domingo, 10 de agosto de 2014

Estado de gracia

En Abra leímos un texto  de Clarice Lispector en el que se refiere al  Estado de gracia:

 
Quien ya conoció el estado de gracia reconocerá lo que voy a decir. No me refiero a la inspiración, que es una gracia especial que tantas veces les adviene a los que lidian con el arte. El estado de gracia del que hablo no se usa para nada. Es como si viniera tan solo para que se sepa que realmente se existe. En este estado, además de la tranquila felicidad que irradia de personas y cosas, hay una lucidez que sólo puede llamar leve porque en la gracia todo es tan, tan leve. Es la lucidez de quien no adivina más: sin esfuerzo, sabe. Sólo eso: sabe. No pregunten qué, porque sólo puedo responder del mismo modo infantil: sin esfuerzo, sabe. Y hay una bienaventuranza física que a nada se compara. El cuerpo se transforma en un don. Y se siente que es un don porque se está experimentando, en una fuente discreta, la dádiva indudable de existir materialmente.
 

 
En el estado de gracia se ve a veces la profunda belleza, antes inalcanzable, de otra persona. Todo, además, gana una especie de nimbo que no es imaginario: viene del esplendor de la irradiación casi matemática de las cosas y las personas. Se pasa a sentir que todo lo que existe -persona o cosa- respira y exhala una especie de finismo resplandor de energía. La verdad del mundo es impalpable.
 


 
No es ni lejanamente lo que imagino que es el estado de gracia de los santos. Ese estado jamás lo conocí y ni siquiera logro adivinarlo. Es sólo el estado de gracia de una persona común que súbitamente se vuelve totalmente real porque es común y humana y reconocible.
 



 
Los hallazgos en ese estado son indecibles e incomunicables. Y por eso es que, en ese estado de gracia, me mantengo sentada, quieta, silenciosa. Es como una anunciación. Y no estando precedida por los ángeles que, supongo, anteceden al estado de gracia de los santos, es como si el ángel de la vida viniera a anunciarme al mundo.
 



 
Después, lentamente, se sale. No como si se hubiera estado en trance -no hay ningún trance-, se sale lentamente, con un suspiro de quien tuvo el mundo tal cual es. También es un suspiro de saudade. Pues habiendo experimentado recibir un cuerpo y un alma y la tierra, se quiere más y más. Inútil querer: solo viene cuando quiere y espontáneamente.
 



 
No sé por qué, pero creo que los animales entran con más frecuencia en la gracia de existir que los humanos.
 



 
Sólo que ellos no lo saben, y los humanos lo notan. Los humanos tienen obstáculos que no dificultan la vida de los animales, como un raciocinio, lógica, comprensión. Entre tanto los animales tienen el esplendor de o que es inmediato y se dirige sin interferencias.
 



 
Dios sabe lo que hace: creo que está bien que el estado de gracia no se nos conceda con frecuencia. Si así fuera, tal vez pasaríamos definitivamente hacia el otro lado de la vida, que también es real pero nadie nos entendería jamás. Perderíamos el lenguaje en común.
 



 
También es bueno que no venga tantas veces como yo querría. Porque podría habituarme a la felicidad -olvidé decir que en estado de gracia se es feliz. Habituarse a la felicidad sería un peligro. Seríamos más egoístas, porque las personas felices lo son, menos sensibles al dolor humano, no sentiríamos la necesidad de ayudar a quienes lo necesiten -todo por tener en la gracia la compensación y el resumen de la vida.
 



 
No, incluso si de mi dependiera, no querría tener con mucha frecuencia el estado de gracia. Sería como caer en un vicio, me atraería como un vicio, me volvería contemplativa como los fumadores de opio. Y si apareciera más a menudo, estoy segura de que yo abusaría: empezaría querer a vivir permanentemente en gracia. Y esto representaría una fuga imperdonable del destino simplemente humano, que se hace con lucha y sufrimiento y es perplejidad y alegrías menores.
 



 
También es bueno que el estado de gracia dura poco. Si durara mucho, bien lo sé yo que reconozco mis ambiciones casi infantiles, acabaría intentando entrar en los misterios de la naturaleza. En lo que intentara por otra parte estoy segura de que desaparecería la gracia. Pues ella es dádiva y, si nada exige, se desvanecería si pasáramos a exigirle a ella una respuesta. Es necesario no olvidar que el estado de gracia es solamente una pequeña abertura hacia una tierra que es una especie de calmo paraíso, pero que no es la entrada a ésta, ni que da derecho a comer de los frutos de sus quintas.
 



