Acá comparto uno de mis pequeños textos o textos pequeños:
En medio del ombligo
Había escuchado que Salvador tenía un amigo pequeñito que vivía en su cuarto y que por las noches se acurrucaba en su ombligo. La idea de un amigo tan pequeñito me encantó y que durmiese acurrucado en su ombligo me produjo una ternura increíble, justo en el ombligo como si se tratase de un bebito que duerme plácido mientras espera el inicio de la vida. Tenía que verlo. Salvador no me hablaba nunca, decía que no le gustaba meterse con las mujeres porque somos conflictivas y enredistas. ¿Cómo le iba a pedir que me lo enseñase si no le podía hablar? ¿Con muecas y gestos? Antes había intentado hablarle varias veces y él ponía cara de palo, los labios cerrados, los oídos sordos y los ojos mirando a otra parte como si yo no existiese. ¿Y si entraba a su cuarto mientras dormía, levantaba la sábana, podría verlo? ¿A oscuras? ¿Y si dormía boca abajo?
A cada rato miraba mi propio ombligo para ver si había aparecido una mujercita igualita a mí pero tan chiquita que pudiese estirarse cómodamente en mi ombligo.
— ¿Por qué te levantas el vestido?— Preguntaba mi mamá con voz de preocupación, y yo me hacía la que saltaba y jugaba con mi sombra. Mi ombligo estaba siempre vacío. Entonces me dije — ¿Y para qué existe la imaginación? Aunque no vea nada, la veré— y como era de día me puse concentrada a mirar sobre mi mesa de noche, con los ojos casi cerrados como si fuese a tomar una foto tratando de pensar sólo en ella, en la niñita pequeñísima que aparecería para jugar conmigo. Cerré los ojos, dije solo para mí misma las palabras mágicas, que sea, que sea, que mi sueño sea y todo lo que desee se cumpla, y entonces al abrir los ojos vi que la niñita se desperezaba como si hubiese estado durmiendo desde hacía mucho y se ponía de pie para poder verme. —Eres igual a mí, me dijo, pero mucho más grande, eres una giganta, eres enorme.
Buscando una imagen para recrear este cuento encontré este que no es para el cuento pero que me gustó mucho:
Desde Lima, un relámpago de azul-cielo o azul-mar en nuestra mente o en nuestro corazón que ansían la belleza. Cuentos, poesía, música, cine, reflexiones, teatro, viajes, fotografía, entrevistas, danza y más.
domingo, 25 de agosto de 2013
Sigo siendo
Anoche la vimos, una belleza, nuestra música melancólica de la selva, del ande, ya más animada la de la costa, tan variada igual tocando nuestra sensibilidad. Los paisajes nuestros. Y un homenaje a Arguedas. El sonido del agua y el canto de los pájaros dando origen a la música. Me impresionó un músico que pasa desapercibido en Lima, realizando trabajos distintos a su música , es heladero) cargando toda la sabiduría de su violín, la herencia recibida de su padre, su mundo que queda en las alturas en el que es tan feliz. Creo que han hecho un bello documental que podría tener una segunda parte en donde nos muestren los huaylas, los saxos y mucho más de nuestra música. Esta es una invitación a que se den tiempo para verla.
Más vida a la vida
Sigo siendo (kachkaniraqmi), la película que explora el Perú a través de la música.
Sigo siendo es más que un documental o una película. Quiero verla varias veces. Quiero verla siempre en realidad porque es un vuelo mágico que nos muestra nuestra tierra, con sus múltiples diferencias, su complejidad cultural, la belleza de su paisaje, el corazón de su gente.
Es un viaje al interior de nosotros mismos a través de la música que es como el latido de nuestro propio corazón; la misma que permite el encuentro de todos esos mundos de los que está hecho el Perú. La riqueza de nuestro mestizaje representada en las notas del violin de Maximo Damián junto con el zapateo de los hermanos Ballumbrosio. O la escena en que el violinista entra a la casita de barro de la niñez, en la sierra me trajo, muy a su manera, el recuerdo de las fresas silvestres de bergman y me pareció que además de un vuelo y un viaje era también un sueño proyectado en un ecran. Una poesía.
Me impresionó la armazón de la película; los puentes que usa para pasar de un lugar a otro, de un personaje a otro, de una historia a otra de manera sutil. La subjetividad de cada uno de los testimonios. De los criollos, de la mujer de selva, del hombre del ande.
Salí con la certeza que Arguedas sigue siendo, que Chabuca sigue siendo, lo mismo que el maestro Jayre y el maestro Casaverde y que toda esa preciosa naturaleza, esa belleza de río y de mar, esas montañas, la música, seguirán siendo. Los que se han ido siguen siendo y nosotros mismos también seguiremos estando de alguna manera vivos por siempre. Alina Gadea
Sigo siendo es más que un documental o una película. Quiero verla varias veces. Quiero verla siempre en realidad porque es un vuelo mágico que nos muestra nuestra tierra, con sus múltiples diferencias, su complejidad cultural, la belleza de su paisaje, el corazón de su gente.
Es un viaje al interior de nosotros mismos a través de la música que es como el latido de nuestro propio corazón; la misma que permite el encuentro de todos esos mundos de los que está hecho el Perú. La riqueza de nuestro mestizaje representada en las notas del violin de Maximo Damián junto con el zapateo de los hermanos Ballumbrosio. O la escena en que el violinista entra a la casita de barro de la niñez, en la sierra me trajo, muy a su manera, el recuerdo de las fresas silvestres de bergman y me pareció que además de un vuelo y un viaje era también un sueño proyectado en un ecran. Una poesía.
Me impresionó la armazón de la película; los puentes que usa para pasar de un lugar a otro, de un personaje a otro, de una historia a otra de manera sutil. La subjetividad de cada uno de los testimonios. De los criollos, de la mujer de selva, del hombre del ande.
Salí con la certeza que Arguedas sigue siendo, que Chabuca sigue siendo, lo mismo que el maestro Jayre y el maestro Casaverde y que toda esa preciosa naturaleza, esa belleza de río y de mar, esas montañas, la música, seguirán siendo. Los que se han ido siguen siendo y nosotros mismos también seguiremos estando de alguna manera vivos por siempre. Alina Gadea
Entrevista a Sara Van
Canta en la película peruana "Sigo siendo" nada menos que una canción de Chabuca Granda.
Compañero del viento
Compañero del viento : Abbas Kiarostami
por Clara Janés - A. Kiarostami
Ediciones del Oriente y del Mediterráneo
Abbas Kiarostami Teherán, 22 de junio de 1940) es uno de los cineastas y fotógrafos más influyentes y controvertidos del Irán postrevolucionario y uno de los más consagrados directores de la comunidad cinematográfica internacional.
Una flor, una mariposa, una abeja, el reposo de un niño, una mujer encinta, viento, nieve son particulares formas de paisaje que Abbas Kiarostami capta con palabras y, como mago, deja flotando envueltas en silencio. Este silencio es el que les quita peso, las sitúa en la ingravidez, las sostiene y singulariza y las arrebata al espacio y al tiempo. Y, con todo, se trata siempre de lo cotidiano, de momentos de vida, de lo que transcurre. Es el don del poema breve, se llame haiku (Japón), koşuk o koşma (Turquía),sach’ (Arabia preislámica) o josravaní (Irán), una forma de escritura sutil y sagaz que compacta concepto e imagen otorgándoles un aspecto pluridimensional. Detenida esta unidad por la mano creadora, se carga de sugerencias y es inevitable, a través de ella, no establecer nexos, algunos muy concretos.
