domingo, 8 de diciembre de 2013

La leyenda de la rosa azul

Hasta el día de hoy tenemos fascinación por las leyendas que encierran alguna enseñanza, leyendas que nacen normalmente en el oriente han llegado hasta nosotros y nos asombramos ante las pruebas a las que se ven sometidos los personajes y la casi siempre sorpresiva solución del enigma. Las verdaderas princesas tenían por costumbre pedir a sus pretendientes algo muy difícil de realizar, en este caso que les consigan la rosa inexistente, la delicada y bellísima rosa azul. Símbolo de lo inalcanzable, lo imaginario y lo que está más allá del reino de lo posible.

La leyenda de la rosa azul

Un poderoso emperador de la China, sabio y bondadoso, se sentía muy feliz en su palacio: su pueblo era dichoso bajo su gobierno y su hogar, un paraíso de amor y paz. Pero algo había que le preocupaba en grado sumo.

Su única hija, tan bella, como inteligente, permanecía soltera, y no demostraba mayor interés en casarse. El emperador quiso encontrar un pretendiente digno de ella, para lo cual hizo proclamar su deseo de casar a la princesa. Los aspirantes a la mano de la joven fueron muchos; por lo menos, ciento cincuenta. Pero la inteligente muchacha, encontró un modo de burlar la disposición que había tomado su padre. Dijo que estaba dispuesta a casarse para obedecer al emperador, pero muy sutilmente, pidió una sola condición para aceptar marido: quien hubiera de casarse con ella, debería traerle una rosa azul.

Los pretendientes se desalentaron ante ese pedido.

Nadie había visto nunca una rosa azul.

¿En qué jardín del mundo florecería esa maravilla?


Y con la seguridad de que hallar la rosa azul era una empresa imposible, la mayoría de ellos renunció a casarse con la bella princesa. Solamente tres persistieron: un rico mercader, un valiente guerrero y un alto jefe de justicia. El mercader no era un soñador, sino un hombre muy sensato. De modo que, muy sensatamente, se dirigió a la mejor florería de la ciudad, donde, con toda seguridad, debía hallar lo que buscaba. Se equivocó. El florista no había visto jamás una rosa azul en todos sus años de comerciante. Pero el rico mercader ofrecía una fortuna a cambio de esa extraña flor, y el florista prometió ocuparse de buscarla. Por su parte, el pretendiente guerrero, que había conocido tierras maravillosas en sus campañas, optó por dirigirse hacia el país del rey de los Cinco Ríos. Sabía que era un soberano riquísimo, en cuyo reino desbordaban los tesoros.
El guerrero partió acompañado de cien soldados, y aquella comitiva armada y deslumbrante, causó una profunda impresión en el rey de los Cinco Ríos, que temiendo un ataque, ordenó a sus servidores que corriera a traer la rosa azul para ofrecerla al caballero que la pedía. Volvió el criado trayendo en sus manos un estuche afelpado. Cuando lo abrió, el guerrero quedó deslumbrado. Dentro del estuche había un hermoso zafiro tallado en forma de rosa. Sin duda era un presente real, y el guerrero, seguro de su triunfo, regresó con la joya a su país. Pero la princesa movió la cabeza al contemplar la joya.

El presente del guerrero no era más que eso, una piedra preciosa, no una flor verdadera. Aquel regalo no correspondía a la condición exigida. Poco tardó el mercader en saber que su rival había fracasado, y volvió a urgir a su florista para que le consiguiera la rosa azul.



El comerciante se desesperaba sin resultado alguno, hasta que un día, su esposa, mujer llena de astucia, creyó encontrar la solución. Nada más fácil que teñir de azul una rosa blanca, y con ello, el mercader lograría la mano de la princesa y ellos una cuantiosa fortuna. Imposible describir la alegría del rico mercader cuando el comerciante de flores le hizo saber que ya había encontrado lo que necesitaba. Corrió a la florería, tomó la flor de pétalos azules y no demoró un segundo en llegar al palacio. Y cuando todos creían que el mercader había alcanzado su premio, la inteligente princesa movió su bella cabeza y dijo: -Eso no es lo que yo quiero. Esta rosa ha sido teñida con un líquido venenoso que causaría la muerte a la primera mariposa que sobre ella se posara. No acepté la joya del guerrero ni acepto la rosa falsa del mercader.
Yo quiero una rosa azul. A su vez, el alto jefe de Justicia, que había asistido al fracaso de sus dos rivales, vió que el campo quedaba libre para él. Pensó mucho tiempo en la forma de hallar la rosa azul que la princesa quería, y por fin, una idea feliz surgió en su mente. Visitó en su taller a un exquisito artista, y le pidió que hiciera un vaso de porcelana fina, donde debía pintar una rosa azul.

El artista se esmeró en su obra, y cuando se la presentó al alto jefe de justicia, no dudó éste ni un momento que el triunfo era ya suyo.

Con esta seguridad se presentó ante la princesa. La joven quedó realmente admirada ante aquel trabajo. Nadie había visto nunca un vaso de porcelana tan bello y transparente, y la rosa azul en él pintada, lo convertía en una verdadera obra de arte. Pero aunque admitió el regalo y lo agradeció con gentil gesto, tuvo que confesar que no era una rosa pintada lo que ella quería. Mucho lo lamentaba, pero tampoco el alto jefe de justicia había encontrado lo que ella pedía para conceder su mano.

