Esperábamos el día de la semana en el que daban "Yo amo a Lucy", maravillosa mujer, tan divertida, increíble comediante que nos hacía reír sin parar durante la media hora que duraba su show. Atrevida, torpe, siempre haciendo lo que no le correspondía, siempre tropezando. Acá un delicioso video.
Desde Lima, un relámpago de azul-cielo o azul-mar en nuestra mente o en nuestro corazón que ansían la belleza. Cuentos, poesía, música, cine, reflexiones, teatro, viajes, fotografía, entrevistas, danza y más.
domingo, 5 de octubre de 2014
La dicha, pequeño poema
¿Dónde la escondida dicha?
Reúno pétalos de flores como hojas que han cedido
Miro sin descanso los colores que se diluyen
En este solsticio lento de otoño
Aparece la rosa y me pregunto
Si es la dicha.
Para tí poema de Mia Couto
Para ti
Para ti
Deshojé la lluvia
Para ti desprendí el perfume de la tierra
Toque en nada
Y para ti fui todo
Para ti grité todas las palabras
Y todas me faltaron
En el minuto en el que grabé
El sabor del siempre
Para ti di mi voz
A mis manos
Abrí las yemas del tiempo
Asalté al mundo
Y pensé que todo estaba en nosotros
En ese dulce engaño
De ser dueños de todo
Sin que tengamos nada
Simplemente porque era de noche
Y no dormíamos
Descendía yo a tu pecho
Para buscarme
Y antes de que la oscuridad
Nos ciñese la cintura
Se nos quedaban los ojos
Viviendo de uno solo
Amando de una sola vida. Mia Couto
Escritor
de Mozambique, de origen portugués , premio Camoes.
La hora de la muerte
La hora de la muerte
Cerca de mi casa
vivía un señor ya muy viejecito al que ya le empezaba a fallar la cabeza. Había sido lo que mi abuela hubiera dicho:
una lumbrera. Una tarde cuando conversábamos me dijo que detestaba el radio,
que a él le gustaba cuando tocaba música pero que la mayor parte del tiempo,
hablaba y hablaba sin parar, incomodándolo, dándole dolor de cabeza. El vivía
con su esposa bastante más joven que él, y con la hermana de su esposa.
El cruzaba una
avenida muy transitada protegido con su bastón que lo elevaba por encima de su
cabeza haciéndome acordar a Don Quijote que enfrentaba con su lanza molinos de viento confundiéndolos con
gigantes. Los carros frenaban a su paso y él pasaba triunfador sorteando
peligros y desgracias. Su esposa,
entre dientes le decía a su hermana :
—¿Cuándo se lo recogerá el Señor? ¿Cuándo
pasará a mejor vida?
Una mañana sentimos
gran alboroto al frente de su casa, primero la ambulancia, luego la carroza
fúnebre. ¿Había al fin descansado nuestro viejecito amigo? Mi madre se acercó a
preguntar. Pero no, quien había fallecido era su cuñada, una holandesa de
hermosos cachetes rosados y cuerpo amplio.
A los pocos meses,
otra vez el alboroto, la ambulancia, la carroza. Ahora sí, dijimos todos en mi
casa, bajando la cabeza tristes porque le teníamos aprecio. Mi madre nuevamente salió a buscar la noticia
para regresar sonriendo, era la esposa la que había fallecido, un infarto, algo
súbito. Ahí fue cuando escuché esa sabia expresión: “Muerte deseada, muerte postergada”. Y aprendí que no importa los años que se
tengan o el estado en el que uno se encuentre para que un día la muerte nos
toque el hombro para decirnos:
— ¿Partimos? ( Cecilia Bustamante de Roggero de Pequeños textos).
La piedra de la paciencia buen cine
Nada puede compararse a la felicidad que da encontrar una buena película en el cable. Un rato en el que nos transportamos a otro país, otra historia, desaparecemos por un par de horas y gozamos y sufrimos con esas vidas ajenas tan cercanas a nosotros. Y todo esto en la comodidad de nuestro cuarto.
