viernes, 28 de diciembre de 2012

Nuestra música

Para despedir el 2012 y recibir el 2013, se me ocurrió subir videos de algunos de nuestros músicos peruanos, los que más me gustan. Que tengan un año nuevo inolvidable. Muchos cariños de mi parte, Ce






















Hang, un instrumento

Tom Waits

El grito de Lorca


El grito ( Federico García Lorca)




La elipse de un grito
va de monte
a monte.

Desde los olivos,
será un arco iris negro
sobre la noche azul.

¡Ay!

Como un arco de viola,
el grito ha hecho vibrar
largas cuerdas del viento.

¡Ay!

(Las gentes de las cuevas
asoman sus velones.)

¡Ay!


Somos lo que vemos



Hay que estar muy atentos en lo que enseñamos a nuestros niños.

Aleluya



Este homenaje de los mejores músicos norteamericanos a las vítimas de Connecticut quedó pendiente.

Un director de orquesta






Aceptación

Aceptación - Alina Diaconu


¿Cómo aceptarlo todo
sin resistir?
¿Cómo fluir con la corriente
sin usar lo que creemos es
nuestra preciada voluntad?
¿Cómo dejar que las cosas sean
no como nosotros las queremos?
¿Cómo sustituir
terquedad por flexibilidad,
imposición por aceptación,
sin que eso sea renuncia?
¿Cómo existir sin esfuerzo?
¿Cómo abandonar la lucha
que nos posibilita
una vana sensación de triunfo?
¿Cómo soltar
la idea de cambiarlo todo
a nuestro antojo
e intentar cambiarnos nosotros
a nosotros mismos,
olvidando la propuesta
de cambiar el afuera?

Acaso la respuesta
a tanto interrogante
sea entender que esas son
las causas de la ira
y que su supresión es suprimir
a ese arremolinado enemigo.

Alina Diaconú
del libro “Poemas del silencio”

domingo, 23 de diciembre de 2012

Recuerdos de Navidad


Quien sabe estos recuerdos sirvan para que ustedes en algún momento de esta celebración de Navidad, se den tiempo para recordar algunas anécdotas, pequeñas historias que hicieron que esa Navidad fuese mágica e inolvidable.

Desde que tengo memoria mi papá, que era ingeniero, era quien hacía la casa para alojar el nacimiento de Navidad. La hacía casi el último día pero ponía toda su creatividad y empeño en que fuese original y se convirtiese en el centro de nuestra fiesta. Una vez era super moderna con papeles laminados de colores brillantes, otras un modesto pesebre hecho con ramas cruzadas, y el que recuerdo con más intensidad, fue una carpa árabe clavada en el suelo del jardín. A la intemperie o dentro de la sala sus nacimientos eran para nosotros algo digno de celebrar. Esta va a ser la segunda Navidad en la que él no estará con nosotros y por eso fue para mí una alegría enorme ver en casa de mi hermano Jorge un nacimiento tan especial como a los que mi papá nos tenía acostumbrados. No había que preocuparse, mi hermano continuaría la tradición.

Subí a un taxi y me quejé de la Navidad, el tráfico, los peligros de la calle, el tiempo que no alcanza, y el taxista me dijo: — "La Navidad es la mejor época del año. Es el día en el que la familia se encuentra, se demuestra su cariño, se está con las personas que más se quiere. Es una maravilla la Navidad". Gran lección.

Esta mañana Nilda me contó como pasaría la noche del 24, cenarían en su casa pero a las 12 en punto saldrían a encontrarse con los vecinos y abrazarse con ellos. Es cierto que las casas son chiquitas y están una cerca de la otra, pero me pareció una costumbre digna de imitarse. Su tía, una vez acabada la cena pondría llave a la puerta para que no se escapen los muchachos y vayan por ahí a tomar y perderse. Mejor cuidarlos de antemano.

