Desde Lima, un relámpago de azul-cielo o azul-mar en nuestra mente o en nuestro corazón que ansían la belleza. Cuentos, poesía, música, cine, reflexiones, teatro, viajes, fotografía, entrevistas, danza y más.
domingo, 11 de agosto de 2013
Jose Luis Sampedro
“ Tenemos el deber de vivir la vida, de ser lo más que podamos en compañía de los demás, porque solos somos muy poca cosa”.
" Somos naturaleza. Poner al dinero como bien supremo nos conduce a la catástrofe."
"Deberíamos vivir tantas veces como los árboles, que pasado un año malo echan nuevas hojas y vuelven a empezar".
"Uno escribe a base de ser un minero de si mismo".
"Hay dos clases de economistas; los que quieren hacer más ricos a los ricos y los que queremos hacer menos pobres a los pobres".
"Siempre se puede, cuando se quiere".
"El niño siempre anda buscando. Entonces, si no se siente buscado, por fuerza pensará que el mundo falla y le rechaza".
"El tiempo no es oro; el tiempo es vida".
"La libertad es como una cometa. Vuela porque está atada".
"Porque es tocando fondo, aunque sea en la amargura y la degradación, donde uno llega a saber quién es, y donde entonces empieza a pisar firme".
"Qué importa mi boca cerrada, ¡cuando piensas con el alma te oyen!".
Mambo
Uno de mis cuentos termina con: — "¡1,2, 3, Mambo! Busco en You tube y encuentro este estupendo Mambo que me recuerda a Mario Vargas Llosa, que estaba prohibido por la iglesia y que Dámaso Pérez Prado causó furor en Lima.
(La palabra mambo es usada para denominar un género musical y un baile originario de Cuba. El mambo fue inventado durante los años 30's por Arsenio Rodríguez, 1 desarrollado en la Habana por Cachao y popularizado por Dámaso Pérez Prado , José Curbelo y Benny Moré.) Wikipedia-)
La palabra mambo es de origen africano, de la región del Congo, algunos lo han traducido como "conversación con los dioses", conversación, conocimiento.
Dice Mario Vargas Llosa: "Los carnavales eran el mejor momento del año. Salíamos durante el día a jugar con agua, y, en las tardes, disfrazados de piratas, a los bailes de disfraces. Había tres bailes infantiles a los que no se podía faltar: el del parque de Barranco, el del Terrazas y el del Lawn Tennis. Llevábamos serpentina y chisteguetes de éter y la comparsa del barrio era alegre y numerosa. Para uno de esois carnavales llegó Dámaso Pérez Prado con su orquesta. El mambo, recientísima invención caribeña, hacía furor también en Lima y hasta se había convocado un campeonato nacional de mambo en la plaza de Acho, que el arzobispo, monseñor Guevara, prohibió con amenzaza de excomunión a los participantes. La llegada de Pérez Prado repletó el aeropuerto, y ahí estuve yo también con mi amigos, corriendo detrás del auto descubierto, quellevaba al Hotel Bolívar, saludando a diestra y siniestra, al compositor de El ruletero y del Mambo número cinco. La tía Lala y el tío Juan se reían viéndome, apenas llegaba a la casa de Diego Ferré, los sábados a mediodía, hacer las figuras de los mambos, solo, por las escaleras y los cuartos, en preparación para la fiesta de la noche."
Acá se los dejo:
Y acá El ruletero:
Recuerdos de Tagore
Recuerdos -Rabindranath Tagore-
Recibió el Premio Nobel de Literatura en 1913. Nació en Calcuta y su lengua era en bengalí.
Un dia al anochecer andaba yo por la terraza de nuestra casa. El fulgor del sol poniente se combinaba con el pálido crepúsculo de una manera que parecía dar al anochecer que se aproximaba un atractivo especialmente maravilloso para mí. ¿Era aquel levantarse del mano de la trivialidad de encima del mundo cotidiano, me pregunté, debido a alguna magia de la luz del anochecer?. No. Yo vi en el acto que era el efecto del anochecer que se había adentrado en mí; sus sombras habían borrado mi ego. Mientras mi yo estaba rampante durante el relumbrón del día, todo lo que yo percibía estaba mezclado y escondido por él. Ahora que el ego estaba relegado a ùltimo término, podía yo ver al mundo en su verdadero aspecto. Y ese aspecto no tenía nada de trivialidad, estaba lleno de belleza y alegría infinitas.
