Desde Lima, un relámpago de azul-cielo o azul-mar en nuestra mente o en nuestro corazón que ansían la belleza. Cuentos, poesía, música, cine, reflexiones, teatro, viajes, fotografía, entrevistas, danza y más.
domingo, 10 de agosto de 2014
Somos agua, texto de Caio Fernando Abreu
Buceo I, de Piedras de Calcuta " El primer aviso fue un ruido, de mañana bien temprano, cuando él se inclinaba para escupir agua y pasta de dientes en el lavabo. Pensó que fuese el chorro de agua del grifo y no prestó mucha atención: siempre olvidaba puertas, ventanas y grifos abiertos por las casas y baños por donde andaba.
Entonces cerró el grifo para oír, como todos los días, el silencio medio azulado de las mañanas, con los periquitos cantando en el balcón y los rumores diluidos de los automóviles, pocos todavía. Pero el ruidito continuaba. Fuente chorreando: agua clara de cántaros, ánforas, grutas —y a él le pareció bonito y se acordó (sólo un poco, porque no había tiempo) remotos paseos, infancias, encantos y enamoradas.
Cuando se agachó para amarrar el cordón del zapato percibió que el ruidito venía del suelo y, más atentamente agachado, exactamente de dentro del propio pie izquierdo. Volvió a no prestar mucha atención; encontró hasta bonito poder sacudir de vez en cuando el pie para oír el ruidito trayendo mares, memorias. Cuando amarró el cordón del zapato del pie derecho, volvió a oír el mismo ruidito y sonrió para las obturaciones reflejadas en el espejo: dos pies, dos fuentes, dos alegrías.
Al abotonar el pantalón, sintió el ombligo saltar exactamente como una concha empujada por una ola más fuerte y, luego, el mismo ruidito, ahora más nítido, más alto. Se sentó en el excusado y encendió un cigarrillo, pensando en la feijoada del día anterior. Antes de dar la primera tragada, pasó la mano por el cuello, previniendo la áspera barba por hacer, y la nuez dio un salto, ombligo, concha, como si tragase aire seco, y no tragó nada, apenas esperaba, el cigarrillo parado en el aire.
Se irguió para mirar la propia cara en el espejo, los pantalones caídos sobre los zapatos desamarrados, y abrió la boca liberando una especie de eructo.
Fue entonces que el agua comenzó a chorrear boca afuera. Primero en gotas, después en flujos más fuertes, olas, mareas, hasta que un casi maremoto lo arrastró afuera del baño. Espantado, intentó aferrarse al pasamanos de la escalera, llegó a extender los dedos, pero no había dedos, sólo agua derramándose escalones abajo, atravesando el corredor, el despacho, la pequeña sala de helechos desmayados. Antes de llegar al zaguán él todavía pensó que sería bueno, ahora, no ser más riachuelo, ni fuente, ni lago, sino río harto, caminando en dirección a la calle, tal vez al mar.
Pero cuando las olas más fuertes reventaron la puerta de entrada para inundar el jardín, él se contrajo, se relajó y cesó, entero y vacío. No pasaba de una gota en la inmensa masa de agua que bajaba de las otras casas inundando las calles. "

Entonces cerró el grifo para oír, como todos los días, el silencio medio azulado de las mañanas, con los periquitos cantando en el balcón y los rumores diluidos de los automóviles, pocos todavía. Pero el ruidito continuaba. Fuente chorreando: agua clara de cántaros, ánforas, grutas —y a él le pareció bonito y se acordó (sólo un poco, porque no había tiempo) remotos paseos, infancias, encantos y enamoradas.
Cuando se agachó para amarrar el cordón del zapato percibió que el ruidito venía del suelo y, más atentamente agachado, exactamente de dentro del propio pie izquierdo. Volvió a no prestar mucha atención; encontró hasta bonito poder sacudir de vez en cuando el pie para oír el ruidito trayendo mares, memorias. Cuando amarró el cordón del zapato del pie derecho, volvió a oír el mismo ruidito y sonrió para las obturaciones reflejadas en el espejo: dos pies, dos fuentes, dos alegrías.
Al abotonar el pantalón, sintió el ombligo saltar exactamente como una concha empujada por una ola más fuerte y, luego, el mismo ruidito, ahora más nítido, más alto. Se sentó en el excusado y encendió un cigarrillo, pensando en la feijoada del día anterior. Antes de dar la primera tragada, pasó la mano por el cuello, previniendo la áspera barba por hacer, y la nuez dio un salto, ombligo, concha, como si tragase aire seco, y no tragó nada, apenas esperaba, el cigarrillo parado en el aire.
Se irguió para mirar la propia cara en el espejo, los pantalones caídos sobre los zapatos desamarrados, y abrió la boca liberando una especie de eructo.
Fue entonces que el agua comenzó a chorrear boca afuera. Primero en gotas, después en flujos más fuertes, olas, mareas, hasta que un casi maremoto lo arrastró afuera del baño. Espantado, intentó aferrarse al pasamanos de la escalera, llegó a extender los dedos, pero no había dedos, sólo agua derramándose escalones abajo, atravesando el corredor, el despacho, la pequeña sala de helechos desmayados. Antes de llegar al zaguán él todavía pensó que sería bueno, ahora, no ser más riachuelo, ni fuente, ni lago, sino río harto, caminando en dirección a la calle, tal vez al mar.