 
Se sale del estado de gracia con el rostro límpido, los ojos abiertos y pensativos y, aunque no se haya sonreído, es como si el cuerpo todo viniera de una sonrisa suave. Y se sale mejor criatura de lo que entró. Se probó algo que parece redimir la conicidad humana, aunque al mismo tiempo se acentúan los estrechos límites de esa condición. Y precisamente porque después de la gracia la condición humana se revela en su pobreza implorante, se aprende a amar más, a perdonar más, a esperar más. Se pasa a tener una especie de confianza en el sufrimiento y en sus caminos tantas veces intolerables.

 
 


Hay días que son tan áridos y desérticos que yo daría años de mi vida a cambio de unos minutos de gracia.


Esto nos llevó a la palabra Epifanía usada por James Joyce:
La real academia de la lengua da dos acepciones de la palabra Epifanía:
1. f. Manifestación, aparición.
2. f. Festividad que celebra la Iglesia anualmente el día 6 de enero.


EPIFANÍA SEGÚN JAMES JOYCE


LA EPIFANÍA es una revelación, es una iluminación que ofrece al sujeto-personaje una visión simbólica y específica de su realidad.

ES EL DESCUBRIMIENTO DE UNA VERDAD ÍNTIMA,PERSONAL Y ESENCIAL de la que no se tenía
conocimiento anteriormente.Es un TOMAR CONCIENCIA DE UNO MISMO Y DE TU YO INTERIOR .

LA EPIFANÍA permite que caiga el velo de la costumbre, nos muestra la MEDIOCRIDAD DE LA VIDA
BURGUESA (O DE LA VIDA SIMPLEMENTE), CUESTIONA EL STATU QUO AFECTIVO Y EXISTENCIAL. La realidad social ,local, nacional, las identidades personales y nacionales son fuertemente puestas en tela de juicio. Es el descubrimiento doloroso de la naturaleza vulgar de la realidad urbana(tanto en Dublín como en cualquier otra ciudad)
La nota dominante es la melancolía, la inseguridad, la revelación de las mezquindades de la gente, el rompimiento
de los ideales, de las fantasías románticas que afectan a los sujetos más soñadores o frágiles.

La realidad se ve con desapego, con ironía, con distancia. ( Tomado del blog laentradacuestalarazon.blogspot.com

Repentina manifestación del espíritu.

Mujeres que sin importarles la edad son estupendas










El cajón peruano Rafael Santa Cruz


Somos agua, texto de Caio Fernando Abreu

 
Buceo I, de Piedras de Calcuta " El primer aviso fue un ruido, de mañana bien temprano, cuando él se inclinaba para escupir agua y pasta de dientes en el lavabo. Pensó que fuese el chorro de agua del grifo y no prestó mucha atención: siempre olvidaba puertas, ventanas y grifos abiertos por las casas y baños por donde andaba.
Entonces cerró el grifo para oír, como todos los días, el silencio medio azulado de las mañanas, con los periquitos cantando en el balcón y los rumores diluidos de los automóviles, pocos todavía. Pero el ruidito continuaba. Fuente chorreando: agua clara de cántaros, ánforas, grutas —y a él le pareció bonito y se acordó (sólo un poco, porque no había tiempo) remotos paseos, infancias, encantos y enamoradas.
Cuando se agachó para amarrar el cordón del zapato percibió que el ruidito venía del suelo y, más atentamente agachado, exactamente de dentro del propio pie izquierdo. Volvió a no prestar mucha atención; encontró hasta bonito poder sacudir de vez en cuando el pie para oír el ruidito trayendo mares, memorias. Cuando amarró el cordón del zapato del pie derecho, volvió a oír el mismo ruidito y sonrió para las obturaciones reflejadas en el espejo: dos pies, dos fuentes, dos alegrías.
Al abotonar el pantalón, sintió el ombligo saltar exactamente como una concha empujada por una ola más fuerte y, luego, el mismo ruidito, ahora más nítido, más alto. Se sentó en el excusado y encendió un cigarrillo, pensando en la feijoada del día anterior. Antes de dar la primera tragada, pasó la mano por el cuello, previniendo la áspera barba por hacer, y la nuez dio un salto, ombligo, concha, como si tragase aire seco, y no tragó nada, apenas esperaba, el cigarrillo parado en el aire.
Se irguió para mirar la propia cara en el espejo, los pantalones caídos sobre los zapatos desamarrados, y abrió la boca liberando una especie de eructo.
Fue entonces que el agua comenzó a chorrear boca afuera. Primero en gotas, después en flujos más fuertes, olas, mareas, hasta que un casi maremoto lo arrastró afuera del baño. Espantado, intentó aferrarse al pasamanos de la escalera, llegó a extender los dedos, pero no había dedos, sólo agua derramándose escalones abajo, atravesando el corredor, el despacho, la pequeña sala de helechos desmayados. Antes de llegar al zaguán él todavía pensó que sería bueno, ahora, no ser más riachuelo, ni fuente, ni lago, sino río harto, caminando en dirección a la calle, tal vez al mar.
Pero cuando las olas más fuertes reventaron la puerta de entrada para inundar el jardín, él se contrajo, se relajó y cesó, entero y vacío. No pasaba de una gota en la inmensa masa de agua que bajaba de las otras casas inundando las calles.
"