Desde que tuve esta experiencia probé el efecto de suprimir mi ego a toda conciencia y de mirar al mundo como mero espectador, e invariablemente me sentía recompensado con un sentimiento de placer especialísimo. Poco después me fue concedida una penetración mayor que me ha durado toda la vida. Un velo pareció haberse caído de mis ojos, y encontré sùbitamente al mundo bañado en una maravillosa irradiación, con olas de belleza y alegría hinchándose por todas partes. Esta irradiación traspasó en un momento los dobleces de tristeza y abatimiento que se habían acumulado sobre mi corazón, y lo inundaron como con una luz universal indecible. Y vino a suceder que ninguna persona o cosa en el mundo me pareció ya trivial o desagradable. No veía las acciones de los hombres como cosas aisladas, sino como partes de esa asombrosa danza mayor que se está realizando en este mismo momento, por todo el mundo de los hombres, en cada uno de sus hogares en sus mùltiples necesidades y actividades. Desde la infancia sólo había visto con mis ojos, ahora comenzaba a ver con la totalidad de mi conciencia.
(Rabindranath Tagore. Recuerdos. Plaza Janés, 1986. p.232)
Recibió el Premio Nobel de Literatura en 1913. Nació en Calcuta y su lengua era en bengalí.
Un dia al anochecer andaba yo por la terraza de nuestra casa. El fulgor del sol poniente se combinaba con el pálido crepúsculo de una manera que parecía dar al anochecer que se aproximaba un atractivo especialmente maravilloso para mí. ¿Era aquel levantarse del mano de la trivialidad de encima del mundo cotidiano, me pregunté, debido a alguna magia de la luz del anochecer?. No. Yo vi en el acto que era el efecto del anochecer que se había adentrado en mí; sus sombras habían borrado mi ego. Mientras mi yo estaba rampante durante el relumbrón del día, todo lo que yo percibía estaba mezclado y escondido por él. Ahora que el ego estaba relegado a ùltimo término, podía yo ver al mundo en su verdadero aspecto. Y ese aspecto no tenía nada de trivialidad, estaba lleno de belleza y alegría infinitas.
Desde que tuve esta experiencia probé el efecto de suprimir mi ego a toda conciencia y de mirar al mundo como mero espectador, e invariablemente me sentía recompensado con un sentimiento de placer especialísimo. Poco después me fue concedida una penetración mayor que me ha durado toda la vida. Un velo pareció haberse caído de mis ojos, y encontré sùbitamente al mundo bañado en una maravillosa irradiación, con olas de belleza y alegría hinchándose por todas partes. Esta irradiación traspasó en un momento los dobleces de tristeza y abatimiento que se habían acumulado sobre mi corazón, y lo inundaron como con una luz universal indecible. Y vino a suceder que ninguna persona o cosa en el mundo me pareció ya trivial o desagradable. No veía las acciones de los hombres como cosas aisladas, sino como partes de esa asombrosa danza mayor que se está realizando en este mismo momento, por todo el mundo de los hombres, en cada uno de sus hogares en sus mùltiples necesidades y actividades. Desde la infancia sólo había visto con mis ojos, ahora comenzaba a ver con la totalidad de mi conciencia.
(Rabindranath Tagore. Recuerdos. Plaza Janés, 1986. p.232)
De mis cartas
Hace mucho tiempo, cuando no existía la computadora y menos el internet, vi un programa de televisión en donde hablaba Magali Lara, pintora mexicana, me gustó tanto, la sentí una hermana mayor que le escribí y ella tuvo la gentileza de contestarme enviándome el catálogo de su última exposición. En mi carta le puse:
A Magali Lara pintora mexicana :
Pintas para hablar de la vida, para reflejar tus mundos, el de las ilusiones, el de las pérdidas, el de los amores...
Me gustó tu voz sin miedo parecida a la de tu heroína Frida Kalho que no temía hablar como una mujer. Decías que buscas la ternura, recuperar la intuición, dirigir las riendas de tu destino. Pronunciaste las palabras que todo lo abarcan : la vida y la muerte, esos extremos que se tocan. Querías estar en el mundo mas libre, mas posible. No me pareciste una fanática feminista alguien que quiere ser igual que el hombre. Pude ver que conocías las diferencias y que querías subrayarlas y valorarlas.
Acá un video suyo:
La experiencia intelectual de las mujeres del siglo XXI
A Magali Lara pintora mexicana :
Pintas para hablar de la vida, para reflejar tus mundos, el de las ilusiones, el de las pérdidas, el de los amores...
Me gustó tu voz sin miedo parecida a la de tu heroína Frida Kalho que no temía hablar como una mujer. Decías que buscas la ternura, recuperar la intuición, dirigir las riendas de tu destino. Pronunciaste las palabras que todo lo abarcan : la vida y la muerte, esos extremos que se tocan. Querías estar en el mundo mas libre, mas posible. No me pareciste una fanática feminista alguien que quiere ser igual que el hombre. Pude ver que conocías las diferencias y que querías subrayarlas y valorarlas.
Acá un video suyo:
La experiencia intelectual de las mujeres del siglo XXI
Esta mujer que baila sin moverse
Los artículos de Tomas Eloy Martinez, escritor argentino tienen la capacidad de conmover. Acá nos presenta una mujer que vive en las estaciones de Metro de New York.