Cuando era chica salíamos al parque a cierta hora, un tío nos llevaba con la excusa de los cohetes. Al regresar, mi mamá nos decía que justo en esos instantes había llegado Papa noel por la chimenea y había dejado regalos para nosotros. La alegría de los regalos nos hacía olvidar la pena de no haber visto a ese personaje tan extraño y generoso que venía del polo norte volando en un carro jalado por renos.

Mario, me cuenta que podría jurar haber visto a Papa Noel una Navidad bajando en puntas de pie las escaleras de su casa.

Después de escuchar a los Parchis en la televisión cantando en el Puericultorio “¡Ven a mi casa esta Navidad!” Decidimos hacer los trámites para poder invitar a dos niños, un hombrecito y una niña a pasar el 25 en nuestra casa. Fue algo que ni nosotros ni nuestros hijos olvidaremos jamás. Primero los llevamos a pasear a la Punta, dimos un paseo en un bote y después estuvimos en casa jugando y conversando. Almorzamos en el jardín y pasamos una tarde muy especial.

Ya había publicado el blog y recibo estas hermosas reflexiones y recuerdos de mi amiga española Carmen Rico Coira, hubieran merecido página especial pero de lo que se trata es de que vayan y aquí están. Gracias querida Carmen.

"22-12-2012

A Casi todos los adultos la Navidad les resulta triste. A mi, no lo sé... Por un lado aún queda en mí algo de aquella niña que estiraba con la uña del pulgar los papeles de plata que envolvían algunas naranjas en Navidad. Las mejores naranjas de mesa que se vendían en la tienda de mis padres venían recubiertas con papeles de colores brillantes... Verdes, rojos, violeta.... Así eran por un lado y por el otro de pura plata. Los estiraba tanto que de tan finos, los envoltorios, al moverse sonaba una especie de musiquita. Y a veces de tanto estirarlos se me rompían...Yo, no era consciente de que era pobre. Era normal, como todos, como la mayoría de los niños que conocía. Y cualquier cosa que cambiase el ritmo era formidable... Y la Navidad También.

Además, guardaba unas virutas brillantes que traían las nueces y las avellanas. Y con todo ello y poco más... Quizá papel charol para recortar lunas y estrellas ,hacíamos una especie de adornos navideños. Pero Lo que en realidad me gustaba eran las bolas para colgar que vendían en La Celta... Las había de todos los tamaños y colores, pero siempre resultaban demasiado caras... Y las figuritas del belén... Que era como jugar a las casitas, pero más... Porque era todo un pueblo. Una comunidad, con sus buenos y sus malos. Con el río de plata... Los patos, los puentes, el musgo...las casitas por las colinas y un poco más allá , el desierto... Lo mejor. Con los tres reyes que traían regalos. Si, en ese tiempo era bonito... La imaginación volaba y se fabricaban castillos en el aire.

En la buhardilla de mi casa, encima de un viejo somier, a modo de tarima, mis vecinos armaban el Belén más bonito que jamás había visto. Quizá el único, salvo el del colegio, que siempre era muy sobrio y dejaba poco lugar a la imaginación. Ahora pienso que ya en aquel momento debía de ser antiguo. Eran figuras de barro pintadas. Grandes. Realmente grandes... A mi me parecía. Pero sobre todo, lo que nunca olvidaré eran los camellos con los reyes , precedidos de tres pajes y que cada día avanzaban un poco más en su camino de arena. Era milagroso ver como iban acercándose al oasis de palmeras. Aún cuando descubrí quienes eran en verdad los reyes, nunca pude averiguar de quién era la mano mágica que movía cada noche un poco aquel cortejo. Mis padres, no lo creo. Demasiado ocupados con su trabajo. Bastante hacían para procurarnos algún regalo para el día seis, como para dedicarse a esas pamplinas... Nunca lo descubrí, a pesar de que espié... Sobre todo a mi hermano, que sabía de lo emocionante que era para mí observar las huellas que dejaban los camellos en su periplo. También espié a la vecina y pregunté...