Leyendo los versos de Kiarostami, por ejemplo, las amapolas, o las manzanas nos llevan hasta Sohrab Sepehrí, el más abarcador entre los poetas persas del siglo XX, que además era pintor. Y a ese aspecto suyo, el plástico, nos acercan la nieve, los árboles quebrados y los caminos en la montaña. Sepehrí, que se preguntaba “dónde está la morada del amigo [1]”, pregunta a su vez formulada siglos antes por Yalal UD-Din Rumi a través de la cual se delimita la perpetua búsqueda que es la vida y, con ella, el arte, veía en la naturaleza un modo de abstracción de carácter extremo oriental –no hay que olvidar que partió a Japón para aprender grabado-. El mismo espíritu habita en Kiarostami y se refleja no sólo en sus imágenes –especialmente en sus bellísimas fotografías-, sino también en sus textos, hasta tal punto que su escritura –como afirma Victor Erice– es comparable a la de los cuadernos dejados por otro cineasta, el ya clásico Jasujiro Ozu.
La noche/es el don de Dios/ a los ciegos [2], escribió el turco Fazil Hüsnü Dağlarca, versos que cruzan nuestra mente como un relámpago negro. Para Kiarostami, que trabaja con la claridad, se trata de la luz, eso “único visible por sí mismo”, en palabras de Sohravardi [3]. Y la luz se halla en todo, y, sobre todo, en el aire. La potencia de la luz es tan grande que puede deslumbrarnos y cegar las dimensiones de lo real. Pero Kiarostami es un maestro y también al escribir poesía sabe cómo captarla en su momento de máxima eficacia, cuando, suspendidas esas formas peculiares del paisaje, esos concepto-imágenes, en el interior de su gota de silencio, cruza su envoltura, como si el silencio fuera un aura de transparente vaho, provocando el fenómeno de la irisación.
POEMAS
Un potrillo blanco
viene de la niebla
y desaparece
en la niebla
Los polluelos de un día
experimentaron
la primera lluvia de primavera
Salta y se posa
se posa y salta
el saltamontes
en una dirección que sólo él sabe
Seis monjes bajos
caminan
entre altos plátanos
...
La voz de los cuervos
La araña
ha empezado su labor
antes de la salida del sol
La alfalfa esconde en sí
el rocío matutino
Las moscas
giran en torno a la cabeza de la yegua muerta
cuando se pone el sol
Ni este
ni oeste
ni norte
ni sur
Aquí mismo donde estoy de pie
En los juegos entre el niño y la abuela
siempre pierde
la abuela
En un templo
de hace mil trescientos años
la hora
siete menos siete
Mi sombra
me acompaña
en la noche de luna
La bignonia
se llena
de lluvia primaveral
El gusano deja
la manzana agusanada
por una nueva manzana
Las coloridas frutas
en el silencio de los vestidos de luto
Pensándolo bien
no comprendo la razón
de tanta blancura de la nieve
Esta vez une
la araña
las ramas
de la morera y el cerezo
Los girasoles
cabizbajos murmuran
en el quinto día nublado
La paloma
compuso el primer poema épico
al volar sobre el cráter de un volcán
El humo de la vela
ennegrece
el ala colorida de la mariposa
De cada cien manzanas
diez manzanas agusanadas
para cada gusano
diez manzanas
Los pájaros
juegan
en la mano y la cara del espantapájaros
La tarea ha llegado a su fin
Dos cuadernos de cien hojas
un lápiz con la punta afilada
una mochila de consejos
un niño en el camino
Durante la noche de tormenta
se enciende la lámpara
La insistencia del amante
no llega a nada
Ahora ¿dónde está?
¿qué hace
aquel que he olvidado?
Siguiendo el espejismo
llegué al agua
sin sensación de sed
Siempre quedan inacabadas
mis palabras
conmigo mismo…
por Clara Janés - A. Kiarostami
Ediciones del Oriente y del Mediterráneo
Abbas Kiarostami Teherán, 22 de junio de 1940) es uno de los cineastas y fotógrafos más influyentes y controvertidos del Irán postrevolucionario y uno de los más consagrados directores de la comunidad cinematográfica internacional.
Una flor, una mariposa, una abeja, el reposo de un niño, una mujer encinta, viento, nieve son particulares formas de paisaje que Abbas Kiarostami capta con palabras y, como mago, deja flotando envueltas en silencio. Este silencio es el que les quita peso, las sitúa en la ingravidez, las sostiene y singulariza y las arrebata al espacio y al tiempo. Y, con todo, se trata siempre de lo cotidiano, de momentos de vida, de lo que transcurre. Es el don del poema breve, se llame haiku (Japón), koşuk o koşma (Turquía),sach’ (Arabia preislámica) o josravaní (Irán), una forma de escritura sutil y sagaz que compacta concepto e imagen otorgándoles un aspecto pluridimensional. Detenida esta unidad por la mano creadora, se carga de sugerencias y es inevitable, a través de ella, no establecer nexos, algunos muy concretos.
Leyendo los versos de Kiarostami, por ejemplo, las amapolas, o las manzanas nos llevan hasta Sohrab Sepehrí, el más abarcador entre los poetas persas del siglo XX, que además era pintor. Y a ese aspecto suyo, el plástico, nos acercan la nieve, los árboles quebrados y los caminos en la montaña. Sepehrí, que se preguntaba “dónde está la morada del amigo [1]”, pregunta a su vez formulada siglos antes por Yalal UD-Din Rumi a través de la cual se delimita la perpetua búsqueda que es la vida y, con ella, el arte, veía en la naturaleza un modo de abstracción de carácter extremo oriental –no hay que olvidar que partió a Japón para aprender grabado-. El mismo espíritu habita en Kiarostami y se refleja no sólo en sus imágenes –especialmente en sus bellísimas fotografías-, sino también en sus textos, hasta tal punto que su escritura –como afirma Victor Erice– es comparable a la de los cuadernos dejados por otro cineasta, el ya clásico Jasujiro Ozu.
La noche/es el don de Dios/ a los ciegos [2], escribió el turco Fazil Hüsnü Dağlarca, versos que cruzan nuestra mente como un relámpago negro. Para Kiarostami, que trabaja con la claridad, se trata de la luz, eso “único visible por sí mismo”, en palabras de Sohravardi [3]. Y la luz se halla en todo, y, sobre todo, en el aire. La potencia de la luz es tan grande que puede deslumbrarnos y cegar las dimensiones de lo real. Pero Kiarostami es un maestro y también al escribir poesía sabe cómo captarla en su momento de máxima eficacia, cuando, suspendidas esas formas peculiares del paisaje, esos concepto-imágenes, en el interior de su gota de silencio, cruza su envoltura, como si el silencio fuera un aura de transparente vaho, provocando el fenómeno de la irisación.
POEMAS
Un potrillo blanco
viene de la niebla
y desaparece
en la niebla
Los polluelos de un día
experimentaron
la primera lluvia de primavera
Salta y se posa
se posa y salta
el saltamontes
en una dirección que sólo él sabe
Seis monjes bajos
caminan
entre altos plátanos
...
La voz de los cuervos
La araña
ha empezado su labor
antes de la salida del sol
La alfalfa esconde en sí
el rocío matutino
Las moscas
giran en torno a la cabeza de la yegua muerta
cuando se pone el sol
Ni este
ni oeste
ni norte
ni sur
Aquí mismo donde estoy de pie
En los juegos entre el niño y la abuela
siempre pierde
la abuela
En un templo
de hace mil trescientos años
la hora
siete menos siete
Mi sombra
me acompaña
en la noche de luna
La bignonia
se llena
de lluvia primaveral
El gusano deja
la manzana agusanada
por una nueva manzana
Las coloridas frutas
en el silencio de los vestidos de luto
Pensándolo bien
no comprendo la razón
de tanta blancura de la nieve
Esta vez une
la araña
las ramas
de la morera y el cerezo
Los girasoles
cabizbajos murmuran
en el quinto día nublado
La paloma
compuso el primer poema épico
al volar sobre el cráter de un volcán
El humo de la vela
ennegrece
el ala colorida de la mariposa
De cada cien manzanas
diez manzanas agusanadas
para cada gusano
diez manzanas
Los pájaros
juegan
en la mano y la cara del espantapájaros
La tarea ha llegado a su fin
Dos cuadernos de cien hojas
un lápiz con la punta afilada
una mochila de consejos
un niño en el camino
Durante la noche de tormenta
se enciende la lámpara
La insistencia del amante
no llega a nada
Ahora ¿dónde está?