domingo, 3 de agosto de 2014

Tres películas vistas en Buenos Aires

( Está en You tuve, una película que no pueden perderse quienes aman la comida y creen en el amor y la fuerza de las palabras.)  


( Está en You tuve con subtítulos en inglés, buenísima).

(Esta la vi en el avión, estuvo en Lima para el Festival pero yo no la había visto, me encantó)

 
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Ballet en Buenos Aires




Tuvimos la suerte de asistirá a este Ballet en Buenos Aires en el Teatro San Martín.  
  • Dirección: 
    Mauricio Wainrot
    .
Una maravilla!!!



En cero` con coreografía de Roxana Grinstein y música de Martín Ferrés, a partir de fragmentos y variaciones de la obra Trío para Piano, Violín y Violonchelo en La menor, Op 50, de Piotr Ilich Tchaikovsky. `Bolero` con coreografía de Ana María Stekelman y música de Maurice Ravel (Bolero). `Claustrofobia` con coreografía de Yoshua Cienfuegos y música de Rut Quiles, Ximo Arias.

En busca de un retrato (cuento)



Un cuento de Paloma Díaz Mas  escritora española  que hicimos en nuestro taller de lectura ABRA y que nos gustó muchísimo.
 
 
 

Las baldosas coloradas de la entrada cuidadosamente bruñidas con cera, la deslumbrante escalerita de claraboya convertida en invernadero para unas plantas casi amenazadoras de puro rozagantes, la casa de largo pasillo y barnizadas maderas, con los montantes de las puertas coquetamente encortinados de una cretona de florecitas muy limpia y muy planchada.

El comedor de nobles muebles de viejo roble, con su suntuosa cancela modernista –lotos rosas y nenúfares azules de pétalos traslúcidos y esmerilados, entre retorcidos pámpanos de un verde botella– que daba a la azotea. Y en ella, de nuevo las baldosas tan brillantes que parecían pintadas con aceite y bajo el sol azaleas, petunias, alegrías, pendientes de la reina, gitanillas, geráneos, cóleos morados. Y en la sombra helecho, hiedra enana, cintas y esa planta que nosotros llamamos amor de hombre, pero que en inglés es judío errante y en francés miseria. Y en un rincón los cactus, milagrosamente floridos, y las plantas de olor: la hierbabuena, el sándalo y la albahaca.

Pero sobre todo la cocina: una cocina antigua y grande, de azulejos blancos y armarios de pino pintados de blanco, y blancas cortinas en la ventana y una pila de mármol blanco en la que la abuela María lavaba –montañas de espuma blanca– la blanca loza, para secarla después con un suave paño de algodón blanco. Fuera, sobre las cumbres de las montañas circundantes, muchas veces nevaba.

Y la abuela misma, con su pelo de un blanco nacarado y sus vestidos de dibujos pequeñitos y colores brillantes: parecía una síntesis de la cocina blanca y de las cortinas de florecitas, o tal vez fuese al revés, que el blancor de la cocina y las flores de las tapicerías emanaban precisamente de su persona; siempre tuve la impresión de que la abuela era la casa y la casa era la abuela.