Está la película completa en You tuve. Impresionante y hermosa película. La mujer musulmana sometida al esposo pero llena de ilusiones, deseos y sueños. http://peliculasonlinefhd.com/la-piedra-de-la-paciencia-ver-pelicula-completa-online-hd-en-espaol-latino/
Jean-Claude Carrière coescribe la adaptación de la novela de Atiq Rahimi, también guionista y director, que narra la historia de una mujer, en un país de Oriente Medio, que tiene que quedarse en casa a cuidar de su marido, herido en una reyerta y en estado de coma. La mujer, joven y con dos hijas, alterna el tiempo que pasa en la casa, evitando a las guerrillas que siguen luchando en la calle, con el tiempo que pasa con su tía, una mujer liberada que se queda a cargo de las niñas. (FILMAFFINITY)
Está la película completa en You tuve. Impresionante y hermosa película. La mujer musulmana sometida al esposo pero llena de ilusiones, deseos y sueños. http://peliculasonlinefhd.com/la-piedra-de-la-paciencia-ver-pelicula-completa-online-hd-en-espaol-latino/
Jean-Claude Carrière coescribe la adaptación de la novela de Atiq Rahimi, también guionista y director, que narra la historia de una mujer, en un país de Oriente Medio, que tiene que quedarse en casa a cuidar de su marido, herido en una reyerta y en estado de coma. La mujer, joven y con dos hijas, alterna el tiempo que pasa en la casa, evitando a las guerrillas que siguen luchando en la calle, con el tiempo que pasa con su tía, una mujer liberada que se queda a cargo de las niñas. (FILMAFFINITY)
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GOODBYE MY LOVER - James Blunt
es un cantautor de origen británico que alcanzó la fama en 2005 con su primer álbum Back to Bedlam y su sencillo «You're Beautiful». Su estilo es una mezcla de géneros musicales que incluyen: pop, rock yfolk con un matiz acústico. (Wikypedia)
Edward Weston fotógrafo
Edward Weston (24 de marzo de 1886 - 1 de enero de 1958) fue un fotógrafo estadounidense que se caracterizó por utilizar una cámara fotográfica de placas con un formato de 18 X 24 cm y emplear el primer plano en temas naturales para obtener formas poco corrientes.1( Wikypedia)
La alegría por Jose Antonio Marina
Un artículo de José Antonio Marina, sobre el hermoso tema de la alegría.
Si tuviera que elegir un estado de ánimo perfecto, me costaría decidir entre la alegría y el entusiasmo. Esto me hace pensar que entre ambos tiene que existir algún lazo subterráneo. Entusiasmo exhibe una etimología impresionante: en-theós. Sentirse como si uno estuviera habitado por un dios. Es una experiencia de energía, de vitalidad, de plenitud. La alegría tiene también esos componentes. Ortega y Gasset creía que está palabra derivaba de un término griego que significa “ciervo” y se preguntaba cómo había podido producirse esta relación. “Quien está alegre, salta, como los ciervos”, concluyó.
Si tuviera que elegir un estado de ánimo perfecto, me costaría decidir entre la alegría y el entusiasmo. Esto me hace pensar que entre ambos tiene que existir algún lazo subterráneo. Entusiasmo exhibe una etimología impresionante: en-theós. Sentirse como si uno estuviera habitado por un dios. Es una experiencia de energía, de vitalidad, de plenitud. La alegría tiene también esos componentes. Ortega y Gasset creía que está palabra derivaba de un término griego que significa “ciervo” y se preguntaba cómo había podido producirse esta relación. “Quien está alegre, salta, como los ciervos”, concluyó.
Cada
palabra es una haz de referencias. Hoy voy a explorar la red de la alegría, y
la semana próxima haré lo mismo con el entusiasmo. Quiero llamarles la atención
sobre un hecho relevante. Casi todo lo que voy a decirles lo saben ya. Lo
saben, pero no son conscientes de saberlo. Es una de las sorpresas que depara
el lenguaje. Cualquier hablante de una lengua podría escribir un libro
de gramática. Bastaría con que reflexionara sobre cómo lo usa de forma natural.
Lo mismo ocurre con el léxico. Las palabras son tan conmovedoras porque
incluyen un rico caudal de connotaciones. Al aprender una lengua estamos
aprendiendo un mapa del mundo. Me gustaría que me enviaran palabras catalanas
que designen la alegría.