¿qué hace
aquel que he olvidado?
Siguiendo el espejismo
llegué al agua
sin sensación de sed
Siempre quedan inacabadas
mis palabras
conmigo mismo…
Sorpresa de la música
Los pasajeros del ómnibus con destino a Punta del Este no daban crédito. Unos dormían,
otros leían el diario cuando en una de las paradas se subió el maestro Federico García Vigil vestido de fiesta.
En ese instante, una serie de músicos infiltrados entre los pasajeros comenzaron a tocar sus instrumentos. La pequeña
orquesta hizo sonar la serenata n.º 13 para cuerdas de Mozart, más conocida como Eine kleine Nachtmusik
En este caso, la empresa COT realizó la intervencióncon motivo del lanzamiento de una nueva flota de
vehículos.
otros leían el diario cuando en una de las paradas se subió el maestro Federico García Vigil vestido de fiesta.
En ese instante, una serie de músicos infiltrados entre los pasajeros comenzaron a tocar sus instrumentos. La pequeña
orquesta hizo sonar la serenata n.º 13 para cuerdas de Mozart, más conocida como Eine kleine Nachtmusik
En este caso, la empresa COT realizó la intervencióncon motivo del lanzamiento de una nueva flota de
vehículos.
La voz de Philippe Jaroussky
Hermosa voz, hermosa música que me llena el alma.
Farinelli, Carestini: Castrats et rivaux | Philippe Jaroussky
La peluquería y Corín Tellado
Mi amiga Carmen Rico Coira me envía este texto que nos lleva al mundo de los recuerdos.
17 de agosto de 2013
Creo que aún no sabía leer cuando iba con mi madre a la peluquería de Nieves, en la buhardilla de la casa de Jato. Ella se hacía la permanente, tratando de rizar los pelos indómitos que yo heredé y a mi me cortaban entre llantos mi melena lacia peinada con raya al medio al mejor estilo chica coca-cola y yeyé...
Mi madre, siempre tratando de sacarme los pelos de delante, que me "comían "la cara", decía y yo dejando bien patente desde siempre mi intención de hacer lo que me diera la gana .Decirle peluquería, ahora sonaría bien pretencioso...pero lo era, vaya si lo era. Un lavacabezas, que desaguaba para un cubo, y que desaguaba a su vez por un water a cada poco Marilín, la hija de la peluquera ó alguna clienta de confianza...
Marilín! Que nombre! Como me hubiera gustado llamarme así, ó Mónica ó Casandra...ó de cualquier forma que me distinguiera de la masa que nos llamábamos Cármenes, Pilis Anas ,Isabeles...por supuesto precedidos de María ó Mari para más inri...
Odiaba ir a la peluquería aquella donde me tiraban del pelo y donde me hacían unos cortes imposibles que poco tenían que ver con los que sugería mi madre y que estaban en un sobado muestrario de la peluquera y que al final no se parecían ni un poco al de aquellos querubines rubios con bucles de las fotos.
También había un objeto diabólico donde metían la cabeza de las mujeres , llena de pequeños rulos y pinzas metálicas y que llamaban secador, y que era una especie de casco que emitía un calor y un ruído infernal.
Mucho tiempo después, cuando me hicieron un electroencefalograma, me vino el recuerdo del "secador de Nieves".
Pero la peluquería tenía sus cosas buenas también... Un televisor en la cocina... También sus misterios, las lecturas de mujeres que no tuve a mano en otro sitio nunca y que allí en el fragor de la batalla, quedaba a mi disposición...
Se trataba de una colección de fotonovelas manoseadas y viejas, mil veces miradas por las madres y que yo habilmente sacaba para la cocina de Nieves, disimulando con lo de la tele... y me ponía ciega con esas historias de amor que no leía poque no sabía, pero que intuìa en aquellas parejas de miradas lánguidas.
Parejas caminando por los parques, cogidas de la mano... Chicas que vestían pantalones, algunas incluso vaqueros . Otras que fumaban... Raramente se besaban las parejas, pero a veces el chico conseguía dar un besito en la esquina de los labios cuando ella retiraba timidamente la cabeza... Ellos, a veces bajaban de coches rojos y largos por delante y por detrás, no como el seat 600 que era el único en que yo me habīa subido y que era redondo como un huevo y de un triste color gris como una tarde de invierno.
Aquellas mujeres de las fotos me parecían misteriosas y modernas, nada parecidas a las que pasaban por la ronda ni por la muralla, todo mi universo infantil. Y yo soñaba con ser así, aquello me parecía la libertad... ¡Que cosas!
Alguien una vez me leyó una... La chica se llamaba Carol y el chico Gustavo... Tan guapos! Los recuerdo a ambos perfectamente...
Todas aquellas maravillosas historias las escribía alguien que se llamaba Corín Tellado. El nombre también se las traía... Del tipo Marilyn!
Que negro tenía que ser aquel mundo para que una niña asociara las fotonovelas y su autora con la modernidad.
La tal Corin creo que vendió novelas como nadie, también las hizo sin fotos... Cientos de ellas, todas de corte romántico o arromanticado más bien. De esas ya no recuerdo si leí alguna vez.Era otra época, cuando en los veranos ya leía las de mis primos, mucho mayores que yo, y más brutos también y es que ellos freferían el género del oeste y yo leía las que caían en mis manos... Aunque nunca me interesaron especialmente, pero en Candia era leer eso ó nada. Pues eso.
Cuando ya de mayor leí una entrevista y vi fotos de la tal Corín Tellado. ¡Que chasco! Ni era interesante, ni moderna, ni libre, ni nada de nada...más bien era un personaje rancio y empalagoso .Como el mismo país...y yo sin saberlo.
Cuando Santiago nos invitó a su casa de Viavelez en Asturias, nunca había oído ni mencionar el pueblo, pero ya el nombre me gustó...y no me puedo creer que pasara de largo tantas veces sin reparar que allí tan cerca de Ribadeo, en mi mismo mar, a solo unos pocos kilómetros de la frontera de Asturias, quede todavía un lugar así de auténtico.
Es un pueblito de pescadores...en realidad son una serie de casas dispersas por la colina en torno a un pequeño puerto. Por el medio de las casas construidas más ó menos donde cada uno pudo, la modernidad puso piedra donde antes solo había tierra. Las casas , cada una hecha con la lógica de su dueño. Una delante, otra detrás. Todas con hortensias de mil colores, buganvillas y menta. Pequeños huertos en cualquier rincón y limoneros que perfuman la mañana.
En la pequeña llanura está el palacio de los indianos que dotaron de escuela al pueblo en el esplendor de su prosperidad. Un enorme muro de piedra separa la gran casa del resto del mundo y por encima asoman especies exóticas y las imprescindibles palmeras. Rodean la propiedad pequeñas casas de colores. Casas de vacaciones, que no de turistas...de aquellos que algún día marcharon a las minas ó más lejos.
El día es tan azul que todo luce y reluce al sol, pero en la abrupta bajada al puerto es fácil imaginar como puede ser un invierno en Viavelez, como el temporal puede dibujar la personalidad de los vecinos y lo dura que podía ser la vida en esa montaña que desciende en pequeños huertos verdes hasta el mar.
