El otro día una experta en bandas de música vernacular nos recomendó a "Los engreídos del Perú" y a "Los ases de Wayucachi", viéndolos en You tube, me encontré con este violinista que entrego a ustedes con mucha emoción.
Y acá tenemos un huaylarsh bailado por el PICAFLOR DE LOS ANDES HUANCAYO.
Desde Lima, un relámpago de azul-cielo o azul-mar en nuestra mente o en nuestro corazón que ansían la belleza. Cuentos, poesía, música, cine, reflexiones, teatro, viajes, fotografía, entrevistas, danza y más.
viernes, 16 de marzo de 2012
El encanto de Paracas
Una amiga querida nos invitaba hacía tiempo a pasar unos días en su casa de Paracas. Por una razón o por otra no podíamos ir, así que en esta oportunidad le dijimos que sí. Fuimos cinco amigas y pasamos unos días deliciosos en una linda casa frente a la bahía. Viajar entre amigas es algo muy especial, una oportunidad de conversar sin pausa, reír, hacer confidencias, compartir y con el ánimo que teníamos todo fue motivo de gozo y alegría. Nada, ningún obstáculo interrumpió nuestro deseo de pasarlo de maravillas. Paracas con la construcción de nuevos hoteles era uno de los lugares que deseaba visitar. Había ido de chica con mis padres y hasta el día de hoy saboreo los buffets de los domingos; el hotel de Paracas era uno de los lugares en donde mejor se comía, habían llegado chefs franceses y creado con nuestros pescados ( Corvinas y lenguados) y nuestras ricas frutas(chirimoyas y mangos) platos inolvidables. En una oportunidad mi hermano Javier se cayó a la piscina y mi papi, vestido y con zapatos y reloj puestos se tiró a la piscina a salvarlo. Jugábamos ping pong y disfrutábamos del pedalón. El hotel El Libertados ha conservado la misma estructura del antiguo hotel, el bar estaba en dónde estaba el bar, el comedor y el muelle, lo mismo, pero ahora todo es moderno, lujoso, los jardines preciosos con las mismas palmeras y los bungalows dispuestos como hace años. Hay un cuento de Alfredo Bryce Echenique que se llama "Con Jimmmy en Paracas" que describe el hotel.
Cuelgo acá algunas fotos del nuevo hotel.
Claro que lo más bonito de todo sigue siendo el mar y entonces tomé unas fotos justo cuando caía el sol:
Otro de los hoteles es el Hilton y ahí también pude tomar algunas fotos. Eran las seis de la tarde, las sombrillas estaban bajas, parecían unos personajes curiosos, y tomé esta foto que hasta a mí me impresionó de lo linda que salió.
Paseamos por el Chaco, un pequeño puerto del que se toman botes para ir a las Islas Ballestas a ver los lobos de mar. Me gustó ver pequeños restaurantes y hoteles con turistas, gente de todas partes del mundo que viene a conocer los diferentes lugares hermosos que tenemos en nuestro país. Hay un malecón con kioskos en donde venden coloridos recuerdos:
Para darnos un buen baño tuvimos que caminar por la orilla del mar. Ahí, tras ver una bandada de pájaros de pico rojo, encontramos un perro encantador, un fox terrier que nos persiguió y jugó con nosotros sin parar. Del mar salió un buzo que había recogido conchas que vendería en el puerto de San Andrés.
Me queda mucho por contar de estos días de Paracas, y varias fotos que ya colgaré en otro post, este árbol queda como símbolo de la belleza del lugar. Y por último el paisaje que teníamos frente a la casa.
jueves, 15 de marzo de 2012
Un gato y varios perros en mi camino
Cuelgo acá las fotos de un gato que encontré en el Chaco en Paracas, pequeño puerto desde donde se puede embarcar hacia las islas Ballestas a ver los lobos de mar. Estaba sobre la vereda descansando, le caía el sol y me pareció que sonreía. ¿Estaría soñando el gato? Más tarde en mi camino encontré un perro muy serio, tranquilo y relajado, un labrador blanco que ensimismado parecía meditar.
Una campana me hizo voltear el panadero anunciaba el pan y su fiel compañero lo acompañaba en su andar. Al día siguiente estábamos en el mar apareció un Fox terrier muy parecido a Tango, uno de mis perros amados, jugó conmigo sin parar y nos siguió hasta que llegamos a la casa. Mis amigas me dijeron que se había enamorado de mí y yo les dije que a lo mejor en un rato se convertiría en un príncipe muy buen mozo.
Una campana me hizo voltear el panadero anunciaba el pan y su fiel compañero lo acompañaba en su andar. Al día siguiente estábamos en el mar apareció un Fox terrier muy parecido a Tango, uno de mis perros amados, jugó conmigo sin parar y nos siguió hasta que llegamos a la casa. Mis amigas me dijeron que se había enamorado de mí y yo les dije que a lo mejor en un rato se convertiría en un príncipe muy buen mozo.
viernes, 9 de marzo de 2012
El famoso había una vez
El famoso "Había una vez", sirve de pie para inventar pequeños cuentos, ahora llamados Mini cuentos, parece magia, basta con tomar papel y lápiz y escribir como quien dibuja: Había una vez... y algo sale de nuestro interior que inicia el cuento. Hay quien dice que nuestra mano derecha está conectada con nuestro corazón, (claro que los zurdos deben dar un pequeño salto y también están conectados.) Esta fórmula: Había una vez, existe desde el origen de los tiempos y yo los invito a escribir comenzando con estas tres palabras, un cuento como los que yo he escrito a manera de ejemplo.
Había una vez una mariposa solitaria. Le había tocado vivir en el desierto sin flores ni lagos.
Entonces ella tuvo que inventar, sacando trocitos de sus alas, una flor y la flor inventó un lago con su sombra.