Luego me tocó organizar las navidades de mi hijo. Las de mis padres...y Ahora sigo la rutina porque no se trata de aguar la fiesta a nadie y las disfruto y las sufro por igual. Mucha gente se fue quedando en el camino. Natural...pero se extraña. Estos días resultan melancólicos por muchas cosas, pero también por la luz, o más bien por su ausencia, pero nos queda la esperanza de que cuando esto acabe y empecemos a gastar las hojas del nuevo calendario la promesa de los minutos ganados a la noche me produce una sensación un tanto eufórica y se agradece...

Y cuando esta mañana, al levantarme y ver el cielo, pensé... Vale la pena, también vale la pena vivir por ver un amanecer como este en diciembre... Así que aprovecho la imagen que capturó mi iphone de este cielo de colores para compartir contigo esta agradable sensación del solsticio de invierno.



Con todo el cariño." Carmen





El regalo de la Navidad

Recibo este artículo de Lucy Newton Valdivieso y decido compartirlo con ustedes. Muchas gracias Lucy.




La Navidad, es el acontecimiento más importante del calendario Cristiano, porque a partir del nacimiento de Cristo, se presenta al mundo al “verbo encarnado”, al hijo de Dios, hecho hombre para enseñarnos el camino de la verdad y del amor. Con el sólo hecho de ser Jesús quien fue, no importa que fuera sólo un hombre de carne y hueso igual a los de su época, se destacó como los que destacan los que vienen a este mundo y muestran perseverancia en hacer llegar a la comunidad que les rodea y a la que los trasciende, un mensaje de una importancia tan grande que persiste; que impacta las mentes y los corazones de aquellos.
En mi casa nunca se fue la representación de este evento; pues todo el año lo tuve puesto dentro de la chimenea, para que nos recordase que Dios sí existe, que Jesús existió y que su entorno, cuando se produjo tan venturoso suceso, fue en un ambiente sumamente humilde, pero glorioso. Allí llegaron ricos y pobres a rendirle homenaje…un homenaje de esperanza por un mundo mejor.
Cuando era niña me regocijaba esta época, porque esperaba los regalos de Papá Noel que bajaría por la chimenea y se comería las galletas que dejábamos encima de la mesa. Estábamos tan tentados por las galletas, que cuando se suponía que llegaba el gordo barbudo y panzón, ya no sobraba casi nada para él…ahora que han pasado los años me imagino la frustración que habrán sentido nuestros padres cuando después de envolver regalos toda la noche, se acercaban a ponerlos bajo el arbolito pensando en las ricas golosinas y en el vasito heladito de leche que los endulzarían y calmarían su cansancio. Pero en ese entonces, nosotros y muy pocos notábamos que más allá de los regalos materiales, estábamos celebrando el nacimiento de nuestro Salvador, Aquel que nos daría el regalo más grande de amor que ser alguno pudo mostrarnos. Jesús luchó por lo que sintió y se sacrificó por sus convicciones…igual como lo hacen los grandes luchadores sociales.
El otro día me fui a pasear por NY, a ver las vidrieras que cada año ponen las tiendas más importantes. Hasta ahora no vi alguna en la que se representa el nacimiento. Y me da tristeza cuando veo que esta fiesta se ha comercializado tanto, que uno se ve forzado a caminar lleno de bolsas y a contagiarse de la vorágine que nos rodea, so pena de acabar con las esperanzas de aquellos que ven esta estación del año como un tiempo para recibir regalos caros. Cuando Jesús recibió la visita de los reyes, ante su pesebre, adonde llegaron guiados por una luminosa estrella, también recibió regalos, pero que encerraban un simbolismo sobre lo que comenzaba y sería la vida de Jesús: oro, por ser un regalo que se otorgaba a reyes, demostraba su reinado sobre la humanidad; incienso, que va apareado con una alabanza que se eleva al cielo… su glorificación; y mirra, la sustancia con que se cubría a los muertos para conservarlos, que pronosticaba su sufrimiento y muerto futuros. Ese simbolismo ha sido mal entendido y transformado hoy, y aquellos que no reciben un regalo ese día se sienten desgraciados, llorosos y mal servidos. Y me pregunto: ¿Porqué no pensamos en el regalo de la vida? Los que tenemos una familia bien constituida, los que tenemos el beneficio de tener un trabajo y de poder traer el regular sustento diario a nuestras familias, deberíamos pensar en los menos afortunados y regalarles con la posibilidad de trabajar, de velar por sus familias y de traer la justicia al mundo.
Me encontraba pensando de nuevo, como antes ya lo escribí, en las muertes de esos niñitos inocentes y de sus sacrificados profesores, quienes con este suceso, han hecho reconsiderar al mundo sus valores, su comportamiento pasado y sus propuestas futuras. Han hecho cambiar la forma de ver al mundo y de recapacitar para crear un ambiente seguro y favorable para sus comunidades. De un hecho nefasto, surge el regalo de la compasión, el de la unión comunal, el de la reconstrucción.
En estos días se ha estado hablando también sobre el fin del mundo, el fin de los días de la Biblia, en el que vendrá Jesús entre las nubes, rodeado de sus ángeles para efectuar el juicio final…el veredicto no estará sujeto a seres terrenales, sino que medirá nuestra capacidad de regalar amor. Y a los que tenemos miedo que el cielo se nos caiga encima, que el árbol de atrás machaque nuestra casa, que nunca tengamos la oportunidad de ver a nuestros seres queridos de nuevo, se nos regala con la realización de una vez por todas, de que nuestro fin del mundo llegará cuando sucumbamos ante las injusticias, cuando nos dejemos arrastrar por pasiones negativas, cuando descuidemos nuestro ambiente y cuando no logremos despojarnos de nuestro egoísmo y no compartamos con los pobres de bienes y los pobres de espíritu.
Aunque saquemos al nacimiento de nuestras chimeneas, el rincón más inadvertido de nuestras casas, donde apenas se percibe dentro del hálito de las débiles luces que lo iluminan, no prescindamos de su brillante significado: el surgimiento del amor y de la gloria, de la brillante estrella, desde las envolturas de un niño nacido en un ambiente humilde, que no necesitó enjoyarse para ser importante. La lección de ese episodio debería ser nuestro verdadero regalo en ésta y todas nuestras futuras navidades.