Las calles serpentean hasta el rincón que abriga a los barcos y de vez en cuando el mar esmeralda se cuela por algún hueco . Otra vez, empinadas escaleras de piedra y cubiertas de musgo incluso en agosto te conducen a un pequeño embarcadero y al doblar una esquina, un pomposo cartel te dice que esa es la Calle de Corín Tellado, aquella mujer que con cara de amargada escribió y soñó historias de amor desde esta hermosa atalaya.Alguien me cuenta que la novelista renegó de su pueblo y obvió sus orígenes marineros y modestos, pero aún así un alcalde quiso darle brillo poniéndo su nombre a una calle.
Hasta no hace mucho había dos ó tres bares y la típica tienda de comestibles y taberna en el puerto. Ahora solo queda un local con restaurante y terraza que solo abre un mes en verano porque ya casi no queda gente en Viavelez.
Algún día volveré y me bañaré de nuevo en su playa de canto rodado y agua fría, en una hermosa ensenada a la sombra de un acantilado donde crecen retorcidos los pinos. Y en el medio del mar más doméstico y próximo, en un paisaje entre surrealista y prehistórico, pequeños islotes verdes ocultan a veces, los sueños del viejo que cada mañana sigue saliendo a pescar.
Flavia Company
Esta semana tuvimos como invitada a la escritora argentina española Flavia Company. Acá unos textos suyos, el primero de ellos toma prestados los términos mal empleados, errores que se comete al hablar.
Yo soy inminente
A veces tengo unas admoniciones increíbles, como una especie de versiones de cosas, ¿sabes? Me vienen de repente, por un sueño que he tenido, o por un asentimiento. Paqui dice que todo son alusiones mías, pero de eso ni hablar, que la que está delicada del cerebelo es ella y no yo. Y luego otra cuestión: que a la gente le cuesta mucho omitir que los demás tienen poderes que ellos no han aprehendido. Además, hay que tener presencia de que la Paqui está amargada, porque tiene al marido empotrado en la cama desde hace años y de eso nadie sale inerme, oiga, se lo digo yo que estoy al margen de todo y sé muy bien de lo que hablo porque ya he pasado por ese alcance. La Paqui ahora no me cuenta nada, porque lleva una época muy perceptible, pero antes estábamos muy penetradas las dos. Lástima. Desde que se ha ido a vivir a esa organización de casas endosadas no hay quien le diga nada. Antes vivía en el beneficio de enfrente, y todo eran favores, que si me das un poco de sal, que si me enciendes la aguja que yo no veo bien, en fin, un desecho de favores. Le he dicho que va acabar mal, que el marido se le va a convertir en un adulterado, que su hija pequeña va a tener una noción de embarazo y que al chico la novia lo va a dejar por imponente. Le he dicho que lo he visto todo clarísimo como el agua. Y la Paqui que no, que no se quiere creer que yo soy inminente y veo el futuro. Peor para ella.
Diagnóstico: Solecismo (Se emplea como opuesto a barbarismo; mientras este es un error cometido por el empleo de una forma inexistente en la lengua, el solecismo consiste en el mal uso de una forma existente).
Transtornos literarios. Ed. Páginas de espuma. 2011
Éxito mortal
Lo decidí cuando se convirtió en un best seller. Maldita la hora. Fue un impulso y luego un deseo incontenible. ¿Qué pasa?
¿Acaso ustedes nunca han sentido la necesidad de comprobar cómo funciona la perfección? ¿Jamás han tenido la imperiosa tentación de abrir un reloj, un motor, un cuerpo humano? Escribí la historia de un crimen perfecto y quería comprobar que no lo era solo sobre el papel.
Toda la vida había tenido ganas de matar, esa es la verdad, pero jamás me habría atrevido de no ser por el éxito brutal de mi novela, que demostraba hasta qué punto estaba bien tramada. Seguí mi plan hasta el final, paso a paso, sin olvidar detalle, sin cometer errores, capítulo por capítulo. Pero mi personaje, el asesino, no era un novelista de éxito que cometía el crimen que narraba en su libro. Era un hombre de negocios, gris y avaricioso. Y eso sí que se me escapó, no supe verlo a tiempo, me equivoqué de personaje, fue lo único que substituí.
TITULAR: «Un escritor, acusado de un crimen calcado al que relata en un libro».
Flavia Company
Transtornos literarios, La vida en prosa.Textos de ficción basados en un titular publicado en la prensa escrita. Ed. Páginas de espuma. 2011
El hombre marcado
Todo empezó cuando era pequeño. Me obligaban a hacer las mismas cosas varias veces, las mismas cosas exactamente: recitar el poema que me había aprendido en la escuela, tocar la única pieza que me sabía entera al piano, hacer aquella mueca tan graciosa… una vez tras otra y otra y otra. No acababa nunca. Por eso estoy resignado a que no me toque la maldita primitiva, aunque juegue todas las malditas veces a los mismos malditos números, una vez tras otra y otra y otra. No acabará nunca. Nunca. Mi abuelo, mi pobre abuelo, que había jugado toda la vida al mismo número de lotería, al mismo siempre, tampoco sacó nunca ni un duro. Y antes de morir me dijo: tú insiste, repite, no te canses, que si no me tocó a mí, a ti seguro. Pero nada. En fin, que tengo que dejar de hacerme ilusiones, esas ilusiones que enturbian mi mente de trabajador asalariado con sueños de lujos imposibles, como por ejemplo una bañera redonda, sí, una bañera redonda y rosada llena de espuma y alguien que me frote la espalda de arriba abajo, de arriba abajo, y de fondo una música suave, suave y sublime, pero no de disco compacto, no, sino en directo, toda una orquesta de cámara en el cuarto de baño, entre los vapores calientes de esa agua llena de espuma. De espuma y dinero. Dinero. Y todo el dinero tenerlo a mi lado, ahí mismo, ahí mismo exactamente, en mis maletines, a la vista, al alcance de las manos mojadas por las aguas vaporosas de mi bañera rosada, y guardias de seguridad alrededor de toda mi mansión para protegerme a mí y a mi fortuna incalculable. Solo de pensarlo se me pone la carne de gallina.
De gallina y de gallina.
DIAGNÓSTICO : Batología (Repetición innecesaria de vocablos que se hace al hablar o al escribir).
Flavia Company
Transtornos literarios, ed. Páginas de espuma – 2011
Mi matrimonio
Publicado por: Carlos in Cuentos, Flavia Company, General
Mi marido, el pobre, se ha hecho viejo antes que yo. Viejo de la cabeza. Después de tantas cosas como hemos vivido juntos, tantos proyectos como habíamos hecho para la tercera o cuarta edad, me encuentro ahora con que, en lugar de compañero, tengo al lado una especie de niñito indefenso y caprichoso. Lo peor de todo es que, con el fin de no herir su creciente y enorme susceptibilidad, me las veo y me las deseo para que no se dé cuenta de que tengo que repetirle las cosas veinte mil veces, que si no, las olvida. Pero ni así. Solo para que se acuerde de subir el pan -y no se lo pido porque no pueda bajar yo, que acabaríamos antes, sino para que se sienta útil-, tengo que hacer mil y un malabarismos: «Cuando pases por la panadería, pregúntale a doña María si le debemos algo». Al cabo de un rato: «Por cierto, a ver si está hoy el pan más bueno, porque lo que es ayer…». Luego, mientras tomamos un café descafeinado: «Si te encuentras con Paco en lo de doña María, podrías preguntarle por lo de la excursión». Más tarde: «Esta salsa que estoy haciendo hoy va a conseguir que te acabes la barra de pan». Un poco después: «Me ha dicho la del quinto que van a subir el pan no sé cuántos céntimos». Y por fin, antes que salga de casa:
«Con la hora que se ha hecho, si ya no le quedan de cuarto normal, tráete una sin sal». Aún así, a veces vuelve sin el pan -pero con una escoba nueva, por ejemplo- y me toca bajar a mí. En ocasiones he llegado a pensar que se burla de mí, que se está vengando de algo. Pero no. Es que está viejito, mi Pedro.