Pero cuando las olas más fuertes reventaron la puerta de entrada para inundar el jardín, él se contrajo, se relajó y cesó, entero y vacío. No pasaba de una gota en la inmensa masa de agua que bajaba de las otras casas inundando las calles. "

domingo, 3 de agosto de 2014
Tres películas vistas en Buenos Aires
( Está en You tuve, una película que no pueden perderse quienes aman la comida y creen en el amor y la fuerza de las palabras.)
( Está en You tuve con subtítulos en inglés, buenísima).
(Esta la vi en el avión, estuvo en Lima para el Festival pero yo no la había visto, me encantó)
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(Esta la vi en el avión, estuvo en Lima para el Festival pero yo no la había visto, me encantó)
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Ballet en Buenos Aires
Tuvimos la suerte de asistirá a este Ballet en Buenos Aires en el Teatro San Martín.
- Dirección: Mauricio Wainrot.
En cero` con coreografía de Roxana Grinstein y música de Martín Ferrés, a partir de fragmentos y variaciones de la obra Trío para Piano, Violín y Violonchelo en La menor, Op 50, de Piotr Ilich Tchaikovsky. `Bolero` con coreografía de Ana María Stekelman y música de Maurice Ravel (Bolero). `Claustrofobia` con coreografía de Yoshua Cienfuegos y música de Rut Quiles, Ximo Arias.
En busca de un retrato (cuento)
Un cuento de Paloma Díaz Mas escritora española que hicimos en nuestro taller de lectura ABRA y que nos gustó muchísimo.
Las baldosas coloradas de la entrada cuidadosamente
bruñidas con cera, la deslumbrante escalerita de claraboya convertida en
invernadero para unas plantas casi amenazadoras de puro rozagantes, la casa de
largo pasillo y barnizadas maderas, con los montantes de las puertas
coquetamente encortinados de una cretona de florecitas muy limpia y muy
planchada.
El comedor de nobles muebles de viejo roble, con su
suntuosa cancela modernista –lotos rosas y nenúfares azules de pétalos
traslúcidos y esmerilados, entre retorcidos pámpanos de un verde botella– que
daba a la azotea. Y en ella, de nuevo las baldosas tan brillantes que parecían
pintadas con aceite y bajo el sol azaleas, petunias, alegrías, pendientes de la
reina, gitanillas, geráneos, cóleos morados. Y en la sombra helecho, hiedra
enana, cintas y esa planta que nosotros llamamos amor de hombre, pero que en
inglés es judío errante y en francés miseria. Y en un rincón los cactus,
milagrosamente floridos, y las plantas de olor: la hierbabuena, el sándalo y la
albahaca.
Pero sobre todo la cocina: una cocina antigua y
grande, de azulejos blancos y armarios de pino pintados de blanco, y blancas
cortinas en la ventana y una pila de mármol blanco en la que la abuela María
lavaba –montañas de espuma blanca– la blanca loza, para secarla después con un
suave paño de algodón blanco. Fuera, sobre las cumbres de las montañas
circundantes, muchas veces nevaba.
Y la abuela misma, con su pelo de un blanco nacarado y
sus vestidos de dibujos pequeñitos y colores brillantes: parecía una síntesis
de la cocina blanca y de las cortinas de florecitas, o tal vez fuese al revés,
que el blancor de la cocina y las flores de las tapicerías emanaban
precisamente de su persona; siempre tuve la impresión de que la abuela era la
casa y la casa era la abuela.
Pero dije que sobre todo la cocina: largas horas de
laboriosos platos –pato con peras y pollo con ciruelas, escudella y bacalao con
pasas, escalivada y robellones de mil maneras, dorada crema y acariciantes
profiteroles calientifríos– en los que la abuela no dejaba inmiscuirse a nadie.
Siempre tan pulcra entre grasas y humos, ceñida por su mandil de cuadros
blancos y rosas –para los domingos se ponía otro de piqué azul, con
aplicaciones de flores blancas de guipur–, ya se dedicaba desde muy temprano a
picar verduras y mazar condimentos, a deshuesar frutas y tajar carnes, a
caramelizar moldes y ligar salsas, a preparar sofritos y ponderar hierbas, en
un sosegado trajín de cacerolas y marmitas, de sartenes y pucheros, de
escurridores y mangas de pastelero, de molinillos y ralladores, de morteros y
batidores, de cuencos, tombatruitas y ensaladeras.
Sabía hacer jabón con sosa y grasas viejas, ligar el
alioli sólo con el mazo del mortero; elevar montañas de espuma de una clara de
huevo. Y además era bella, hermosa como ninguna mujer que yo conociese.
Pero de esto último no me di cuenta hasta el día de la
foto. Y quede claro que no son recuerdos de infancia: a la abuela María la
conocí siendo ella ya vieja, y yo casi tenía treinta años.
Creo que fue una mañana de verano mientras, en el
primer sol de la terraza, sentada en su mecedora de cretonas, la abuela
deshuesaba ciruelas pasas para un plato de fiesta. La sorprendí así, como era
ella, sentada apaciblemente, en incesante actividad, en su entorno de flores y
baldosas rojas. Cuando revelé aquel carrete de fotos había pasado mucho tiempo,
yo estaba ya en la ciudad y lejos del pueblo montañoso y de la casita de los
azulejos blancos y las baldosas brillantes, y ni siquiera recordaba haberle
hecho ese retrato.