Esta mujer que baila sin moverse
Por Tomás Eloy Martínez
Para La Nación
HIGHLAND PARK, N. Jersey.- Al principio supuse que era el azar. Todas las veces que debo tomar en Penn Station el tren de las 17.24 que va de Nueva York a New Brunswick, una mujer calzada con zapatillas de ballet se abre espacio entre la muchedumbre que corre hacia el andén y, una vez allí, gira dos veces sobre sí misma, en puntas de pie, y se desvanece en la nada.
La mujer lleva abrigos pesados en invierno y batas largas de algodón en verano. Advertí de entrada que era uno de los escasos residentes fijos de la estación, y un agente del servicio de vigilancia me lo confirmó hace algunos meses. Después de la medianoche, le permiten tender su bolsa de dormir junto al quiosco de revistas o bajo el toldo de alguno de los restaurantes, y la despiertan a las seis de la mañana, antes de que llegue el inmenso flujo de empleados que viven en los suburbios.
El domingo 25 de febrero la vi repetir su danza ritual y me di cuenta de que ya no se trataba del azar sino de una laboriosa, inevitable rutina. No habría más de cincuenta personas esperando el tren de las 20.32. Cuando en el enorme tablero que domina el centro de la estación apareció el número del andén, ocho minutos antes de que el tren saliera, la marejada empezó a moverse con una lentitud de crepúsculo. De pronto vi que la mujer echaba a correr desenfrenada, ansiosa, como si le fuera la vida en eso. Calzaba las habituales zapatillas violetas de su baile, ahora desfiguradas por parches de otros colores, y sobre la falda escocesa de los inviernos llevaba un tutú de gasa, almidonado como una corola de Walt Disney. Descendió con saltos de arabesco por las escaleras que llevan a los laberintos del andén, repitió allí su pirueta y otra vez se desvaneció en la sombra.
Decidí perder el tren y subir a buscarla. Los personajes solitarios que tienen el privilegio de refugiarse en la estación jamás hablan con extraños y rara vez se comunican entre sí: lo hacen solo para pelearse por los espacios. La encontré al pie del tablero, observándolo con impaciencia, como si estuviera por viajar. En ese instante adiviné que no bien apareciera el número del andén, saldría corriendo y volvería a bailar. Tuve la absoluta certeza de que su danza se repetía a toda hora, antes de la salida de todos los trenes.
Fragmentos de una historia
Aunque la había visto infinitas veces, fue en esa tarde de domingo cuando la vi de veras por primera vez. Solo se sabe cómo son las personas y las cosas cuando uno las ve por segunda vez, pero para que revelen su naturaleza profunda, esa segunda mirada tiene que ser más inocente y asombrada aún que la primera. La contemplé sin disimulo. En Estados Unidos, eso puede ser peligroso, ofensivo. Mirar fijo es una manera de invadir la intimidad del otro, pero no me importaba. Me pregunté cuál sería su edad. Tal vez ni ella misma la sabe. Debe de andar entre los treinta y los sesenta, quizá mucho más, o menos. El pelo, largo y veteado de canas, está recogido sobre la nuca con uno de esos broches dentados de plástico. Le faltan las muelas, pero los incisivos y caninos están intactos y sin manchas. Aunque lleva las piernas siempre cubiertas por una malla gruesa de color ceniza, se nota que debajo hay un delta de várices. Me pareció un milagro que, aun ofendido por esos nudos y raíces, su cuerpo tuviera la valentía de bailar.
Me acerqué a ella con toda la delicadeza que pude y le pregunté si podía ayudarme a escribir una historia. "¿Qué historia?", dijo, a la defensiva. "Su historia -le respondí-. No he visto a nadie hacer lo que usted hace." Se echó a reír, mostrando sus encías desoladas. "Ay, ay -suspiró-. Entonces usted nunca se ha fijado en lo que hace aquí la gente, en la estación. Vea a su alrededor -me dijo, extendiendo los brazos-. Vea estos cientos de personas inmóviles, estudiando la pared negra del tablero a la espera de que aparezca el número de un tren, la señal de que ya pueden irse. Fíjese en lo que pasa cuando salen corriendo. Es un ballet, ¿no? Una coreografía, un teatro invisible." "Sí, es como un musical de Broadway -confirmé yo, por decir algo-. Una telenovela."
A regañadientes aceptó que comiéramos un sándwich en uno de los restaurantes de la estación. Eligió con cuidado el que prefería. "Allá no, porque no van a querer servirme -dijo-. En ese otro tampoco, porque ahí me regalan las sobras. Aquel tercero es el mejor. Es nuevo. Los del turno de la mañana me dan café pero los de la noche no me conocen." Cuando nos sentamos a la mesa, ella aprovechó para cambiarse las zapatillas de baile. Llevaba tres o cuatro en una bolsa de plástico, todas violetas, todas con rasgaduras y parches. Le dije mi nombre y le pregunté por el de ella. No me lo quiso dar. "Si escribe algo, llámeme sólo Rhina, la de Penn Station -dijo-. Fui bailarina, conozco el mundo, pero ahora no puedo moverme de aquí."
