domingo, 3 de noviembre de 2013

Dietrich Fischer


La voz que transmitía y sigue transmitiendo las más bellas interpretaciones de los lieder de Schubert, la voz de Dietrich Fischer-Dieskau,se extinguió el pasado 18 de mayo. La voz y el ser humano que la hizo posible, el berlinés Dietrich Fischer-Dieskau que nos ha dejado belleza por todos los lados, en su Pasión según San Mateo o en las Cantatas de Johann Sebastian Bach y en los lieder de Schubert o de Schumann, voz de barítono que tan pronto te acariciaba como te sentenciaba o te elevaba a lo sublime, nos ha dejado.



Bella figura

El ballet siempre nos transporta a un mundo que creemos perdido: la danza, nuestro cuerpo en movimiento, expresándose.

Un desahogo

Antonio Muñoz Molina, escritor español recientemente ganador del Premio Príncipe de Asturias, nos habla en una de sus columnas de la falta de agradecimiento, de la frescura de alguna gente que pide sin ninguna consideración.


Un desahogo


Igual que los enanos tienen un sexto sentido que les permite reconocerse entre sí, según Monterroso, los deudores llevan una lucecita que hace que se les descubra de noche y desde lejos, como la lucecita verde de los taxis.

Hace unos años, un pianista me pidió que le escribiera un texto para la contraportada de su nuevo disco. Es un buen pianista, y la música de ese disco me gustaba y me gusta mucho. Pero escribir algo digno requería mucho tiempo, escuchar con cuidado varias veces la grabación, documentarse para no escribir cualquier cosa. Yo tenía muchas tareas entre manos entonces. Literarias y no. Un escritor conocido no dedica su vida a ser escritor conocido. La dedica, como todo el mundo, a trabajar, a sobrellevar contratiempos y a veces malestares y enfermedades, a estar con su familia, a preocuparse por el trabajo o por la falta de trabajo de sus hijos, por la salud de sus padres mayores, etc. Como todo el mundo, ya digo.

El pianista insistió: sólo serían un par de folios. Esto del par de folios es frecuente oirlo. “Si para ti no es nada, un par de folios, eso lo haces en un rato”. Además, hablando francamente, la posibilidad de que el disco se publicara sería mayor si yo escribía esa presentación.

La escribí. Con mucho esfuerzo, y quitando tiempo de otras cosas, la escribí. Se la envié por fin al pianista. No se dio prisa en contestar. Cuando lo hizo fue muy breve: “Gracias. Se lo mando a la discográfica”. El hombre se ve que estaba ocupado. Me atreví a decirle que me sorprendía un poco su laconismo, dados el entusiasmo y la impaciencia que había mostrado antes por lograr mi colaboración. La respuesta fue rápida: “No imaginaba que tuvieras tanta necesidad de que te regalen el oído”. Yo había creído ser moderadamente acreedor, pero me equivocaba: era deudor, todavía.

Pasa el tiempo. Hay patrones que se repiten con fatalidad a lo largo de la vida. La directora de una revista fundada hace poco me pide una colaboración. Por supuesto no pagan. Pagan al impresor, pagan al transportista, pagan al distribuidor. Al que escribe es al que de entrada no se le paga. La directora tiene tanto interés por mi aportación como el pianista por su contraportada. Es el final de curso en Nueva York, y estoy muy agobiado. Pero me pongo y escribo unas páginas. Una tarde entera de trabajo.

La directora ni acusa recibo. Pasa el tiempo y no dice nada. Hasta hoy. Yo no pregunto, no vaya a ser que me sea una prueba de que quiero que me regalen el oído.

Y así con bastante frecuencia. Naces deudor o acreedor y te morirás así. Harás tres regalos uno tras otro y si por algún motivo no haces el cuarto habrás cometido un agravio. Y poco a poco descubres, porque tú también has recibido cosas muchas veces, que si hace falta generosidad para dar también hace falta generosidad para recibir.


