domingo, 1 de diciembre de 2013

Mujer silencio

MUJER SILENCIO


POR ELENA G. GOMEZ
Esperaba pacientemente a que todos tomaran asiento en el lugar que previamente se les había asignado.
La paciencia era una de las muchas cosas que había adquirido en estos últimos años, no había sido fácil, ni mucho menos, pero aún me resonaba en la cabeza las palabras de la Anciana Pappu: "Tranquila niña, no hay nada urgente en la vida. El hombre blanco vive corriendo de un lado para otro y entonces no se entera de nada, no escucha las voces y no es capaz de leer en los elementos, por eso comete error tras error y luego tiene que perder más tiempo rectificando sus errores que si se hubiera tranquilizado y pensado lo que tenía que hacer".
Parecía que todos habían ocupado su asiento, les miré uno a uno, y comencé a hablar...
"Aunque no estamos aquí para hablar de mí, es imprescindible que os ponga en antecedentes para que luego entendáis la razón de esta reunión. Hace 24 años hice realidad un sueño que tenía desde niña: viajar a Africa para poder estudiar las tribus más remotas, aquellas donde el hombre blanco aún no había realizado su absurda labor evangelizadora y, por tanto, destructora. Desde el primer momento que pisé la tierra africana supe que mi vida nunca volvería a ser igual, todo era distinto, el día, la noche, el calor, los colores. Durante los dos primeros años permanecí en zonas relativamente "civilizadas" adaptándome a las nuevas costumbres, pero un día me desperté inquieta, sabía que llevaba ya demasiado tiempo viendo un Africa construida por el hombre blanco y eso no era lo que yo buscaba, así que empecé a adentrarme en la selva y a conocer nuevas tribus cada vez más lejanas de la civilización, cada vez más puras. Un día llegué hasta Tribu Invisible. Lo primero que me sorprendió es que me aceptaron con facilidad, yo ya me había acostumbrado al tratamiento que me habían dado otras tribus, al rechazo y al temor inicial. Pero Tribu Invisible no era así, me acogieron como si fuera parte de ellos, como si me esperaran.
Durante todo el tiempo que pasé con la tribu fue cambiando mi comprensión de las cosas, desde la percepción del mundo real que me rodeaba hasta poder entrar en su conocimiento espiritual, un conocimiento que a diferencia de todas las religiones que aquí conocemos, se basa en la sencillez de la unión con uno mismo y con los demás.
Y me encontré con que aquella "atrasada tribu", desde el punto de vista del hombre blanco, nos llevaba años luz de evolución. Su sistema es muy sencillo, y cada uno, desde que nace, es parte de toda la tribu, no es educado sólo por su padre y por su madre, sino que recoge de todos los miembros y aprende desde muy pequeño que todo lo que posee pertenece a todos, aunque eso no implica que cada uno tenga sus cosas y las cuide. No hay problema de que unos tengan más que otros, ni tampoco hay envidias ni celos, porque se dicen siempre todo lo que piensan y nunca guardan nada en su interior, por eso tienen algo que en esta sociedad no existe y es confianza.
Me contaron que las cosas no siempre habían sido así, que habían vivido etapas de mucha dificultad, de enfrentamientos entre ellos, de odios y de separaciones, hasta que un día llegó a la tribu una mujer, la Mujer Silencio.
Ella les enseñó que había muchos mundos y que cada uno de ellos era un mundo dentro de sí, y en esta diversidad estaba precisamente la clave de la evolución, del intercambio, del aprendizaje.
Les dijo que sólo si aprendían a escuchar las voces de su mundo podrían vivir de acuerdo con la Ley de la Vida y entonces dejarían la lucha y los conflictos y podrían realmente vivir.
También les dijo que todos los días caminaran un tiempo descalzos sobre la tierra, para que sintieran cómo la madre les cuidaba y les acompañaba, para que sintieran su fuerza entrando desde lo más profundo de su interior y, sobre todo, para que fueran generosos y justos como ella lo era.
Que cada día respiraran profundamente y llenaran su cuerpo de vida y dieran gracias por todo cuanto tenían y por todo lo que cada día podían aprender.
Pero sobre todo les habló de la responsabilidad que tienen para con los niños, porque ellos tienen que ser educados en la unidad, en el respeto hacia todo lo que les rodea.
Los niños tenían que saber reconocer el canto de los pájaros, subir a los árboles, comer de sus frutos, leer en las nubes, y ser fuertes y resistentes, capaces de superar el cansancio, el frío, el sueño. Que forjaran en ellos sueños, sueños que no tuvieran que ver con las posesiones sino con los valores que perduran por encima de las personas.
Mujer Silencio dijo que un día llegaría hasta la tribu una mujer que buscaría conocer los secretos del hombre. Ellos deberían recogerla y educarla como si fuese uno de sus niños, y un día ella se marcharía y llevaría un mensaje de la Mujer Silencio para el resto de los hombres blancos.
Yo soy la mujer que ella predijo y éste es el Mensaje de la Mujer Silencio que yo llevaré a todos los lugares de la Tierra:
"El hombre blanco vive prisionero del tiempo, pagando los errores del pasado o temiendo lo que le traerá el futuro. Suspirando por lo que vivió en el pasado o dejando para más adelante lo que tiene que hacer hoy. El problema del hombre blanco es que nunca vive el presente, porque vivir el presente requiere ser consciente de los actos, pensar antes de actuar, mirar lo que los demás necesitan y, sobre todo, conocerse a uno mismo".
Un día pregunté por qué se llamaba Mujer Silencio y ellos me contaron que la Mujer Silencio representa a la mujer que vive dentro de cada uno, a la madre, a la sustancia. Que los hombres la metieron en un rincón de sus mentes y que se negaron a escucharla, por eso es Mujer Silencio. Pero que cuando un hombre necesita hacer un cambio en su vida, cuando necesita conectar con su voz, entonces ella surge del silencio y comienza a hablarle.
Dicen que su Voz suena con tal fuerza que cuando se la escucha desaparece el miedo y la limitación, y se abre una nueva puerta en la vida, una puerta que conduce a lo desconocido, a la aventura, al encuentro de uno mismo".

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