Lucy Newton de Valdivieso New York, 25 de Diciembre 2012

10,000 cantantes cantando la Canción de la alegría

Andrea Boccelli

Los grandes maestros celebran la Navidad

La noche antes de Navidad por Disney


Mientras la veía recordaba haberla visto de niña fascinada con la magia de Navidad.

Nacimientos
























Un bello cuento de Navidad

El regalo de los Reyes Magos

O. Henry

Un dólar y ochenta y siete centavos. Eso era todo. Y setenta centavos estaban en céntimos. Céntimos ahorrados, uno por uno, discutiendo con el almacenero y el verdulero y el carnicero hasta que las mejillas de uno se ponían rojas de vergüenza ante la silenciosa acusación de avaricia que implicaba un regateo tan obstinado. Delia los contó tres veces. Un dólar y ochenta y siete centavos. Y al día siguiente era Navidad.
Evidentemente no había nada que hacer fuera de echarse al miserable lecho y llorar. Y Delia lo hizo. Lo que conduce a la reflexión moral de que la vida se compone de sollozos, lloriqueos y sonrisas, con predominio de los lloriqueos.

Mientras la dueña de casa se va calmando, pasando de la primera a la segunda etapa, echemos una mirada a su hogar, uno de esos departamentos de ocho dólares a la semana. No era exactamente un lugar para alojar mendigos, pero ciertamente la policía lo habría descrito como tal.

Abajo, en la entrada, había un buzón al cual no llegaba carta alguna, Y un timbre eléctrico al cual no se acercaría jamás un dedo mortal. También pertenecía al departamento una tarjeta con el nombre de "Señor James Dillingham Young".