Durante los diez o quince minutos que duró el sándwich logré conocer fragmentos de su historia, pero son tan dispersos, tan difusos, que no se puede armar con ellos ningún cuadro. Su madre le enseñó a bailar alguna vez, en un pueblo de Georgia. Estuvo seis meses en el coro del New York City Ballet. Conoció a un hombre. Dejó el baile por él y luego también el baile la dejó a ella. La tarde en que debía regresar al New York City Ballet para su última oportunidad de trabajo, se cayó en la estación del subterráneo y se rompió el fémur izquierdo. Estuvo un par de días en el hospital y luego desembarcó en la calle. Descendió por las escaleras mecánicas de Penn Station en muletas, una mañana de agosto de 1998, y pidió amparo a uno de los guardias. Desde entonces no se ha movido de allí. Si se moviera, perdería su lugar, porque algún otro desvalido se lo arrebataría para siempre.
Ballet en la estación
Hace ya un año, cuando Rhina sintió que sus piernas eran otra vez ágiles, intentó dar algunos tímidos pasos de baile en el hall central de la estación. Por los parlantes se está difundiendo siempre música de Bach, de Vivaldi, de Corelli -la misma que los médicos usan en los quirófanos, porque la repetición infinita ya la ha tornado inocua-, pero por alguna distracción de las computadoras se oyó un fragmento de Cascanueces y Rhina decidió que si no bailaba en ese instante no lo haría nunca más. Apenas intentó algunos movimientos de gimnasia con los pesados zapatones de goma que llevaba entonces, los guardias le llamaron la atención y amenazaron con expulsarla. Entonces ella les hizo ver la inmensa marea de gente agitada que descendía hacia los andenes y les pidió permiso para hacer lo mismo. "Si eso es lo que se hace aquí, ¿por qué yo no puedo hacerlo?" Un oficial del Ejército de Salvación le consiguió las primeras zapatillas de baile. Un pasajero que hace viajes frecuentes a Princeton le regaló el segundo par. Encontró el tutú de gasa y el tercer par de zapatillas la noche del último Año Nuevo en un cesto de basura. La única ilusión de la vida de Rhina es montar alguna vez un ballet en el que cientos de personas, inmóviles ante el tablero negro con los horarios de los trenes, salgan corriendo de pronto en infinitas direcciones. "No necesito imaginar la coreografía -me dijo-. Eso ya está a la vista aquí, a cada instante. Tengo cientos de coreografías posibles, y todas, en el escenario de un teatro, serían inolvidables." Le pregunté por qué no huía de su refugio ciego, donde jamás ve la luz del día, y probaba suerte en el mundo. "Yo nací para el movimiento -me respondió- y solo en esta realidad que nunca se mueve me siento segura." En ese momento anunciaron el siguiente tren para New Brunswick y salí corriendo detrás de la marea de pasajeros, en busca de esa otra realidad que siempre se está moviendo. Afuera, en los campos por los que corría mi tren, había luz, mucha luz. Pensé que, sin embargo, todo lo que se veía era sombra y que tal vez la verdadera luz estaba en el pequeño, encerrado y repetido mundo de Rhina, la de Penn Station
Esta mujer que baila sin moverse
Por Tomás Eloy Martínez
Para La Nación
HIGHLAND PARK, N. Jersey.- Al principio supuse que era el azar. Todas las veces que debo tomar en Penn Station el tren de las 17.24 que va de Nueva York a New Brunswick, una mujer calzada con zapatillas de ballet se abre espacio entre la muchedumbre que corre hacia el andén y, una vez allí, gira dos veces sobre sí misma, en puntas de pie, y se desvanece en la nada.
La mujer lleva abrigos pesados en invierno y batas largas de algodón en verano. Advertí de entrada que era uno de los escasos residentes fijos de la estación, y un agente del servicio de vigilancia me lo confirmó hace algunos meses. Después de la medianoche, le permiten tender su bolsa de dormir junto al quiosco de revistas o bajo el toldo de alguno de los restaurantes, y la despiertan a las seis de la mañana, antes de que llegue el inmenso flujo de empleados que viven en los suburbios.
El domingo 25 de febrero la vi repetir su danza ritual y me di cuenta de que ya no se trataba del azar sino de una laboriosa, inevitable rutina. No habría más de cincuenta personas esperando el tren de las 20.32. Cuando en el enorme tablero que domina el centro de la estación apareció el número del andén, ocho minutos antes de que el tren saliera, la marejada empezó a moverse con una lentitud de crepúsculo. De pronto vi que la mujer echaba a correr desenfrenada, ansiosa, como si le fuera la vida en eso. Calzaba las habituales zapatillas violetas de su baile, ahora desfiguradas por parches de otros colores, y sobre la falda escocesa de los inviernos llevaba un tutú de gasa, almidonado como una corola de Walt Disney. Descendió con saltos de arabesco por las escaleras que llevan a los laberintos del andén, repitió allí su pirueta y otra vez se desvaneció en la sombra.