Isla

ISLA

Estoy inundado de felicidad,
pero nada de aspavientos;
aunque estoy a punto de renacer
no por ello lo proclamaré a los cuatro vientos
ni me sentiré un elegido.
No, sólo que me tocó en suerte,
y lo acepto porque amén de que no está en mi mano
negarme, sería por otra parte una descortesía
que un hombre distinguido jamás haría.
Pues el caso es que mañana,
a las siete y seis minutos de la tarde,
voy a convertirme en una isla,
una isla como suelen ser las islas;
no es el caso andar ahora con precisones geográficas,
baste saber que me convertiré en una isla como todas las islas...
No, nada de sorpresas...
Ya se me ha anunciado que a esa hora
mis piernas se irán haciendo tierra y mar,
que, poco a poco, igual que un andante chopiano,
empezarán a salirme árboles en los brazos
y rosas en los ojos, y arena en el pecho,
y que en la boca las piedras morirán
para que el viento pueda ulular cuanto desee.
Después me tenderé como suelen hacer las islas,
mirando fijamente el horizonte,
también veré salir el sol y la luna
y así, lejos ya de la inquietud
diré muy bajito:
¿Así que era verdad?
Virgilio Piñeira (Cárdenas, Matanzas, 4.8.1912- La Habana, 18.10.1979).

Jardín de invierno

Biografía de James McNeil Whistler

Uno de mis pintores favoritos:






Que mundo maravilloso


Stacey Kent (South Orange, Nueva Jersey, 27 de marzo de 1968) es una cantante angloamericana de jazz, nominada a un Grammy.

¿No oyes ladrar los perros?


Este cuento pertenece a "El llano en llamas" del escritor mexicano Juan Rulfo. Lo hicimos junto con otros dos cuentos en ABRA nuestro taller.


Carta de Juan Rulfo a Clara Aparicio

Rulfo, el famoso escritor mexicano ha estado esta semana muy presente en mi vida, hicimos una clase con tres de sus cuentos y leímos estas hermosas cartas que envía locamente enamorado a Clara Aparicio quien luego sería su esposa. Ella era casi una niña y él se prendó de ella y tuvo que esperar a que crezca para hacerla su esposa. ¡A disfrutarlas!

Carta de Juan Rulfo a Clara Aparicio

Juan Rulfo

Desde que te conozco, hay un eco en cada rama que repite tu nombre; en las ramas altas, lejanas; en las ramas que están junto a nosotros, se oye. Se oye como si despertáramos de un sueño en el alba. Se respira en las hojas, se mueve como se mueven las gotas del agua. Clara: corazón, rosa, amor... Junto a tu nombre el dolor es una cosa extraña. Es una cosa que nos mira y se va, como se va la sangre de una herida; como se va la muerte de la vida. Y la vida se llena con tu nombre: Clara, claridad esclarecida. Yo pondría mi corazón entre tus manos sin que él se rebelara. No tendría ni así de miedo, porque sabría quién lo tomaba. Y un corazón que sabe y que presiente cuál es la mano amiga, manejada por otro corazón, no teme nada. ¿Y qué mejor amparo tendría él, que esas tus manos, Clara? He aprendido a decir tu nombre mientras duermo. Lo he aprendido a decir entre la noche iluminada. Lo han aprendido ya el árbol y la tarde... y el viento lo ha llevado hasta los montes y lo ha puesto en las espigas de los trigales. Y lo murmura el río... Clara: Hoy he sembrado un hueso de durazno en tu nombre.


Chiquilla:

¿Sabes una cosa?
He llegado a saber, después de muchas vueltas, que tienes los ojos azucarados. Ayer nada menos soñé que te besaba los ojos, arribita de las pestañas, y resultó que la boca me supo a azúcar; ni más ni menos, a esa azúcar que comemos robándonosla de la cocina, a escondidas de la mamá, cuando somos niños.
También he concluido por saber que los cachetitos, el derecho y el izquierdo, los dos, tienen sabor a durazno, quizá porque del corazón sube algo de ese sabor.
Bueno, la cosa es que, del modo que sea, ya no encuentro la hora de volverte a ver.
No me conformo, no; me desespero.
Ayer pensé en tí, además, pensé lo bueno que sería yo si encontrara el camino hacia el durazno de tu corazón; lo pronto que se acabaría la maldad a mi alma.
Por lo pronto, me puse a medir el tamaño de mi cariño y dio 685 kilómetros por la carretera. Es decir, de aquí a donde tú estás. Ahí se acabó. Y es que tú eres el principio y fin de todas las cosas.