Había una vez una mujer que tenía dos caras una hacia delante la otra hacia atrás.
La gente la miraba extrañada pero ella estaba feliz. Porque podía ver los dos lados que siempre tienen las cosas.
Annie Lenox y el feminismo
El sexo es un recurso de 'marketing del diario EL País "Maruxa Ruiz Del Árbol
Annie Lennox habla del descrédito que vive el feminismo y se lamenta por vivir en un mundo cada vez más "sexualizado"
Annie Lennox es una mujer sólida y una artista consagrada cuya conversación va mucho más allá del mundo de los focos y los escenarios. “Me gusta que la gente entienda que yo soy una persona con puntos de vista, no solo una cantante”, dice. No es muy dada a las entrevistas y las pocas que concede están estrictamente acotadas por las exigencias de su agente, que insiste en que no haya ninguna pregunta privada.
Ahora esta escocesa de voz profunda hizo una excepción con el diario británico The Guardian porque quería hablar. Pero de feminismo. Este viernes, Lennox organiza y encabeza un cartel de un concierto de cantantes británicas para celebrar el Día Internacional de la Mujer bajo el paraguas de su organización feminista Equals. La lucha por la igualdad de la mujer no es la única causa por la que pelea, también ha hecho campaña contra las hambrunas en África y el sida.
Tiene 58 años. A los 24 escribió un himno feminista llamado Sister are doin´t for themselves (Las chicas lo hacen por sí mismas). El año pasado se dio cuenta en un concierto celebrado también por Equals hasta qué punto había llegado su éxito como cantante y como activista cuando cientos de mujeres, jóvenes y mayores entonaron su canción al unísono. “Creía que pensaban que yo era sólo una vieja, pero la cantaban desde el corazón”, explica la mitad del dúo de éxito de los ochenta, Eurythmics.
En la entrevista comenta que le molesta que el feminismo haya caído en descrédito. Siguiendo con sus experiencias frente al público, Lennox relata al diario otra vivencia que le hizo reflexionar sobre la falta de popularidad del movimiento. En 2010, cuando ganó el premio a la mujer Barclays del año y pidió a las mujeres que conformaban la audiencia que se levantaran si eran feministas.
Rihanna es una mujer joven que ha sido víctima de violencia doméstica y se podría convertir en una tremenda portavoz de este problema"
“La mitad se quedaron sentadas y me hizo pensar qué hay de malo en el concepto de feminismo o en la palabra feminista. No hay nada malo, es una gran palabra, pero quizá tenga algunas connotaciones negativas. Quizá la visión del movimiento como no inclusivo ha hecho daño", añade. Para ella el feminismo debería de ser un concepto abierto a los hombres y no solo. “No entiendo por qué la población gay no se une al carro del feminismo”, denuncia.
En los últimos tiempos su estética en el escenario suele ser sencilla: una camiseta y unos vaqueros. ¿Cuál es su opinión sobre el éxito de cantantes como Rihanna o Katy Perry que se suben al escenario ligeras de ropa? “La exhibición de nuestra sexualidad forma parte de nuestra naturaleza, pero creo que cuando se convierte en un cliché y es la única cosa que se utiliza para atraer la atención se vuelve algo demasiado reduccionista. Rihanna es una mujer joven que ha sido víctima de violencia doméstica y se podría convertir en una tremenda portavoz de este problema, pero es su elección. Es ella y nadie más quien ha de tomar esa decisión. Si lo hiciera sería un gesto jodidamente poderoso pero cada mujer lidia con ello a su propio modo”, asegura la cantante.
También reconoce que el mundo está “incluso más sexualizado” que en su juventud. “Pensaba que ya había llegado a su punto máximo cuando yo era joven pero el sexo se ha seguido explotando y explotando hasta que se ha convertido en un mero recurso de marketing”.
Estas enseñanzas sobre la objetización del cuerpo no parecen haber calado muy profundo en sus hijas, al menos en una de ellas, que se ha hecho modelo. “Uno tiene hijos pero no son de su propiedad. Ellos necesitan construir sus propias visiones de la vida. En mi opinión, mis hijas son muy conscientes de sí mismas pero no puedo hablar por ellas”, termina.
Celebrar a Gabriel García Márquez
Está de cumpleaños y hay que celebrarlo con mucho gusto. Acá un artículo del diario El país y luego el cuento completo al que hace referencia: Alguien desordena las rosas,un cuento en donde nos asomamos completamente a su mundo en donde se confunden los vivos con los muertos, los sueños con su realización y en donde el amor ocupa el centro del espacio.
El feliz cumpleaños de los lectores a García Márquez. Winston Manrique Sabogal
El perfume de las begonias al amanecer fue ahogado por el aguacero que empezó a caer sobre Aracataca el 7 de marzo de 1927; que luego se mezcló con las nueve campanadas de la iglesia y minutos más tarde con los gritos angustiados de unas mujeres que veían cómo el primogénito de Gabriel Eligio García y Luisa Santiaga Márquez acababa de nacer envuelto en el cordón umbilical que amenazaba su vida. Ellas hicieron lo que pudieron hasta que el llanto del niño eclipsó todos los sonidos y ruidos que lo habían recibido.
Ochenta y cinco años después, ese niño que aquella mañana dominical fue bautizado a las carreras como Gabriel García Márquez celebra hoy un cumpleaños rodeado del agradecimiento de millones de lectores en todo el mundo. Porque con él nacieron muchas cosas: habría de crear no solo un universo literario realmente único, sino que habría de ensanchar el territorio del lenguaje español en su forma de recorrerlo, su influencia literaria cambiar la manera de ver el mundo y contarlo y que ese mismo mundo volviera a mirar a la creación literaria en español.