Y sin embargo ella estaba allí, y me miraba con el
gesto pícaro de quien, pese a todas las precauciones por mí tomadas, no había
sido sorprendida: sabía que yo disparaba la foto y había en sus ojos, en su
boca, en las arruguitas de las sienes y de las comisuras de los labios un
rictus irónico y pilluelo. Su pelo de nácar era casi de un azul untuoso, bajo
ese primer sol de la mañana, los ojitos azules casi parecían negros de tan
vivos, la oreja pulcra se recortaba sobre el cuello de manteca apenas surcado
por una arruga, el escote en pico de su traje de lunares azules y amarillos se
abría coquetón sobre un busto de ochenta años sorprendentemente firme,
reposaban sobre los brazos de la mecedora los brazos de la mujer fuerte, y
tenía el gesto enérgico y dulce de quien ha hecho frente a muchas cosas y la
mayor parte de ellas despiadadas y terribles, la sonrisa burlona de quien sabe
que peor las hemos pasado y hemos salido adelante. Y las
enternecedoras manos, blanquísimas, de limpias y
recortadas uñas, bellas y deformadas por la artrosis; una artrosis que en ellas
no parecía una enfermedad ni un defecto, sino la consecuencia de una evolución
de la Naturaleza: las falanges torcidas y las articulaciones hinchadas que
podría tener un árbol añoso si tuviera manos blancas. Al fondo, florecía una
mata de alegrías coloradas y jugaba el gato.
Desde aquel día me gustó imaginar lo hermosa que debía
haber sido la abuela María de joven. Porque a una vejez tan dorada y bella, tan
pulcra y perfecta, tan vivaz y venerable, sólo podía haber precedido una
madurez espléndida, una juventud de belleza fascinante. ¿Cómo sería ella de
niña, cuando con trenzas y bata de rayas arrastraba su cabás hacia la cercana
escuela del pueblo? Me gustaba imaginármela como una deliciosa preadolescente
de rodillas bruñidas y cuello muy planchado, con una trenza gruesa y pesada
como una soga, una trenza de azabache que era la envidia de las niñas del
pueblo. O, ya púber, almidonada y un poco rígida en su primer traje de mujer:
la chica de fascinantes rasgos que no parece advertir su belleza y a quien
todos los mozos miran sin atreverse a sacarla a bailar, tan aterradoramente
bella les parece. Y luego de mujer casada, una radiante madre joven que pasea
en los brazos a su hijo de meses, orgullosa de él y
creyendo en su ceguera que es al niño a quien todas
las miradas se dirigen. Y de mujer madura y fuerte, enfrentándose al trabajo
duro de una recién viuda en aquellos tiempos que los viejos de hoy, cuando
recuerdan, llaman aún «los tiempos dificiles» y a veces «los tiempos del
hambre». No podía haber sido de otra manera.
Y de ahí mi deseo y luego mi anhelo y luego mi
impaciencia, y luego mi obsesión por ver una foto de la abuela María cuando era
joven. Porque deseaba ver de una vez lo que debía haber sido una belleza sin
igual, sin comparación alguna con la de ninguna otra mujer que yo hubiese visto
nunca. Porque una vejez tan dorada y hermosa sólo podía ser la decadencia de
una belleza espléndida e incomparable.
Por desgracia, la abuela María parecía no haberse
hecho nunca en su vida una fotografía. Y ni preguntando a mi madre, ni a ella
misma, ni revolviendo olvidados cajones o rebuscando en viejos álbumes de fotos
de familia logré dar con una sola fotografía de su juventud. Parecía como si el
tiempo y sus protagonistas, con una especie de extraño pudor, hubiesen hecho lo
posible por ocultar aquella imagen magnífica.
Me costó años y muchos ruegos que me dejase ver la
única foto que se conservaba de sus tiempos jóvenes: la del día de su boda.
Consintió en enseñármela una tarde de otoño ya un poco fría en que yo le había
rogado mucho. La sacó de una carpeta de cartulina crema con cantos dorados, de
entre dos hojitas de papel de seda finas como un soplo. Me preparé para ver lo
que yo había imaginado como una belleza fascinante y deslumbradora.
Desde la foto en tonos sepia, entre una columna
salomónica truncada y un buquet de flores de trapo, bajo un celaje digno de una
aparición angélica, me miraba una pareja pueblerina: él empaquetado en su traje
rígido, sentado en silla curul, con los zapatos demasiado embetunados y las
manos toscas de quien trabaja en el campo; y ella en pie, no menos tosca e
insulsa, una cara inexpresiva de ojos claros y cabello oscuro, de óvalo
convencional y un poco burdo, dejando reposar sosamente sobre los hombros del
varón sentado unas manos tan anodinas que no denotaban expresión alguna; unas
manos que, por no decir, no decían ni del trabajo ni del regalo: podían ser las
manos de cualquiera. Y eso era todo: una muchacha de pueblo con su vestido de
boda pobre, con un rostro de muñeca de china, con un cuerpo menudo como hay
millares, con una mirada en que ninguna luz se reflejaba. La dorada vejez de la
abuela María no era, pues, producto de la decadencia de una hermosa juventud:
su belleza se había forjado a lo largo de los años, como la belleza de algunos
árboles, de algunas rocas, de algunos edificios nobles dignificados por las
lluvias y los vientos que pulieron sus piedras.
"Y no tengais miedo de la mala cosa" Narrarse la vida.
Hace muchos años, en uno de mis primeros viajes a Buenos Aires, la escuché narrar. Era como para quedarse asombrada, tantas historias, tantos tonos de voz, tan bellas palabras. Y ahora la escucho y veo en este TED y consigue dejarme otra vez llena de asombro.
