria. Es algo que suelo comentar con mis hijos, que consigan tener una especie de idioma propio, una lengua de cada uno. Que cada uno tenga una lengua con una marca propia me parece algo fundamental porque si no la lengua queda sometida a un mero instrumento funcional, un utensilio con reglas estrictas que no deja espacio para la invención. Una de las cosas que me hacen feliz es que me gusta mucho tocar ese sabor propio de la lengua, y me gustaría aunque no escribiera. Antes de publicar«Tierra sonámbula» publiqué «Voces anochecidas»… Dentro de mí había un desplazamiento entre a lengua portuguesa y el portugués más nuestro hablado en la calle y en el campo. Y pensé: aquí hay un camino, para que hablen los personajes, para mostrar nuestro mundo. Abrí la puerta para dejar que entraran términos que estaban en la calle, pero eso no fue bien aceptado por algunos sectores, que pensaron que estaba usando un mal portugués. Pero para mí non era un mal portugués. Era una operación que tenía que hacer.

¿Fue eso también lo que intentó con «Jesusalém», ya desde el título?

Sí, creo que es preciso desordenar, deshacer la lengua, sobre todo en un país como Mozambique, porque la lengua portuguesa de este país está en franco nacimiento, como pasa con otras lenguas africanas que no tienen la lógica europea, o lenguas europeas que no tienen raíces africanas. En este caso, como en Angola, se apropian del portugués, juegan y experimentan con él. Eso torna visibles los límites de la lengua portuguesa, sus contornos. Su deconstrucción es muy sugestiva desde el punto de vista literario.

(…)

Blanco, africano, escritor, en lengua portuguesa, biólogo, amante de todos los bichos, ¿cómo maneja su equilibrio?

Lo manejo con la intención de que ninguna de esas partes se imponga, de mantener esa identidad múltiple, no por conveniencia sino porque no quiero nunca caer en esa aparente facilidad de decir quien eres y en la que siempre acabamos acomodándonos: soy periodista, soy autor, y solo acabamos siendo eso. Y no quiero confundir lo que hago con lo que soy y lo que yo soy es algo que solo puede ser así, multifacético, porque amo muchas cosas al mismo tiempo, y no quiero prescindir de ninguna. Tuve un gran privilegio, una gran suerte, porque el tiempo que viví y el lugar en que yo viví me autorizan a esta forma de ser, que me parece un lujo, poder ser varias cosas al mismo tiempo. Hay gente que nació minero, vivió minero y fue minero toda la vida, pero yo tuve esta suerte.

Como Pablo Neruda, ¿da gracias a la vida?

Sí, le doy gracias.

En «O outro pe da serea» (El otro pie de la sirena) dice que “la guerra era una cosa del pasado y al mismo tiempo barrió las cenizas y lavó los recuerdos”. ¿Fue así en Mozambique?

No, no. No hubo un lavado de recuerdos, hubo una negativa a recordar, una forma de guardar esos fantasmas en una caja, sin querer abrirla, y ahora, a causa de los últimos acontecimientos [combates con muertos en Gorongosa, al norte del país, entre miembros de la antigua guerrilla de la Renamo y las fuerzas del gobierno] nos hemos dado cuenta de que no era la mejor manera de resolver esos fantasmas. Creo que cuando la guerra acabó había allí una sabiduría que veía que había acabado, pero en realidad no había acabado. O había conflictos profundos que no se habían resuelto. Y por eso se decidió olvidar. El olvido es una opción, una voluntad, una forma de apagar algo.

En «El último vuelo del flamenco», escribe Agripina Carriço Vieira, habla de que “en vez de la prometida libertad y justicia floreció una nueva clase de dirigentes políticos corruptos y poco respetuosos de las tradiciones ancestrales”. ¿Sigue Mozambique en esa triste deriva?

No creo que pueda hacer una afirmación tan total, tan contundente, porque considero que entre los dirigentes de la Frelimo desde la independencia, desde siempre, hay de todo, hay gente seria también. Lo que ocurre es que la gente seria, decente, está siendo dejada de lado y los que tienen más poder son los que no deberían tener poder.

¿La historia de la flota de atuneros y naos de guerra compradas a Francia es realismo mágico o realismo sucio?