Autor de títulos de piezas periodísticas, cuentos y novelas seductoras (desde su primer cuento La tercera resignación hasta sus memorias Vivir para contarla, pasando por El coronel no tiene quien le escriba o Cien años de soledad (cuya edición en libro electrónico ha salido hoy) o Crónica de una muerte anunciada o El ahogado más hermoso del mundo o La triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada o El otoño del patriarca o Del amor y otros demonios o El amor en los tiempos del cólera o La mala hora); de comienzos de libros memorables e inolvidables y de pasajes narrativos al servicio de historias fabulosas que condensan el mundo y su humanidad, Gabriel García Márquez recibirá hoy rosas amarillas, sus preferidas, pero yo propongo que sus lectores lo felicitemos eligiendo el comienzo de su libro que más nos guste.
La primera en unirse a este homenaje al premio Nobel colombiano ha sido Carmen Balcells, su gran amiga y agente literaria, desde Barcelona en el vídeo que acompaña este post. Ella ha elegido el cuento Muerte constante más allá del amor, escrito en 1970, y que empieza así:
"Al senador Onésimo Sánchez le faltaban seis meses y once días para morir cuando encontró a la mujer de su vida. La conoció en el Rosal del Virrey, un pueblecito ilusorio que de noche era una dársena furtiva para los buques de altura de los contrabandistas, y en cambio a pleno sol parecía el recodo más inútil del desierto, frente a un mar árido y sin rumbos, y tan apartado de todo que nadie hubiera sospechado que allí viviera alguien capaz de torcer el destino de nadie".
Me parece maravilloso ese comienzo, y el cuento en sí mismo, pero yo me inclino por el titulado Alguien desordena esta rosas, escrito en 1952, y que empieza así:
Alguien desordena estas rosas
Gabriel García Márquez
Como es domingo y ha dejado de llover, pienso llevar un ramo de rosas a mi tumba. Rosas rojas y blancas, de las que ella cultiva para hacer altares y coronas. La mañana estuvo entristecida por este invierno taciturno y sobrecogedor que me ha puesto a recordar la colina donde la gente del pueblo abandona sus muertos. Es un sitio pelado, sin árboles, barrido apenas por las migajas providenciales que regresan después de que el viento ha pasado. Ahora que dejó de llover y que el sol de mediodía debe haber endurecido el jabón de la cuesta, podría llegar hasta el túmulo en cuyo fondo reposa mi cuerpo de niño, ahora confundido, desmenuzado entre caracoles y raíces.
Ella está prosternada frente a sus santos. Permanece abstraída desde cuando dejé de moverme en la habitación, después de haber fracasado en el primer intento de llegar hasta el altar para coger las rosas más encendidas y frescas. Tal vez hoy hubiera podido hacerlo; pero la lamparita pestañeó, y ella, recobrada del éxtasis, levantó la cabeza y miró hacia el rincón donde está la silla. Debió pensar: «Es otra vez el viento», porque es verdad que algo crujió junto al altar y la habitación onduló un instante, como si hubiera sido removido el nivel de los recuerdos estancados en ella desde hace tanto tiempo. Entonces comprendí que debía aguardar una nueva ocasión para coger las rosas, porque ella continuaba despierta, mirando la silla, y habría podido sentir junto a su rostro el rumor de mis manos. Ahora debo esperar a que ella abandone la habitación, dentro de un momento, y vaya a la pieza vecina a dormir la siesta medida e invariable del domingo. Es posible que entonces pueda yo salir con las rosas para estar de regreso antes de que ella vuelva a esta habitación y se quede mirando la silla.
El domingo pasado fue más difícil. Tuve que esperar casi dos horas a que ella cayera en el éxtasis. Parecía intranquila, preocupada, como si la hubiera atormentado la certidumbre de que súbitamente su soledad en la casa se había vuelto menos intensa. Dio varias vueltas por el cuarto con el ramo de rosas, antes de abandonarlo en el altar. Luego salió al pasadizo, miró adentro y se dirigió a la pieza vecina. Yo sabía que estaba buscando la lámpara. Y después cuando volvió a pasar frente a la puerta y la vi en la claridad del corredor con el saquito oscuro y las medias rosadas, me pareció que era todavía igual a la niña que hace cuarenta años se inclinó sobre mi cama, en este mismo cuarto, y dijo: «Ahora que le han puesto los palillos, tiene los ojos abiertos y duros». Era igual, como si no hubiera transcurrido el tiempo desde aquella remota tarde de agosto en que las mujeres la trajeron al cuarto y le mostraron el cadáver y le dijeron: «Llora. Era como un hermano tuyo»; y ella se recostó contra la pared, llorando, obedeciendo, todavía ensopada por la lluvia.
Desde hace tres o cuatro domingos estoy tratando de llegar hasta las rosas, pero ella ha permanecido vigilante frente al altar; vigilando las rosas con una sobresaltada diligencia que no le había conocido en los veinte años que lleva de vivir en la casa. El domingo pasado, cuando salió a buscar la lámpara, logré componer un ramo con las mejores rosas. En ningún momento he estado más cerca de realizar mi deseo. Pero cuando me disponía a regresar a la silla oí de nuevo las pisadas en el pasadizo, ordené brevemente las rosas en el altar; y entonces la vi aparecer en el vano de la puerta con la lámpara en alto.
Tenía puesto el saquito oscuro y las medías rosadas, pero había en su rostro algo como la fosforescencia de una revelación. No parecía entonces la mujer que desde hace veinte años cultiva rosas en el huerto, sino la misma niña que en aquella tarde de agosto trajeron a la pieza vecina para que se cambiara de ropa y que regresaba ahora con una lámpara, gorda y envejecida, cuarenta años después.