"Las moscas". Augusto Monterroso y otros autores
Inspirados por Augusto Monterroso, el escritor guatemalteco, hicimos en la clase pasada de ABRA, antes de las fiestas, el tema de Las moscas. Acá algunos de los textos que vimos.
"Las moscas". Augusto Monterroso
Hay tres temas: el amor, la muerte y las moscas. Desde que el hombre existe, ese sentimiento, ese temor, esas presencias lo han acompañado siempre. Traten otros los dos primeros. Yo me ocupo de las moscas, que son mejores que los hombres, pero no que las mujeres. Hace años tuve la idea de reunir una antología universal de la mosca. La sigo teniendo. Sin embargo, pronto me di cuenta de que era una empresa prácticamente infinita. La mosca invade todas las literaturas y, claro, donde uno pone el ojo encuentra la mosca. No hay verdadero escritor que en su oportunidad no le haya dedicado un poema, una página, un párrafo, una línea; y si eres escritor y no lo has hecho te aconsejo que sigas mi ejemplo y corras a hacerlo; las moscas son Euménides, Erinias; son castigadoras. Son las vengadoras de no sabemos qué; pero tú sabes que alguna vez te han perseguido y, en cuanto lo sabes, que te perseguirán para siempre. Ellas vigilan. Son las vicarias de alguien innombrable, buenísimo o maligno. Te exigen. Te siguen. Te observan. Cuando finalmente mueras es probable, y triste, que baste una mosca para llevar quién puede decir a dónde tu pobre alma distraída. Las moscas transportan, heredándose infinitamente la carga, las almas de nuestros muertos, de nuestros antepasados, que así continúan cerca de nosotros, acompañándonos, empeñados en protegernos. Nuestras pequeñas almas transmigran a través de ellas y ellas acumulan sabiduría y conocen todo lo que nosotros no nos atrevemos a conocer. Quizá el último transmisor de nuestra torpe cultura occidental sea el cuerpo de esa mosca, que ha venido reproduciéndose sin enriquecerse a lo largo de los siglos. Y, bien mirada, creo que dijo Milla (autor que por supuesto desconoces pero que gracias a haberse ocupado de la mosca oyes mencionar hoy por primera vez), la mosca no es tan fea como a primera vista parece. Pero es que a primera vista no parece fea, precisamente porque nadie ha visto nunca una mosca a primera vista. A nadie se le ha ocurrido preguntarse si la mosca fue antes o después. En el principio fue la mosca. (Era casi imposible que no apareciera aquí eso de que en el principio fue la mosca o cualquier otra cosa. De esas frases vivimos. Frases mosca que, como los dolores mosca, no significan nada. Las frases perseguidoras de que están llenas nuestros libros.) Olvídalo. Es más fácil que una mosca se pare en la nariz del papa que el papa se pare en la nariz de una mosca. El papa, o el rey o el presidente (el presidente de la república, claro; el presidente de una compañía financiera o comercial o de productos equis es por lo general tan necio que se considera superior a ellas) son incapaces de llamar a su guardia suiza o a su guardia real o a sus guardias presidenciales para exterminar una mosca. Al contrario, son tolerantes y, cuando más, se rascan la nariz. Saben. Y saben que también la mosca sabe y los vigila; saben que lo que en realidad tenemos son moscas de la guarda que nos cuidan a toda hora de caer en pecados auténticos, grandes, para los cuales se necesitan ángeles de la guarda de verdad que de pronto se descuiden y se vuelvan cómplices, como el ángel de la guarda de Hitler, o como el de Jonhson. Pero no hay que hacer caso. Vuelve a las narices. La mosca que se posó en la tuya es descendiente directa de la que se paró en la de Cleopatra. Y una vez más caes en las alusiones retóricas prefabricadas que todo el mundo ha hecho antes. Pues a pesar tuyo haces literatura. La mosca quiere que la envuelvas en esa atmósfera de reyes, papas y emperadores. Y lo logra. Te domina. No puedes hablar de ella sin sentirte inclinado hacia la grandeza. Oh, Melville, tenías que recorrer los mares para instalar al fin esa gran ballena blanca sobre tu escritorio de Pittsfield, Massachussetts, sin darte cuenta de que el Mal revoleteaba desde mucho antes alrededor de tu helado de fresa en las calurosas tardes de niñez y, pasados los años, sobre ti mismo en el crepúsculo te arrancabas uno que otro pelo de la barba dorada leyendo a Cervantes y puliendo tu estilo; y no necesariamente en aquella enormidad informe de huesos y esperma incapaz de hacer mal alguno sino a quien interrumpiera su siesta, como el loquito Ahab, ¿Y Poe y su cuervo? Ridículo. Tú mira la mosca. Observa. Piensa.
Augusto Monterroso
ELOGIO DE LA MOSCA, por Luciano de Samosata
"El elogio de la mosca" fue una de las lecturas favoritas de Salvador Dalí.
1.- La mosca no es el más diminuto de los seres alados, si se la compara con los mosquitos y con otros insectos más livianos; supera a estos en tamaño, pero no alcanza el de la abeja. No tiene, como los demás habitantes del espacio, el cuerpo cubierto de plumas, las más largas de las cuales sirven para volar; pero sus alas parecidas a la de los saltamontes, las cigarras y las abejas, están formadas por una membrana cuya delicadeza excede tanto la de otros insectos como un tejido de Grecia. Va adornada de matices como los pavos reales, si se la observa con atención, en el momento en que, desplegándose al sol, se dispone a volar.
