viernes, 3 de enero de 2014

Bella entrevista a Mia Couto

Tengo la suerte de ser amiga de FB de Mía Couto y me encanta lo que publica. Fotos bellísimas de Africa, se nota el amor que tiene por los niños, por las mujeres, por la belleza de sus colores y la alegría contagiante de su música. Mi amiga Beatriz Bresani me manda esta entrevista que publica Ivan Thais en su Moleskine, le agradezco mucho, verdaderamente la he disfrutado y espero que ustedes también lo hagan. Es un poeta muy profundo.


«Jesusalém» de Mia Couto De Moleskine de Ivan Thais http://ivanthays.com.pe/post/72006087193

Alfaguara ha publicado la nueva novela del autor nacido en Mozambique, Mia Couto, Jerusalem. Por lo que se anuncia en esta entrevista de Alfonso Armada en el ABC, se trata de una de las novelas más ambiciosas de Couto. Tiene en portugués ocho ediciones y aunque vende mucho en Portugal y Brasil, se considera africano antes que nada.


Aquí algunas preguntas:



Lleva media vida en esta tierra sonámbula. ¿Cuántas certezas tiene?

No sé ni siquiera si tengo certezas. Porque con las pocas que tengo trato de entrar en conflicto. No dejo de hacerme preguntas. Una de las cosas más felices que me sucedieron fue perder el miedo a la imposibilidad de prever el futuro, y pensar que el mundo tiene reglas y leyes que se pueden entender fácilmente. Creo que en ese sentido vivo en una tierra africana que hizo una revolución, que tiene con respecto a eso una actitud muy relajada. Creo que los africanos tienen, desde su propia noción del tiempo, que es circular, y desde su relación con la muerte, con los muertos, una relación muy comprensiva, porque los muertos están aquí, no se han ido. La manera tan fácil con la que les visita. Se sienten menos sofocados por los miedos existenciales.

(…)

¿Y qué fue lo que lo llevó de la poesía a la prosa? ¿No le llegaba para mostrar todo lo que veía, sentía, soñaba?

Nunca he respetado mucho la frontera entre una cosa y otra, entre la poesía y la narrativa. Cuando escribo prosa yo siento que estoy haciendo poesía, de una manera libre, y creo que probablemente escriba mejor poesía escribiendo prosa. Uno no siempre sabe bien hasta qué punto la poesía es una organización formal del universo.

De hecho su amiga y traductora Fernanda Angius dice que en realidad Mia Couto es más poeta que otra cosa, que su poesía manda en su narrativa, que es más poeta que novelista. ¿Está de acuerdo?

Sí, estoy de acuerdo. Desde luego me gusta verme así. Porque si algo me gusta decir que soy es un poeta. Me da cierto reparo en decir que soy un escritor. Lo que sí siento es que tengo que contar historias, porque esta realidad es muy fuerte en ese contexto, es muy sugestiva en Mozambique, y no por una cuestión mágica, tropical o exótica, sino porque existen muchos mundos que se fracturan aquí. Es una sociedad que está todavía en flagrante construcción de sí misma. Hay muchas historias. Esas contradicciones, esos conflictos, son resueltos mediante la ficción.

La invención de palabras es una constante en su literatura. ¿No basta la lengua tal como es, se gastan las expresiones, las palabras que tenemos para reconocernos en este mundo?

Sin duda, y no se trata solo de una cuestión únicamente literaria. Es algo que suelo comentar con mis hijos, que consigan tener una especie de idioma propio, una lengua de cada uno. Que cada uno tenga una lengua con una marca propia me parece algo fundamental porque si no la lengua queda sometida a un mero instrumento funcional, un utensilio con reglas estrictas que no deja espacio para la invención. Una de las cosas que me hacen feliz es que me gusta mucho tocar ese sabor propio de la lengua, y me gustaría aunque no escribiera. Antes de publicar«Tierra sonámbula» publiqué «Voces anochecidas»… Dentro de mí había un desplazamiento entre a lengua portuguesa y el portugués más nuestro hablado en la calle y en el campo. Y pensé: aquí hay un camino, para que hablen los personajes, para mostrar nuestro mundo. Abrí la puerta para dejar que entraran términos que estaban en la calle, pero eso no fue bien aceptado por algunos sectores, que pensaron que estaba usando un mal portugués. Pero para mí non era un mal portugués. Era una operación que tenía que hacer.

