domingo, 7 de diciembre de 2014

Poemas de Mark Strand, recientemente fallecido


   

Muere el poeta ganador del Pulitzer

  1. Mark Strand fue un poeta, ensayista y traductor estadounidense nacido en Canadá, poeta laureado por la Biblioteca del Congreso en 1990. Wikipedia
 
 
 

 
Traducción por Juan Sanchez-Pelaez
 
 
El barco fantasma

En las calles muy concurridas,
flota

como el viento es su
vago tonelaje.

Se desliza entre
el dolor de las barriadas pobres
y los lejanos campos.

Ahora con lentitud
cerca de un buey,

o junto a un molino ahora,
se mueve.

Pasa en la noche
como un sueño de muerte
que no podemos escuchar.

A escondidas
va
bajo las estrellas.

y los pasajeros y marinos
miran fijamente;

sus ojos
más blancos están que los huesos.

No giran a ningún lado ni se cierran.
 

Mancha lunar
a Donald Justice
El frente de la casa
de un azul pálido
se yergue ante mí
como un muro de hielo

y el solitario,
distante
aullar de un búho
me llega cercano.

Entrecierro los ojos.
En el oscuro,
fresco jardín
las flores se mueven
de acá para allá
como pequeños globos.

Los árboles solemnes
sepultados por una nube de hojas
parecen dormir profundamente.

Es ya tarde.
Me tiendo en la hierba,
prendo un cigarrillo,
y en completo reposo
me engaño diciéndome
que el final será también así.

La luz de la luna
cae sobre mi cuerpo.
La brisa
me rodea las muñecas.

Me dejo llevar.
Tiemblo.
Sé que pronto
vendrá el día
para borrar la mancha
blanca de la luna,

y que caminaré bajo el sol de la mañana
invisible
como todos.


Another Place
Otro lugar

Entro en la luz
que hay

no enceguece
ni es suficiente para vislumbrar
lo que ha de venir

sin embargo veo
el agua
el único bote
un hombre que está de pie

es alguien que no conozco
este es otro lugar
la luz que hay cubre como una red
la nada

lo que ha de venr
había sido
esto antes:

el espejo donde el dolor duerme
el país que nadie visita.


Mi hijo
(a la manera de Carlos Drummond de Andrade)
Mi hijo
mi único hijo
el que no tuve
sería ya un hombre.

Descarnado y sin nombre
se mueve
en el viento.
A veces

viene
y reclina su cabeza
más liviana que el aire
sobre mi hombro

y yo le pregunto,
Hijo,
¿dónde te hallas,
dónde te ocultas?

Y él me responde
con un hálito frío,
No lo advertías
aunque llamé

y llamé
y continúo llamando
desde un lugar
lejano,

más allá del amor,
donde nada,
todo,
quiere nacer.


 

Asado al caldero

Miro la carne
que está en rebanadas
sobre mi plato
y la voy cubriendo con
su propio jugo de zanahoria y cebolla.
Y por esta vez no me duele
el transcurrir del tiempo.

Sentado junto a una ventana
frente a
bloques de edificios
negros de hollín
no me preocupa no ver
ninguna cosa viviente,
ni un pájaro, ni un ramaje en flor,
ni un alma que se mueva
en las habitaciones
detrás de los cristales oscuros.
En estos tiempos
donde hay poco
que amar o alabar
no es quizás exagerado
rendirse al poder de los alimentos.

Así, bajo la cabeza
y aspiro
el aroma que se levanta
de mi plato, y pienso
en la primera vez que probé un asado
igual a éste.
Fue hace años
en Seabright,
Nova Scottia;
mi madre se inclinó
para llenarme el plato
y cuando terminé
lo llenó de nuevo.
Recuerdo aún el sabor de la salsa,
su olor a ajo y apio,
y que la chupaba con trozos de pan.

Ahora la pruebo de nuevo.
La carne de la memoria,
la carne que no se altera.
Alzo el tenedor
para comer.


 

El Colegio Continental de Belleza

Cuando el Colegio Continental de Belleza abrió sus puertas,
pudimos ver a la entrada muchos cuadros de viejos maestros,
y recorrimos salones con esculturas reclinadas
sobre los pisos de mármol.
Y nos sentimos conmovidos, pero no por mucho tiempo.
Más adelante llegamos a un patio que invadía la maleza.
Esto también nos conmovió, pero repentinamente
cabeceábamos de sueño.
El sol estaba saliendo,
una bruma violácea surgía del mar.
Los cerros de la costa se fueron poniendo rojos,
y a varias personas en la playa los alcanzó esa llamarada.
Algo nuevo ocurrió entonces: la llamarada cesó.
El sol continuaba su rumbo.
En los lagos tierra adentro brotaron destellos
durante el amanecer.
Desde las montañas bajaba una sombre fría y azulada
hasta el fondo de los valles,
y ciudades lejanas despertaron: esto era lo que esperábamos.
Cuán de prisa estuvo ante nosotros el mundo grande e inconcluso
cuando el Colegio Continental de Belleza abrió sus puertas.

 

El final

Mientras zarpa la nave y observa el muelle
ningún hombre conoce la canción que cantará al final
ni lo que pasará cuando esté atrapado, inmóvil, entre los rugidos
del océano sin posibilidad o esperanza de retorno, allá al final.

Cuando no haya más tiempo para podar las rosas
o acariciar el gato, y el crepúsculo que enciende el césped
y la luna llena que lo refresca no existan,
ningún hombre sabrá cómo reemplazarlos.

Cuando el peso del pasado se apoye en la nada
y el firmamento sea apenas una luz en el recuerdo
y las historias de cirrus y cúmulus lleguen a su término
y las aves permanezcan suspendidas en su vuelo,
ningún hombre sabe lo que le espera, o la canción que cantará
cuando la nave donde viaja entre a lo oscuro, allá al final.

 
 


 

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