Covarrubias,
en el primer diccionario de la lengua castellana, llama la atención sobre un
sinónimo culto de alegría: leticia. Está emparentada con lato, amplio,
abierto. Y el buen Covarrubias saca una conclusión de enamorado: “Alegría es
apertura de ánimo para dejar entrar al objeto amado”. Tenía razón, porque lo
contrario de esta expansión del ánimo es la angustia, la angostura, que
experimenta la vida como intransitable. Henri Bergson, gran filósofo y gran
escritor –ganó el premio Nobel de Lteratura– situó con precisión la alegría en
el mapa de nuestros afectos. Según él, la naturaleza se ha tomado el
trabajo de instruirnos sobre la significación de la vida y sobre el destino del
hombre. “Ella nos advierte mediante un signo preciso que nuestro destino está
alcanzado. Este signo es la alegría. Digo la alegría, no el placer. El placer
no es más que un artificio imaginado por la naturaleza para obtener del ser
vivo la conservación de la vida; nos indica la dirección en que la vida está
lanzada. La alegría en cambio anuncia siempre que la vida ha triunfado, que ha
ganado terreno, que ha alcanzado una victoria: toda alegría tiene un acento
triunfal”.
La
alegría no es sólo un estado de ánimo coyuntural, sino un rasgo de carácter.
Hay personas alegres y hay personas tristes, depresivas, o pesimistas. Como
educador me gustaría saber si es un rasgo innato o es un rasgo aprendido. Los
niños nacen con distintos temperamentos, es decir, con diferentes pautas
para reaccionar ante los estímulos. Hay niños vulnerables, temerosos, que
parecen dotados de unas antenas especiales para captar todo lo amenazador que
hay en su entorno. Son niños que tienen más sensibilidad para percibir los
castigos que para disfrutar con los premios. Davidson, un gran
neurólogo, considera que ese rasgo depende del modo de organización de los
lóbulos frontales. Pero también dice que esas características pueden alterarse
a lo largo del proceso educativo. Ese es mi campo actual de
investigación. Si quieren ayudarme pueden contestarme ¿Conocen a algún niño que
haya sido poco alegre desde que nació y luego cambiara? ¿Saben como lo hizo?
Escriban a jamarina@movilizacioneducativa.net.
Los enormes beneficios de leer despacio
Los promotores de la lectura lenta buscan recuperar los hábitos de leer que imperaban antes de que la irrupción de Google, los smartphones y las redes sociales
Una vez a la semana, los integrantes de un club de lectura de Wellington, Nueva Zelanda, llegan a una cafetería, compran algo para beber y apagan sus teléfonos celulares. Se sientan cómodamente y leen en silencio durante una hora.
El objetivo no es hablar de literatura, sino escapar de los dispositivos electrónicos y leer en forma ininterrumpida. Se hacen llamar el Club de la Lectura Lenta y están a la vanguardia de un movimiento conformado por amantes de los libros que extrañan las costumbres de la era predigital.
Los promotores de la lectura lenta buscan recuperar los hábitos de leer que imperaban antes de que la irrupción de Google, los smartphones y los medios sociales empezara a fracturar nuestro tiempo y capacidad de atención. Muchos de ellos confiesan que acogieron el concepto tras darse cuenta de que ya no podían terminar de leer un libro.
“Ya no estaba leyendo novelas de ficción como antes”, dice Meg Williams, gerente de marketing de 31 años de un festival anual de arte que inició el club de lectura. “Estaba muy triste por haber perdido algo que me gustaba muchísimo”.
Quienes practican la lectura lenta mencionan una serie de beneficios, como una mayor capacidad para concentrarse, una disminución de los niveles de estrés y una mejor habilidad de escuchar y relacionarse con otras personas. El movimiento evoca el resurgimiento de otras labores tradicionales y que toman tiempo, como la “comida lenta” y tejer a mano, pasatiempos que sirven como una forma de contrarrestar un estilo de vida cada vez más acelerado.
Los beneficios de leer desde una edad temprana hasta avanzada la adultez han sido documentados. Un estudio realizado el año pasado entre 300 personas de la tercera edad y publicado en la revista especializada Neurology mostró que hacer actividades que desafían la mente de manera regular, como la lectura, desaceleraba la pérdida de la memoria en los últimos años de vida de los participantes.
Otro estudio publicado en la revista Science indicó que la lectura de literatura ayuda a entender los estados mentales y creencias de otras personas, una destreza considerada crucial a la hora de desarrollar relaciones. Además, una investigación publicada en Developmental Psychology en 1997 señaló que la capacidad de lectura durante el primer año escolar estaba estrechamente ligada a los logros académicos en el penúltimo año de educación secundaria.