La ingeniosa princesa se había salido con la suya, sin que su padre pudiera hacerle el menor reproche. Y desde entonces ya nadie volvió a hablar del casamiento de la princesa, ni se presentó ningún otro pretendiente a aspirar su mano, con gran regocijo de la joven. Pero poco después, ocurrió algo que debía hacerle lamentar su ingeniosa treta.

Comenzó a hablarse en el palacio de un joven trovador que recorría el país entonando dulces canciones. Y una noche la bella princesa se paseaba con una de las doncellas por el jardín del palacio, llegó a sus oídos una dulce melodía. No dudó que se trataba del trovador de que tanto le habían hablado, y rogó a su doncella que los llamara. El trovador saltó el muro, y aquella noche cantó para ella sus mas hermosas canciones. La princesa y el trovador se enamoraron, y el joven volvió otras noches a cantar bajo sus ventanas.

Cada vez mas grande fue su amor, y el trovador quiso presentarse ante el soberano para pedir la mano de la princesa. Entonces fue cuando la hermosa joven advirtió que la astucia que había empleado para alejar a sus pretendientes, impedirían que pudiera casarse con el trovador. Su padre le exigiría también a él que trajera la rosa azul.

Y ella sabía que eso era imposible. Pero su enamorado la tranquilizó. Su amor todo lo podría. Gran revuelo se produjo en la corte cuando se supo que un nuevo pretendiente se sometía a la prueba de hallar la rosa azul y que se presentaría con ella. El trovador atravesó por entre la fila de cortesanos y damas, y llegó hasta la princesa. Tendió la mano, y le ofreció una hermosa rosa blanca que momentos antes arrancara de su jardín. La princesa sonrió feliz, y con el consiguiente asombro de todos, manifestó que esa era exactamente la roza azul que ella quería. Un murmullo de sorpresa y de indignación corrió por el salón, y hasta el mismo emperador miró a su hija, como si creyera que se había vuelto loca. Pero la vio tan dichosa, que comprendió todo, cortó de inmediato las hablillas diciendo que la princesa era quien había exigido tal condición, y que si ella, tan inteligente como todos los sabios de la corte, admitía que la rosa que le presentaban era azul, nadie podía dudarlo. Así triunfó el amor de la princesa china.

Beethoven Sonatas Cello y piano Rostropovich y Richter



El cello y el piano, una maravilla para escuchar.

Nadar de noche

¿Qué hay después de la muerte? Nos lo preguntamos todos. Las religiones nos dan sus respuestas, imaginamos mundos en forma de paraísos o como yo que me transformo en una gota de agua, en una hoja que vuela, en viento, en tierra, en luz. Este cuento de Juan Forn, escritor argentino, "Nadar de noche , que da título a uno de sus libros(emece) nos muestra el encuentro de un padre que ha muerto hace unos años con el hijo que ya es padre. Conversan con naturalidad, el padre va revelado como es ese otro mundo y el hijo descubre que su sumisión al padre ya no es necesaria. Tienen toda la noche para hablar y lo que ahí se dice no nos lo cuenta el autor, tenemos que imaginarlo. Entonces ¿Cuánto depende un hijo de la mirada de su padre? ¿Cuánto quiere agradarlo? ¿Hasta después de su muerte? ¿Tiene esto sentido? ¿En qué momento se mirarán de igual a igual?
(Dibujo de Paula Gastelo).


Era demasiado tarde para estar despierto, especialmente en una casa prestada y a oscuras. Afuera, en el jardín, los grillos convocaban empecinados y furiosos la lluvia, y él se preguntó cómo podían dormir en los cuartos de arriba su mujer y la beba con ese murmullo ensordecedor.

Tenía insomnio, estaba en pantalones cortos, sentado frente al ventanal abierto que daba a la terraza y al jardín. Las únicas luces prendidas eran los focos adentro de la pileta, pero la luz ondulada por el agua no conseguía matar del todo la sensación de estar en una casa ajena, el malestar indefinible con aquel simulacro de vacaciones.

Porque, en realidad, no estaba ahí descansando sino trabajando. Aunque el trabajo no implicase ningún esfuerzo en particular, aunque no tuviese que hacer nada, salvo vivir en esa casa con su mujer y su hija y disfrutar las posesiones de su amigo Félix, mientras éste y Ruth remontaban el Nilo y gastaban fortunas en rollos de fotos y guías egipcios sin dientes, a cuenta de una revista de viajes italiana.

Para calmarse, para atraer el sueño, pensó que no iba a pisar Buenos Aires en todo el mes. Viviría en pantalones cortos y sin afeitarse, cortaría el pasto, cuidaría la pileta, vería videos y escucharía música mientras su hija crecía delante de sus ojos y su mujer inventaba postres raros en la cocina. Y en todo ese tiempo quizá le dejaran algún mensaje mínimamente estimulante, o al menos catastrófico, en el contestador automático de su departamento.

Mientras tanto, a lo mejor Félix y Ruth decidían prolongar su viaje un mes más, o tenían un accidente, o se enamoraban los dos de un mismo efebo andrógino y analfabeto en Alejandría. Un mes podía ser mucho tiempo en algunos lugares; un mes podía ser casi una vida. Para su hijita, por ejemplo. Tenía que empezar a vivir al ritmo de ella, como le había dicho su mujer. Día por día, hora por hora, lentamente. Tenía que asumir la paternidad de una vez, como dirían Félix y Ruth, si es que no lo habían dicho.