Decidí perder el tren y subir a buscarla. Los personajes solitarios que tienen el privilegio de refugiarse en la estación jamás hablan con extraños y rara vez se comunican entre sí: lo hacen solo para pelearse por los espacios. La encontré al pie del tablero, observándolo con impaciencia, como si estuviera por viajar. En ese instante adiviné que no bien apareciera el número del andén, saldría corriendo y volvería a bailar. Tuve la absoluta certeza de que su danza se repetía a toda hora, antes de la salida de todos los trenes.
Fragmentos de una historia
Aunque la había visto infinitas veces, fue en esa tarde de domingo cuando la vi de veras por primera vez. Solo se sabe cómo son las personas y las cosas cuando uno las ve por segunda vez, pero para que revelen su naturaleza profunda, esa segunda mirada tiene que ser más inocente y asombrada aún que la primera. La contemplé sin disimulo. En Estados Unidos, eso puede ser peligroso, ofensivo. Mirar fijo es una manera de invadir la intimidad del otro, pero no me importaba. Me pregunté cuál sería su edad. Tal vez ni ella misma la sabe. Debe de andar entre los treinta y los sesenta, quizá mucho más, o menos. El pelo, largo y veteado de canas, está recogido sobre la nuca con uno de esos broches dentados de plástico. Le faltan las muelas, pero los incisivos y caninos están intactos y sin manchas. Aunque lleva las piernas siempre cubiertas por una malla gruesa de color ceniza, se nota que debajo hay un delta de várices. Me pareció un milagro que, aun ofendido por esos nudos y raíces, su cuerpo tuviera la valentía de bailar.
Me acerqué a ella con toda la delicadeza que pude y le pregunté si podía ayudarme a escribir una historia. "¿Qué historia?", dijo, a la defensiva. "Su historia -le respondí-. No he visto a nadie hacer lo que usted hace." Se echó a reír, mostrando sus encías desoladas. "Ay, ay -suspiró-. Entonces usted nunca se ha fijado en lo que hace aquí la gente, en la estación. Vea a su alrededor -me dijo, extendiendo los brazos-. Vea estos cientos de personas inmóviles, estudiando la pared negra del tablero a la espera de que aparezca el número de un tren, la señal de que ya pueden irse. Fíjese en lo que pasa cuando salen corriendo. Es un ballet, ¿no? Una coreografía, un teatro invisible." "Sí, es como un musical de Broadway -confirmé yo, por decir algo-. Una telenovela."
A regañadientes aceptó que comiéramos un sándwich en uno de los restaurantes de la estación. Eligió con cuidado el que prefería. "Allá no, porque no van a querer servirme -dijo-. En ese otro tampoco, porque ahí me regalan las sobras. Aquel tercero es el mejor. Es nuevo. Los del turno de la mañana me dan café pero los de la noche no me conocen." Cuando nos sentamos a la mesa, ella aprovechó para cambiarse las zapatillas de baile. Llevaba tres o cuatro en una bolsa de plástico, todas violetas, todas con rasgaduras y parches. Le dije mi nombre y le pregunté por el de ella. No me lo quiso dar. "Si escribe algo, llámeme sólo Rhina, la de Penn Station -dijo-. Fui bailarina, conozco el mundo, pero ahora no puedo moverme de aquí."
Durante los diez o quince minutos que duró el sándwich logré conocer fragmentos de su historia, pero son tan dispersos, tan difusos, que no se puede armar con ellos ningún cuadro. Su madre le enseñó a bailar alguna vez, en un pueblo de Georgia. Estuvo seis meses en el coro del New York City Ballet. Conoció a un hombre. Dejó el baile por él y luego también el baile la dejó a ella. La tarde en que debía regresar al New York City Ballet para su última oportunidad de trabajo, se cayó en la estación del subterráneo y se rompió el fémur izquierdo. Estuvo un par de días en el hospital y luego desembarcó en la calle. Descendió por las escaleras mecánicas de Penn Station en muletas, una mañana de agosto de 1998, y pidió amparo a uno de los guardias. Desde entonces no se ha movido de allí. Si se moviera, perdería su lugar, porque algún otro desvalido se lo arrebataría para siempre.