DIAGNÓSTICO: Conmoración (Figura retórica por la cual se insiste en alguno de los puntos tratados, para grabarlo más profundamente en el espíritu del lector u oyente).
Yo soy inminente
A veces tengo unas admoniciones increíbles, como una especie de versiones de cosas, ¿sabes? Me vienen de repente, por un sueño que he tenido, o por un asentimiento. Paqui dice que todo son alusiones mías, pero de eso ni hablar, que la que está delicada del cerebelo es ella y no yo. Y luego otra cuestión: que a la gente le cuesta mucho omitir que los demás tienen poderes que ellos no han aprehendido. Además, hay que tener presencia de que la Paqui está amargada, porque tiene al marido empotrado en la cama desde hace años y de eso nadie sale inerme, oiga, se lo digo yo que estoy al margen de todo y sé muy bien de lo que hablo porque ya he pasado por ese alcance. La Paqui ahora no me cuenta nada, porque lleva una época muy perceptible, pero antes estábamos muy penetradas las dos. Lástima. Desde que se ha ido a vivir a esa organización de casas endosadas no hay quien le diga nada. Antes vivía en el beneficio de enfrente, y todo eran favores, que si me das un poco de sal, que si me enciendes la aguja que yo no veo bien, en fin, un desecho de favores. Le he dicho que va acabar mal, que el marido se le va a convertir en un adulterado, que su hija pequeña va a tener una noción de embarazo y que al chico la novia lo va a dejar por imponente. Le he dicho que lo he visto todo clarísimo como el agua. Y la Paqui que no, que no se quiere creer que yo soy inminente y veo el futuro. Peor para ella.
Diagnóstico: Solecismo (Se emplea como opuesto a barbarismo; mientras este es un error cometido por el empleo de una forma inexistente en la lengua, el solecismo consiste en el mal uso de una forma existente).
Transtornos literarios. Ed. Páginas de espuma. 2011
Éxito mortal
Lo decidí cuando se convirtió en un best seller. Maldita la hora. Fue un impulso y luego un deseo incontenible. ¿Qué pasa?
¿Acaso ustedes nunca han sentido la necesidad de comprobar cómo funciona la perfección? ¿Jamás han tenido la imperiosa tentación de abrir un reloj, un motor, un cuerpo humano? Escribí la historia de un crimen perfecto y quería comprobar que no lo era solo sobre el papel.
Toda la vida había tenido ganas de matar, esa es la verdad, pero jamás me habría atrevido de no ser por el éxito brutal de mi novela, que demostraba hasta qué punto estaba bien tramada. Seguí mi plan hasta el final, paso a paso, sin olvidar detalle, sin cometer errores, capítulo por capítulo. Pero mi personaje, el asesino, no era un novelista de éxito que cometía el crimen que narraba en su libro. Era un hombre de negocios, gris y avaricioso. Y eso sí que se me escapó, no supe verlo a tiempo, me equivoqué de personaje, fue lo único que substituí.
TITULAR: «Un escritor, acusado de un crimen calcado al que relata en un libro».
Flavia Company
Transtornos literarios, La vida en prosa.Textos de ficción basados en un titular publicado en la prensa escrita. Ed. Páginas de espuma. 2011
El hombre marcado
Todo empezó cuando era pequeño. Me obligaban a hacer las mismas cosas varias veces, las mismas cosas exactamente: recitar el poema que me había aprendido en la escuela, tocar la única pieza que me sabía entera al piano, hacer aquella mueca tan graciosa… una vez tras otra y otra y otra. No acababa nunca. Por eso estoy resignado a que no me toque la maldita primitiva, aunque juegue todas las malditas veces a los mismos malditos números, una vez tras otra y otra y otra. No acabará nunca. Nunca. Mi abuelo, mi pobre abuelo, que había jugado toda la vida al mismo número de lotería, al mismo siempre, tampoco sacó nunca ni un duro. Y antes de morir me dijo: tú insiste, repite, no te canses, que si no me tocó a mí, a ti seguro. Pero nada. En fin, que tengo que dejar de hacerme ilusiones, esas ilusiones que enturbian mi mente de trabajador asalariado con sueños de lujos imposibles, como por ejemplo una bañera redonda, sí, una bañera redonda y rosada llena de espuma y alguien que me frote la espalda de arriba abajo, de arriba abajo, y de fondo una música suave, suave y sublime, pero no de disco compacto, no, sino en directo, toda una orquesta de cámara en el cuarto de baño, entre los vapores calientes de esa agua llena de espuma. De espuma y dinero. Dinero. Y todo el dinero tenerlo a mi lado, ahí mismo, ahí mismo exactamente, en mis maletines, a la vista, al alcance de las manos mojadas por las aguas vaporosas de mi bañera rosada, y guardias de seguridad alrededor de toda mi mansión para protegerme a mí y a mi fortuna incalculable. Solo de pensarlo se me pone la carne de gallina.
De gallina y de gallina.
DIAGNÓSTICO : Batología (Repetición innecesaria de vocablos que se hace al hablar o al escribir).
Flavia Company
Transtornos literarios, ed. Páginas de espuma – 2011
Mi matrimonio
Publicado por: Carlos in Cuentos, Flavia Company, General
Mi marido, el pobre, se ha hecho viejo antes que yo. Viejo de la cabeza. Después de tantas cosas como hemos vivido juntos, tantos proyectos como habíamos hecho para la tercera o cuarta edad, me encuentro ahora con que, en lugar de compañero, tengo al lado una especie de niñito indefenso y caprichoso. Lo peor de todo es que, con el fin de no herir su creciente y enorme susceptibilidad, me las veo y me las deseo para que no se dé cuenta de que tengo que repetirle las cosas veinte mil veces, que si no, las olvida. Pero ni así. Solo para que se acuerde de subir el pan -y no se lo pido porque no pueda bajar yo, que acabaríamos antes, sino para que se sienta útil-, tengo que hacer mil y un malabarismos: «Cuando pases por la panadería, pregúntale a doña María si le debemos algo». Al cabo de un rato: «Por cierto, a ver si está hoy el pan más bueno, porque lo que es ayer…». Luego, mientras tomamos un café descafeinado: «Si te encuentras con Paco en lo de doña María, podrías preguntarle por lo de la excursión». Más tarde: «Esta salsa que estoy haciendo hoy va a conseguir que te acabes la barra de pan». Un poco después: «Me ha dicho la del quinto que van a subir el pan no sé cuántos céntimos». Y por fin, antes que salga de casa:
«Con la hora que se ha hecho, si ya no le quedan de cuarto normal, tráete una sin sal». Aún así, a veces vuelve sin el pan -pero con una escoba nueva, por ejemplo- y me toca bajar a mí. En ocasiones he llegado a pensar que se burla de mí, que se está vengando de algo. Pero no. Es que está viejito, mi Pedro.
DIAGNÓSTICO: Conmoración (Figura retórica por la cual se insiste en alguno de los puntos tratados, para grabarlo más profundamente en el espíritu del lector u oyente).