La palabra "Dillingham" había llegado hasta allí volando en la brisa de un anterior período de prosperidad de su dueño, cuando ganaba treinta dólares semanales. Pero ahora que sus entradas habían bajado a veinte dólares, las letras de "Dillingham" se veían borrosas, como si estuvieran pensando seriamente en reducirse a una modesta y humilde "D". Pero cuando el señor James Dillingham Young llegaba a su casa y subía a su departamento, le decían "Jim" y era cariñosamente abrazado por la señora Delia Dillingham Young, a quien hemos presentado al lector como Delia. Todo lo cual está muy bien.

Delia dejó de llorar y se empolvó las mejillas con el cisne de plumas. Se quedó de pie junto a la ventana y miró hacia afuera, apenada, y vio un gato gris que caminaba sobre una verja gris en un patio gris. Al día siguiente era Navidad y ella tenía solamente un dólar y ochenta y siete centavos para comprarle un regalo a Jim. Había estado ahorrando cada centavo, mes a mes, y éste era el resultado. Con veinte dólares a la semana no se va muy lejos. Los gastos habían sido mayores de lo que había calculado. Siempre lo eran. Sólo un dólar con ochenta y siete centavos para comprar un regalo a Jim. Su Jim. Había pasado muchas horas felices imaginando algo bonito para él. Algo fino y especial y de calidad -algo que tuviera justamente ese mínimo de condiciones para que fuera digno de pertenecer a Jim. Entre las ventanas de la habitación había un espejo de cuerpo entero. Quizás alguna vez hayan visto ustedes un espejo de cuerpo entero en un departamento de ocho dólares. Una persona muy delgada y ágil podría, al mirarse en él, tener su imagen rápida y en franjas longitudinales. Como Delia era esbelta, lo hacía con absoluto dominio técnico. De repente se alejó de la ventana y se paró ante el espejo. Sus ojos brillaban intensamente, pero su rostro perdió su color antes de veinte segundos. Soltó con urgencia sus cabellera y la dejó caer cuan larga era.

Los Dillingham eran dueños de dos cosas que les provocaban un inmenso orgullo. Una era el reloj de oro que había sido del padre de Jim y antes de su abuelo. La otra era la cabellera de Delia. Si la Reina de Saba hubiera vivido en el departamento frente al suyo, algún día Delia habría dejado colgar su cabellera fuera de la ventana nada más que para demostrar su desprecio por las joyas y los regalos de Su Majestad. Si el rey Salomón hubiera sido el portero, con todos sus tesoros apilados en el sótano, Jim hubiera sacado su reloj cada vez que hubiera pasado delante de él nada más que para verlo mesándose su barba de envidia.

La hermosa cabellera de Delia cayó sobre sus hombros y brilló como una cascada de pardas aguas. Llegó hasta más abajo de sus rodillas y la envolvió como una vestidura. Y entonces ella la recogió de nuevo, nerviosa y rápidamente. Por un minuto se sintió desfallecer y permaneció de pie mientras un par de lágrimas caían a la raída alfombra roja.

Se puso su vieja y oscura chaqueta; se puso su viejo sombrero. Con un revuelo de faldas y con el brillo todavía en los ojos, abrió nerviosamente la puerta, salió y bajó las escaleras para salir a la calle.

Donde se detuvo se leía un cartel: "Mme. Sofronie. Cabellos de todas clases". Delia subió rápidamente Y, jadeando, trató de controlarse. Madame, grande, demasiado blanca, fría, no parecía la "Sofronie" indicada en la puerta.

-¿Quiere comprar mi pelo? -preguntó Delia.

-Compro pelo -dijo Madame-. Sáquese el sombrero y déjeme mirar el suyo.

La áurea cascada cayó libremente.

-Veinte dólares -dijo Madame, sopesando la masa con manos expertas.

-Démelos inmediatamente -dijo Delia.

Oh, y las dos horas siguientes transcurrieron volando en alas rosadas. Perdón por la metáfora, tan vulgar. Y Delia empezó a mirar los negocios en busca del regalo para Jim.