Ballet en la estación
Hace ya un año, cuando Rhina sintió que sus piernas eran otra vez ágiles, intentó dar algunos tímidos pasos de baile en el hall central de la estación. Por los parlantes se está difundiendo siempre música de Bach, de Vivaldi, de Corelli -la misma que los médicos usan en los quirófanos, porque la repetición infinita ya la ha tornado inocua-, pero por alguna distracción de las computadoras se oyó un fragmento de Cascanueces y Rhina decidió que si no bailaba en ese instante no lo haría nunca más. Apenas intentó algunos movimientos de gimnasia con los pesados zapatones de goma que llevaba entonces, los guardias le llamaron la atención y amenazaron con expulsarla. Entonces ella les hizo ver la inmensa marea de gente agitada que descendía hacia los andenes y les pidió permiso para hacer lo mismo. "Si eso es lo que se hace aquí, ¿por qué yo no puedo hacerlo?" Un oficial del Ejército de Salvación le consiguió las primeras zapatillas de baile. Un pasajero que hace viajes frecuentes a Princeton le regaló el segundo par. Encontró el tutú de gasa y el tercer par de zapatillas la noche del último Año Nuevo en un cesto de basura. La única ilusión de la vida de Rhina es montar alguna vez un ballet en el que cientos de personas, inmóviles ante el tablero negro con los horarios de los trenes, salgan corriendo de pronto en infinitas direcciones. "No necesito imaginar la coreografía -me dijo-. Eso ya está a la vista aquí, a cada instante. Tengo cientos de coreografías posibles, y todas, en el escenario de un teatro, serían inolvidables." Le pregunté por qué no huía de su refugio ciego, donde jamás ve la luz del día, y probaba suerte en el mundo. "Yo nací para el movimiento -me respondió- y solo en esta realidad que nunca se mueve me siento segura." En ese momento anunciaron el siguiente tren para New Brunswick y salí corriendo detrás de la marea de pasajeros, en busca de esa otra realidad que siempre se está moviendo. Afuera, en los campos por los que corría mi tren, había luz, mucha luz. Pensé que, sin embargo, todo lo que se veía era sombra y que tal vez la verdadera luz estaba en el pequeño, encerrado y repetido mundo de Rhina, la de Penn Station
domingo, 4 de agosto de 2013
Parecidos a esos sapos.
"Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad de universo." René Char
Querido y odiado cuerpo
Hace un par de meses propuse en el taller escribirle una carta a nuestro cuerpo como una manera de darle mayor importancia, realzar su importancia, relacionarnos mejor con él. Ahora encuentro este texto de Rosa Montero en su columna en la que que ella se dirige a él y extraigo lo que sigue:
Querido y odiado cuerpo
Rosa Montero
Ah, qué complicada relación hemos tenido siempre los humanos con nuestros cuerpos. El binomio alma/carne o mente/animal es un territorio en guerra. El cuerpo nos apresa, nos enferma, nos limita, nos mata. Somos rehenes del cuerpo que nos toca y con él planteamos batallas que sólo acaban cuando fallecemos. Luchamos contra el cuerpo, para domarlo y hacerlo nuestro, desde que aprendemos a dar los primeros pasos e intentamos lograr la inmensa, prodigiosa gracia de nuestro sentido del equilibrio, al que tan poca importancia damos. Luchan contra el cuerpo los deportistas de élite, los alpinistas que someten a su organismo a pruebas casi letales; los religiosos que, para mí equivocadamente, se torturan la carne con cilicios para acallar sus demandas naturales (animales); los obsesos de la juventud que se recortan y rellenan y remiendan enfermizamente el pellejo para contrarrestar el desgaste inevitable de la edad… Es cierto, el cuerpo es un tirano. Puedes estar haciendo tus planes de verano tan feliz y, de repente, el cuerpo te los fosfatina y te mete de cabeza en un sanatorio. Pero, al mismo tiempo, ¡qué grandioso este cuerpo que nos permite ver la belleza del mundo, escuchar músicas sublimes, beber y comer cosas deliciosas, besar y acariciar y amar, pasear por hermosos montes remotos en una mañana fresca y nublada! Querido y odiado cuerpo, hermano de mi vida, sobre el que no tengo más remedio que hablar hoy, porque estoy en un hospital, porque me duele la carne y porque me toca escribir un artículo.
Para leer el artículo completo: http://elpais.com/elpais/2013/08/01/eps/1375377214_414999.html
Querido y odiado cuerpo
Rosa Montero
Ah, qué complicada relación hemos tenido siempre los humanos con nuestros cuerpos. El binomio alma/carne o mente/animal es un territorio en guerra. El cuerpo nos apresa, nos enferma, nos limita, nos mata. Somos rehenes del cuerpo que nos toca y con él planteamos batallas que sólo acaban cuando fallecemos. Luchamos contra el cuerpo, para domarlo y hacerlo nuestro, desde que aprendemos a dar los primeros pasos e intentamos lograr la inmensa, prodigiosa gracia de nuestro sentido del equilibrio, al que tan poca importancia damos. Luchan contra el cuerpo los deportistas de élite, los alpinistas que someten a su organismo a pruebas casi letales; los religiosos que, para mí equivocadamente, se torturan la carne con cilicios para acallar sus demandas naturales (animales); los obsesos de la juventud que se recortan y rellenan y remiendan enfermizamente el pellejo para contrarrestar el desgaste inevitable de la edad… Es cierto, el cuerpo es un tirano. Puedes estar haciendo tus planes de verano tan feliz y, de repente, el cuerpo te los fosfatina y te mete de cabeza en un sanatorio. Pero, al mismo tiempo, ¡qué grandioso este cuerpo que nos permite ver la belleza del mundo, escuchar músicas sublimes, beber y comer cosas deliciosas, besar y acariciar y amar, pasear por hermosos montes remotos en una mañana fresca y nublada! Querido y odiado cuerpo, hermano de mi vida, sobre el que no tengo más remedio que hablar hoy, porque estoy en un hospital, porque me duele la carne y porque me toca escribir un artículo.