Cadaver muerto



El cadáver estaba muerto


El genio del idioma no quiere que se diga con dos palabras lo que se expresa con una



Álex Grijelmo 27 OCT 2013 - 00:00 CET



Lo publicó un diario madrileño el 1 de junio: “Ayer por la mañana se practicó la autopsia al cadáver del fallecido”.
Realmente nos dejaba ya muy tranquilos saber por esa frase que las autopsias se les practican a los cadáveres, pero todavía nos quedamos más a gusto cuando supimos que esos cadáveres están muertos.
El genio del idioma no quiere que se diga con dos palabras (o más) lo que se expresa a la perfección con una. Y eso encuentra una explicación en la máxima de relevancia que definió el filósofo de la lengua inglés Paul Herbert Grice (1913-1988).
La máxima de relevancia constituye una de las reglas de cualquier conversación en la que dos interlocutores intentan entenderse. Y consiste en que todo lo que cuentan ha de ser relevante (adecuado, pertinente) para la idea que desean transmitir. Lo superfluo queda eliminado antes de pronunciarse, y así se añade significado a la individualidad de cada término. Si una palabra está presente, será por algo: tendrá un sentido propio, igual que las demás.
Y como el buen estilo y la buena comprensión tienden a la economía de vocablos, ningún término puede resultar gratuito. El receptor entenderá siempre que si una palabra figura en una oración, es porque añade significado. Y si no lo añade, dificulta el entendimiento o engaña (a menudo sin que exista esa intención).
Por ejemplo, el 28 de junio a las 8.42 se pudo oír en una emisora española que narraba el encarcelamiento de Luis Bárcenas: “Le tomaron las huellas dactilares de los dedos de sus manos”. Lo cual da a entender que a veces las huellas dactilares se toman de algún otro lugar del cuerpo.
Y si contásemos que las calles de la ciudad se hallaban cubiertas de “nieve blanca”, entonces la máxima de relevancia nos invitaría a pensar que existe nieve de cualquier otro color. Ahora bien, supongamos que estamos escribiendo un cuento infantil en el que deseamos transmitir la idea de que la acción se desarrolla en un mundo irreal: los trigales serían azules, los mares amarillos, el carbón rosa y los renuevos negros. En ese caso sí podríamos narrar a continuación que, una vez ocurrido determinado fenómeno (el beso de un príncipe, sin ir más lejos), todo se tornó real, y nos volvimos a ver rodeados de carbón negro, mares azules, trigales amarillos, nieve blanca y brotes verdes.
La redundancia de significado no relevante (es decir, con palabras prescindibles) se denomina “pleonasmo”, vocablo procedente del griego pleonasmós (“sobreabundancia” o “exageración”). Como sucede con el colesterol y con las amistades, hay pleonasmos buenos y pleonasmos poco recomendables. Los buenos añaden expresividad, ironía… algo: “Cállate la boca”, por ejemplo. Y los pleonasmos malos no suelen añadir nada: “El estadio estaba completamente abarrotado”, “es totalmente gratis”, “vio un falso espejismo”, “se aprobó con la unanimidad de todos los grupos” (ejemplos extraídos de los periódicos).
La política y el periodismo abundan en pleonasmos malos. Y queríamos llegar hasta aquí para preguntarnos si la abundancia de pleonasmos no implicará que algunas personas están dejando de creer en la fuerza de muchas palabras y en sus significados redondos; y si eso explicará tal vez el desmedido uso del adverbio “absolutamente” entre quienes hablan en público: estamos absolutamente felices, absolutamente decididos, absolutamente seguros. Quienes se expresan así imaginan acaso fisuras en las palabras más sólidas; o quizás esos vocablos se les han desgastado por su desempeño falso y artificial. Un político que dice “vamos a resolver este difícil reto” está dejando de creer en la palabra “reto”, de tanto manosearla. Quizás él tenga la impresión de que un reto puede ya parecernos fácil; pero en tal caso nos encontraremos todos dentro de un cuento donde nacen brotes por cualquier parte y donde la crisis se presenta como un desafío que se resuelve en un periquete.
Dentro de un cuento infantil o dentro de algún que otro programa electoral.