No obstante, los hábitos de lectura han declinado en los últimos años en Estados Unidos. En una encuesta divulgada este año, cerca de 76% de los estadounidenses mayores de 18 años manifestaron que leyeron menos de un libro en los últimos 12 meses, una caída frente a 79% que respondió lo mismo en 2011, según el centro de estudios Pew Research Center.
Los intentos por reanimar el interés en la lectura han surgido en múltiples lugares. Grupos en Seattle, Brooklyn, Boston y Mineápolis han organizado las llamadas fiestas de lectura silenciosa, que ofrecen cómodas sillas, vino y música clásica.
Diana La Counte, del condado de Orange, California, formó hace unos años lo que denomina un grupo de lectura lenta virtual. Sus miembros comentan sobre un libro seleccionado en Internet, principalmente en Facebook. “Cuando descubrí que pasaba más tiempo leyendo Twitter que un libro, sabía que había llegado la hora de tomar cartas en el asunto,” asevera.
Las pantallas han cambiado nuestra forma de leer desde la secuencia linear de izquierda a derecha de antaño a una desordenada búsqueda de palabras e información importante.
Un estudio llevado a cabo en 2006 sobre el movimiento de los ojos de 232 individuos que veían una página web mostró que leían en forma de F. Pasaban rápidamente por la primera línea del texto, pero sólo llegaban a la mitad de los renglones siguientes. Después de un tiempo, hacían un movimiento vertical hacia la izquierda y hacia el final de la página.
Los científicos dicen que nada de esto es positivo para nuestra capacidad de comprensión. Leer un texto intercalado de enlaces genera un menor entendimiento que la lectura de un texto simple, como varias investigaciones han demostrado. Un estudio de 2007 en el que participaron 100 personas halló que una presentación multimedia que combinaba palabras, sonidos y fotos en movimiento generó un menor nivel de comprensión que un texto sin ningún adorno.
La lectura lenta representa un regreso al antiguo patrón linear y continuo, en un ambiente tranquilo y carente de distracciones. Sus partidarios recomiendan reservar entre 30 y 45 minutos del día para sentarse cómodamente lejos de los celulares y las computadoras. Muchos recomiendan tomar notas ocasionales para profundizar la compenetración con el texto.
Algunos de los proponentes más radicales de esta tendencia dicen que los libros impresos son superiores, en parte porque son más visibles en una casa y nos sirven de recordatorio de que hay que leer. Pero la mayoría sostiene que los lectores electrónicos y las tabletas funcionan igual de bien, en especial si se desconectan de la web.
Abeer Hoque, quien ha asistido a algunas fiestas de lectura silenciosa en Brooklyn, Nueva York, contempla leer un libro en su teléfono la próxima vez, pero planea desconectar la llegada de correos electrónicos y notificaciones de medios sociales, para no distraerse.
Cuando Williams, la gerente de marketing, que estudió literatura en la universidad, convocó a la primera reunión de su club de lectura en Wellington, dio consejos conducentes a una lectura productiva y cuadernos para anotar palabras y pasajes favoritos de la obra. Antes de comenzar cada reunión, el grupo respira lentamente durante algunos minutos y trata de despejar la mente antes de abrir el libro, como en una clase de yoga.
Blow Up, cine del recuerdo
Recuerdo cuando vimos la película, fascinados, era algo que escapaba totalmente a lo que habíamos visto. Misteriosa, sorpresiva, sobre todo estética. Y qué actores. David Hemmings y una Vanessa Redgrave, tan jovencita. La escena de la sesión fotográfica acá en video es fabulosa.
BLOW-UP (Michelangelo Antonioni, 1966.) Tenis silencioso
Recordé esta escena maravillosa y que felicidad encontrarla. YouTube tiene maravillas para nosotros. Recordar es volver a vivir.
martes, 30 de septiembre de 2014
La puerta condenada, un cuento de Cortázar
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La
puerta condenada
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El ascensor dejaba frente a la recepción, donde había un mostrador con los diarios del día y el tablero telefónico. Le bastaba caminar unos metros para llegar a la habitación. El agua salía hirviendo, y eso compensaba la falta de sol y de aire. En la habitación había una pequeña ventana que daba a la azotea del cine contiguo; a veces una paloma se paseaba por ahí. El cuarto de baño tenía una ventana más grande, que se habría tristemente a un muro y a un lejano pedazo de cielo, casi inútil. Los muebles eran buenos, había cajones y estantes de sobra. Y muchas perchas, cosa rara.