Para leer el artículo completo: http://elpais.com/elpais/2013/08/01/eps/1375377214_414999.html
Lágrimas vivas
Hace unos día, mientras tomaba un café en una pastelería, vi a una mujer llorando, contaba a su amiga sus penas, con tanto dolor, sintiéndose tan desesperada como si la vida se hubiese acabado de golpe. Me hubiera gustado acercarme y consolarla, decirle que todo pasa, no se porqué pero me daba la sensación de tratarse de una pena de amor, quería decirle que lo olvidaría, que no valía la pena, que aparecería todo un nuevo mundo para ella, sin embargo no me acerqué, ella estaba acompañada, pero recordé este poema que escribí hace un tiempo y ahora lo comparto con ustedes.
Lágrimas vivas (Poema mío)
Cuando extrañaba el mar y el cielo
eran azules y tibias
sus lágrimas dulces
cuando el sol terco no la rozaba
eran amarillas
sobre su rostro vacío de luz
eran rojas
cuando lloraba de amor
suaves lágrimas rojas
de niña enamorada
por las noches a solas
en el espacio oscuro
podía ver
como se mezclaban los llantos
asomándose
lágrimas dormidas
tristes
de colores intensos
silencioso arcoíris
húmedo brillante
herido
de mujer.
Lágrimas vivas (Poema mío)
Cuando extrañaba el mar y el cielo
eran azules y tibias
sus lágrimas dulces
cuando el sol terco no la rozaba
eran amarillas
sobre su rostro vacío de luz
eran rojas
cuando lloraba de amor
suaves lágrimas rojas
de niña enamorada
por las noches a solas
en el espacio oscuro
podía ver
como se mezclaban los llantos
asomándose
lágrimas dormidas
tristes
de colores intensos
silencioso arcoíris
húmedo brillante
herido
de mujer.
El circo de las mariposas
El fascinante mundo de los circos sirve de escenario para esta película corta en la que un hombre muy limitado debe encontrar la manera de aceptarse a sí mismo y superar sus dificultades. es un cortometraje de Cine independiente dirigida por Joshua Weigel y protagonizado por Eduardo Verastegui , Nick Vujicic y Doug Jones en 2009. Ha ganado muchos premios.
Ellis Regina
Elis Regina (Porto Alegre, 17 de marzo de 1945 - São Paulo, 19 de enero de 1982) fue una de las cantantes brasileñas más populares en los años sesenta y setenta.
Thelma & Louise y Marianne Faithfull
La música de esta película inolvidable es de Marianne Faithfull cantante y actriz británica con una vida muy difícil , fue pareja de Mick Jagger , tuvo adicción a las drogas. Esta es su web oficial. http://www.mariannefaithfull.org.uk/
La muerte del Padre, libro por buscar
Lo recomienda Mariana de Althaus y claro que una tiene ganas de leerlo. Encuentro este comentario que tambien cuelgo para animarlos a buscar como yo el libro.
“Escribir es sacar de las sombras lo que sabemos”, afirma Karl Ove Knausgård en este primer tomo de sus escritos autobiográficos. Es decir, arrojar luz sobre aquello que el escritor considera digno de ser comunicado, o afrontar lo que, oculto o camuflado, ejerce tal influencia sobre el autor que se hace conveniente la catarsis que un completo ejercicio de memoria proporciona.
Aquí el proustiano sabor a magdalena evocadora lo encuentra Knausgård en su costumbre de visualizar rostros en los dibujos de la solería, práctica incontrolada que le lleva a recordar un episodio de este tipo en su infancia, detonante de la narración. Según parece, este extendido hábito se debe a la importancia que, para el recién nacido, tiene la amable presencia de los rostros de sus progenitores. Y es ante el de su padre que, un ya crecido narrador, aún permanece vigilante y temeroso, intentando reconocer en su expresión indicios del afecto que reclama y no percibe.
Y si la figura del padre es un factor determinante en la formación psicológica de cualquier niño, con mayor motivo lo será para los que tengan que sufrir las exigencias, los desprecios, o simplemente la frialdad de aquel a quien desean agradar a toda costa. Si además ese padre se distancia de su familia y acaba usando el alcohol para destruirse de la forma más brutal, comprenderemos la necesidad de conjurar fantasmas mediante un rito purificador, liturgia que toma cuerpo en el libro a través de la minuciosa limpieza que el autor y su hermano llevan a cabo en la casa de la abuela, donde acaba de morir el padre.