Entonces oyó la puerta. No el timbre sino dos golpecitos suaves, corteses, casi conscientes de la hora que era. Cada casa tiene su lógica, y sus leyes son más elocuentes de noche, cuando las cosas ocurren sin paliativos sonoros. Él no miró el reloj, ni se sorprendió, ni pensó que los golpes eran imaginación suya. Simplemente se levantó, sin prender ninguna luz a su paso y cuando abrió la puerta se encontró con su padre parado delante de él. No lo veía desde que había muerto. Y, en ese momento, supo incongruentemente que ya se había hecho a la idea de no verlo nunca más.

Su padre tenía puesto un impermeable cerrado hasta arriba y el pelo tan abundante y bien peinado como siempre, pero totalmente blanco. Nunca habían sido muy expresivos entre ellos. Él dijo: "Papá, qué sorpresa", pero no se movió hasta que su padre preguntó sonriendo:

—¿Se puede pasar?

—Sí, claro. Por supuesto.

El padre cruzó el living a oscuras y el ventanal abierto y fue a sentarse en una de las reposeras de la terraza. Desde allá miró hacia adentro, lo llamó con la mano y tocó la reposera vacía a su lado. Él salió obedientemente a la terraza. Dijo:

—Dame el impermeable, si querés. ¿Te traigo algo para tomar?

El padre negó con la cabeza a ambas ofertas. Después se estiró todo lo que pudo y respiró hondo sin perder la sonrisa.

—Va a llover en cualquier momento —dijo—. Qué maravilla. ¿De día es así, también?

—Mejor. Para Marisa y la beba, especialmente.

—Marisa y la beba. Debes de tener un montón de cosas para contarme, ¿no?

Él sintió que se le aflojaba apenas la mandíbula. En los sueños en que volvía a verlo, su padre siempre estaba al tanto de todo lo que les había pasado a ellos en su ausencia.

—Sí, claro —dijo—. Supongo que sí.

—Por supuesto, no pretendo que me pongas al día con las noticias. Obviemos la política, el trabajo, el mundo en general, si es posible. Las cosas domésticas, me interesan. Tus hermanas, vos, Marisa, la beba. Esas cosas.

A él le sorprendió que mencionara la palabra domésticas. Y mucho más aún que hubiese nombrado a todos menos a su madre, pero no supo qué decir.

—Voy a servirme un whisky. ¿Seguro que no querés?

—No, no, gracias. A propósito, qué buena idea, las luces adentro de la pileta.

—No es mía —dijo él antes de entrar—. La casa, quiero decir.

Cuando volvió a aparecer, con un vaso bastante lleno, se frenó detrás de la reposera de su padre y sintió de golpe que todavía no se habían tocado.

—Yo creí —dijo, desde ese lugar— que vos veías todo lo que pasaba acá, desde donde estabas.

La cabeza de su padre se movió levemente a uno y otro lado, varias veces.

—Lamentablemente no. Es bastante distinto de lo que uno se imagina.

Él miró la pileta y tuvo la sensación de que no controlaba lo que decía ni lo que iba a decir.

—Si supieras la cantidad de cosas que hice en estos años para vos, pensando que me estabas mirando. —Y se rió un poco, sin alegría pero sin amargura, para vaciarse los pulmones no más. —O sea que no sabés nada de estos cuatro años. Qué increíble.

El padre se reacomodó en la reposera y lo miró de costado.

—A lo mejor hay cambios, adonde nos mandan ahora. Si te sirve de consuelo.

Él lo miró sin entender.

—Hubo un traslado. Voy a estar en otra parte, a partir de ahora. No sólo yo; muchos más. Las cosas allá no son tan ordenadas como se supone. A veces pasan estos imprevistos. Digo, que esté ahora con vos.

—¿Y por qué conmigo? ¿Por qué no fuiste a ver a mamá?

El padre miró un rato la luz ondulante de la pileta. Su cara cambió muy levemente, hubo un ínfimo matiz de tristeza en su inexpresividad.

—Con tu madre hubiera sido más difícil. Una noche no es tanto tiempo, y yo necesito que me cuentes todo lo que puedas. Con tu madre hablaríamos de otros temas. Del pasado, especialmente; de ella y yo, de muchas cosas buenas que vivimos los dos juntos. Y eso hubiera sido injusto de mi parte.

Hizo una pausa.

—Hay ciertas cosas que son técnicamente imposibles en mi estado actual: sentir, por ejemplo. ¿Entendés? En cierta medida, lo que soy esta noche es algo que no tendría valor para tu madre. Con vos, en cambio, es más simple, para decirlo de alguna manera. Siempre te ubicaste en una posición panorámica en cuanto a las emociones. Con tu madre, con tus hermanas, con vos mismo. En fin.

Hizo otra pausa.

—También pensé que podrías arreglártelas mejor con los sentimientos que te provoque esta visita. A fin de cuentas, yo nunca fui tan importante para vos, ¿no es cierto?

Él sintió algo que hacía mucho tiempo que no sentía. Una especie de sumisión y de necesidad de oponerse a esa sumisión. Supo de pronto que en los últimos cuatro años no había sido esto que era ahora, nuevamente: hijo de su padre. Fue hasta el borde de la pileta, se sacó los mocasines y se sentó con las piernas dentro del agua.

—Si no hubieras sido tan importante para mí, entonces no habría hecho las cosas que hice para vos, por vos, en estos años. ¿No se te ocurrió pensar eso?