Con los ojos abiertos


Recordaba este artículo de Tomás Eloy Martinez que tanto me había emocionado, en el que habla con una vecina que sabe que va a morir, y se prepara para vivir esa experiencia de la mejor manera posible. Lo busqué mucho rato en Internet y ahora aparece entre mis papeles sorprendiéndome.


Se llama: Con los ojos abiertos


HIGHLAND PARK, N.J.

A fines de julio pasado, Jane-Julia Joyce, una vecina de Highland Park con quien solíamos comentar los precios de las hortalizas en el supermercado del pueblo, sintió un extraño decaimiento, pérdida del apetito y ciertas molestias en la digestión. El médico clínico al que acudió ordenó varios análisis de sangre y, después de verlos, una tomografía computada. El diagnóstico fue desolador. Jane-Julia, de 51 años, que vivía sola con su hermana Helen y un gato llamado Cuddle -es decir, Abrazo-, tenía un sorpresivo tumor en la cabeza del páncreas y una metástasis que afectaba el hígado y el aparato digestivo. En uno de los hospitales universitarios de New Brunswick confirmaron la fatalidad y le anunciaron que disponía, a lo sumo, de seis meses de vida.

La historia se parecería a miles de otras si no fuera porque Jane-Julia decidió esperar la muerte con genuina curiosidad. Entregó a Cuddle en adopción e hizo una lista de todas las personas que le habían enriquecido la vida, desde el bibliotecario que le recomendó la única novela de J.D. Salinger y la optometrista que le habló por primera vez de la Séptima Sinfonía de Beethoven hasta el marido del que se divorció en 1987 porque ambos descubrieron, a la vez, que habían dejado de amarse.

Invitó a todos a una fiesta para celebrar su muerte, en la cual anunció, con voz apagada, que había decidido irse de este mundo con los ojos abiertos. "He llevado una vida feliz -dijo- y, como he sido una mujer de buenos modales, no quiero retirarme de la escena sin saludar. Además, no les niego que siento mucha curiosidad por saber cómo son las cosas allá, en el otro lado."

Como la fiesta sucedió durante uno de mis viajes, al regresar llamé a Jane-Julia por teléfono para que me explicara con más detalle qué significaba morir con los ojos abiertos. Me respondió que estaba muy débil y que no deseaba ver a nadie. Sobre todo, deseaba que nadie la viera. Aceptó hablar conmigo por teléfono de vez en cuando y, desde entonces hasta el sábado 15 de octubre, mantuvimos conversaciones periódicas que duraban entre diez minutos y media hora. Algo de lo que hablamos se refleja en esta columna.

Uno de nuestros temas fue el teólogo sueco Emanuel Swedenborg, que pasó la mitad de la vida conversando con los espíritus. Un impreciso día de 1771 Swedenborg sintió que le faltaba poco para morir. Vaticinó la fecha en que sucedería y se preparó para el tránsito con lucidez. Hizo un último viaje de Estocolmo a Londres, aguardó a que su tratado La verdadera religión cristiana estuviera impreso, y el 29 de marzo de 1772, a las cinco de la tarde, despertó de una larga siesta en compañía de una criada y dos de sus discípulos. "¿Son ya las cinco?", preguntó, de buen humor. Le respondieron que sí. "Ha llegado la hora, entonces", dijo. "Les doy las gracias por todo. Que Dios los bendiga." Y sin más comentarios, murió en ese instante.

Jane-Julie me dijo que casi todos los hombres imaginan la muerte con temor, salvo aquellos que la esperan. Me contó que, meses antes de que le diagnosticaran el cáncer fatal, había leído por azar, en la sala de espera del dentista, fragmentos de una entrevista a Marguerite Yourcenar en la que se hablaba de morir con los ojos abiertos. Jamás había oído mencionar a esa escritora y no tuvo tiempo después para averiguar demasiado, pero lo que había leído era suficiente. Yourcenar, me dijo, quería morir en un estado de plena lucidez, después de una enfermedad muy lenta, para no perder una experiencia que le parecía esencial. "No tenemos mucha idea de cómo son las cosas cuando nacemos", me dijo mi vecina con una voz que era más bien un suspiro. "¿Por qué cerrar los ojos, entonces, cuando llegamos al otro extremo?"