[Se ríe]. Creo que es el peor de los realismos.

(…)

Fue periodista al tiempo que escritor, ¿no es posible corregir el estado de las cosas, el reino de las mentiras, haciendo periodismo y por eso escogió la novela?

No, yo creo que en el caso del periodismo en Mozambique es mucho más intervencionista que la propia literatura, la manera como se toma en serio y es capaz de respaldar las estructuras de poder. El periodismo es mucho más evidente que la literatura, que aquí es bastante ignorada. Tal vez haya más recelo de los escritores que de la propia literatura.

«Jesusalém» arranca con dos citas, una de Hermann Hesse, que habla del deseo de olvidar, y otra de Sophia de Mello Breitner Andresen hablando del hombre solo en un barco, de una existencia donde nunca despierta del todo pero tampoco duerme. ¿Es un reflejo de la filosofía de Mia Couto?

Creo que sí, creo que esas verdades traídas por la poesía y de la mano de las mujeres definen bien lo que me parece que son los dos márgenes del mundo.

«Nadie es de una raza. Las razas son uniformes que vestimos», dice Silvestre Vitalício en la misma novela. ¿Empleamos la palabra «raza» en la lengua cotidiana con alegría pecaminosa?

Sí, pero… Yo no tengo miedo de la palabra. Creo que está mal empleada cuando se refiere a razas humanas, y hablando como biólogo desde luego no es riguroso. Pero también las palabras las creamos nosotros mismos, y al emplear la palabra raza sabemos a qué nos estamos refiriendo. El problema es cuando pensamos que las razas son un hecho biológico, o tienen algo que ver con la ciencia, y no son resultado de una historia, de un recorrido cultural que nos atraviesa. Pero no hay que tener miedo de la palabra.

(…)

¿Y cuanto del afilador de silencios [personaje fundamental de «Jesusalém»] hay o le gustaría que hubiera hoy en Mia Couto?

En los cuentos me pasa que algunas veces, después me doy cuenta de que estoy contando mi propia historia. Pero nunca en una novela hubo antes un personaje que fuera tanto yo, porque yo era el que siempre estaba callado, y en mi casa tenían la impresión de que únicamente hablaba cuando me obligaban…

Cuando era interpelado.

Cuando era interpelado. Refleja mucho de mí. Y está también la relación con mi padre, que percibía que aquel silencio no era una ausencia sino que tenía muchas cosas dentro.

(…)

Ha escrito que «una buena historia era más poderosa que el fusil y la navaja». ¿Así lo cree de verdad, o le gustaría creerlo?

No los puedo comparar desde el punto de vista de la eficacia que tienen como instrumento capaz de provocar la muerte. Pero a veces me da la impresión de que aunque no se puedan comparar estamos muy preocupados con las armas químicas, pero los hutus y los tutsis se mataron con machetes. Lo que tiene que ser resuelto no es tanto la cuestión de las armas en sí sino quien está detrás de las armas.

(…)

Escribe en «Jesusalém» que «era como una carretera africana, que solo se percibe por la presencia de quien la recorre». ¿Es otra manera irónica, africana, del machadiano «caminante no hay camino, se hace camino al andar», porque en África, literalmente, los caminos están por hacer, y se hacen a pie?

Yo creo que sí. Lo que dice Machado es una verdad para todos, y es tan feliz la manera en que él lo escribe que me parece que aquí no se da exactamente así, donde las cosas son tan nuevas. A veces siento esa gran alegría de que mis compañeros y yo estamos haciendo algo, tal vez tengamos alguna importancia porque somos pioneros, porque no se hizo antes. Es un motivo para ser feliz en Mozambique, a pesar de las grandes dificultades que afrontamos.

De alguna manera esta pregunta ya la respondió a lo largo de la entrevista, pero tengo esa mala costumbre. ¿Quién es Mia Couto?

Ouh, esa pregunta es terrible. Obviamente no quiero saberlo, no me gusta él [y se ríe con ganas]. Pero no se trata de eso. Creo que soy el que quiero ser, y lo que quiero ser es un tipo desenfadado, un tipo que tiene amigos, y que es fiel a sus amigos.