—No.

Él quedó perplejo. La respuesta le había parecido tan rápida y brutal que sonó sincera. Y justamente por eso inverosímil. Cobarde. Casi injusta.

—Y ahora que sabés, qué —atinó a decir.

—Nada —contestó el padre.

Después se levantó, llevó la reposera hasta el borde de la pileta y se sentó con las manos en los bolsillos.

—Supongo que no cambia nada. Lo que hiciste, ya lo hiciste. Y me parece que no tiene sentido que te enojes ahora, con vos o conmigo, por eso. ¿No?

No sólo era inútil, además empezaba a sentir que no le era lícito, frente a la condición de su padre, cuestionar nada, ni permitirse esa belicosidad insólita. La necesidad de oponerse se desvaneció y sólo quedó la sumisión, no ya dirigida a su padre sino a un estado de cosas, a una abstracción obtusa e inabarcable.

—Es cierto —dijo—. Perdón.

Se quedaron callados un rato, hasta que él dijo: —De todas maneras, exageré un poco. No fueron tantas las cosas que hice pensando en vos.

El padre soltó una risita.

—Ya me parecía.

Un relámpago rajó en dos el fondo del cielo. Cuando sonó el trueno el padre se encogió y volvió a oírse su risita.

—Ya casi no me acordaba de estas cosas. Es notable cómo funciona la memoria, lo que conserva y lo que deja de lado.

—Los grillos —dijo él—. ¿Los oís? No me dejaban dormir. Por eso estaba despierto cuando llegaste.

Después de decir estas palabras dudó. ¿Los grillos? Pero lo pensó mejor y prefirió quedarse con la duda.

—Bueno —dijo el padre con voz muy suave—. A lo nuestro.

—¿Puedo preguntarte algo, antes?

La reposera crujió. Él hizo un esfuerzo para mantenerle la mirada a su padre.

—Como quieras. Pero ya sabés cómo es eso: una vez que te enterás, difícil que puedas borrártelo de la cabeza. No es una amenaza. Lo digo por vos, simplemente.

—Sí, ya sé —dijo él. Y preguntó, con voz insegura: —¿Todos van al mismo lugar? ¿No importa lo que haya hecho cada uno?

—Eso es algo que podría haberte contestado desde los veinte años, más o menos. Siempre sospeché que importaba más en vida que después. En cuanto a la otra pregunta, no es exactamente un lugar, adonde van. Pero sí: todos van al mismo, en la medida en que todos somos relativamente iguales. El modo de vida de tu vecino y el tuyo, por ejemplo, se diferencian tanto como tu estatura y la de él. Son matices, y los matices no cuentan. Digamos que hay, básicamente, sólo dos estados: el tuyo y el mío. Es bastante más complejo, pero no lo entenderías ahora.

—Entonces vos y yo vamos a encontrarnos de nuevo, en algún momento —dijo él.

El padre no contestó.

—¿Importa algo estar juntos, allá?

El padre no contestó.

—¿Y cómo es? —dijo él.

El padre desvío los ojos y miró la pileta. —Como nadar de noche —dijo. Y las ondulaciones de la luz se reflejaron en su cara. —Como nadar de noche, en una pileta inmensa, sin cansarse.

Él tomó de un trago el whisky que quedaba en el vaso y esperó a que llegase al estómago. Después tiró los hielos en la pileta y apoyó el vaso vacío en el borde.

—¿Algo más? —dijo el padre.

Él negó con la cabeza. Movió un poco las piernas en el agua y miró la base de la reposera, el impermeable, la cara blandamente atemporal de su padre. Pensó en lo reticentes que habían sido siempre en todo contacto corporal y le parecieron increíblemente ingenuos y artificiales aquellos abrazos en los sueños en que aparecía su padre. Esto era la realidad: todo seguía tal como había sido siempre, y recomenzaba casi en el mismo punto en que quedara interrumpido cuatro años antes. Aunque sólo fuese por una noche.

—Por dónde querés que empiece —dijo.

—Por donde quieras. No te preocupes por el tiempo: tenemos toda la noche. Hasta que termines no va a amanecer.

Él respiró hondo, largó el aire y supo que había entrado en la noche más larga y secreta de su vida. Empezó, por supuesto, hablando de su hija.

Habla Memoria

Habla, memoria

Por Juan Forn

Hay una historia entre Cézanne y Zola que siempre me fascinó: el padre de Zola muere, la familia llega a Aix-en-Provence en medio de penurias económicas, el niño Emile es encarnecido en la escuela, por nuevo, por pobre, por raro. Un solo compañero sale en su defensa, no le importa recibir una paliza de los demás por esa causa. El joven Zola le deja una canasta de manzanas en su puerta. Los dos muchachos se hacen amigos, leen a Virgilio, quieren ser artistas. Años después, cuando ya es un escritor de éxito, es Zola quien anima al tímido Cézanne a ir a París. Pero la amistad se malogra: Zola empieza a encontrar molestos los infortunios y las quejas de Cézanne, escribe una novela sobre un pintor incomprendido por su época y con eso hiere y aleja a su amigo. ¿Qué hace Cezanne entonces? Empieza a pintar sus famosas naturalezas muertas con manzanas: como devolviendo una por una aquellas de la canasta que el joven Zola le ofrendó en prenda de amistad, en los lejanos años de Aix.