¿Fue eso también lo que intentó con «Jesusalém», ya desde el título?

Sí, creo que es preciso desordenar, deshacer la lengua, sobre todo en un país como Mozambique, porque la lengua portuguesa de este país está en franco nacimiento, como pasa con otras lenguas africanas que no tienen la lógica europea, o lenguas europeas que no tienen raíces africanas. En este caso, como en Angola, se apropian del portugués, juegan y experimentan con él. Eso torna visibles los límites de la lengua portuguesa, sus contornos. Su deconstrucción es muy sugestiva desde el punto de vista literario.

(…)

Blanco, africano, escritor, en lengua portuguesa, biólogo, amante de todos los bichos, ¿cómo maneja su equilibrio?

Lo manejo con la intención de que ninguna de esas partes se imponga, de mantener esa identidad múltiple, no por conveniencia sino porque no quiero nunca caer en esa aparente facilidad de decir quien eres y en la que siempre acabamos acomodándonos: soy periodista, soy autor, y solo acabamos siendo eso. Y no quiero confundir lo que hago con lo que soy y lo que yo soy es algo que solo puede ser así, multifacético, porque amo muchas cosas al mismo tiempo, y no quiero prescindir de ninguna. Tuve un gran privilegio, una gran suerte, porque el tiempo que viví y el lugar en que yo viví me autorizan a esta forma de ser, que me parece un lujo, poder ser varias cosas al mismo tiempo. Hay gente que nació minero, vivió minero y fue minero toda la vida, pero yo tuve esta suerte.

Como Pablo Neruda, ¿da gracias a la vida?

Sí, le doy gracias.

En «O outro pe da serea» (El otro pie de la sirena) dice que “la guerra era una cosa del pasado y al mismo tiempo barrió las cenizas y lavó los recuerdos”. ¿Fue así en Mozambique?

No, no. No hubo un lavado de recuerdos, hubo una negativa a recordar, una forma de guardar esos fantasmas en una caja, sin querer abrirla, y ahora, a causa de los últimos acontecimientos [combates con muertos en Gorongosa, al norte del país, entre miembros de la antigua guerrilla de la Renamo y las fuerzas del gobierno] nos hemos dado cuenta de que no era la mejor manera de resolver esos fantasmas. Creo que cuando la guerra acabó había allí una sabiduría que veía que había acabado, pero en realidad no había acabado. O había conflictos profundos que no se habían resuelto. Y por eso se decidió olvidar. El olvido es una opción, una voluntad, una forma de apagar algo.

En «El último vuelo del flamenco», escribe Agripina Carriço Vieira, habla de que “en vez de la prometida libertad y justicia floreció una nueva clase de dirigentes políticos corruptos y poco respetuosos de las tradiciones ancestrales”. ¿Sigue Mozambique en esa triste deriva?

No creo que pueda hacer una afirmación tan total, tan contundente, porque considero que entre los dirigentes de la Frelimo desde la independencia, desde siempre, hay de todo, hay gente seria también. Lo que ocurre es que la gente seria, decente, está siendo dejada de lado y los que tienen más poder son los que no deberían tener poder.

¿La historia de la flota de atuneros y naos de guerra compradas a Francia es realismo mágico o realismo sucio?

[Se ríe]. Creo que es el peor de los realismos.

(…)

Fue periodista al tiempo que escritor, ¿no es posible corregir el estado de las cosas, el reino de las mentiras, haciendo periodismo y por eso escogió la novela?