Pero dije que sobre todo la cocina: largas horas de laboriosos platos –pato con peras y pollo con ciruelas, escudella y bacalao con pasas, escalivada y robellones de mil maneras, dorada crema y acariciantes profiteroles calientifríos– en los que la abuela no dejaba inmiscuirse a nadie. Siempre tan pulcra entre grasas y humos, ceñida por su mandil de cuadros blancos y rosas –para los domingos se ponía otro de piqué azul, con aplicaciones de flores blancas de guipur–, ya se dedicaba desde muy temprano a picar verduras y mazar condimentos, a deshuesar frutas y tajar carnes, a caramelizar moldes y ligar salsas, a preparar sofritos y ponderar hierbas, en un sosegado trajín de cacerolas y marmitas, de sartenes y pucheros, de escurridores y mangas de pastelero, de molinillos y ralladores, de morteros y batidores, de cuencos, tombatruitas y ensaladeras.

Sabía hacer jabón con sosa y grasas viejas, ligar el alioli sólo con el mazo del mortero; elevar montañas de espuma de una clara de huevo. Y además era bella, hermosa como ninguna mujer que yo conociese.

Pero de esto último no me di cuenta hasta el día de la foto. Y quede claro que no son recuerdos de infancia: a la abuela María la conocí siendo ella ya vieja, y yo casi tenía treinta años.

Creo que fue una mañana de verano mientras, en el primer sol de la terraza, sentada en su mecedora de cretonas, la abuela deshuesaba ciruelas pasas para un plato de fiesta. La sorprendí así, como era ella, sentada apaciblemente, en incesante actividad, en su entorno de flores y baldosas rojas. Cuando revelé aquel carrete de fotos había pasado mucho tiempo, yo estaba ya en la ciudad y lejos del pueblo montañoso y de la casita de los azulejos blancos y las baldosas brillantes, y ni siquiera recordaba haberle hecho ese retrato.

Y sin embargo ella estaba allí, y me miraba con el gesto pícaro de quien, pese a todas las precauciones por mí tomadas, no había sido sorprendida: sabía que yo disparaba la foto y había en sus ojos, en su boca, en las arruguitas de las sienes y de las comisuras de los labios un rictus irónico y pilluelo. Su pelo de nácar era casi de un azul untuoso, bajo ese primer sol de la mañana, los ojitos azules casi parecían negros de tan vivos, la oreja pulcra se recortaba sobre el cuello de manteca apenas surcado por una arruga, el escote en pico de su traje de lunares azules y amarillos se abría coquetón sobre un busto de ochenta años sorprendentemente firme, reposaban sobre los brazos de la mecedora los brazos de la mujer fuerte, y tenía el gesto enérgico y dulce de quien ha hecho frente a muchas cosas y la mayor parte de ellas despiadadas y terribles, la sonrisa burlona de quien sabe que peor las hemos pasado y hemos salido adelante. Y las

enternecedoras manos, blanquísimas, de limpias y recortadas uñas, bellas y deformadas por la artrosis; una artrosis que en ellas no parecía una enfermedad ni un defecto, sino la consecuencia de una evolución de la Naturaleza: las falanges torcidas y las articulaciones hinchadas que podría tener un árbol añoso si tuviera manos blancas. Al fondo, florecía una mata de alegrías coloradas y jugaba el gato.

Desde aquel día me gustó imaginar lo hermosa que debía haber sido la abuela María de joven. Porque a una vejez tan dorada y bella, tan pulcra y perfecta, tan vivaz y venerable, sólo podía haber precedido una madurez espléndida, una juventud de belleza fascinante. ¿Cómo sería ella de niña, cuando con trenzas y bata de rayas arrastraba su cabás hacia la cercana escuela del pueblo? Me gustaba imaginármela como una deliciosa preadolescente de rodillas bruñidas y cuello muy planchado, con una trenza gruesa y pesada como una soga, una trenza de azabache que era la envidia de las niñas del pueblo. O, ya púber, almidonada y un poco rígida en su primer traje de mujer: la chica de fascinantes rasgos que no parece advertir su belleza y a quien todos los mozos miran sin atreverse a sacarla a bailar, tan aterradoramente bella les parece. Y luego de mujer casada, una radiante madre joven que pasea en los brazos a su hijo de meses, orgullosa de él y

creyendo en su ceguera que es al niño a quien todas las miradas se dirigen. Y de mujer madura y fuerte, enfrentándose al trabajo duro de una recién viuda en aquellos tiempos que los viejos de hoy, cuando recuerdan, llaman aún «los tiempos dificiles» y a veces «los tiempos del hambre». No podía haber sido de otra manera.