Al fin lo encontró. Estaba hecho para Jim, para nadie más. En ningún negocio había otro regalo como ése. Y ella los había inspeccionado todos. Era una cadena de reloj, de platino, de diseño sencillo y puro, que proclamaba su valor sólo por el material mismo y no por alguna ornamentación inútil y de mal gusto... tal como ocurre siempre con las cosas de verdadero valor. Era digna del reloj. Apenas la vio se dio cuenta de que era exactamente lo que buscaba para Jim. Era como Jim: valioso y sin aspavientos. La descripción podía aplicarse a ambos. Pagó por ella veintiún dólares y regresó rápidamente a casa con ochenta y siete centavos. Con esa cadena en su reloj, Jim iba a vivir ansioso de mirar la hora en compañía de cualquiera. Porque, aunque el reloj era estupendo, Jim se veía obligado a mirar la hora a hurtadillas a causa de la gastada correa que usaba en vez de una cadena.

Cuando Delia llegó a casa, su excitación cedió el paso a una cierta prudencia y sensatez. Sacó sus tenacillas para el pelo, encendió el gas y empezó a reparar los estragos hechos por la generosidad sumada al amor. Lo cual es una tarea tremenda, amigos míos, una tarea gigantesca.

A los cuarenta minutos su cabeza estaba cubierta por unos rizos pequeños y apretados que la hacían parecerse a un encantador estudiante holgazán. Miró su imagen en el espejo con ojos críticos, largamente.

"Si Jim no me mata, se dijo, antes de que me mire por segunda vez, dirá que parezco una corista de Coney Island. Pero, ¿qué otra cosa podría haber hecho? ¡Oh! ¿Qué podría haber hecho con un dólar y ochenta y siete centavos?."

A las siete de la noche el café estaba ya preparado y la sartén lista en la estufa para recibir la carne.

Jim no se retrasaba nunca. Delia apretó la cadena en su mano y se sentó en la punta de la mesa que quedaba cerca de la puerta por donde Jim entraba siempre. Entonces escuchó sus pasos en el primer rellano de la escalera y, por un momento, se puso pálida. Tenía la costumbre de decir pequeñas plegarias por las pequeñas cosas cotidianas y ahora murmuró: "Dios mío, que Jim piense que sigo siendo bonita".

La puerta se abrió, Jim entró y la cerró. Se le veía delgado y serio. Pobre muchacho, sólo tenía veintidós años y ¡ya con una familia que mantener! Necesitaba evidentemente un abrigo nuevo y no tenía guantes.

Jim franqueó el umbral y allí permaneció inmóvil como un perdiguero que ha descubierto una codorniz. Sus ojos se fijaron en Delia con una expresión que su mujer no pudo interpretar, pero que la aterró. No era de enojo ni de sorpresa ni de desaprobación ni de horror ni de ningún otro sentimiento para los que que ella hubiera estado preparada. Él la miraba simplemente, con fijeza, con una expresión extraña.

Delia se levantó nerviosamente y se acercó a él.

-Jim, querido -exclamó- no me mires así. Me corté el pelo y lo vendí porque no podía pasar la Navidad sin hacerte un regalo. Crecerá de nuevo ¿no te importa, verdad? No podía dejar de hacerlo. Mi pelo crece rápidamente. Dime "Feliz Navidad" y seamos felices. ¡No te imaginas qué regalo, qué regalo tan lindo te tengo!

-¿Te cortaste el pelo? -preguntó Jim, con gran trabajo, como si no pudiera darse cuenta de un hecho tan evidente aunque hiciera un enorme esfuerzo mental.

-Me lo corté y lo vendí -dijo Delia-. De todos modos te gusto lo mismo, ¿no es cierto? Sigo siendo la misma aún sin mi pelo, ¿no es así?

Jim pasó su mirada por la habitación con curiosidad.

-¿Dices que tu pelo ha desaparecido? -dijo con aire casi idiota.