No, yo creo que en el caso del periodismo en Mozambique es mucho más intervencionista que la propia literatura, la manera como se toma en serio y es capaz de respaldar las estructuras de poder. El periodismo es mucho más evidente que la literatura, que aquí es bastante ignorada. Tal vez haya más recelo de los escritores que de la propia literatura.

«Jesusalém» arranca con dos citas, una de Hermann Hesse, que habla del deseo de olvidar, y otra de Sophia de Mello Breitner Andresen hablando del hombre solo en un barco, de una existencia donde nunca despierta del todo pero tampoco duerme. ¿Es un reflejo de la filosofía de Mia Couto?

Creo que sí, creo que esas verdades traídas por la poesía y de la mano de las mujeres definen bien lo que me parece que son los dos márgenes del mundo.

«Nadie es de una raza. Las razas son uniformes que vestimos», dice Silvestre Vitalício en la misma novela. ¿Empleamos la palabra «raza» en la lengua cotidiana con alegría pecaminosa?

Sí, pero… Yo no tengo miedo de la palabra. Creo que está mal empleada cuando se refiere a razas humanas, y hablando como biólogo desde luego no es riguroso. Pero también las palabras las creamos nosotros mismos, y al emplear la palabra raza sabemos a qué nos estamos refiriendo. El problema es cuando pensamos que las razas son un hecho biológico, o tienen algo que ver con la ciencia, y no son resultado de una historia, de un recorrido cultural que nos atraviesa. Pero no hay que tener miedo de la palabra.

(…)

¿Y cuanto del afilador de silencios [personaje fundamental de «Jesusalém»] hay o le gustaría que hubiera hoy en Mia Couto?

En los cuentos me pasa que algunas veces, después me doy cuenta de que estoy contando mi propia historia. Pero nunca en una novela hubo antes un personaje que fuera tanto yo, porque yo era el que siempre estaba callado, y en mi casa tenían la impresión de que únicamente hablaba cuando me obligaban…

Cuando era interpelado.

Cuando era interpelado. Refleja mucho de mí. Y está también la relación con mi padre, que percibía que aquel silencio no era una ausencia sino que tenía muchas cosas dentro.

(…)

Ha escrito que «una buena historia era más poderosa que el fusil y la navaja». ¿Así lo cree de verdad, o le gustaría creerlo?

No los puedo comparar desde el punto de vista de la eficacia que tienen como instrumento capaz de provocar la muerte. Pero a veces me da la impresión de que aunque no se puedan comparar estamos muy preocupados con las armas químicas, pero los hutus y los tutsis se mataron con machetes. Lo que tiene que ser resuelto no es tanto la cuestión de las armas en sí sino quien está detrás de las armas.

(…)

Escribe en «Jesusalém» que «era como una carretera africana, que solo se percibe por la presencia de quien la recorre». ¿Es otra manera irónica, africana, del machadiano «caminante no hay camino, se hace camino al andar», porque en África, literalmente, los caminos están por hacer, y se hacen a pie?

Yo creo que sí. Lo que dice Machado es una verdad para todos, y es tan feliz la manera en que él lo escribe que me parece que aquí no se da exactamente así, donde las cosas son tan nuevas. A veces siento esa gran alegría de que mis compañeros y yo estamos haciendo algo, tal vez tengamos alguna importancia porque somos pioneros, porque no se hizo antes. Es un motivo para ser feliz en Mozambique, a pesar de las grandes dificultades que afrontamos.

De alguna manera esta pregunta ya la respondió a lo largo de la entrevista, pero tengo esa mala costumbre. ¿Quién es Mia Couto?

Ouh, esa pregunta es terrible. Obviamente no quiero saberlo, no me gusta él [y se ríe con ganas]. Pero no se trata de eso. Creo que soy el que quiero ser, y lo que quiero ser es un tipo desenfadado, un tipo que tiene amigos, y que es fiel a sus amigos.

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