Hay otra historia parecida, aunque más chiquita y con final opuesto, de otro de los impresionistas. El banquero y bon vivant Charles Ephrussi se fascina con una naturaleza muerta de Manet sobre un puñado de espárragos. Paga por el cuadro diez veces su valor, en un momento en que Manet no es todavía conocido y vive en la escasez. Al día siguiente llega a casa del banquero, y embalado toscamente, un cuadro precioso de un solo espárrago, con una nota que dice: “Creo que éste se cayó del puñado”. Quizá conozcan la historia, está en Proust. Es leyenda que los personajes de En busca del tiempo perdido están basados en gente que Proust conocía. Proust trabajó brevemente como secretario de Charles Ephrussi y le adjudicó algunos de sus rasgos a Charles Swann. Pero yo me enteré por otra vía de la historia de los espárragos, así como del episodio de las manzanas de Cézanne y Zola. Fue por un profesor de dibujo que tuve en sexto grado, un tipo que intentaba inútilmente abrir nuestras cabezas y se enfurecía cuando coloreábamos mariconamente nuestros dibujos para que no se nos gastaran los lápices: una vez me arrancó la hoja de la mano, se apropió de mi adorada caja de Caran D’Aches y fue consumiendo mis lápices y obligándome a sacarles punta y pasárselos de vuelta hasta que aquella hoja canson se convirtió en una masa vibrante, asombrosa, de color (hasta me pareció que pesaba el doble cuando me la devolvió) y mi caja de Caran D’Aches era una ruina.

Consiéntanme ahora otro viraje inesperado. Hay en Inglaterra un gran ceramista llamado Edmund DuWaal. Sólo hace piezas que puedan sostenerse en una mano y que parecen ideas platónicas más que objetos, aunque él es partidario ferviente de que esas piezas se usen, se toquen: cree que ciertos objetos conservan en sí el pulso de quien las talló, incluso el de quien las tuvo en su mano, como si emitieran “un murmullo existencial”. Durante sus largos años de estudio, el joven DuWaal recaló en Japón para estudiar el arte del laqueado. A lo largo de aquella estadía en Kioto, visitaba una vez a la semana a su adorado tío abuelo Ignatz, o Iggie, único hermano de la abuela de DuWaal, Elizabeth. El apellido de ambos hermanos era Ephrussi. La posesión más preciada del viejo Iggie, que vivía en Kioto junto a su joven amante japonés, era una colección de netsuke. Los netsuke son pequeñísimas piezas de marfil o madera talladas a mano que se usaban en el viejo Japón como borlas de las bolsas de tabaco o de dinero. Caben holgadamente en la palma de una mano. Cuanto más antiguas son, más historias cuentan.

El viejo Iggie tenía 264 piezas de netsuke. A lo largo de sus años en Japón no había sumado una sola pieza a su colección. La conservó tal cual la había recibido, y así iría a parar a manos de DuWaal cuando Iggie murió, en 1994. Durante aquellos almuerzos semanales en Kioto, Iggie le había contado distraídamente a DuWaal la historia de esa colección de netsuke, que era su manera de contar la historia familiar de los Ephrussi. Iggie había huido de Viena en 1938, por judío y por homosexual. Su hermana Elizabeth ya se había casado con un comerciante holandés llamado DuWaal y emigrado a Inglaterra, y fue la que posibilitó la huida de Iggie y del padre de ambos, Viktor. La madre su había suicidado “discretamente” cuando los Ephrussi perdieron todas sus posesiones a manos de los nazis. Al llegar a casa de su hija en Inglaterra, la única posesión que le quedaba a Viktor en el mundo era un reloj de bolsillo, de cuya cadena colgaba la llave de su biblioteca (los nazis le habían prendido fuego a los libros de esa biblioteca). La pérdida de su mujer y de su palacio en Viena fueron demasiado para él: no llegó a ver el final de la guerra. Cuando los aliados restituyeron el palacete a Elizabeth, ella descubrió que la doncella que los había criado a ella y a Iggie había permanecido como ama de llaves de la casa mientras albergaba a un jerarca de la Gestapo. Esa doncella recibió con lágrimas en los ojos a Elizabeth, la llevó a su humilde recámara y le mostró cómo había logrado ocultar en su colchón de paja las 264 piezas de netsuke que, en tiempos de gloria de la mansión, estaban en los aposentos de la señora de la casa.

Habían sido el regalo de bodas de Charles Ephrussi a Viktor, enviado desde París cuando Viktor se casó y se instaló a vivir en aquel palacio en 1913. Fue Charles quien inició a los impresionistas en el culto a lo japonés que estalló en Occidente a partir de 1870. Le llevó cuarenta años reunir aquellas 264 piezas. De cada par de netsuke que compraba, conservaba uno y le enviaba el otro a una dama casada, que era su amante. Cuando ella enviudó, la colección se unió. Cuando Charles estaba cerca de la muerte y su sobrino favorito le anunció que se casaba, le obsequió la colección. A Viktor le pareció tan incongruente con el resto de las obras de arte que albergaba la mansión que decidió ubicarla en los aposentos de su esposa, donde los niños Elizabeth e Iggie jugaban con los minúsculos netsuke mientras su madre se hacía peinar y enjoyar antes de cada velada. Sabiendo lo que significarían para Iggie, Elizabeth los hizo embalar y se los envió a Japón. Veinte años después, Iggie trató en vano de transmitir aquella historia al joven DuWaal. Pasaron otros veinte años, la colección volvió a surcar los mares, DuWaal escuchó finalmente el murmullo existencial de esas minúsculas piezas de marfil y se sentó a escribir la historia de su familia en un libro formidable (The Hare with Amber Eyes).