Mis zapatos tienen todavía la dura costra de barro que se les formó aquella tarde, a pesar de que permanecieron secándose durante veinte años junto al fogón apagado. Un día fui a buscarlos. Esto fue después que clausuraron las puertas, descolgaron del umbral el pan y el ramo de sábila, y se llevaron los muebles. Todos los muebles, menos la silla del rincón que me ha servido para estar durante todo este tiempo. Yo sabía que los zapatos habían sido puestos a secar y que ni siquiera se acordaron de ellos cuando abandonaron la casa. Por eso fui a buscarlos.
Ella volvió muchos años después. Había transcurrido tanto tiempo, que el olor a almizcle del cuarto se había confundido con el olor del polvo, con el seco y minúsculo tufo de los insectos. Yo estaba solo en la casa, sentado en el rincón; esperando. Y había aprendido a distinguir el rumor de la madera en descomposición, el aleteo del aire volviéndose viejo en las alcobas cerradas. Entonces fue cuando ella vino. Se había parado en la puerta con una maleta en la mano, un sombrero verde y el mismo saquito de algodón que no se ha quitado desde entonces. Era todavía una muchacha. No había empezado a engordar ni los tobillos le abultaban bajo las medias, como ahora. Yo estaba cubierto de polvo y telaraña cuando ella abrió la puerta y en alguna parte de la habitación guardó silencio el grillo que había estado cantando durante veinte años. Pero a pesar de eso, a pesar de la telaraña y el polvo, del brusco arrepentimiento del grillo y de la nueva edad de la recién llegada, yo reconocí en ella a la niña que en aquella tormentosa tarde de agosto me acompañó a coger nidos en el establo. Así como estaba, parada en la puerta con la maleta en la mano y el sombrero verde, parecía como si de pronto fuera a ponerse a gritar, a decir lo mismo que dijo cuando me encontraron bocarriba entre la hierba del establo todavía aferrado al travesaño de la escalera rota. Cuando ella abrió la puerta por completo, los goznes crujieron y el polvillo del techo se derrumbó a golpes, como si alguien se hubiera puesto a martillar en el caballete; entonces ella vaciló en el marco de claridad, introduciendo después medio cuerpo en la habitación, y dijo con la voz de quien está llamando a una persona dormida: «¡Niño! ¡Niño!» Y yo permanecí quieto en la silla, rígido, con los pies estirados.
Creía que sólo venía a ver el cuarto pero siguió viviendo en la casa. Aireó la habitación y fue como si hubiera abierto la maleta y de ella hubiera salido su antiguo olor a almizcle. Los otros se llevaron los muebles y la ropa en los baúles. Ella sólo se había llevado los olores del cuarto, y veinte años después los trajo de nuevo, los colocó en su lugar y reconstruyó el altarcillo; igual que antes. Su sola presencia bastó para restaurar lo que la implacable laboriosidad del tiempo había destruido. Desde entonces come y duerme en la pieza de al lado, pero se pasa los días en ésta, conversando en silencio con los santos. Durante la tarde se sienta en el mecedor, junto a la puerta, y zurce la ropa mientras atiende a quienes vienen a comprarle flores. Ella se mece siempre mientras zurce la ropa. Y cuando viene alguien por un ramo de rosas, guarda la moneda en la esquina del pañuelo que se anuda a la cintura y dice invariablemente: «Coge las de la derecha, que las de la izquierda son para los santos».
Así ha estado en el mecedor durante veinte años, zurciendo sus cositas, meciéndose, mirando hacia la silla, como si por ahora no cuidara del niño que compartió con ella las tardes de la infancia, sino del nieto inválido que está aquí, sentado en el rincón desde cuando la abuela tenía cinco años.
Es posible que ahora, cuando vuelva a bajar la cabeza, pueda acercarme a las rosas. Si logro hacerlo iré hasta la colina, las pondré sobre el túmulo y regresaré a mi silla, a esperar el día en que ella no vuelva al cuarto y cesen los ruidos en las piezas de al lado.
Este día habrá una transformación en todo esto, porque yo tendré que salir otra vez de la casa para avisarle a alguien que la mujer de las rosas, la que vive sola en la casa arruinada, está necesitando cuatro hombres que la conduzcan a la colina. Entonces quedaré definitivamente solo en el cuarto. Pero en cambio ella estará satisfecha. Porque ese día sabrá que no era el viento invisible lo que todos los domingos llegaba a su altar y le desordenaba las rosas.
(1952)
El feliz cumpleaños de los lectores a García Márquez. Winston Manrique Sabogal
El perfume de las begonias al amanecer fue ahogado por el aguacero que empezó a caer sobre Aracataca el 7 de marzo de 1927; que luego se mezcló con las nueve campanadas de la iglesia y minutos más tarde con los gritos angustiados de unas mujeres que veían cómo el primogénito de Gabriel Eligio García y Luisa Santiaga Márquez acababa de nacer envuelto en el cordón umbilical que amenazaba su vida. Ellas hicieron lo que pudieron hasta que el llanto del niño eclipsó todos los sonidos y ruidos que lo habían recibido.
Ochenta y cinco años después, ese niño que aquella mañana dominical fue bautizado a las carreras como Gabriel García Márquez celebra hoy un cumpleaños rodeado del agradecimiento de millones de lectores en todo el mundo. Porque con él nacieron muchas cosas: habría de crear no solo un universo literario realmente único, sino que habría de ensanchar el territorio del lenguaje español en su forma de recorrerlo, su influencia literaria cambiar la manera de ver el mundo y contarlo y que ese mismo mundo volviera a mirar a la creación literaria en español.
Autor de títulos de piezas periodísticas, cuentos y novelas seductoras (desde su primer cuento La tercera resignación hasta sus memorias Vivir para contarla, pasando por El coronel no tiene quien le escriba o Cien años de soledad (cuya edición en libro electrónico ha salido hoy) o Crónica de una muerte anunciada o El ahogado más hermoso del mundo o La triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada o El otoño del patriarca o Del amor y otros demonios o El amor en los tiempos del cólera o La mala hora); de comienzos de libros memorables e inolvidables y de pasajes narrativos al servicio de historias fabulosas que condensan el mundo y su humanidad, Gabriel García Márquez recibirá hoy rosas amarillas, sus preferidas, pero yo propongo que sus lectores lo felicitemos eligiendo el comienzo de su libro que más nos guste.