Un físico filósofo
Meditación en los Alpes
(Erwin Schrödinger. Físico austríaco, 1887-1961) Físico austriaco. Compartió el Premio Nobel de Física del año 1933 con Paul Dirac por su contribución al desarrollo de la mecánica cuántica. Ingresó en 1906 en la Universidad de Viena, en cuyo claustro permaneció, con breves interrupciones, hasta 1920. Sirvió a su patria durante la Primera Guerra Mundial, y luego, en 1921, se trasladó a Zurich, donde residió los seis años siguientes.
Fragmento de Mi concepción del mundo
Supón que estás sentado sobre un banco en un camino de un paraje de los Alpes Altos. (...) Delante tuyo las cimas coronadas de nieve (...) Todo esto que ven tus ojos -de acuerdo con nuestra concepción usual- ha estado aquí, con pequeños cambios, desde hace milenios. Dentro de un ratito -no mucho tiempo- tú ya no estarás mientras que el bosque, las rocas y el cielo seguirán así invariables después de ti. ¿Qué es eso que te ha reclamado repentinamente de la nada para que goces un rato de este espectáculo que ni siquiera repara en ti?
Todas las condiciones de tu ser son casi tan viejas como la roca. Desde hace milenios los hombres han ambicionado, sufrido, criado; las mujeres han parido con dolor. A lo mejor hace cien años otro estaba sentado en este lugar y contempló al igual que tú, con idéntico recogimiento y melancolía en el corazón, esas lomas candentes. Había sido engendrado por un hombre y nacido de una mujer, igual que tú. Sentía alegría y dolor como tú. ¿Era otro acaso? ¿No eras tú mismo? ¿Qué significa este tú mismo? ¿Qué condiciones hacen falta para que este engendrado se convierta en ti, justamente tú y no otro? ¿Qué sentido científico, claramente comprensible ha de tener ese otro? Si la que es hoy tu madre hubiera cohabitado con otro y le hubiera dado un hijo, y de igual manera tu padre, ¿hubieses llegado a ser tú? ¿O quizás tú en ellos, en el padre de tu padre ... ya desde hace milenios? (...)
... es imposible que la unidad, este reconocimiento, el sentir y querer que tú llamas tuyo haya salido de la nada en un cierto momento (no hace mucho tiempo); más bien, este reconocer, sentir y querer es esencialmente eterno e invariable y numéricamente es sólo uno en todos los hombres, o mejor dicho en todos los seres sensibles. (...) ... por muy incomprensible que parezca al intelecto común, tú -e igualmente cada ser consciente tomado por separado- eres todo en todo. Por ello, tu vida, la que tu vives, no es un fragmento del acontecer mundial, sino en cierto sentido, la totalidad.
Así, puedes echarte al suelo, apretarte contra la madre tierra, con el seguro convencimiento de que tú eres uno con ella y ella una contigo. (...) Tan seguro como que ella te tragará mañana, tan seguro como que te parirá de nuevo para renovadas ambiciones y sufrimientos. Y no sólo algún día: ahora, hoy, a diario te da a luz, no una vez sino miles y miles de veces, como también te devora miles y miles de veces a diario. Porque eternamente y siempre es sólo ahora, este único y mismísimo ahora, el presente es lo único que nunca se acaba. En la contemplación de esta verdad (raramente consciente para el individuo que actúa) se encuentra la base de cada acción ética y valiosa. Evita que el hombre noble se juegue el cuerpo y la vida, únicamente por una meta reconocida o tenida por buena, sino que -en raros casos- se entregue con corazón tranquilo, también allí donde no hay esperanza alguna de salvar su persona. (37-39)
... me parece que mi angustia e inquietud, ambición y preocupación no son sino lo mismo que las de miles que vivieron antes que yo, y puedo creer que transcurridos miles de años todavía podrá cumplirse aquello que yo había implorado hace miles de años por vez primera. Ninguna idea germina en mí, que no sea la continuación de la de un ancestro y por lo tanto no es un germen joven, sino el desarrollo de un brote del vetusto y sagrado árbol de la vida. (45)
Fragmentos de: E .Schrödinger. Mi concepción del mundo. Barcelona, Tusquets, 1988.
(Erwin Schrödinger. Físico austríaco, 1887-1961) Físico austriaco. Compartió el Premio Nobel de Física del año 1933 con Paul Dirac por su contribución al desarrollo de la mecánica cuántica. Ingresó en 1906 en la Universidad de Viena, en cuyo claustro permaneció, con breves interrupciones, hasta 1920. Sirvió a su patria durante la Primera Guerra Mundial, y luego, en 1921, se trasladó a Zurich, donde residió los seis años siguientes.
Fragmento de Mi concepción del mundo
Supón que estás sentado sobre un banco en un camino de un paraje de los Alpes Altos. (...) Delante tuyo las cimas coronadas de nieve (...) Todo esto que ven tus ojos -de acuerdo con nuestra concepción usual- ha estado aquí, con pequeños cambios, desde hace milenios. Dentro de un ratito -no mucho tiempo- tú ya no estarás mientras que el bosque, las rocas y el cielo seguirán así invariables después de ti. ¿Qué es eso que te ha reclamado repentinamente de la nada para que goces un rato de este espectáculo que ni siquiera repara en ti?
Todas las condiciones de tu ser son casi tan viejas como la roca. Desde hace milenios los hombres han ambicionado, sufrido, criado; las mujeres han parido con dolor. A lo mejor hace cien años otro estaba sentado en este lugar y contempló al igual que tú, con idéntico recogimiento y melancolía en el corazón, esas lomas candentes. Había sido engendrado por un hombre y nacido de una mujer, igual que tú. Sentía alegría y dolor como tú. ¿Era otro acaso? ¿No eras tú mismo? ¿Qué significa este tú mismo? ¿Qué condiciones hacen falta para que este engendrado se convierta en ti, justamente tú y no otro? ¿Qué sentido científico, claramente comprensible ha de tener ese otro? Si la que es hoy tu madre hubiera cohabitado con otro y le hubiera dado un hijo, y de igual manera tu padre, ¿hubieses llegado a ser tú? ¿O quizás tú en ellos, en el padre de tu padre ... ya desde hace milenios? (...)
... es imposible que la unidad, este reconocimiento, el sentir y querer que tú llamas tuyo haya salido de la nada en un cierto momento (no hace mucho tiempo); más bien, este reconocer, sentir y querer es esencialmente eterno e invariable y numéricamente es sólo uno en todos los hombres, o mejor dicho en todos los seres sensibles. (...) ... por muy incomprensible que parezca al intelecto común, tú -e igualmente cada ser consciente tomado por separado- eres todo en todo. Por ello, tu vida, la que tu vives, no es un fragmento del acontecer mundial, sino en cierto sentido, la totalidad.
Así, puedes echarte al suelo, apretarte contra la madre tierra, con el seguro convencimiento de que tú eres uno con ella y ella una contigo. (...) Tan seguro como que ella te tragará mañana, tan seguro como que te parirá de nuevo para renovadas ambiciones y sufrimientos. Y no sólo algún día: ahora, hoy, a diario te da a luz, no una vez sino miles y miles de veces, como también te devora miles y miles de veces a diario. Porque eternamente y siempre es sólo ahora, este único y mismísimo ahora, el presente es lo único que nunca se acaba. En la contemplación de esta verdad (raramente consciente para el individuo que actúa) se encuentra la base de cada acción ética y valiosa. Evita que el hombre noble se juegue el cuerpo y la vida, únicamente por una meta reconocida o tenida por buena, sino que -en raros casos- se entregue con corazón tranquilo, también allí donde no hay esperanza alguna de salvar su persona. (37-39)
... me parece que mi angustia e inquietud, ambición y preocupación no son sino lo mismo que las de miles que vivieron antes que yo, y puedo creer que transcurridos miles de años todavía podrá cumplirse aquello que yo había implorado hace miles de años por vez primera. Ninguna idea germina en mí, que no sea la continuación de la de un ancestro y por lo tanto no es un germen joven, sino el desarrollo de un brote del vetusto y sagrado árbol de la vida. (45)
Fragmentos de: E .Schrödinger. Mi concepción del mundo. Barcelona, Tusquets, 1988.
domingo, 18 de agosto de 2013
Una reina delicada
Clarice es una de mis escritoras favoritas, vuelvo a ella para seguir siempre encontrando un mundo distinto, intenso, tierno y curioso. Acá uno de sus cuentos:
( Clarice de niña).