El gerente resultó ser un hombre alto y flaco, completamente calvo. Usaba anteojos con armazón de oro y hablaba con la voz fuerte y sonora de los uruguayos. Le dijo a Petrone que el segundo piso era muy tranquilo, y que en la única habitación contigua a la suya vivía una señora sola, empleada en alguna parte, que volvía al hotel a la caída de la noche. Petrone la encontró al día siguiente en el ascensor. Se dio cuenta de que era ella por el número de la llave que tenía en la palma de la mano, como si ofreciera una enorme moneda de oro. El portero tomó la llave y la de Petrone para colgarlas en el tablero, y se quedó hablando con la mujer sobre unas cartas. Petrone tuvo tiempo de ver que era todavía joven, insignificante, y que se vestía mal como todas las orientales.
El contrato con los fabricantes de mosaicos llevaría más o menos una semana. Por la tarde Petrone acomodó la ropa en el armario, ordenó sus papeles en la mesa, y después de bañarse salió a recorrer el centro mientras se hacía hora de ir al escritorio de los socios. El día se pasó en conversaciones, cortadas por un copetín en Pocitos y una cena en casa del socio principal. Cuando lo dejaron en el hotel era más de la una. Cansado, se acostó y se durmió en seguida. Al despertarse eran casi las nueve, y en esos primeros minutos en que todavía quedan las sobres de la noche y del sueño, pensó que en algún momento lo había fastidiado el llanto de una criatura.
Antes de salir charló con el empleado que atendía la recepción y que hablaba con acento alemán. Mientras se informaba sobre líneas de ómnibus y nombres de calles, miraba distraído la enorme sala en cuyo extremo estaban la puerta de su habitación y la de la señora sola. Entre las dos puertas había un pedestal con una nefasta réplica de la Venus de Milo. Otra puerta, en la pared lateral daba a una salida con los infaltables sillones y revistas. Cuando el empleado y Petrone callaban el silencio del hotel parecía coagularse, caer como cenizas sobre los muebles y las baldosas. El ascensor resultaba casi estrepitoso, y lo mismo el ruido de las hojas de un diario o el raspar de un fósforo.
Las conferencias terminaron al caer la noche y Petrone dio una vuelta por 18 de Julio antes de entrar a cenar en uno de los bodegones de la plaza Independencia. Todo iba bien, y quizá pudiera volverse a Buenos Aires antes de lo que pensaba. Compró un diario argentino, un atado de cigarrillos negros, y caminó despacio hasta el hotel. En el cine de al lado daban dos películas que ya había visto, y en realidad no tenía ganas de ir a ninguna parte. El gerente lo saludó al pasar y le preguntó si necesitaba más ropa de cama. Charlaron un momento, fumando un pitillo, y se despidieron.
Antes de acostarse Petrone puso en orden los papeles que había usado durante el día, y leyó el diario sin mucho interés. El silencio del hotel era casi excesivo, y el ruido de uno que otro tranvía que bajaba por la calle Soriano no hacía más que pausarlo, fortalecerlo para un nuevo intervalo. Sin inquietud pero con alguna impaciencia, tiró el diario al canasto y se desvistió mientras se miraba distraído en el espejo del armario. Era un armario ya viejo, y lo habían adosado a una puerta que daba a la habitación contigua. A Petrone lo sorprendió descubrir la puerta que se le había escapado en su primera inspección del cuarto. Al principio había supuesto que el edificio estaba destinado a hotel pero ahora se daba cuenta de que pasaba lo que en tantos hoteles modestos, instalados en antiguas casas de escritorios o de familia. Pensándolo bien, en casi todos los hoteles que había conocido en su vida -y eran muchos- las habitaciones tenían alguna puerta condenada, a veces a la vista pero casi siempre con un ropero, una mesa o un perchero delante, que como en este caso les daba una cierta ambigüedad, un avergonzado deseo de disimular su existencia como una mujer que cree taparse poniéndose las manos en el vientre o los senos. La puerta estaba ahí, de todos modos, sobresaliendo del nivel del armario. Alguna vez la gente había entrado y salido por ella, golpeándola, entornándola, dándole una vida que todavía estaba presente en su madera tan distinta de las paredes. Petrone imaginó que del otro lado habría también un ropero y que la señora de la habitación pensaría lo mismo de la puerta.