La primera en unirse a este homenaje al premio Nobel colombiano ha sido Carmen Balcells, su gran amiga y agente literaria, desde Barcelona en el vídeo que acompaña este post. Ella ha elegido el cuento Muerte constante más allá del amor, escrito en 1970, y que empieza así:
"Al senador Onésimo Sánchez le faltaban seis meses y once días para morir cuando encontró a la mujer de su vida. La conoció en el Rosal del Virrey, un pueblecito ilusorio que de noche era una dársena furtiva para los buques de altura de los contrabandistas, y en cambio a pleno sol parecía el recodo más inútil del desierto, frente a un mar árido y sin rumbos, y tan apartado de todo que nadie hubiera sospechado que allí viviera alguien capaz de torcer el destino de nadie".
Me parece maravilloso ese comienzo, y el cuento en sí mismo, pero yo me inclino por el titulado Alguien desordena esta rosas, escrito en 1952, y que empieza así:
Alguien desordena estas rosas
Gabriel García Márquez
Como es domingo y ha dejado de llover, pienso llevar un ramo de rosas a mi tumba. Rosas rojas y blancas, de las que ella cultiva para hacer altares y coronas. La mañana estuvo entristecida por este invierno taciturno y sobrecogedor que me ha puesto a recordar la colina donde la gente del pueblo abandona sus muertos. Es un sitio pelado, sin árboles, barrido apenas por las migajas providenciales que regresan después de que el viento ha pasado. Ahora que dejó de llover y que el sol de mediodía debe haber endurecido el jabón de la cuesta, podría llegar hasta el túmulo en cuyo fondo reposa mi cuerpo de niño, ahora confundido, desmenuzado entre caracoles y raíces.
Ella está prosternada frente a sus santos. Permanece abstraída desde cuando dejé de moverme en la habitación, después de haber fracasado en el primer intento de llegar hasta el altar para coger las rosas más encendidas y frescas. Tal vez hoy hubiera podido hacerlo; pero la lamparita pestañeó, y ella, recobrada del éxtasis, levantó la cabeza y miró hacia el rincón donde está la silla. Debió pensar: «Es otra vez el viento», porque es verdad que algo crujió junto al altar y la habitación onduló un instante, como si hubiera sido removido el nivel de los recuerdos estancados en ella desde hace tanto tiempo. Entonces comprendí que debía aguardar una nueva ocasión para coger las rosas, porque ella continuaba despierta, mirando la silla, y habría podido sentir junto a su rostro el rumor de mis manos. Ahora debo esperar a que ella abandone la habitación, dentro de un momento, y vaya a la pieza vecina a dormir la siesta medida e invariable del domingo. Es posible que entonces pueda yo salir con las rosas para estar de regreso antes de que ella vuelva a esta habitación y se quede mirando la silla.
El domingo pasado fue más difícil. Tuve que esperar casi dos horas a que ella cayera en el éxtasis. Parecía intranquila, preocupada, como si la hubiera atormentado la certidumbre de que súbitamente su soledad en la casa se había vuelto menos intensa. Dio varias vueltas por el cuarto con el ramo de rosas, antes de abandonarlo en el altar. Luego salió al pasadizo, miró adentro y se dirigió a la pieza vecina. Yo sabía que estaba buscando la lámpara. Y después cuando volvió a pasar frente a la puerta y la vi en la claridad del corredor con el saquito oscuro y las medias rosadas, me pareció que era todavía igual a la niña que hace cuarenta años se inclinó sobre mi cama, en este mismo cuarto, y dijo: «Ahora que le han puesto los palillos, tiene los ojos abiertos y duros». Era igual, como si no hubiera transcurrido el tiempo desde aquella remota tarde de agosto en que las mujeres la trajeron al cuarto y le mostraron el cadáver y le dijeron: «Llora. Era como un hermano tuyo»; y ella se recostó contra la pared, llorando, obedeciendo, todavía ensopada por la lluvia.
Desde hace tres o cuatro domingos estoy tratando de llegar hasta las rosas, pero ella ha permanecido vigilante frente al altar; vigilando las rosas con una sobresaltada diligencia que no le había conocido en los veinte años que lleva de vivir en la casa. El domingo pasado, cuando salió a buscar la lámpara, logré componer un ramo con las mejores rosas. En ningún momento he estado más cerca de realizar mi deseo. Pero cuando me disponía a regresar a la silla oí de nuevo las pisadas en el pasadizo, ordené brevemente las rosas en el altar; y entonces la vi aparecer en el vano de la puerta con la lámpara en alto.
Tenía puesto el saquito oscuro y las medías rosadas, pero había en su rostro algo como la fosforescencia de una revelación. No parecía entonces la mujer que desde hace veinte años cultiva rosas en el huerto, sino la misma niña que en aquella tarde de agosto trajeron a la pieza vecina para que se cambiara de ropa y que regresaba ahora con una lámpara, gorda y envejecida, cuarenta años después.
Mis zapatos tienen todavía la dura costra de barro que se les formó aquella tarde, a pesar de que permanecieron secándose durante veinte años junto al fogón apagado. Un día fui a buscarlos. Esto fue después que clausuraron las puertas, descolgaron del umbral el pan y el ramo de sábila, y se llevaron los muebles. Todos los muebles, menos la silla del rincón que me ha servido para estar durante todo este tiempo. Yo sabía que los zapatos habían sido puestos a secar y que ni siquiera se acordaron de ellos cuando abandonaron la casa. Por eso fui a buscarlos.