Y de ahí mi deseo y luego mi anhelo y luego mi impaciencia, y luego mi obsesión por ver una foto de la abuela María cuando era joven. Porque deseaba ver de una vez lo que debía haber sido una belleza sin igual, sin comparación alguna con la de ninguna otra mujer que yo hubiese visto nunca. Porque una vejez tan dorada y hermosa sólo podía ser la decadencia de una belleza espléndida e incomparable.

Por desgracia, la abuela María parecía no haberse hecho nunca en su vida una fotografía. Y ni preguntando a mi madre, ni a ella misma, ni revolviendo olvidados cajones o rebuscando en viejos álbumes de fotos de familia logré dar con una sola fotografía de su juventud. Parecía como si el tiempo y sus protagonistas, con una especie de extraño pudor, hubiesen hecho lo posible por ocultar aquella imagen magnífica.

Me costó años y muchos ruegos que me dejase ver la única foto que se conservaba de sus tiempos jóvenes: la del día de su boda. Consintió en enseñármela una tarde de otoño ya un poco fría en que yo le había rogado mucho. La sacó de una carpeta de cartulina crema con cantos dorados, de entre dos hojitas de papel de seda finas como un soplo. Me preparé para ver lo que yo había imaginado como una belleza fascinante y deslumbradora.

Desde la foto en tonos sepia, entre una columna salomónica truncada y un buquet de flores de trapo, bajo un celaje digno de una aparición angélica, me miraba una pareja pueblerina: él empaquetado en su traje rígido, sentado en silla curul, con los zapatos demasiado embetunados y las manos toscas de quien trabaja en el campo; y ella en pie, no menos tosca e insulsa, una cara inexpresiva de ojos claros y cabello oscuro, de óvalo convencional y un poco burdo, dejando reposar sosamente sobre los hombros del varón sentado unas manos tan anodinas que no denotaban expresión alguna; unas manos que, por no decir, no decían ni del trabajo ni del regalo: podían ser las manos de cualquiera. Y eso era todo: una muchacha de pueblo con su vestido de boda pobre, con un rostro de muñeca de china, con un cuerpo menudo como hay millares, con una mirada en que ninguna luz se reflejaba. La dorada vejez de la abuela María no era, pues, producto de la decadencia de una hermosa juventud: su belleza se había forjado a lo largo de los años, como la belleza de algunos árboles, de algunas rocas, de algunos edificios nobles dignificados por las lluvias y los vientos que pulieron sus piedras.

 

"Y no tengais miedo de la mala cosa" Narrarse la vida.


Hace muchos años, en uno de mis primeros viajes a Buenos Aires, la escuché narrar. Era como para quedarse asombrada, tantas historias, tantos tonos de voz, tan bellas palabras. Y ahora la escucho y veo en este TED y consigue dejarme otra vez llena de asombro.


César Franck-Violin Sonata in A Major (Complete)


Romeo y Julieta



Ballet nacional de la Opera del Rhin. Bellísimo como para desear estar ahí.

"Las moscas". Augusto Monterroso y otros autores

Inspirados por Augusto Monterroso, el escritor guatemalteco, hicimos en la clase pasada de  ABRA, antes de las fiestas, el tema de Las moscas. Acá algunos de los textos que vimos.

"Las moscas". Augusto Monterroso

 
 