El niño al que se le murió el amigo

El niño al que se le murió el amigo
(Imagen de Gabriel Pacheco)

Ana María Matute


Una mañana se levantó y fue a buscar al amigo, al otro lado de la valla. Pero el amigo no estaba, y, cuando volvió, le dijo la madre:

-El amigo se murió.
-Niño, no pienses más en él y busca otros para jugar.

El niño se sentó en el quicio de la puerta, con la cara entre las manos y los codos en las rodillas. «Él volverá», pensó. Porque no podía ser que allí estuviesen las canicas, el camión y la pistola de hojalata, y el reloj aquel que ya no andaba, y el amigo no viniese a buscarlos. Vino la noche, con una estrella muy grande, y el niño no quería entrar a cenar.

-Entra, niño, que llega el frío -dijo la madre.

Pero, en lugar de entrar, el niño se levantó del quicio y se fue en busca del amigo, con las canicas, el camión, la pistola de hojalata y el reloj que no andaba. Al llegar a la cerca, la voz del amigo no le llamó, ni le oyó en el árbol, ni en el pozo. Pasó buscándole toda la noche. Y fue una larga noche casi blanca, que le llenó de polvo el traje y los zapatos. Cuando llegó el sol, el niño, que tenía sueño y sed, estiró los brazos y pensó: «Qué tontos y pequeños son esos juguetes. Y ese reloj que no anda, no sirve para nada». Lo tiró todo al pozo, y volvió a la casa, con mucha hambre. La madre le abrió la puerta, y dijo: «Cuánto ha crecido este niño, Dios mío, cuánto ha crecido». Y le compró un traje de hombre, porque el que llevaba le venía muy corto.

El arte de Ana Juan






Me gustaría mucho tener este libro:
"Hace mucho tiempo, recibí por parte de un editor japonés, Mr.Tsutsumi de la editorial Kodansha en Tokyo, la siguiente propuesta; realizar un libro que contuviese 12 historias de amor, narradas con solo ocho imágenes.

El resultado fue el libro AMANTES, que nunca se llegó a publicar en Japón. Años después, AMANTES se editó por primera vez en España con 1000Editions. Luego, pasó a Italia donde fue publicado por la editorial Logos.

Ahora, estoy encantada de anunciar que vuelve a España en una edición exquisita de la mano de Edelvives y su nuevo sello Comtempla.

Mi vida y mis libros siempre discurren por caminos inusuales..."
Y es que nos encontramos ante un libro único y especial en el que se entrelazan once historias de amor.
El amor fiel, aquel que siempre aguanta.
El semanal y sus cuartos secretos.
El amor volátil, sus ojos ciegos.
El final y longevo, al que la edad no apaga.

El diferente: insólito y proscrito.
El lejano, que marginan los mapas.
El dormido, que al fin alguien despierta.
El orgulloso, reo de sus trampas.

El efímero y su sol pasajero.
El desconocido, impensable escala.
Y el primero de todos los amores: aquel, remoto, que encendió la llama.



Ana Juan vuelve a deslumbrarnos una vez más con su extraordinario trabajo.(http://giralunamariola.blogspot.com/2013/12/amantes-de-ana-juan.html)

Yo te bendigo vida


EN PAZ



Artifex vitae, artifex sui

Muy cerca de mi ocaso, yo te bendigo, vida,
porque nunca me diste ni esperanza fallida,
ni trabajos injustos, ni pena inmerecida;
porque veo al final de mi rudo camino
que yo fui el arquitecto de mi propio destino;
que si extraje la miel o la hiel de las cosas,
fue porque en ellas puse hiel o mieles sabrosas:
cuando planté rosales, coseché siempre rosas.

...Cierto, a mis lozanías va a seguir el invierno:
¡mas tú no me dijiste que mayo fuese eterno!

Hallé sin duda largas noches de mis penas;
mas no me prometiste tú sólo noches buenas;
y en cambio tuve algunas santamente serenas...

Amé, fui amado, el sol acarició mi faz.
¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!


Amado Nervo
su verdadero nombre era Juan Crisóstomo Ruiz de Nervo y Ordaz. Poeta y prosista mexicano. Perteneciente al movimiento modernista 1870/1919

Lyrica, Luna nueva, René Fleming

Concierto de año nuevo en Viena

Baremboim en Viena por año nuevo