Felicidad clandestina
Clarice Lispector
Ella era gorda, baja, pecosa y de pelo excesivamente crespo, medio amarillento. Tenía un busto enorme, mientras que todas nosotras todavía eramos chatas. Como si no fuese suficiente, por encima del pecho se llenaba de caramelos los dos bolsillos de la blusa. Pero poseía lo que a cualquier niña devoradora de historietas le habría gustado tener: un padre dueño de una librería.
No lo aprovechaba mucho. Y nosotras todavía menos: incluso para los cumpleaños, en vez de un librito barato por lo menos, nos entregaba una postal de la tienda del padre. Encima siempre era un paisaje de Recife, la ciudad donde vivíamos, con sus puentes más que vistos.
Detrás escribía con letra elaboradísima palabras como "fecha natalicio" y "recuerdos".
Pero qué talento tenía para la crueldad. Mientras haciendo barullo chupaba caramelos, toda ella era pura venganza. Cómo nos debía odiar esa niña a nosotras, que éramos imperdonablemente monas, altas, de cabello libre. Conmigo ejerció su sadismo con una serena ferocidad. En mi ansiedad por leer, yo no me daba cuenta de las humillaciones que me imponía: seguía pidiéndole prestados los libros que a ella no le interesaban.
Hasta que le llegó el día magno de empezar a infligirme una tortura china. Como al pasar, me informó que tenía Las travesuras de Naricita, de Monteiro Lobato.
Era un libro gordo, válgame Dios, era un libro para quedarse a vivir con él, para comer, para dormir con él. Y totalmente por encima de mis posibilidades. Me dijo que si al día siguiente pasaba por la casa de ella me lo prestaría.
Hasta el día siguiente, de alegría, yo estuve transformada en la misma esperanza: no vivía, flotaba lentamente en un mar suave, las olas me transportaban de un lado a otro.
Literalmente corriendo, al día siguiente fui a su casa. No vivía en un apartamento, como yo, sino en una casa. No me hizo pasar. Con la mirada fija en la mía, me dijo que le había prestado el libro a otra niña y que volviera a buscarlo al día siguiente. Boquiabierta, yo me fui despacio, pero al poco rato la esperanza había vuelto a apoderarse de mí por completo y ya caminaba por la calle a saltos, que era mi manera extraña de caminar por las calles de Recife. Esa vez no me caí: me guiaba la promesa del libro, llegaría el día siguiente, los siguientes serían después mi vida entera, me esperaba el amor por el mundo, y no me caí una sola vez.
Pero las cosas no fueron tan sencillas. El plan secreto de la hija del dueño de la librería era sereno y diabólico. Al día siguiente allí estaba yo en la puerta de su casa, con una sonrisa y el corazón palpitante. Todo para oír la tranquila respuesta: que el libro no se hallaba aún en su poder, que volviese al día siguiente. Poco me imaginaba yo que más tarde, en el curso de la vida, el drama del "día siguiente" iba a repetirse para mi corazón palpitante otras veces como aquélla.
Y así seguimos. ¿Cuánto tiempo? Yo iba a su casa todos los días, sin faltar ni uno. A veces ella decía: Pues el libro estuvo conmigo ayer por la tarde, pero como tú no has venido hasta esta mañana se lo presté a otra niña. Y yo, que era propensa a las ojeras, sentía cómo las ojeras se ahondaban bajo mis ojos sorprendidos.
Hasta que un día, cuando yo estaba en la puerta de la casa de ella oyendo silenciosa, humildemente, su negativa, apareció la madre. Debía de extrañarle la presencia muda y cotidiana de esa niña en la puerta de su casa. Nos pidió explicaciones a las dos. Hubo una confusión silenciosa, entrecortado de palabras poco aclaratorias. A la señora le resultaba cada vez más extraño el hecho de no entender. Hasta que, madre buena, entendió al fin. Se volvió hacia la hija y con enorme sorpresa exclamó: ¡Pero si ese libro no ha salido nunca de casa y tú ni siquiera querías leerlo!
Y lo peor para la mujer no era el descubrimiento de lo que pasaba. Debía de ser el horrorizado descubrimiento de la hija que tenía. Nos espiaba en silencio: la potencia de perversidad de su hija desconocida, la niña rubia de pie ante la puerta, exhausta, al viento de las calles de Recife. Fue entonces cuando, recobrándose al fin, firme y serena, le ordenó a su hija:
-Vas a prestar ahora mismo ese libro.
Y a mí:
-Y tú te quedas con el libro todo el tiempo que quieras. ¿Entendido?
Eso era más valioso que si me hubiesen regalado el libro: "el tiempo que quieras" es todo lo que una persona, grande o pequeña, puede tener la osadía de querer.
¿Cómo contar lo que siguió? Yo estaba atontada y fue así como recibí el libro en la mano. Creo que no dije nada. Cogí el libro. No, no partí saltando como siempre. Me fui caminando muy despacio. Sé que sostenía el grueso libro con las dos manos, apretándolo contra el pecho. Poco importa también cuánto tardé en llegar a casa. Tenía el pecho caliente, el corazón pensativo.
Al llegar a casa no empecé a leer. Simulaba que no lo tenía, únicamente para sentir después el sobresalto de tenerlo. Horas más tarde lo abrí, leí unas líneas maravillosas, volví a cerrarlo, me fui a pasear por la casa, lo postergué más aún yendo a comer pan con mantequilla, fingí no saber dónde había guardado el libro, lo encontraba, lo abría por unos instantes. Creaba los obstáculos más falsos para esa cosa clandestina que era la felicidad. Para mí la felicidad siempre habría de ser clandestina. Era como si yo lo presintiera. ¡Cuánto me demoré! Vivía en el aire... había en mí orgullo y pudor. Yo era una reina delicada.
A veces me sentaba en la hamaca para balancearme con el libro abierto en el regazo, sin tocarlo, en un éxtasis purísimo. No era más una niña con un libro: era una mujer con su amante.
( Clarice de niña).
Felicidad clandestina
Clarice Lispector
Ella era gorda, baja, pecosa y de pelo excesivamente crespo, medio amarillento. Tenía un busto enorme, mientras que todas nosotras todavía eramos chatas. Como si no fuese suficiente, por encima del pecho se llenaba de caramelos los dos bolsillos de la blusa. Pero poseía lo que a cualquier niña devoradora de historietas le habría gustado tener: un padre dueño de una librería.
No lo aprovechaba mucho. Y nosotras todavía menos: incluso para los cumpleaños, en vez de un librito barato por lo menos, nos entregaba una postal de la tienda del padre. Encima siempre era un paisaje de Recife, la ciudad donde vivíamos, con sus puentes más que vistos.
Detrás escribía con letra elaboradísima palabras como "fecha natalicio" y "recuerdos".
Pero qué talento tenía para la crueldad. Mientras haciendo barullo chupaba caramelos, toda ella era pura venganza. Cómo nos debía odiar esa niña a nosotras, que éramos imperdonablemente monas, altas, de cabello libre. Conmigo ejerció su sadismo con una serena ferocidad. En mi ansiedad por leer, yo no me daba cuenta de las humillaciones que me imponía: seguía pidiéndole prestados los libros que a ella no le interesaban.