Hay tres temas: el amor, la muerte y las moscas. Desde que el hombre existe, ese sentimiento, ese temor, esas presencias lo han acompañado siempre. Traten otros los dos primeros. Yo me ocupo de las moscas, que son mejores que los hombres, pero no que las mujeres. Hace años tuve la idea de reunir una antología universal de la mosca. La sigo teniendo. Sin embargo, pronto me di cuenta de que era una empresa prácticamente infinita. La mosca invade todas las literaturas y, claro, donde uno pone el ojo encuentra la mosca. No hay verdadero escritor que en su oportunidad no le haya dedicado un poema, una página, un párrafo, una línea; y si eres escritor y no lo has hecho te aconsejo que sigas mi ejemplo y corras a hacerlo; las moscas son Euménides, Erinias; son castigadoras. Son las vengadoras de no sabemos qué; pero tú sabes que alguna vez te han perseguido y, en cuanto lo sabes, que te perseguirán para siempre. Ellas vigilan. Son las vicarias de alguien innombrable, buenísimo o maligno. Te exigen. Te siguen. Te observan. Cuando finalmente mueras es probable, y triste, que baste una mosca para llevar quién puede decir a dónde tu pobre alma distraída. Las moscas transportan, heredándose infinitamente la carga, las almas de nuestros muertos, de nuestros antepasados, que así continúan cerca de nosotros, acompañándonos, empeñados en protegernos. Nuestras pequeñas almas transmigran a través de ellas y ellas acumulan sabiduría y conocen todo lo que nosotros no nos atrevemos a conocer. Quizá el último transmisor de nuestra torpe cultura occidental sea el cuerpo de esa mosca, que ha venido reproduciéndose sin enriquecerse a lo largo de los siglos. Y, bien mirada, creo que dijo Milla (autor que por supuesto desconoces pero que gracias a haberse ocupado de la mosca oyes mencionar hoy por primera vez), la mosca no es tan fea como a primera vista parece. Pero es que a primera vista no parece fea, precisamente porque nadie ha visto nunca una mosca a primera vista. A nadie se le ha ocurrido preguntarse si la mosca fue antes o después. En el principio fue la mosca. (Era casi imposible que no apareciera aquí eso de que en el principio fue la mosca o cualquier otra cosa. De esas frases vivimos. Frases mosca que, como los dolores mosca, no significan nada. Las frases perseguidoras de que están llenas nuestros libros.) Olvídalo. Es más fácil que una mosca se pare en la nariz del papa que el papa se pare en la nariz  de una mosca. El papa, o el rey o el presidente (el presidente de la república, claro; el presidente de una compañía financiera o comercial o de productos equis es por lo general tan necio que se considera superior a ellas) son incapaces de llamar a su guardia suiza o a su guardia real o a sus guardias presidenciales para exterminar una mosca. Al contrario, son tolerantes y, cuando más, se rascan la nariz. Saben. Y saben que también la mosca sabe y los vigila; saben que lo que en realidad tenemos son moscas de la guarda que nos cuidan a toda hora de caer en pecados auténticos, grandes, para los cuales se necesitan ángeles de la guarda de verdad que de pronto se descuiden y se vuelvan cómplices, como el ángel de la guarda de Hitler, o como el de Jonhson. Pero no hay que hacer caso. Vuelve a las narices. La mosca que se posó en la tuya es descendiente directa de la que se paró en la de Cleopatra. Y una vez más caes en las alusiones retóricas prefabricadas que todo el mundo ha hecho antes. Pues a pesar tuyo haces literatura. La mosca quiere que la envuelvas en esa atmósfera de reyes, papas y emperadores. Y lo logra. Te domina. No puedes hablar de ella sin sentirte inclinado hacia la grandeza. Oh, Melville, tenías que recorrer los mares para instalar al fin esa gran ballena blanca sobre tu escritorio de Pittsfield, Massachussetts, sin darte cuenta de que el Mal revoleteaba desde mucho antes alrededor de tu helado de fresa en las calurosas tardes de niñez y, pasados los años, sobre ti mismo en el crepúsculo te arrancabas uno que otro pelo de la barba dorada leyendo a Cervantes y puliendo tu estilo; y no necesariamente en aquella enormidad informe de huesos y esperma incapaz de hacer mal alguno sino a quien interrumpiera su siesta, como el loquito Ahab, ¿Y Poe y su cuervo? Ridículo. Tú mira la mosca. Observa. Piensa. 
Augusto Monterroso
 
La mosca que soñaba que era un águila




por Augusto Monterroso
Había una vez una Mosca que todas las noches soñaba que era un Águila y que se encontraba volando por los Alpes y por los Andes.En los primeros momentos esto la volvía loca de felicidad; pero pasado un tiempo le causaba una sensación de angustia, pues hallaba las alas demasiado grandes, el cuerpo demasiado pesado, el pico demasiado duro y las garras demasiado fuertes; bueno, que todo ese gran aparato le impedía posarse a gusto sobre los ricos pasteles o sobre las inmundicias humanas, así como sufrir a conciencia dándose topes contra los vidrios de su cuarto.
En realidad no quería andar en las grandes alturas o en los espacios libres, ni mucho menos.
Pero cuando volvía en sí lamentaba con toda el alma no ser un Águila para remontar montañas, y se sentía tristísima de ser una Mosca, y por eso volaba tanto, y estaba tan inquieta, y daba tantas vueltas, hasta que lentamente, por la noche, volvía a poner las sienes en la almohada.