Ella volvió muchos años después. Había transcurrido tanto tiempo, que el olor a almizcle del cuarto se había confundido con el olor del polvo, con el seco y minúsculo tufo de los insectos. Yo estaba solo en la casa, sentado en el rincón; esperando. Y había aprendido a distinguir el rumor de la madera en descomposición, el aleteo del aire volviéndose viejo en las alcobas cerradas. Entonces fue cuando ella vino. Se había parado en la puerta con una maleta en la mano, un sombrero verde y el mismo saquito de algodón que no se ha quitado desde entonces. Era todavía una muchacha. No había empezado a engordar ni los tobillos le abultaban bajo las medias, como ahora. Yo estaba cubierto de polvo y telaraña cuando ella abrió la puerta y en alguna parte de la habitación guardó silencio el grillo que había estado cantando durante veinte años. Pero a pesar de eso, a pesar de la telaraña y el polvo, del brusco arrepentimiento del grillo y de la nueva edad de la recién llegada, yo reconocí en ella a la niña que en aquella tormentosa tarde de agosto me acompañó a coger nidos en el establo. Así como estaba, parada en la puerta con la maleta en la mano y el sombrero verde, parecía como si de pronto fuera a ponerse a gritar, a decir lo mismo que dijo cuando me encontraron bocarriba entre la hierba del establo todavía aferrado al travesaño de la escalera rota. Cuando ella abrió la puerta por completo, los goznes crujieron y el polvillo del techo se derrumbó a golpes, como si alguien se hubiera puesto a martillar en el caballete; entonces ella vaciló en el marco de claridad, introduciendo después medio cuerpo en la habitación, y dijo con la voz de quien está llamando a una persona dormida: «¡Niño! ¡Niño!» Y yo permanecí quieto en la silla, rígido, con los pies estirados.
Creía que sólo venía a ver el cuarto pero siguió viviendo en la casa. Aireó la habitación y fue como si hubiera abierto la maleta y de ella hubiera salido su antiguo olor a almizcle. Los otros se llevaron los muebles y la ropa en los baúles. Ella sólo se había llevado los olores del cuarto, y veinte años después los trajo de nuevo, los colocó en su lugar y reconstruyó el altarcillo; igual que antes. Su sola presencia bastó para restaurar lo que la implacable laboriosidad del tiempo había destruido. Desde entonces come y duerme en la pieza de al lado, pero se pasa los días en ésta, conversando en silencio con los santos. Durante la tarde se sienta en el mecedor, junto a la puerta, y zurce la ropa mientras atiende a quienes vienen a comprarle flores. Ella se mece siempre mientras zurce la ropa. Y cuando viene alguien por un ramo de rosas, guarda la moneda en la esquina del pañuelo que se anuda a la cintura y dice invariablemente: «Coge las de la derecha, que las de la izquierda son para los santos».
Así ha estado en el mecedor durante veinte años, zurciendo sus cositas, meciéndose, mirando hacia la silla, como si por ahora no cuidara del niño que compartió con ella las tardes de la infancia, sino del nieto inválido que está aquí, sentado en el rincón desde cuando la abuela tenía cinco años.
Es posible que ahora, cuando vuelva a bajar la cabeza, pueda acercarme a las rosas. Si logro hacerlo iré hasta la colina, las pondré sobre el túmulo y regresaré a mi silla, a esperar el día en que ella no vuelva al cuarto y cesen los ruidos en las piezas de al lado.
Este día habrá una transformación en todo esto, porque yo tendré que salir otra vez de la casa para avisarle a alguien que la mujer de las rosas, la que vive sola en la casa arruinada, está necesitando cuatro hombres que la conduzcan a la colina. Entonces quedaré definitivamente solo en el cuarto. Pero en cambio ella estará satisfecha. Porque ese día sabrá que no era el viento invisible lo que todos los domingos llegaba a su altar y le desordenaba las rosas.
(1952)
The artist, qué película
Me pareció una maravilla total. Lo máximo.
'The Artist' - Tráiler subtitulado al castellano por elseptimoarte
Fabián Waintal Corresponsal en Hollywood escena@elsalvador.com
Lunes, 5 de Marzo de 2012
La noche del Oscar estaba por terminar. Ya no quedaba lugar para las apuestas. En uno de los rincones, estaba el gran favorito George Clooney y su mejor amigo, Brad Pitt (Moneyball). En el otro rincón, el factor latino del mexicano Demián Bichir (A Better Life) y el pedigree actoral de Gary Oldman (Tinker Tailor Soldier Spy). En el escenario, Natalie Portman ya los había nombrado, uno por uno. Y cuando se abrió el sobre, ya no quedaban contrincantes, solo un ganador del Oscar, un actor que se quedó mudo tal cual como en la película "The Artist". El Mejor Actor, Jean Dujardin.
Dicen que el Oscar cambia la vida de cualquiera. ¿Siente que es así?
—No, no. Pero es algo irracional, es surrealista, estoy completamente choqueado. Todo esto parece un sueño, necesito que alguien me pellizque para saber que no estoy soñando. Pero no es un sueño, tengo el Oscar en la mano. Es increíble.
¿Aunque ya era conocido en Francia, el Oscar lo convierte en una estrella internacional?
— No soy una estrella, soy un ser humano (Risas). Es un lujo tal vez. Me da más libertad, supongo. No soy una marioneta, soy un artista.
¿Al menos espera que gracias al Oscar vaya más gente a ver la película 'The Artist'?
—Hacemos cine para que la gente lo vea, para que se sientan mejor. Y si van más al cine, mucho mejor.
¿Qué es lo que más le gusta de Hollywood?