"No perder una experiencia esencial", ésa era la clave de lo que pensaba Jane-Julia. El cuerpo organiza sus eclipses, la naturaleza facilita el tránsito al trabajar pacientemente en su propia degradación, la carne apaga sus luces y deja desvanecer poco a poco las propias fuerzas, sólo para que la muerte venga a instalarse. Le hace un lugar en la cama a la muerte, como si ella fuera un amante que también está en busca de reposo. Donde quiera un ser humano impone la muerte a otros seres humanos está violentando ese derecho elemental.

Ciertas luchas son sagradas para las personas de bien: las luchas contra la opresión, la tortura, la miseria, la censura, el crimen, los abusos físicos o morales. A nadie se le ha ocurrido luchar, además, para que cada ser humano viva en calma su propia muerte. Cuando Jane-Julia me dijo que ése era el sentido de morir con los ojos abiertos, lo entendí. Su idea era reclamar el más inquebrantable de todos los derechos: aquel que un ser humano tiene a conocer la suprema experiencia, que no puede ser reemplazada por todas las lecturas ni por todas las músicas del mundo.

Su fiesta de despedida, por lo tanto, no sólo era un acto de gratitud, sino también un pedido de auxilio: que nadie la molestara, que se le permitiera aprender hasta los detalles más ínfimos de su propio fin. A mediados de octubre, cuando regresé de un viaje de dos semanas y la llamé por teléfono, me dijo que ya no tenía fuerzas para levantarse de la cama. Decidí no molestarla más.

Pasé un par de veces cerca de la pequeña casa donde vive con su hermana, en East Brunswick. Por fuera se parece a todas: listones laterales de zinc, dos ventanas a la calle en la planta alta, las bocas de luz del sótano a ras del piso. El pequeño jardín de adelante estaba descuidado, cubierto por las hojas del otoño, y por la noche vi sólo una luz lánguida en la cocina.

El sábado 30, Helen, la hermana, me pidió que fuera a ver a Jane-Julia. "Quiere contarle algunos detalles de la fiesta final", me dijo. "Usted le preguntó, y ahora está lista para contestar." Acordamos que la visitaría el domingo a las dos y media de la tarde. Por la mañana temprano recibí una llamada de la persona que había adoptado a Cuddle, el gato. Me contó que Jane-Julia se había agravado durante la noche y que estaba en la terapia intensiva del hospital. "Los médicos no creen que viva hasta mañana", dijo.

Al caer la noche, antes de sentarme a escribir estas líneas, fui al hospital a preguntar por ella. Ya era tarde. No habría velatorio ni funeral, me advirtieron. Jane-Julia quería partir en silencio. Recordé la calidez de su voz, el cuidado con que separaba las sílabas al hablar, la discreción con que se movía entre la gente, inadvertida. Y deseé que se hubiera encontrado con la muerte tal como ella lo deseaba: mirándola de frente, con los ojos muy abiertos. .
Por Tomás Eloy Martínez Para LA NACION

domingo, 27 de octubre de 2013

Abelardo, un gato mudo

Un gato mudo ( Inspirado en un cuento de Juan García Ponce, escritor mexicano)