ELOGIO DE LA MOSCA, por Luciano de Samosata

 
 
 

 
"El elogio de la mosca" fue una de las lecturas favoritas de Salvador Dalí.

1.- La mosca no es el más diminuto de los seres alados, si se la compara con los mosquitos y con otros insectos más livianos; supera a estos en tamaño, pero no alcanza el de la abeja. No tiene, como los demás habitantes del espacio, el cuerpo cubierto de plumas, las más largas de las cuales sirven para volar; pero sus alas parecidas a la de los saltamontes, las cigarras y las abejas, están formadas por una membrana cuya delicadeza excede tanto la de otros insectos como un tejido de Grecia. Va adornada de matices como los pavos reales, si se la observa con atención, en el momento en que, desplegándose al sol, se dispone a volar.

2.- Su vuelo no es, como el de los murciélagos, un batir de alas interrumpido, ni un salto como el del saltamontes; no hace oír un sonido estridente como la avispa, sino que planea con gracia en la zona del espacio a la que puede elevarse.
Tiene todavía otra ventaja; la de que no permanece en silencio, sino que canta mientras vuela, sin producir de todos modos el ruido insoportable de los moscardones y mosquitos, ni el zumbido de la abeja, ni el temblor terrible de la avispa: ella les aventaja a todos en dulzura, del mismo modo que la flauta posee acentos más melodiosos que la trompeta y los tambores.

3.- Por lo que se refiere al cuerpo, su cabeza se haya adherida al cuello por una sujeción extraordinariamente tenue; se mueve en todas direcciones con facilidad y no permanece quieta como el saltamontes; sus ojos son saltones, sólidos, y se parecen mucho a antenas; su pecho está bien encajado, y los pies se adhieren, sin quedar pegados como el de la avispa.
Su vientre está fuertemente protegido, y parece una coraza con sus franjas y sus escamas. No se defiende de sus enemigos con su trasero, como la avispa y la abeja, sino con la boca y la trompa, de la que está armada, como los elefantes, y de la que se vale para agarrar los alimentos, coger los objetos, a los que se adhiere por medio de un cotiledón colocado en su extremo. Le sobresale un diente con el que aguijonea y bebe la sangre. También bebe leche, pero prefiere la sangre, y su punzada no causa mucho dolor. Tiene seis patas, pero camina sólo con cuatro; las dos delanteras le sirven de manos. Se la ve pues andar con cuatro patas, sosteniendo en sus manos algún alimento que mantiene en el aire de un modo muy humano, absolutamente como nosotros.

4.- No nace tal como la vemos: es al principio un gusano que se reproduce en el cadáver de un hombre o de un animal; pronto se le forman los pies, y le crecen las alas, de reptil se convierte en pájaro; después, fecunda a su vez, produce un gusano destinado a ser más tarde una mosca. Se nutre con los hombres, es su comensal y su invitada, y gusta de todos los alimentos excepto del aceite: beberlo representa para ella la muerte. Por rápido que sea su destino, pues su vida se haya limitada a un corto intervalo, está a gusto a la luz del sol y vagabundea por ahí de día. Por la noche, descansa en paz, no vuela ni canta sino que permanece acurrucada y sin movimiento.

5.- La mosca tiene tal fortaleza, que hiere todo lo que muerde. Su mordedura no sólo penetra la piel del hombre, sino que también la del caballo y la del buey. Atormenta al elefante, introduciéndose en sus pliegues, y lo hiere con su trompa en la medida que el espesor de su piel se lo permite. En sus amores y su himeneo, goza de la más completa libertad; el macho como el gallo, no se apea tan pronto como se ha sabido, y cabalga durante tanto tiempo a la hembra, que esta lleva a su esposo en la espalda y vuela así con él, sin que nada perturbe su unión aérea. Si se le corta la cabeza, el resto del cuerpo sigue vivo y respira aún por mucho tiempo.

6.- Pero el don más precioso con la que la ha engalanado la naturaleza es el del que voy a hablar ahora; me parece que Platón ha observado este hecho en su libro sobre la inmortalidad del alma. Cuando la mosca ha muerto, si se le echa un poco de ceniza, resucita al instante, como si renaciera, y recomienza una segunda vida. Lo cual debería servir para que todo el mundo estuviera convencido de que el alma de las moscas es inmortal, y de que, si ella se aleja de su cuerpo por algunos instantes, regresa poco después, lo reconoce, lo reanima y lo hace reemprender el vuelo. En fin, convierte en verosímil la fábula de Hemotimus de Clazomena, que decía que a menudo su alma le abandonaba, y viajaba sola, para regresar enseguida, reingresando en su cuerpo y resucitando a Hermotimus.