En un momento cerca del final describe lo que le produce tener esas desgastadas piezas de netsuke en su mano, lo que fueron para el bon vivant Charles y para el desafortunado Viktor y para el niño Ignatz y para el viejo Iggie, y no sé por qué a mí me hicieron acordar de repente, con nitidez total, en esa escena de mi niñez en que el profesor de dibujo depositó en mis manos mi venerada caja de Caran D’Aches con todos los lápices mochos y aquel dibujo perfectamente trivial, vuelto asombroso por la frenética, apasionada manera en que le había dado vida.

Fotógrafo Jack Mitchell habla sobre Nureyev


El famoso bailarín ruso fotografiado por Jack Mitchell

domingo, 1 de diciembre de 2013

Sueños y desvelos

El martes pasado hablamos acerca de los sueños en ABRA nuestro taller. Leímos los sueños de Sergio Pitol y de Manuel Vicent y hablamos acerca de los nuestros. Acá entrego un texto mío que pertenece a un grupo que llamo "Pequeños textos", que habla de sueños y desvelos míos y de mi familia.



De sueños y desvelos ( de Pequeños textos) Inédito

"Cierra bien la puerta, hermano, dice la vieja canción de cuna, cierra bien la puerta hermano, será larga la noche."

Amanezco como si hubiera sobrevivido a una batalla: el pelo revuelto, el dolor en la espalda, la mirada extraviada, ese cansancio de siglos, si me preguntan algo no consigo articular palabra ni expresar aquello que deseo como si todavía no perteneciese a este mundo, como si aún tuviese que obedecer otras reglas, comunicarme en otro lenguaje, aceptar otras dimensiones. La noche sin duda ha sido larga.

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Mi madre se desvelaba por las noches. En la oscuridad de su dormitorio convertía sus problemas en seres fantásticos. Alfiles y caballos de ajedrez vestidos de etiqueta, unos de blanco y otros de negro danzaban para ella una danza de muerte, se acercaban y alejaban ante sus ojos caballeros medievales con las bocas apretadas como si estuviesen cosidas se enfrentaban en una batalla en donde intentaban atravesarse con espadas de doble filo. Como si la hubiesen herido con la punta de una de las espadas, como si estuviese desangrándose, mi madre se despertaba en medio de la noche y rompía el silencio con un quejido que nos hacía acordar a los animales atrapados, sin escapatoria.
Mi padre la calmaba, escuchaba con paciencia los problemas que la atormentaban tratando de dar solución aunque sea aparente, a todos ellos. Aliviada mi madre recostaba la cabeza en la almohada y pronto dormía con aire feliz, como si estuviese asomada a la ventana de un tren. Si alguien la hubiese observado con detenimiento, hubiese podido ver en su rostro el paisaje que la llenaba de gozo.
Mientras, mi padre agobiado con los problemas trasladados por mi madre, sometido a esa ley que regía en su habitación: existía capacidad para que solo uno pudiese soñar, se disponía a presenciar la batalla, los caballos y los alfiles blancos y negros con las bocas cerradas herméticas, decididos a cruzar el cuerpo enemigo con la espada que mata.




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Cada paso que intento dar en mi sueño demora y mi imagen queda congelada mientras desde lo alto alcanzo a ver mis alargadas piernas que cruzan una ciudad entera temiendo aplastar a sus liliputienses habitantes, como esa ilustración que recuerdo de ese gato que caminó siete leguas enfundado en botas rojas.

&

Una noche tras despertar a mi padre le anuncié que en esos instantes una tropa de soldados hacía añicos los vidrios de las ventanas de los altos de nuestra casa produciendo un estruendo que me aterrorizaba.
¿No escuchas los aviones que vienen dispuestos a bombardearnos Le pregunté.
Sin perder la seriedad, entre dormido y despierto, mi padre me respondió:
No te preocupes, ponte el casco y sigue luchando.
Corrí obediente a mi cama dispuesta a encasquetarme Y enfrentar la invasión de esos extraños , que si no se los detenía, llegarían otra vez hasta Cajamarca, causando iguales desgracias que las que mi abuela había relatado con ese tono terrible de voz que de más niña me había impresionado hasta las lágrimas al explicar los sufrimientos que había vivido durante la guerra con un país vecino-
Una vez en mi cama intenté inútilmente dormir ansiosa de representar mi papel de heroína de la patria. Al rato en la oscuridad de mi habitación pude ver la danza de los alfiles y caballos guerreros que ante mis asombrados ojos se desgarraban destrozándose.

Zorba en plena calle

¿A ver quién se anima a ponerse a bailar en plena calle, juntarse con los demás a quienes no conocemos para entregarnos a esa música griega que tanto nos gusta, que nos trae a la mente la exuberancia y el amor a la vida de Zorba representado por Anthony Queen y a su amada Bubulina? Ya es tiempo de variar nuestra tendencia a ser tan reservados, tan cuidadosos de no hacer el ridículo, prefiriendo no hacer que hacer. Y lo digo empezando por mí.