2.- Su vuelo no es, como el de los murciélagos, un batir de alas interrumpido, ni un salto como el del saltamontes; no hace oír un sonido estridente como la avispa, sino que planea con gracia en la zona del espacio a la que puede elevarse.
Tiene todavía otra ventaja; la de que no permanece en silencio, sino que canta mientras vuela, sin producir de todos modos el ruido insoportable de los moscardones y mosquitos, ni el zumbido de la abeja, ni el temblor terrible de la avispa: ella les aventaja a todos en dulzura, del mismo modo que la flauta posee acentos más melodiosos que la trompeta y los tambores.
3.- Por lo que se refiere al cuerpo, su cabeza se haya adherida al cuello por una sujeción extraordinariamente tenue; se mueve en todas direcciones con facilidad y no permanece quieta como el saltamontes; sus ojos son saltones, sólidos, y se parecen mucho a antenas; su pecho está bien encajado, y los pies se adhieren, sin quedar pegados como el de la avispa.
Su vientre está fuertemente protegido, y parece una coraza con sus franjas y sus escamas. No se defiende de sus enemigos con su trasero, como la avispa y la abeja, sino con la boca y la trompa, de la que está armada, como los elefantes, y de la que se vale para agarrar los alimentos, coger los objetos, a los que se adhiere por medio de un cotiledón colocado en su extremo. Le sobresale un diente con el que aguijonea y bebe la sangre. También bebe leche, pero prefiere la sangre, y su punzada no causa mucho dolor. Tiene seis patas, pero camina sólo con cuatro; las dos delanteras le sirven de manos. Se la ve pues andar con cuatro patas, sosteniendo en sus manos algún alimento que mantiene en el aire de un modo muy humano, absolutamente como nosotros.
4.- No nace tal como la vemos: es al principio un gusano que se reproduce en el cadáver de un hombre o de un animal; pronto se le forman los pies, y le crecen las alas, de reptil se convierte en pájaro; después, fecunda a su vez, produce un gusano destinado a ser más tarde una mosca. Se nutre con los hombres, es su comensal y su invitada, y gusta de todos los alimentos excepto del aceite: beberlo representa para ella la muerte. Por rápido que sea su destino, pues su vida se haya limitada a un corto intervalo, está a gusto a la luz del sol y vagabundea por ahí de día. Por la noche, descansa en paz, no vuela ni canta sino que permanece acurrucada y sin movimiento.
5.- La mosca tiene tal fortaleza, que hiere todo lo que muerde. Su mordedura no sólo penetra la piel del hombre, sino que también la del caballo y la del buey. Atormenta al elefante, introduciéndose en sus pliegues, y lo hiere con su trompa en la medida que el espesor de su piel se lo permite. En sus amores y su himeneo, goza de la más completa libertad; el macho como el gallo, no se apea tan pronto como se ha sabido, y cabalga durante tanto tiempo a la hembra, que esta lleva a su esposo en la espalda y vuela así con él, sin que nada perturbe su unión aérea. Si se le corta la cabeza, el resto del cuerpo sigue vivo y respira aún por mucho tiempo.
6.- Pero el don más precioso con la que la ha engalanado la naturaleza es el del que voy a hablar ahora; me parece que Platón ha observado este hecho en su libro sobre la inmortalidad del alma. Cuando la mosca ha muerto, si se le echa un poco de ceniza, resucita al instante, como si renaciera, y recomienza una segunda vida. Lo cual debería servir para que todo el mundo estuviera convencido de que el alma de las moscas es inmortal, y de que, si ella se aleja de su cuerpo por algunos instantes, regresa poco después, lo reconoce, lo reanima y lo hace reemprender el vuelo. En fin, convierte en verosímil la fábula de Hemotimus de Clazomena, que decía que a menudo su alma le abandonaba, y viajaba sola, para regresar enseguida, reingresando en su cuerpo y resucitando a Hermotimus.
7.- Hay una especie singular de moscas grandes, que acostumbran a llamarse moscas de cuartel o moscardones: dejan oír un zumbido muy pronunciado; su vuelo es rapidísimo; disfrutan de larga vida y pasan el invierno sin ingerir alimentos, escondidas de preferencia en los artesonados. Lo más extraordinario es que realizan por turnos las funciones de macho y de hembra, montando a la otra tras haber sido montada, y reuniendo, como el hijo de Mercurio y Afrodita, doble sexo y doble belleza. Podría añadir muchas anécdotas a este elogio, pero me detengo, temeroso de parecer, como dice el refrán, que quiero hacer de una mosca un elefante.

1.- La mosca no es el más diminuto de los seres alados, si se la compara con los mosquitos y con otros insectos más livianos; supera a estos en tamaño, pero no alcanza el de la abeja. No tiene, como los demás habitantes del espacio, el cuerpo cubierto de plumas, las más largas de las cuales sirven para volar; pero sus alas parecidas a la de los saltamontes, las cigarras y las abejas, están formadas por una membrana cuya delicadeza excede tanto la de otros insectos como un tejido de Grecia. Va adornada de matices como los pavos reales, si se la observa con atención, en el momento en que, desplegándose al sol, se dispone a volar.
2.- Su vuelo no es, como el de los murciélagos, un batir de alas interrumpido, ni un salto como el del saltamontes; no hace oír un sonido estridente como la avispa, sino que planea con gracia en la zona del espacio a la que puede elevarse.
Tiene todavía otra ventaja; la de que no permanece en silencio, sino que canta mientras vuela, sin producir de todos modos el ruido insoportable de los moscardones y mosquitos, ni el zumbido de la abeja, ni el temblor terrible de la avispa: ella les aventaja a todos en dulzura, del mismo modo que la flauta posee acentos más melodiosos que la trompeta y los tambores.