No estaba cansado pero se durmió con gusto. Llevaría tres o cuatro horas cuando lo despertó una sensación de incomodidad, como si algo ya hubiera ocurrido, algo molesto e irritante. Encendió el velador, vio que eran las dos y media, y apagó otra vez. Entonces oyó en la pieza de al lado el llanto de un niño.
En el primer momento no se dio bien cuenta. Su primer movimiento fue de satisfacción; entonces era cierto que la noche antes un chico no lo había dejado descansar. Todo explicado, era más fácil volver a dormirse. Pero después pensó en lo otro y se sentó lentamente en la cama, sin encender la luz, escuchando. No se engañaba, el llanto venía de la pieza de al lado. El sonido se oía a través de la puerta condenada, se localizaba en ese sector de la habitación al que correspondían los pies de la cama. Pero no podía ser que en la pieza de al lado hubiera un niño; el gerente había dicho claramente que la señora vivía sola, que pasaba casi todo el día en su empleo. Por un segundo se le ocurrió a Petrone que tal vez esa noche estuviera cuidando al niño de alguna parienta o amiga. Pensó en la noche anterior. Ahora estaba seguro de que ya había oído el llanto, porque no era un llanto fácil de confundir, más bien una serie irregular de gemidos muy débiles, de hipos quejosos seguidos de un lloriqueo momentáneo, todo ello inconsistente, mínimo, como si el niño estuviera muy enfermo. Debía ser una criatura de pocos meses aunque no llorara con la estridencia y los repentinos cloqueos y ahogos de un recién nacido. Petrone imaginó a un niño - un varón, no sabía por qué- débil y enfermo, de cara consumida y movimientos apagados. Eso se quejaba en la noche, llorando pudoroso, sin llamar demasiado la atención. De no estar allí la puerta condenada, el llanto no hubiera vencido las fuertes espaldas de la pared, nadie hubiera sabido que en la pieza de al lado estaba llorando un niño.
Por la mañana Petrone lo pensó un rato mientras tomaba el desayuno y fumaba un cigarrillo. Dormir mal no le convenía para su trabajo del día. Dos veces se había despertado en plena noche, y las dos veces a causa del llanto. La segunda vez fue peor, porque a más del llanto se oía la voz de la mujer que trataba de calmar al niño. La voz era muy baja pero tenía un tono ansioso que le daba una calidad teatral, un susurro que atravesaba la puerta con tanta fuerza como si hablara a gritos. El niño cedía por momentos al arrullo, a las instancias; después volvía a empezar con un leve quejido entrecortado, una inconsolable congoja. Y de nuevo la mujer murmuraba palabras incomprensibles, el encantamiento de la madre para acallar al hijo atormentado por su cuerpo o su alma, por estar vivo o amenazado de muerte.
"Todo es muy bonito, pero el gerente me macaneó" pensaba Petrone al salir de su cuarto. Lo fastidiaba la mentira y no lo disimuló. El gerente se quedó mirándolo.
-¿Un chico? Usted se habrá confundido. No hay chicos pequeños en este piso. Al lado de su pieza vive una señora sola, creo que ya se lo dije.
Petrone vaciló antes de hablar. O el otro mentía estúpidamente, o la acústica del hotel le jugaba una mala pasada. El gerente lo estaba mirando un poco de soslayo, como si a su vez lo irritara la protesta. "A lo mejor me cree tímido y que ando buscando un pretexto para mandarme mudar", pensó. Era difícil, vagamente absurdo insistir frente a una negativa tan rotunda. Se encogió de hombros y pidió el diario.
-Habré soñado -dijo, molesto por tener que decir eso, o cualquier otra cosa.
El cabaret era de un aburrimiento mortal y sus dos anfitriones no parecían demasiado entusiastas, de modo que a Petrone le resultó fácil alegar el cansancio del día y hacerse llevar al hotel. Quedaron en firmar los contratos al otro día por la tarde; el negocio estaba prácticamente terminado.