Ricardo III : imperdible, de lujo


La vimos el viernes en la noche en el teatro La Plaza, adaptada y dirigida por Chela de Ferrari, nos pareció impecable, buenísimas actuaciones, un Ricardo III de Shakespeare absolutamente bien logrado.
Ricardo III lo interpreta Miguel Iza, acompañado por Sofía Rocha, Rómulo Assereto, Ricardo Velásquez, Paul Vega, Carlos Cano, Haydeé Cáceres, Pietro Sibille, Fiorella De Ferrari, Els Vandell y otros.
Muy buena escenografía.



Carlos Runcie Tanaka, ceramista

Encuentro en la casa un hermoso libro dedicado íntegramente a la obra de Carlos Runcie Tanaka uno de los artistas que más me interesa. El es ceramista y también realiza instalaciones para sus piezas consiguiendo comunicar mensajes de nuestra realidad. La historia, la geografía y el paisaje de la costa peruana han sido su principal inspiración.
La Fundación Wiese y AFP Integra son los auspiciadores de este bello libro.
Carlos Runcie ha sido escogido en diversas oportunidades para representar al Perú en diferentes bienales de arte contemporáneo y ha realizado infinidad de exposiciones tanto en el Perú como en Estados Unidos, Latinoamérica, Japón e Italia.

Mujer silencio

MUJER SILENCIO


POR ELENA G. GOMEZ
Esperaba pacientemente a que todos tomaran asiento en el lugar que previamente se les había asignado.
La paciencia era una de las muchas cosas que había adquirido en estos últimos años, no había sido fácil, ni mucho menos, pero aún me resonaba en la cabeza las palabras de la Anciana Pappu: "Tranquila niña, no hay nada urgente en la vida. El hombre blanco vive corriendo de un lado para otro y entonces no se entera de nada, no escucha las voces y no es capaz de leer en los elementos, por eso comete error tras error y luego tiene que perder más tiempo rectificando sus errores que si se hubiera tranquilizado y pensado lo que tenía que hacer".
Parecía que todos habían ocupado su asiento, les miré uno a uno, y comencé a hablar...
"Aunque no estamos aquí para hablar de mí, es imprescindible que os ponga en antecedentes para que luego entendáis la razón de esta reunión. Hace 24 años hice realidad un sueño que tenía desde niña: viajar a Africa para poder estudiar las tribus más remotas, aquellas donde el hombre blanco aún no había realizado su absurda labor evangelizadora y, por tanto, destructora. Desde el primer momento que pisé la tierra africana supe que mi vida nunca volvería a ser igual, todo era distinto, el día, la noche, el calor, los colores. Durante los dos primeros años permanecí en zonas relativamente "civilizadas" adaptándome a las nuevas costumbres, pero un día me desperté inquieta, sabía que llevaba ya demasiado tiempo viendo un Africa construida por el hombre blanco y eso no era lo que yo buscaba, así que empecé a adentrarme en la selva y a conocer nuevas tribus cada vez más lejanas de la civilización, cada vez más puras. Un día llegué hasta Tribu Invisible. Lo primero que me sorprendió es que me aceptaron con facilidad, yo ya me había acostumbrado al tratamiento que me habían dado otras tribus, al rechazo y al temor inicial. Pero Tribu Invisible no era así, me acogieron como si fuera parte de ellos, como si me esperaran.
Durante todo el tiempo que pasé con la tribu fue cambiando mi comprensión de las cosas, desde la percepción del mundo real que me rodeaba hasta poder entrar en su conocimiento espiritual, un conocimiento que a diferencia de todas las religiones que aquí conocemos, se basa en la sencillez de la unión con uno mismo y con los demás.
Y me encontré con que aquella "atrasada tribu", desde el punto de vista del hombre blanco, nos llevaba años luz de evolución. Su sistema es muy sencillo, y cada uno, desde que nace, es parte de toda la tribu, no es educado sólo por su padre y por su madre, sino que recoge de todos los miembros y aprende desde muy pequeño que todo lo que posee pertenece a todos, aunque eso no implica que cada uno tenga sus cosas y las cuide. No hay problema de que unos tengan más que otros, ni tampoco hay envidias ni celos, porque se dicen siempre todo lo que piensan y nunca guardan nada en su interior, por eso tienen algo que en esta sociedad no existe y es confianza.
Me contaron que las cosas no siempre habían sido así, que habían vivido etapas de mucha dificultad, de enfrentamientos entre ellos, de odios y de separaciones, hasta que un día llegó a la tribu una mujer, la Mujer Silencio.
Ella les enseñó que había muchos mundos y que cada uno de ellos era un mundo dentro de sí, y en esta diversidad estaba precisamente la clave de la evolución, del intercambio, del aprendizaje.
Les dijo que sólo si aprendían a escuchar las voces de su mundo podrían vivir de acuerdo con la Ley de la Vida y entonces dejarían la lucha y los conflictos y podrían realmente vivir.
También les dijo que todos los días caminaran un tiempo descalzos sobre la tierra, para que sintieran cómo la madre les cuidaba y les acompañaba, para que sintieran su fuerza entrando desde lo más profundo de su interior y, sobre todo, para que fueran generosos y justos como ella lo era.
Que cada día respiraran profundamente y llenaran su cuerpo de vida y dieran gracias por todo cuanto tenían y por todo lo que cada día podían aprender.
Pero sobre todo les habló de la responsabilidad que tienen para con los niños, porque ellos tienen que ser educados en la unidad, en el respeto hacia todo lo que les rodea.
Los niños tenían que saber reconocer el canto de los pájaros, subir a los árboles, comer de sus frutos, leer en las nubes, y ser fuertes y resistentes, capaces de superar el cansancio, el frío, el sueño. Que forjaran en ellos sueños, sueños que no tuvieran que ver con las posesiones sino con los valores que perduran por encima de las personas.
Mujer Silencio dijo que un día llegaría hasta la tribu una mujer que buscaría conocer los secretos del hombre. Ellos deberían recogerla y educarla como si fuese uno de sus niños, y un día ella se marcharía y llevaría un mensaje de la Mujer Silencio para el resto de los hombres blancos.
Yo soy la mujer que ella predijo y éste es el Mensaje de la Mujer Silencio que yo llevaré a todos los lugares de la Tierra:
"El hombre blanco vive prisionero del tiempo, pagando los errores del pasado o temiendo lo que le traerá el futuro. Suspirando por lo que vivió en el pasado o dejando para más adelante lo que tiene que hacer hoy. El problema del hombre blanco es que nunca vive el presente, porque vivir el presente requiere ser consciente de los actos, pensar antes de actuar, mirar lo que los demás necesitan y, sobre todo, conocerse a uno mismo".
Un día pregunté por qué se llamaba Mujer Silencio y ellos me contaron que la Mujer Silencio representa a la mujer que vive dentro de cada uno, a la madre, a la sustancia. Que los hombres la metieron en un rincón de sus mentes y que se negaron a escucharla, por eso es Mujer Silencio. Pero que cuando un hombre necesita hacer un cambio en su vida, cuando necesita conectar con su voz, entonces ella surge del silencio y comienza a hablarle.
Dicen que su Voz suena con tal fuerza que cuando se la escucha desaparece el miedo y la limitación, y se abre una nueva puerta en la vida, una puerta que conduce a lo desconocido, a la aventura, al encuentro de uno mismo".