3.- Por lo que se refiere al cuerpo, su cabeza se haya adherida al cuello por una sujeción extraordinariamente tenue; se mueve en todas direcciones con facilidad y no permanece quieta como el saltamontes; sus ojos son saltones, sólidos, y se parecen mucho a antenas; su pecho está bien encajado, y los pies se adhieren, sin quedar pegados como el de la avispa.
Su vientre está fuertemente protegido, y parece una coraza con sus franjas y sus escamas. No se defiende de sus enemigos con su trasero, como la avispa y la abeja, sino con la boca y la trompa, de la que está armada, como los elefantes, y de la que se vale para agarrar los alimentos, coger los objetos, a los que se adhiere por medio de un cotiledón colocado en su extremo. Le sobresale un diente con el que aguijonea y bebe la sangre. También bebe leche, pero prefiere la sangre, y su punzada no causa mucho dolor. Tiene seis patas, pero camina sólo con cuatro; las dos delanteras le sirven de manos. Se la ve pues andar con cuatro patas, sosteniendo en sus manos algún alimento que mantiene en el aire de un modo muy humano, absolutamente como nosotros.
4.- No nace tal como la vemos: es al principio un gusano que se reproduce en el cadáver de un hombre o de un animal; pronto se le forman los pies, y le crecen las alas, de reptil se convierte en pájaro; después, fecunda a su vez, produce un gusano destinado a ser más tarde una mosca. Se nutre con los hombres, es su comensal y su invitada, y gusta de todos los alimentos excepto del aceite: beberlo representa para ella la muerte. Por rápido que sea su destino, pues su vida se haya limitada a un corto intervalo, está a gusto a la luz del sol y vagabundea por ahí de día. Por la noche, descansa en paz, no vuela ni canta sino que permanece acurrucada y sin movimiento.
5.- La mosca tiene tal fortaleza, que hiere todo lo que muerde. Su mordedura no sólo penetra la piel del hombre, sino que también la del caballo y la del buey. Atormenta al elefante, introduciéndose en sus pliegues, y lo hiere con su trompa en la medida que el espesor de su piel se lo permite. En sus amores y su himeneo, goza de la más completa libertad; el macho como el gallo, no se apea tan pronto como se ha sabido, y cabalga durante tanto tiempo a la hembra, que esta lleva a su esposo en la espalda y vuela así con él, sin que nada perturbe su unión aérea. Si se le corta la cabeza, el resto del cuerpo sigue vivo y respira aún por mucho tiempo.
6.- Pero el don más precioso con la que la ha engalanado la naturaleza es el del que voy a hablar ahora; me parece que Platón ha observado este hecho en su libro sobre la inmortalidad del alma. Cuando la mosca ha muerto, si se le echa un poco de ceniza, resucita al instante, como si renaciera, y recomienza una segunda vida. Lo cual debería servir para que todo el mundo estuviera convencido de que el alma de las moscas es inmortal, y de que, si ella se aleja de su cuerpo por algunos instantes, regresa poco después, lo reconoce, lo reanima y lo hace reemprender el vuelo. En fin, convierte en verosímil la fábula de Hemotimus de Clazomena, que decía que a menudo su alma le abandonaba, y viajaba sola, para regresar enseguida, reingresando en su cuerpo y resucitando a Hermotimus.
7.- Hay una especie singular de moscas grandes, que acostumbran a llamarse moscas de cuartel o moscardones: dejan oír un zumbido muy pronunciado; su vuelo es rapidísimo; disfrutan de larga vida y pasan el invierno sin ingerir alimentos, escondidas de preferencia en los artesonados. Lo más extraordinario es que realizan por turnos las funciones de macho y de hembra, montando a la otra tras haber sido montada, y reuniendo, como el hijo de Mercurio y Afrodita, doble sexo y doble belleza. Podría añadir muchas anécdotas a este elogio, pero me detengo, temeroso de parecer, como dice el refrán, que quiero hacer de una mosca un elefante.

¿Quien es el Sr. Schmitt? Muy buen teatro en Bs As.
Fue la primera obra que vimos en este viaje. Qué argumento original e inteligente. Muy buenas actuaciones, una comedia muy entretenida.
Le Prenom Muy buena obra de teatro en Buenos Aires
Muy divertida. Muy buenos actores, inteligente argumento, delicioso reír.
El jardín de los cerezos de Chejov en Buenos Aires
Ir al teatro San Martín parte del Complejo Teatral de Buenos Aires es casi obligatorio, aunque suena tan mal esa palabra, siempre encontraremos bueno teatro, excelentes actores.
El teatro es la suma de varias artes. La literatura, la actuación, la escenografía y el vestuario, ( artes visuales) la danza, la música. Lo mantiene el Ministerio de Cultura de la ciudad de Buenos Aires y las entradas son muy accesibles. En este complejo teatral encontramos ballet, teatro para grandes y chicos. Títeres, cine, talleres, exposiciones ( Esta vez vimos fotografías hechas a Charly García).
´Fue un placer asistir a El jardín de los cerezos, excelentes actuaciones, magnífica escenografía, iluminación, vestuario.
Dice el filósofo alemán Rüdiger Safranski
“La literatura es una manera de pensar menos reglamentada que las demás disciplinas, por eso tiene una relación muy estrecha con los abismos del ser humano. Hay que leer a Baudelaire para poder llegar a una confrontación adecuada con el fenómeno del mal. En la literatura vamos a encontrar una iluminación más intensa de los abismos del ser humano, porque la filosofía tal vez sea demasiado racional como para abordar totalmente el mal.”