Abelardo, a diferencia de los demás gatos, era mudo. Es por eso que la pareja lo llevó a vivir con ellos. Ellos no querían que se enterase de lo que sucedía en ese dormitorio cuando se reunían clandestinamente. La verdad es que no era mudo sino sordo porque maullaba como los demás gatos aunque con un tono un poco más elevado que lo habitual y no conseguía articular palabra alguna. Cuando tenía hambre, o espiaba por la ventana para maullarle a la luna, el sonido se confundía con el llanto de un bebe. A ellos eso les molestaba, entonces trataban siempre de tenerle agua y comida en sus platos y ella cosió con esmero un visillo para tapar el resplandor de la luna.
Cuando al cabo de un tiempo la mujer dijo que estaba harta de tener que dedicarle cuidados, él usó sus mejores argumentos para mantenerlo en el departamento.
—Si no nos escucha no podrá repetir lo que decimos, no es como esos gatos chismosos que van por todos lados contando los secretos de las familias. ¿Acaso le entiendes algo de lo que dice? — Ella parecía inmutable, pero él continuó buscando convencerla:
—Y además, se que te gusta que nos acompañe mientras hacemos el amor. ¿Te das cuenta de que sin planearlo ni pensarlo nos hemos constituido en un trío? Lo siento mucho pero sin Abelardo yo ya no podré hacer el amor. Me gusta que se acomode a nuestros pies y permanezca concentrado mirándonos con esa actitud tan placentera como si él también saborease nuestras caricias.
Y como el hablar de amor despertó su deseo, él la llevó a la cama y entre juegos y risas le fue quitando la ropa. Abelardo inmediatamente se ubicó en su estratégico lugar. Ella satisfecha luego de susurros, delicadas ternuras recorriéndole el cuerpo, el balanceo, las cosquillas, el ritmo, el acoger el peso masculino sobre su delgado cuerpo y la explosión de gozo, movió la cabeza asintiendo y dijo:
—Que se quede Abelardo.

Escribir y callar




Este martes en nuestro taller ABRA, siguiendo con la escritora Nuria Amat, escritora española, de Barcelona de la que la semana pasada habíamos leido: " Las supervivientes" y "Biblioteca interior", iniciamos la lectura de su ensayo: "Escribir y callar".

Acá algunas frases suyas:



"El desafío consiste en inventar algo propio, algo nuevo que decir con las palabras. Un idioma particular. "

"La memoria es la infancia del escritor."

"Esa mirada de la infancia es un eco pensativo, una doblez del pensamiento."


"Por eso la orfandad de algo, la ausencia vital de alguien, vivifica el ansia de palabras."

"Porque el miedo, en realidad no es mas que ina enorme montaña de pequeñas y grandes tristezas."

"Descubrí que con las palabras se podía conseguir fuerza suficiente para soportar la vida."

"Entraba en la lengua y en la literatura con un pasamontañas en la cabeza que solo dejaba libre el espacio de la mirada."


"El mismo gesto de la escritura quiere decir algo así como escarbar con los dedos en la arena desierta para seleccionar las palabras una a una."

"Lo importante, lo más importante, es este deseo tierno de escritura."

"La literatura y el universo infinito que la ocupa me han enseñado a dar sentido a una vida insensata."

"La literatura es sobre todo, arte."
"Leer es enseñar a leer. Como amar es aprender a amar."

" Siempre me he esforzado por llegar al alma de las cosas".

"Aprender a leer de verdad la realidad del mundo supone un esfuerzo de intuición, emoción y clarividencia. "

"La buena literatura sorprende misteriosamente. Pone melancólico. Ayuda a aprender a pensar. A tentar a Dios y a imaginar su muerte. La buena literatura enajena el alma, inhabilita el saber, oscurece la felicidad, alivia el dolor. Humaniza. La buena lectura murmura saberes profundos apenas intuidos."




San Telmo en Domingo

Ir a San Telmo en Buenos Aires es siempre una alegría y un descubrimiento. Esta vez tocó en el día de la madre así que estaba un poco vacío porque la gente prefirió estar en familia que hacer negocios. De todos modos tomé algunas fotos que ahora comparto con ustedes:

Cinco días en Buenos Aires



Estar en Buenos Aires aunque sea por 5 días es tan estimulante, buen teatro, buen cine,maravillosas librerías, estupendo clima, la ciudad está más limpia, mejores veredas, mucha gente en las confiterías, en los restaurantes, gente estudiando, investigando, viendo arte, así deberían ser todas las ciudades regalos para la imaginación, para renovar nuestras ideas, para variar nuestro punto de vista.

Esta vez lo que más hicimos fue ir al teatro y tuvimos mucha suerte vimos muy buenas obras, una de ellas me emocionó hasta las lágrimas, la de Beethoven, la de Bergman estupenda, Emilia retratando el caos de las familias y esta de Parque Lezama llena de ternura.

Sonata de Otoño





Emilia , Timbre 4, Teatro en Buenos Aires

33 Variaciones