No me gustan las princesas


Una niña argentina que parece saber bien lo que le gusta y lo que no, se rebela al mundo de las princesas y no sueña ser una cuando crezca. Ella confía más en sí misma, está preparada para enfrentar y vencer lo que la amenace sin esperar la llegada del príncipe azul. Mejor dicho, imposible.

Netsukes


"Netsuke son esculturas en miniatura que se inventaron en el Japón del siglo XVII para servir una función práctica, los dos caracteres japoneses ne + tsuke significa "raíz" y "juntar". Las prendas japonesas tradicionales — túnicas llamado kosode y kimono — no tenían bolsillos; Sin embargo, los hombres que las llevaban necesitan un lugar para almacenar sus pertenencias personales, tales como pipas, tabaco, dinero, sellos o medicamentos, por eso los objetos personales se llevaban en pequeñas bolsas o cajitas múltiples (inro) que se sujetaban al cuerpo a través del cinturón (obi) con un cordón y un tope. Este tope, Netsuke, que empezó siendo una pieza simple de madera en los siglos XV-XVI, evolucionó en formas figurativas y, cuando el estilo occidental en el vestido se impuso en Japón a partir del siglo XIX, éstas se independizaron de su función y pasaron a convertirse en objetos de coleccionismo sobre todo en occidente.


http://vacioesformaformaesvacio.blogspot.com/2012/09/kaigyokusai-masatsugu.html)

Acá otros bellos Netsukes:


Cinema Paradiso - Yo-Yo Ma and Chris Botti


Cinema Paradiso es una película italiana estrenada en 1988 que expresa los sentimientos de una familia de escasos recursos de Italia. Escrita y dirigida por Giuseppe Tornatore. Con seis años de edad, Salvatore, conocido como Totó, descubre su amor por las primeras películas y pasa cada momento libre en el cine local Cinema Paradiso, donde desarrolla una amistad con el paternal proyeccionista, Alfredo, que siente compasión por el joven y a menudo le permite ver películas en la cabina de proyección.

Chris Botti (Portland, Oregón, 12 de octubre de 1962) es un trompetista y compositor estadounidense de jazz y smooth jazz

Yo-Yo Ma - es un cellista americano. Fue niño prodigio que tocaba el cello desde los cinco años.




Tres albumes ilustrados favoritos



Me envían este video que recibo con los brazos abiertos. Siempre deseando que haya similares álbumes hechos por artistas peruanos.

Richard Avedon, Oscuridad y luz


La fotografía nos deslumbra y si además nos la entrega un maestro como Avedón aún más.

Papageno, de la flauta mágica de Mozart

Muy bella interpretación de Papageno de la Flauta mágica de Mozart. Nosotros tuvimos la suerte de verla en Praga en un bellísimo teatro.

La reina de la noche de La flauta mágica de Mozart

Aprender haciendo



El tema de la educación nos preocupa a todos. Leo que es en Finlandia en donde existe la mejor educación, si alguien quiere ser maestro debe dar un examen muy elevado y a los maestros se les considera sabios y se les consulta problemas complicados. Quisiéramos que haya en el Perú y en el mundo una educación que prepare mejores seres humanos, con valores, con verdaderos intereses, con vocación por su quehacer, por ansias de servir, aportar, colaborar. Sin embargo poco hacen los gobiernos tal vez porque los frutos de la educación demoran en madurar y ellos quieren algo que les de pronto aplausos y nuevos votos en próximas elecciones. No debemos dejar de decir en voz alta que la educación es lo más importante, lo más urgente, lo único que nos podrá transformar.
Muy buena entrevista que explica a los maestros cómo pueden enseñar.