El silencio en la recepción del hotel era tan grande que Petrone se descubrió a sí mismo andando en puntillas. Le habían dejado un diario de la tarde al lado de la cama; había también una carta de Buenos Aires. Reconoció la letra de su mujer.
Antes de acostarse estuvo mirando el armario y la parte sobresaliente de la puerta. Tal vez si pusiera sus dos valijas sobre el armario, bloqueando la puerta, los ruidos de la pieza de al lado disminuirían. Como siempre a esa hora, no se oía nada. El hotel dormía las cosas y las gentes dormían. Pero a Petrone, ya malhumorado, se le ocurrió que era al revés y que todo estaba despierto, anhelosamente despierto en el centro del silencio. Su ansiedad inconfesada debía estarse comunicando a la casa, a las gentes de la casa, prestándoles una calidad de acecho, de vigilancia agazapada. Montones de pavadas.
Casi no lo tomó en serio cuando el llanto del niño lo trajo de vuelta a las tres de la mañana. Sentándose en la cama se preguntó si lo mejor sería llamar al sereno para tener un testigo de que en esa pieza no se podía dormir. El niño lloraba tan débilmente que por momentos no se lo escuchaba, aunque Petrone sentía que el llanto estaba ahí, continuo, y que no tardaría en crecer otra vez. Pasaban diez o veinte lentísimos segundos; entonces llegaba un hipo breve, un quejido apenas perceptible que se prolongaba dulcemente hasta quebrarse en el verdadero llanto.
Encendiendo un cigarrillo, se preguntó si no debería dar unos golpes discretos en la pared para que la mujer hiciera callar al chico. Recién cuando los pensó a los dos, a la mujer y al chico, se dio cuenta de que no creía en ellos, de que absurdamente no creía que el gerente le hubiera mentido. Ahora se oía la voz de la mujer, tapando por completo el llanto del niño con su arrebatado -aunque tan discreto- consuelo. La mujer estaba arrullando al niño, consolándolo, y Petrone se la imaginó sentada al pie de la cama, moviendo la cuna del niño o teniéndolo en brazos. Pero por más que lo quisiera no conseguía imaginar al niño, como si la afirmación del hotelero fuese más cierta que esa realidad que estaba escuchando. Poco a poco, a medida que pasaba el tiempo y los débiles quejidos se alternaban o crecían entre los murmullos de consuelo, Petrone empezó a sospechar que aquello era una farsa, un juego ridículo y monstruoso que no alcanzaba a explicarse. Pensó en viejos relatos de mujeres sin hijos, organizando en secreto un culto de muñecas, una inventada maternidad a escondidas, mil veces peor que los mimos a perros o gatos o sobrinos. La mujer estaba imitando el llanto de su hijo frustrado, consolando al aire entre sus manos vacías, tal vez con la cara mojada de lágrimas porque el llanto que fingía era a la vez su verdadero llanto, su grotesco dolor en la soledad de una pieza de hotel, protegida por la indiferencia y por la madrugada.
Encendiendo el velador, incapaz de volver a dormirse, Petrone se preguntó qué iba a hacer. Su malhumor era maligno, se contagiaba de ese ambiente donde de repente todo se le antojaba trucado, hueco, falso: el silencio, el llanto, el arrullo, lo único real de esa hora entre noche y día y que lo engañaba con su mentira insoportable. Golpear en la pared le pareció demasiado poco. No estaba completamente despierto aunque le hubiera sido imposible dormirse; sin saber bien cómo, se encontró moviendo poco a poco el armario hasta dejar al descubierto la puerta polvorienta y sucia. En pijama y descalzo, se pegó a ella como un ciempiés, y acercando la boca a las tablas de pino empezó a imitar en falsete, imperceptiblemente, un quejido como el que venía del otro lado. Subió de tono, gimió, sollozó. Del otro lado se hizo un silencio que habría de durar toda la noche; pero en el instante que lo precedió, Petrone pudo oír que la mujer corría por la habitación con un chicotear de pantuflas, lanzando un grito seco e instantáneo, un comienzo de alarido que se cortó de golpe como una cuerda tensa.
Cuando pasó por el mostrador de la gerencia eran más de las diez. Entre sueños, después de las ocho, había oído la voz del empleado y la de una mujer. Alguien había andado en la pieza de al lado moviendo cosas. Vio un baúl y dos grandes valijas cerca del ascensor. El gerente tenía un aire que a Petrone se le antojó de desconcierto.