Safranski recordó que Kant no concebía que el ser humano hiciera el mal por el mal: la crueldad, la destrucción y todo lo que relacionamos con el mal, pero se trata de entender bien que dentro del ser humano existe la posibilidad de hacer el mal.
Un ser humano es una parte del todo que llamamos “universo”, una parte limitada en el espacio y el tiempo. Se experimenta a sí mismo, con sus pensamientos y sentimientos, como algo separado de todo lo demás, lo cual constituye una ilusión óptica de su conciencia. Esta ilusión es para nosotros una suerte de prisión, que limita nuestras aspiraciones o inclinaciones a unas pocas personas cercanas a nosotros. Es tarea nuestra liberarnos de esta prisión.
Lo mejor de Gershwin
George Gershwin (Brooklyn, Nueva York, 26 de septiembre de 1898 - Beverly Hills, California, 11 de julio de 1937), con nombre de nacimiento Jacob Gershovitz, fue un compositor estadounidense.
Hijo de una familia de inmigrantes rusos de origen judío, su talento para la música se manifestó a temprana edad, cuando, mediante un voluntarioso aprendizaje autodidacta, aprendió a tocar el piano. Ante su entusiasmo, su padre decidió hacerle estudiar con un profesor, Charles Hambitzer, quien le descubrió el mundo sonoro de compositores como Franz Liszt, Frédéric Chopin o Claude Debussy. Los referentes de Gershwin en aquellos primeros años fueron Irving Berlin y Jerome Kern, compositores de Broadway de la época. Su gran sueño era el de triunfar como compositor en las salas de concierto, aunque latente entonces, no tomaría forma hasta años más tarde.1 ( De Wikipedia)
Leonard Cohen "A Thousand Kisses Deep"
Siempre es una felicidad escuchar a Leonard Cohen, el trovador canadiense.
martes, 22 de julio de 2014
Bajo otros escombros y Las criadas. Dos cuentos de Augusto Monterroso
Leer dos o tres cuentos semanales de un autor durante un número largo de años es un aprendizaje muy interesante acerca del comportamiento de los seres humanos, de sus sueños, sus estrategias de supervivencia, de sus encuentros y desencuentros. Esta semana en nuestro taller de lectura ABRA acá en La Molina escogimos leer al escritor guatemalteco Augusto Monterroso. Fascinante su sentido del humor, su agudeza mental, su reírse hasta de sí mismo.


Bajo otros escombros:
Vemos a ese hombre que se pasea agitado ante la puerta del hotel de paso en la calle París de Santiago de Chile, y que vigila. Sospecha. Durante los últimos días no ha hecho otra cosa que sospechar. Lo ha visto a los ojos ha sospechado. Ha notado que su mujer le sonríe en forma demasiado natural, que todo le parece correcto o no, y que ya no le discute tanto como antes, y ha sospechado. Cualquiera lo haría. Estas situaciones son así. De pronto sientes en la atmósfera algo raro, y sospechas. Los pañuelos que regalaste empiezan a ser importantes, y siempre falta uno y nadie sabe en dónde está. Entonces este caballero, armándose de valor ha ido al hotel. Al fin se ha decidido a acabar con sus dudas, a ser lo bastante hombrecito para aguardar a verlos salir y atraparlos, furtivos y seguramente practicando ese gesto de despreocupación que adopta el temor a ser sorprendido. Y ahora, mientras espera, ha cruzado quién sabe cuántas veces el amplio portón abierto, para aquí, para allá, le molesta saber que a ratos ya casi sin rencor, mecánicamente.
Bueno, quizá ustedes hayan pasado algún día por esto y yo esté cometiendo una indiscreción al recordárselo, o al traerles a la memoria una cosa ya suficientemente enterrada bajo otros escombros, bajo otras ilusiones, otras películas, otros hechos, mejores o peores, que han ido borrando aquello que en un momento dado les pareció como el fin del mundo y que hoy, lo saben bien, recuerdan hasta con una sonrisa. O se ha apoyado en la pared azul opuesta.
Este individuo era un hombre alto, medio canoso, bien parecido, de unos cuarenta años, no importa. Estábamos en verano, iba vestido de lino y transpiraba. Nosotros lo observábamos desde la ventana de un segundo piso de la casa de enfrente. Resultaba divertido fisgar desde allí la llegada de las parejas. Señores viejos con jovencitas. Jovencitos con señoras viejas. Jovencitos con jovencitas. Nunca señores viejos con señoras viejas, por qué será. Hombres maduros con mujeres maduras, tranquilos. Hombres experimentados con especies de criaditas francamente asustadas. Hombres liberados con mujeres liberadas que entraban riéndose abiertamente, felices, qué envidia. A veces nos pasábamos toda una tarde de domingo Enrique, Roberto, Antonio y yo, viéndolos acercarse desde las calles laterales y entrar. O no entrar. Apostábamos. Éstos entran. Éstos no entran. Uno perdía, o ganaba, pues los que parecía que iban a entrar, y a los cuales uno les apostaba, pasaban de largo, para regresar y entrar después de diez pasos en que se suponía que la virtud iba a obtener una de sus más sensacionales victorias, y era felizmente derrotada.