—Me encanta porque en el auto, se permite doblar a la derecha, aunque la luz del semáforo esté colorada. Es maravilloso. Para filmar la película 'The Artist' viví cuatro o cinco meses. Me encantó la luz, la energía, las caras americanas y los rollos de canela. Lástima que no hablo tan bien el inglés.
El cine, lo había ayudado con la falta de un buen inglés. Pero a la hora de subir al escenario para recibir el Oscar, Jean Dujardin encontró las mejores palabras para el personal agradecimiento. "Amo este país", dijo antes de bromear. "Es gracioso porque en 1929 no había sido Billy Crystal, sino Douglas Fairbanks el que presentó la primera ceremonia del Oscar". Hablaba del mismo Douglas Fairbanks que lo había inspirado a interpretar el personaje de George Valentin en la película 'The Artist'. Y después de mencionar a su esposa con un "Te Amo", terminó utilizando las mejores palabras que conoce, con su francés y el mejor acento "Wow putain, génial, merci, formidable, merci beaucoup".
Al final del agradecimiento del Oscar, en pleno escenario dijo que su personaje de la película 'The Artist' diría algo en especial, si la película no fuera muda. ¿Pero parece que dijo una mala palabra francés?
(Risas) No, no. Dije que era increíble, genial, formidable, gracias. Eso dije en francés.
¿Tuvo tiempo de brindar con el perrito Uggie de la película 'The Artist'?
—Uggie está en su casa, en Miami, creo. Ya se fue a dormir.
¿Ahora que ganó un Oscar va a pedir que pronuncien bien su nombre en Hollywood?
—(Risas) No tengo problemas, que me llamen John From The Garden, Juan del Jardín. Es mucho más fácil.
El nombre Jean Dujardin lo insinúa. Y el acento no engaña. El Mejor Actor del año, nació en un suburbio al oeste de París, en Francia, el 19 de Junio de 1972. Durante su adolescencia el trabajo tuvo que ver con la construcción, ayudando en la compañía de sus padres y la actuación recién empezó a tomar forma, unos años después, en medio del servicio militar.
Al principio, se destacó con un espectáculo unipersonal que él mismo había preparado para presentarlo en diferentes bares y cabarets de París. Y recién después, decidió formar el grupo de comedia Nous C Nous (Nosotros Somos Nosotros) que apareció públicamente en el show Graines de Star, en 1996.
En TV, protagonizó durante cuatro años la serie de comedias 'Un Gars, Une Fille' con un formato de apenas siete minutos diarios que acaparó más de 7 millones de televidentes, un 30 % del público local. Fue ahí, donde la ficción también se cruzó con la realidad y Jean Dujardin se casó con la otra protagonista, Alexandra Larry, en el mismo año 2003 que terminaron con la serie, después de haber hecho juntos 486 episodios y 4,500 sketches. En 2006, estuvo nominado como Mejor Actor para el premio Cesar por la comedia de espías 'OSS 117: Cairo, Nest of Spies'. Y desde aquel entonces, del otro lado del Atlántico, lo señalan como la versión francesa de su más cercano competidor del Oscar, George Clooney. Hasta en la película 'The Artist' tenía el mismo nombre, de George... Valentin. Habiendo ganado por el mismo rol, los premios del Sindicato de Actores de Hollywood, el Globo de Oro, el equivalente al Oscar británico BAFTA y el mismísimo trofeo local del Festival de Cannes, solo faltaba coronarlo con el Oscar. Ningún otro actor francés había llegado tan alto. Solo él, Jean Dujardin.
¿Sabía que al ganar el Oscar podía convertirse también en el primer actor francés que gana semejante trofeo?
— Sí, sí, lo sabía.
¿Tiene mucho más sentido?
— Me siento orgulloso, pero también muy nervioso. Es demasiado haber podido estar en una ceremonia del Oscar. Me considero un hombre con bastante suerte.
¿Desde siempre quiso ser actor? ¿Era el típico sueño infantil?
— Sí, tenía muchos amigos imaginarios y también me gustaba hacer bromas entre familiares o la maestra. Actuar, para mí, es una buena forma de bromear. Tampoco era muy buen estudiante, me la pasaba soñando en clase. Mis maestros decían que estaba siempre en la luna. Uno de mis maestros llegó a decirle a mi madre "Su hijo nunca va a aprender nada".
¿Los grandes actores de Hollywood que lo inspiraron?
— John Wayne con su forma de caminar, Paul Newman con el saco siempre abierto y John Travolta con su forma de bailar.
¿Después del éxito que tuvo con el cine mudo, es hora de hacer una película hablada en Hollywood?
— (Ríe) ¿En Estados Unidos? No soy un actor norteamericano, soy francés y pienso seguir actuando en Francia. Pero es posible. Si puedo hacer otra película muda en Estados Unidos, me encantaría. Pero sé que siempre voy a ser un actor francés en Hollywood y tendré que buscar esa clase de roles. Pero tengo algunas ideas que me gustarían desarrollar.
Con un estilo de cine que no se veía desde hace años (décadas, tal vez), la película 'The Artist' parecía una de las peores apuestas en Hollywood, con la idea de hacer una película muda y en blanco y negro, en el siglo XXI. Rodeada de una historia de amor entre una superestrella del cine mudo (Jean Dujardin) y la nueva estrella del cine parlante (Bérénice Bejo), la película agrega buen humor, baile y música, como en las mejores épocas del mismo cine que homenajea. Es más, si no fuera por este mismo Oscar, sería difícil adivinar que 'The Artist' se estrenó en 2011.
¿Crear un personaje que no tiene diálogos en una película trae mayores desafíos que otros personajes normales?
— No es muy diferente, porque aunque el público ve una película muda, para mi es una película hablada. No es para nada intelectual, porque yo no soy intelectual.
¿El hecho de haber hecho una película muda cambió el proceso de crear el personaje?