7.- Hay una especie singular de moscas grandes, que acostumbran a llamarse moscas de cuartel o moscardones: dejan oír un zumbido muy pronunciado; su vuelo es rapidísimo; disfrutan de larga vida y pasan el invierno sin ingerir alimentos, escondidas de preferencia en los artesonados. Lo más extraordinario es que realizan por turnos las funciones de macho y de hembra, montando a la otra tras haber sido montada, y reuniendo, como el hijo de Mercurio y Afrodita, doble sexo y doble belleza. Podría añadir muchas anécdotas a este elogio, pero me detengo, temeroso de parecer, como dice el refrán, que quiero hacer de una mosca un elefante.

¿Quien es el Sr. Schmitt? Muy buen teatro en Bs As.



Fue la primera obra que vimos en este viaje. Qué argumento original e inteligente. Muy buenas actuaciones, una comedia muy entretenida.

Le Prenom Muy buena obra de teatro en Buenos Aires



Muy divertida. Muy buenos actores, inteligente argumento, delicioso reír.

El jardín de los cerezos de Chejov en Buenos Aires



Ir al teatro San Martín parte del Complejo Teatral de Buenos Aires  es casi obligatorio, aunque suena tan mal esa palabra, siempre encontraremos bueno teatro, excelentes actores.
El teatro es la suma de varias artes. La literatura, la actuación, la escenografía y  el vestuario, ( artes visuales) la danza, la música.   Lo mantiene el Ministerio de Cultura de la ciudad de Buenos Aires y las entradas son muy accesibles. En este complejo teatral encontramos ballet, teatro para grandes y chicos. Títeres, cine, talleres, exposiciones ( Esta vez vimos fotografías hechas a Charly García).
´Fue un placer asistir a El jardín de los cerezos, excelentes actuaciones, magnífica escenografía, iluminación, vestuario.

Dice el filósofo alemán Rüdiger Safranski

“La literatura es una manera de pensar menos reglamentada que las demás disciplinas, por eso tiene una relación muy estrecha con los abismos del ser humano. Hay que leer a Baudelaire para poder llegar a una confrontación adecuada con el fenómeno del mal. En la literatura vamos a encontrar una iluminación más intensa de los abismos del ser humano, porque la filosofía tal vez sea demasiado racional como para abordar totalmente el mal.”
Safranski recordó que Kant no concebía que el ser humano hiciera el mal por el mal: la crueldad, la destrucción y todo lo que relacionamos con el mal, pero se trata de entender bien que dentro del ser humano existe la posibilidad de hacer el mal.
 
Un ser humano es una parte del todo que llamamos “universo”, una parte limitada en el espacio y el tiempo. Se experimenta a sí mismo, con sus pensamientos y sentimientos, como algo separado de todo lo demás, lo cual constituye una ilusión óptica de su conciencia. Esta ilusión es para nosotros una suerte de prisión, que limita nuestras aspiraciones o inclinaciones a unas pocas personas cercanas a nosotros. Es tarea nuestra liberarnos de esta prisión.

Lo mejor de Gershwin

George Gershwin (Brooklyn, Nueva York, 26 de septiembre de 1898 - Beverly Hills, California, 11 de julio de 1937), con nombre de nacimiento Jacob Gershovitz, fue un compositor estadounidense.

Hijo de una familia de inmigrantes rusos de origen judío, su talento para la música se manifestó a temprana edad, cuando, mediante un voluntarioso aprendizaje autodidacta, aprendió a tocar el piano. Ante su entusiasmo, su padre decidió hacerle estudiar con un profesor, Charles Hambitzer, quien le descubrió el mundo sonoro de compositores como Franz Liszt, Frédéric Chopin o Claude Debussy. Los referentes de Gershwin en aquellos primeros años fueron Irving Berlin y Jerome Kern, compositores de Broadway de la época. Su gran sueño era el de triunfar como compositor en las salas de concierto, aunque latente entonces, no tomaría forma hasta años más tarde.1 ( De Wikipedia)

Leonard Cohen "A Thousand Kisses Deep"




Siempre es una felicidad escuchar a Leonard Cohen, el trovador canadiense.