-No pierdas el tiempo buscándolo -dijo Delia-. Lo vendí, ya te lo dije, lo vendí, eso es todo. Es Nochebuena, muchacho. Lo hice por ti, perdóname. Quizás alguien podría haber contado mi pelo, uno por uno -continuó con una súbita y seria dulzura-, pero nadie podría haber contado mi amor por ti. ¿Pongo la carne al fuego? -preguntó.

Pasada la primera sorpresa, Jim pareció despertar rápidamente. Abrazó a Delia. Durante diez segundos miremos con discreción en otra dirección, hacia algún objeto sin importancia. Ocho dólares a la semana o un millón en un año, ¿cuál es la diferencia? Un matemático o algún hombre sabio podrían darnos una respuesta equivocada. Los Reyes Magos trajeron al Niño regalos de gran valor, pero aquél no estaba entre ellos. Este oscuro acertijo será explicado más adelante.

Jim sacó un paquete del bolsillo de su abrigo y lo puso sobre la mesa.

-No te equivoques conmigo, Delia -dijo-. Ningún corte de pelo, o su lavado o un peinado especial, harían que yo quisiera menos a mi mujercita. Pero si abres ese paquete verás por qué me has provocado tal desconcierto en un primer momento.

Los blancos y ágiles dedos de Delia retiraron el papel y la cinta. Y entonces se escuchó un jubiloso grito de éxtasis; y después, ¡ay!, un rápido y femenino cambio hacia un histérico raudal de lágrimas y de gemidos, lo que requirió el inmediato despliegue de todos los poderes de consuelo del señor del departamento.

Porque allí estaban las peinetas -el juego completo de peinetas, una al lado de otra- que Delia había estado admirando durante mucho tiempo en una vitrina de Broadway. Eran unas peinetas muy hermosas, de carey auténtico, con sus bordes adornados con joyas y justamente del color para lucir en la bella cabellera ahora desaparecida. Eran peinetas muy caras, ella lo sabía, y su corazón simplemente había suspirado por ellas y las había anhelado sin la menor esperanza de poseerlas algún día. Y ahora eran suyas, pero las trenzas destinadas a ser adornadas con esos codiciados adornos habían desaparecido.

Pero Delia las oprimió contra su pecho y, finalmente, fue capaz de mirarlas con ojos húmedos y con una débil sonrisa, y dijo:

-¡Mi pelo crecerá muy rápido, Jim!

Y enseguida dio un salto como un gatito chamuscado y gritó:

-¡Oh, oh!

Jim no había visto aún su hermoso regalo. Delia lo mostró con vehemencia en la abierta palma de su mano. El precioso y opaco metal pareció brillar con la luz del brillante y ardiente espíritu de Delia.

-¿Verdad que es maravillosa, Jim? Recorrí la ciudad entera para encontrarla. Ahora podrás mirar la hora cien veces al día si se te antoja. Dame tu reloj. Quiero ver cómo se ve con ella puesta.

En vez de obedecer, Jim se dejo caer en el sofá, cruzó sus manos debajo de su nuca y sonrió.

-Delia -le dijo- olvidémonos de nuestros regalos de Navidad por ahora. Son demasiado hermosos para usarlos en este momento. Vendí mi reloj para comprarte las peinetas. Y ahora pon la carne al fuego.

Los Reyes Magos, como ustedes seguramente saben, eran muy sabios -maravillosamente sabios- y llevaron regalos al Niño en el Pesebre. Ellos fueron los que inventaron los regalos de Navidad. Como eran sabios, no hay duda que también sus regalos lo eran, con la ventaja suplementaria, además, de poder ser cambiados en caso de estar repetidos. Y aquí les he contado, en forma muy torpe, la sencilla historia de dos jóvenes atolondrados que vivían en un departamento y que insensatamente sacrificaron el uno al otro los más ricos tesoros que tenían en su casa. Pero, para terminar, digamos a los sabios de hoy en día que, de todos los que hacen regalos, ellos fueron los más sabios. De todos los que dan y reciben regalos, los más sabios son los seres como Jim y Delia. Ellos son los verdaderos Reyes Magos.






Nacimientos peruanos














La virgen espera a Jesús y San José y el niño