— No soy demasiado intelectual, pero miré muchas películas. Vi muchísimas películas de Douglas Fairbanks y también Gene Kelly. Me divertí mucho pretendiendo ser una estrella de cine de los años 20.
¿Cuál es la escena que más le gusta de la película 'The Artist'?
— Me encanta la escena del estreno, donde me cruzo por primera vez con el personaje de Bérénice (Bejo), porque ahí empieza todo.
¿Y el zapateo americano?
— También, también. Fue lo mejor, por tanta preparación. Nos llevó cinco meses de ensayo, casi todos los días y la filmamos el último día. No fue para nada fácil. Teníamos demasiada energía, porque habíamos tomado un trago especial de cafeína con guaraná.
¿Lo primero que hizo cuando terminó la película 'The Artist'? —Me afeité el bigote (Risas). Y aquí estoy, con el Oscar. ¿Te lo presento?
lunes, 5 de marzo de 2012
Fiesta en Venecia
La semana pasada nos disfrazamos para Carnavales con máscaras del carnaval de Venecia.
Acá tenemos un video que nos da una idea de lo preciosa que es esa fiesta de invierno en Venecia.
Acá tenemos un video que nos da una idea de lo preciosa que es esa fiesta de invierno en Venecia.
domingo, 4 de marzo de 2012
Paul Auster nos habla
Escuchar a Paul Auster es algo especial, este escritor que está viviendo quien sabe su mejor etapa productiva, nos cautiva.
viernes, 2 de marzo de 2012
Computadora y lectura
La computadora también nos amplía de muchas maneras nuestra lectura de libros. Estoy leyendo Memorias de una viuda, de la estupenda escritora Joyce Carol Oates que narra la muerte de su esposo Ray . En el libro cita la música que le gustaba a su esposo. La busco en You tube y me hago una idea del personaje más amplia, más cercana, me permite conocerlo más íntimamente. En este caso, hace referencia a las Vísperas de Rachmaninoff que acá están.
En otro párrafo se refiere a Richard Dyer- Bennet, músico folk de irlanda.
También puedo buscar entrevistas realizadas a la autora en You tube o en diferentes periódicos para acercarme a sus pensamientos, a sus sentimientos. Eso, hace unos años, requería una investigación de muchos días y no teníamos acceso a libros o revistas de otros países.
Escritora, profesora, intérprete de piano, aficionada a la jardinería, recién casada ¿Cuándo duerme? Tengo bastantes problemas para conciliar el sueño. Me meto en la cama con la sensación de no haber hecho los deberes y me cuesta dormir.
Ella dice: Si te alejas completamente de tu hogar, pierdes tu alma
No olvida sus raíces, ni a su adorado padre, ni a la niña que fue. Ni a mitos triunfadores/perdedores como Marilyn Monroe. La escritora, candidata año tras año al Nobel, nos recibe en su casa.
Para Joyce Carol Oates, la literatura es un oficio tozudo que tiene mucho que ver con el de pianista o jardinero. Con el primero porque, como un intérprete musical solitario, la ficción se basa en la realidad, igual que quien toca el piano debe hacerlo sobre una partitura original ya dada. Y con la jardinería porque la mayor parte del tiempo te lo pasas arrancando o sembrando raíces para que luego el resultado luzca
"Que envejezcamos no significa que cambiemos mucho por dentro
"Me interesa la gente que ha trabajado duro y no ha podido triunfar
Es desde hace años firme candidata al Premio Nobel, "aunque no pienso mucho en ello, y se acaba de mudar a una casa tranquila junto a un estanque a 10 minutos en coche de la universidad. Junto al porche, el viento mece unas campanillas que entorpecen los silencios requeridos por su retiro creador. En ellos, mientras toca una sonata de piano "mi música favorita, cuida su jardín o cocina un plato, la escritora va adobando sus ficciones. "Necesitas la calma para pensar con tranquilidad lo que vas a escribir. No podríamos hacerlo sin ese sosiego.
La luz en una hora oscura

de Máximo Gorki
En un intento de sobrevivir a semejante pesadilla, una amiga de Milena concibió un método: recurriría a los libros que había leído y que llevaba guardados en su memoria: Entre los cuentos que se obligó a recordar había un cuento de Máximo Gorki: "Ha nacido un hombre".
La historia nos cuenta , que un joven, paseando un día por la costa del Mar negro, se encontró con una campesina que gritaba de dolor. Estaba embarazada; había huido de las hambrunas de su pueblo natal y en el momento del encuentro, aterrorizada y sola, estaba a punto de dar a luz. A pesar de sus protestas, el muchacho la ayudó. Baña en el mar al bebe que acaba de nacer, hace un fuego y prepara té. En el final del cuento, el joven y la campesina siguen a un grupo de otros campesinos, con un brazo, el joven sostiene a la madre; en el otro, lleva al niño.

El cuento de Gorki se convirtió para la amiga de Milena, la mujer a la que tanto había amado Kafka, en un paraíso, un rincón pequeño y seguro en el que podía alejarse del horror cotidiano. No le daba sentido a su sufrimiento, ni siquiera le ofrecía esperanzas para el futuro. Existía, simplemente como un punto de equilibrio, que le recordaba la luz en una hora de oscura catástrofe. ( estaban en un campo de concentración).
Sean Penn
Película de Sean Penn This must be the place
http://www.santo-domingo-live.com/santo-domingo/cinemas-santo-domingo/peliculas/this-must-be-the-place.html
Las mejores películas de Sean Penn http://www.muycine.com/2011/09/11/las-mejores-peliculas-de-sean-penn
Aula abierta
Tuve la suerte de tener a Susana como maestra, acá nos ofrece una clase sobre literatura, su pasión.
La bella Sevilla
Mi amigo Antonio Sevillano de corazón me manda este video de Su tierra para los que no la conocen y para los que la conocen. i
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