-¿Durmió bien anoche? -le preguntó con el tono profesional que apenas disimulaba la indiferencia.
Petrone se encogió de hombros. No quería insistir, cuando apenas le quedaba por pasar otra noche en el hotel.
-De todas maneras ahora va a estar más tranquilo - dijo el gerente, mirando las valijas-.La señora se nos va a mediodía.
Esperaba un comentario, y Petrone lo ayudó con los ojos.
-Llevaba aquí mucho tiempo, y se va así de golpe. Nunca se sabe con las mujeres.
-No -dijo Petrone-. Nunca se sabe.
En la calle se sintió mareado, con un mareo que no era físico. Tragando un café amargo empezó a darle vueltas al asunto, olvidándose del negocio, indiferente al espléndido sol. él tenía la culpa de que esa mujer se fuera del hotel, enloquecida de miedo, de vergüenza o de rabia. Llevaba aquí mucho tiempo...Era una enferma, tal vez, pero inofensiva. No era ella sino él quien hubiera debido irse del Cervantes. Tenía el deber de hablarle, de excusarse y pedirle que se quedara, jurándole discreción. Dio unos pasos de vuelta y a mitad del camino se paró. Tenía miedo de hacer un papelón, de que la mujer reaccionara de alguna manera insospechada. Ya era hora de encontrarse con los dos socios y no quería tenerlos esperando. Bueno, que se embromara. No era más que una histérica, ya encontraría otro hotel donde cuidar a su hijo imaginario.
Pero a la noche volvió a sentirse mal, y el silencio de la habitación le pareció todavía más espeso. Al entrar al hotel no había podido dejar de ver el tablero de las llaves, donde faltaba ya la de la pieza de al lado. Cambió unas palabras con el empleado, que esperaba bostezando la hora de irse, y entró en su pieza con poca esperanza de poder dormir. Tenía los diarios de la tarde y una novela policial. Se entretuvo arreglando sus valijas, ordenado sus papeles. Hacía calor, y abrió de par en par la pequeña ventana. La cama estaba bien tendida, pero la encontró incómoda y dura. Por fin tenía todo el silencio necesario para dormir a pierna suelta, y le pesaba. Dando vueltas y vueltas, se sintió como vencido por ese silencio que había reclamado con astucia y que le devolvían entero y vengativo. Irónicamente pensó que extrañaba el llanto del niño, que esa calma perfecta no le bastaba para dormir y todavía menos para estar despierto. Extrañaba el llanto del niño, y cuando mucho más tarde lo oyó, débil pero inconfundible a través de la puerta condenada, por encima del miedo, por encima de la fuga en plena noche supo que estaba bien y que la mujer no había mentido, no se había mentido al arrullar al niño, al querer que el niño se callara para que ellos pudieran dormirse.
domingo, 28 de septiembre de 2014
El Hombre del Subsuelo
EL viernes fuimos al centro cultural de la católica a ver El hombre del Subsuelo de Dostoyvesky. Muy buena puesta en escena y actuación. Muy recomendable.
Hermosos libros arte o libros de artista
El libro de artista o libro arte es una obra de arte realizada normalmente por un artista plástico. Aquí hermosas imágenes de algunos libros creados por mentes totalmente imaginativas.

Para saber más sobre libro arte objeto: http://www.merzmail.net/libroa.htm
Hannah Arendt - La banalidad y el mal
Tuve la suerte de encontrarla en el cable, buenísima. Impresionante. La filósofa alemana, de aguda inteligencia opina sobre las acciones de Adolf Eichmann teniente coronel de las SS y uno de los mayores criminales de la historia,bajo el mando de Hitler encontrando una enorme resistencia.
Leonard Cohen - I'm your man cumple 80 años
El poeta, cantautor canadiense Leonard Cohen presenta su su nuevo CD Natural Problem con ocasión de cumplir sus ochenta años.
http://www.prensalibre.com/espectaculos/Leonard_Cohen-cumple_80_anos-vitalidad-nuevo_album_0_1216078409.html
http://www.prensalibre.com/espectaculos/Leonard_Cohen-cumple_80_anos-vitalidad-nuevo_album_0_1216078409.html
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