Pero volviendo a este hombre, cómo nos apenó. Este hombre sufría. Atisbaba nerviosa la salida falsamente confiada de cada pareja, temeroso de que fuera la que él esperaba y de que en un descuido se le escaparan, confundí dos con las primeras sombras, como se decía antes, del crepúsculo. Véanlo ahora cómo estira el cuello, cómo se empina, cómo se inquieta cuando alguien sale y cómo se agita cuando alguien se atraviesa en el momento en que alguien sale. Va a esta esquina, a la otra, para volver rápidamente, excitado. Quizá crea que en ese segundo ellos han logrado escapar. Es una cosa tremenda. El hombre nos comienza a dar lástima.
Si esto no hubiera sido nuestro acostumbrado juego no habríamos tenido la paciencia de seguirlo desde esa cómoda ventana durante más de dos horas (porque ya son las siete) sin ningún interés real en lo que sucedía adentro. Pero a él sí le interesa lo que sucede adentro e imagina y sufre y se tortura y se propone sangrientos actos de venganza ante la idea de los cuales se detiene y tiembla sin que él mismo pueda decir si de coraje o de miedo, aunque en el fondo sepa que es de coraje.
Y tú con tus amigos desde tu confortable mirador acechas y sufres y no estás seguro de lo que en este instante esté pasando con tu propia mujer y quizá por esto te inquiete tanto ese hombre que podría ser tú y podría ser ustedes, mientras el crepúsculo que apareció más arriba se vuelve decididamente noche y los empleados que anhelan regresar, nadie sabe por qué a sus casas, aumentan y corren laboriosos tras los autobuses y los tranvías que pasan allí cerca repletos hasta que por fin, de pronto, descubren en él una agitación mucho más intensa, un nerviosismo, una angustia y comprenden que el esperado momento supremo ha llegado y vuelven rápidamente la mirada a la puerta del hotel y ven que los amantes salen y que se han dado cuenta de lo que ocurre, es decir, de que él está allí, y que simulando calma aprietan el paso mirando para atrás con la imaginación, y apresurándose. Y agarrados del brazo dan vuelta en la esquina de San Francisco y ustedes bajan rápido de su mirador para no perderse lo que suceda y todavía encuentran al hombre en la avenida O'Higgins y lo hallan demudado, mirando para un lado y para otro, apartando bruscamente a la gente, dándose vuelta, girando sobre su eje, buscando, viendo para acá, para allá, ansioso, desconcertado; pero ahora sí seguro de que mañana, o el próximo sábado, o el lunes, o cuando sea, tendrá oportunidad de vigilar de manera menos distraída, menos torpe que esta tarde en que a lo mejor no eran ellos.
Las criadas:
Amo a las sirvientas por irreales, porque se van, porque no les gusta obedecer, porque encarnan los últimos vestigios del trabajo libre y la contratación voluntaria y no tienen seguro ni prestaciones ni (sic); porque como fantasmas de una raza extinguida llegan, se meten a las casas, husmean, escarban, se asoman a los abismos de nuestros mezquinos secretos leyendo en los restos de las tazas de café o de las copas de vino, en las colillas, o sencillamente introduciendo sus miradas furtivas y sus ávidas manos en los armarios, debajo de las almohadas, o recogiendo los pedacitos de los papeles rotos y el eco de nuestros pleitos, en tanto sacuden y barren nuestras porfiadas miserias y las sobras de nuestros odios cuando se quedan solas toda la mañana cantando triunfalmente; porque son recibidas como anunciaciones en el momento en que aparecen con su caja de Nescafé o de Kellog’s llena de ropa y de peines y de mínimos espejos cubiertos todavía con el polvo de la última irrealidad en que se movieron; porque entonces a todo dicen que sí y parece que ya nunca nos faltará su mano protectora; porque finalmente deciden marcharse como vinieron pero con un conocimiento más profundo de los seres humanos, de la comprensión y la solidaridad; porque son los últimos representantes del Mal y porque nuestras señoras no saben qué hacer sin el Mal y se aferran a él y le ruegan que por favor no abandone esta tierra; porque son los únicos seres que nos vengan de los agravios de estas mismas señoras yéndose simplemente, recogiendo otra vez sus ropas de colores, sus cosas, sus frascos de crema de tercera clase ocupados ahora con crema de primera, ahora un poquito sucia, fruto de sus inhábiles hurtos. Me voy, les dicen vigorosamente llenando una vez más sus cajas de cartón. Pero por qué. Porque sí (¡oh libertad inefable!) Y allá van, ángeles malignos, en busca de nuevas aventuras, de una nueva casa, de un nuevo catre, de un nuevo lavadero, de una nueva señora que no pueda vivir sin ellas y las ame; planeando una nueva vida, negándose al agradecimiento por lo bien que las trataron cuando se enfermaron y les dieron amorosamente su aspirina por temor de que al otro día no pudieran lavar los platos, que es lo que en verdad cansa, hacer la comida no cansa. Amo verlas llegar, llamar, sonreír, entrar, decir que sí; pero no, siempre resistiéndose a encontrar a su Mary Poppins-Señora que les resuelva todos los problemas, los de sus papás, los de sus hermanos menores y mayores, entre los cuales uno las violó en su oportunidad; que por las noches les enseñe en la cama a cantar do-re-mi, do-re-mi hasta que se queden dormidas con el pensamiento puesto dulcemente en los platos de mañana sumergidos en una nueva ola de espuma de detergente fab-sol-la-si, y les acaricie con ternura el cabello y se aleje sin hacer ruido, de puntillas, y apague la luz en el último momento antes de abandonar la recámara de contornos vagamente irreales.
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