Una casa que se erige en símbolo de la mente del narrador, dotando de sentido la reparación diligente de la bíblica destrucción organizada por el padre, y el empeño en realizar el funeral en ella, en alusión a la necesaria interiorización de la pérdida.
Pero el texto también contiene otros recuerdos de infancia y adolescencia que provocan en el lector una conveniente empatía, y al que quizás permitan reconocerse en el relato de las primeras aproximaciones al alcohol o de los primeros y torpes escarceos amorosos; en las frustradas veleidades musicales o en esos atormentados sentimientos que tanto llevan a temer la exclusión como a recrearse en la idea de ser alguien especial. Aunque también podemos compartir la imagen del porfiado lector de autores de vanguardia que compensa la provisional incomprensión de sus textos con el prestigio que el conocimiento de los mismos proporciona; o el rechazo visceral ante la presencia de un padre ataviado con prendas y actitudes que suponen, para el hijo, un intrusismo en una juventud que ya no le pertenece. Y, por supuesto, asistiremos al vigoroso estallido simultáneo de la primavera y del primer amor, porque “las emociones son como el agua, se configuran siempre según el entorno”.
Un texto, pues, evocador y de lectura fácil, en el que se imponen emociones como el dolor de la madre por la imparable degradación del hijo, o el sentimiento de liberación de unos hijos ante la definitiva desaparición del padre. El relato de unos hechos que necesitan ser fijados para poder ser comprendidos y, finalmente, asimilados.
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Dos poemas de Mario Montalbetti
Uno de nuestros poetas peruanos y excelente maestro de la Universidad Católica.
Magnificant
Después del trabajo remunerado, inmune,
casi nupcial, y de cuidar al hijo
que no caiga, y de hacer nocturno el amor,
apago los megavatios
y bebo alcohol hasta las puntas
(alcohol munerado, mune, casi nupcial)
y luego veo entre las costillas de las persianas
el alba naranja como una papaya madura
que cae del cielo
y se hace añicos sobre el pavimento.
Objeto y fin del poema
Es de noche y tiene que aterrizar
antes de que se acabe el combustible,
Así terminan todos sus poemas,
tratando de expresar con un lenguaje
público un sentimiento privado.
Su ambición es el lenguaje del piloto
hablándole a los pasajeros
en medio de una situación desesperada:
parte engaño, parte esperanza, parte verdad.
Todos los poemas terminan igual.
Hechos pedazos contra un cerro oscuro
que no estaba en las cartas.
Luego hallan los restos: el fuselaje,
la cola como siempre, intacta,
el olor a cosa quemada consumida por el fuego.
Pero ninguna palabra sobrevive.
Mario Montalbetti
El lenguaje es un revólver para dos
Colección Underwood. Pontificia Universidad Católica del Perú, 2008
Acá una conferencia suya: Tres ideas equivocadas respecto al lenguaje
Magnificant
Después del trabajo remunerado, inmune,
casi nupcial, y de cuidar al hijo
que no caiga, y de hacer nocturno el amor,
apago los megavatios
y bebo alcohol hasta las puntas
(alcohol munerado, mune, casi nupcial)
y luego veo entre las costillas de las persianas
el alba naranja como una papaya madura
que cae del cielo
y se hace añicos sobre el pavimento.
Objeto y fin del poema
Es de noche y tiene que aterrizar
antes de que se acabe el combustible,
Así terminan todos sus poemas,
tratando de expresar con un lenguaje
público un sentimiento privado.
Su ambición es el lenguaje del piloto
hablándole a los pasajeros
en medio de una situación desesperada:
parte engaño, parte esperanza, parte verdad.
Todos los poemas terminan igual.
Hechos pedazos contra un cerro oscuro
que no estaba en las cartas.
Luego hallan los restos: el fuselaje,
la cola como siempre, intacta,
el olor a cosa quemada consumida por el fuego.
Pero ninguna palabra sobrevive.
Mario Montalbetti
El lenguaje es un revólver para dos
Colección Underwood. Pontificia Universidad Católica del Perú, 2008
Acá una conferencia suya: Tres ideas equivocadas respecto al lenguaje
Si yo encontrara un alma...
Hace mucho años un amigo me envió de regalo un cassette con música romántica. Esta es la que más recuerdo porque ¿Quién no ha soñado con tener un alma como la suya?
Una furtiva lágrima de Luciano
Mi nieto más chiquito se llama Luciano, no dejo de pensar en que cantará hermosas arias para alegrar nuestras tardes. De todos modos será Luz. iluminará nuestra vida.
domingo, 28 de julio de 2013
Películas imperdibles.
Iris:
Los puentes de Madison:
Cuarteto de cuerdas:
Searching for Sugar Man:
Los puentes de Madison:
Cuarteto de cuerdas:
Searching for Sugar Man:
sábado, 20 de julio de 2013
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