Hasta que le llegó el día magno de empezar a infligirme una tortura china. Como al pasar, me informó que tenía Las travesuras de Naricita, de Monteiro Lobato.
Era un libro gordo, válgame Dios, era un libro para quedarse a vivir con él, para comer, para dormir con él. Y totalmente por encima de mis posibilidades. Me dijo que si al día siguiente pasaba por la casa de ella me lo prestaría.
Hasta el día siguiente, de alegría, yo estuve transformada en la misma esperanza: no vivía, flotaba lentamente en un mar suave, las olas me transportaban de un lado a otro.
Literalmente corriendo, al día siguiente fui a su casa. No vivía en un apartamento, como yo, sino en una casa. No me hizo pasar. Con la mirada fija en la mía, me dijo que le había prestado el libro a otra niña y que volviera a buscarlo al día siguiente. Boquiabierta, yo me fui despacio, pero al poco rato la esperanza había vuelto a apoderarse de mí por completo y ya caminaba por la calle a saltos, que era mi manera extraña de caminar por las calles de Recife. Esa vez no me caí: me guiaba la promesa del libro, llegaría el día siguiente, los siguientes serían después mi vida entera, me esperaba el amor por el mundo, y no me caí una sola vez.
Pero las cosas no fueron tan sencillas. El plan secreto de la hija del dueño de la librería era sereno y diabólico. Al día siguiente allí estaba yo en la puerta de su casa, con una sonrisa y el corazón palpitante. Todo para oír la tranquila respuesta: que el libro no se hallaba aún en su poder, que volviese al día siguiente. Poco me imaginaba yo que más tarde, en el curso de la vida, el drama del "día siguiente" iba a repetirse para mi corazón palpitante otras veces como aquélla.
Y así seguimos. ¿Cuánto tiempo? Yo iba a su casa todos los días, sin faltar ni uno. A veces ella decía: Pues el libro estuvo conmigo ayer por la tarde, pero como tú no has venido hasta esta mañana se lo presté a otra niña. Y yo, que era propensa a las ojeras, sentía cómo las ojeras se ahondaban bajo mis ojos sorprendidos.
Hasta que un día, cuando yo estaba en la puerta de la casa de ella oyendo silenciosa, humildemente, su negativa, apareció la madre. Debía de extrañarle la presencia muda y cotidiana de esa niña en la puerta de su casa. Nos pidió explicaciones a las dos. Hubo una confusión silenciosa, entrecortado de palabras poco aclaratorias. A la señora le resultaba cada vez más extraño el hecho de no entender. Hasta que, madre buena, entendió al fin. Se volvió hacia la hija y con enorme sorpresa exclamó: ¡Pero si ese libro no ha salido nunca de casa y tú ni siquiera querías leerlo!
Y lo peor para la mujer no era el descubrimiento de lo que pasaba. Debía de ser el horrorizado descubrimiento de la hija que tenía. Nos espiaba en silencio: la potencia de perversidad de su hija desconocida, la niña rubia de pie ante la puerta, exhausta, al viento de las calles de Recife. Fue entonces cuando, recobrándose al fin, firme y serena, le ordenó a su hija:
-Vas a prestar ahora mismo ese libro.
Y a mí:
-Y tú te quedas con el libro todo el tiempo que quieras. ¿Entendido?
Eso era más valioso que si me hubiesen regalado el libro: "el tiempo que quieras" es todo lo que una persona, grande o pequeña, puede tener la osadía de querer.
¿Cómo contar lo que siguió? Yo estaba atontada y fue así como recibí el libro en la mano. Creo que no dije nada. Cogí el libro. No, no partí saltando como siempre. Me fui caminando muy despacio. Sé que sostenía el grueso libro con las dos manos, apretándolo contra el pecho. Poco importa también cuánto tardé en llegar a casa. Tenía el pecho caliente, el corazón pensativo.
Al llegar a casa no empecé a leer. Simulaba que no lo tenía, únicamente para sentir después el sobresalto de tenerlo. Horas más tarde lo abrí, leí unas líneas maravillosas, volví a cerrarlo, me fui a pasear por la casa, lo postergué más aún yendo a comer pan con mantequilla, fingí no saber dónde había guardado el libro, lo encontraba, lo abría por unos instantes. Creaba los obstáculos más falsos para esa cosa clandestina que era la felicidad. Para mí la felicidad siempre habría de ser clandestina. Era como si yo lo presintiera. ¡Cuánto me demoré! Vivía en el aire... había en mí orgullo y pudor. Yo era una reina delicada.
A veces me sentaba en la hamaca para balancearme con el libro abierto en el regazo, sin tocarlo, en un éxtasis purísimo. No era más una niña con un libro: era una mujer con su amante.
Martha Graham
Martha Graham bailarina y coreógrafa estadounidense de danza moderna cuya influencia en la danza es equiparada a la que tuvo Picasso en las artes plásticas, Stravinsky en la música o Frank Lloyd Wright en la arquitectura
Coreógrafa
Al abrigo
Todos guardamos un secreto es la tesis de este texto del argentino Juan José Saer. El mundo que ocultamos de los otros, el que alimentamos y sentimos solo nuestro. Descubrir un secreto ajeno varía totalmente nuestras seguridades, nuestros cimientos, nuestra vida.
Al abrigo
Un comerciante de muebles que acababa de comprar un sillón de segunda mano descubrió una vez que en un hueco del respaldo una de sus antiguas propietarias había ocultado su diario íntimo. Por alguna razón --muerte, olvido, fuga precipitada, embargo-- el diario había quedado ahí, y el comerciante, experto en construcción de muebles, lo había encontrado por casualidad al palpar el respaldo para probar su solidez. Ese día se quedó hasta tarde en el negocio abarrotado de camas, sillas, mesas y roperos, leyendo en la trastienda el diario íntimo a la luz de la lámpara, inclinado sobre el escritorio. El diario revelaba, día a día, los problemas sentimentales de su autora y el mueblero, que era un hombre inteligente y discreto, comprendió enseguida que la mujer había vivido disimulando su verdadera personalidad y que por un azar inconcebible, él la conocía mucho mejor que las personas que habían vivido junto a ella y que aparecían mencionadas en el diario. El mueblero se quedó pensativo. Durante un buen rato, la idea de que alguien pudiese tener en su casa, al abrigo del mundo, algo escondido --un diario, o lo que fuese--, le parecía extraña, casi imposible, hasta que unos minutos después, en el momento en que se levantaba y empezaba a poner en orden su escritorio antes de irse para su casa, se percató, no sin estupor, de que él mismo tenía, en alguna parte, cosas ocultas de las que el mundo ignoraba la existencia. En su casa, por ejemplo, en el altillo, en una caja de lata disimulada entre revistas viejas y trastos inútiles, el mueblero tenía guardado un rollo de billetes, que iba engrosando de tanto en tanto, y cuya existencia hasta su mujer y sus hijos desconocían; el mueblero no podía decir de un modo preciso con qué objeto guardaba esos billetes, pero poco a poco lo fue ganando la desagradable certidumbre de que su vida entera se definía no por sus actividades cotidianas ejercidas a la luz del día, sino por ese rollo de billetes que se carcomía en el desván. Y que de todos los actos, el fundamental era, sin duda, el de agregar de vez en cuando un billete al rollo carcomido.
Mientras encendía el letrero luminoso que llenaba de una luz violeta el aire negro por encima de la vereda, el mueblero fue asaltado por otro recuerdo: buscando un sacapuntas en la pieza de su hijo mayor, había encontrado por casualidad una serie de fotografías pornográficas que su hijo escondía en el cajón de la cómoda. El mueblero las había vuelto a dejar rápidamente en su lugar, menos por pudor que por el temor de que su hijo pensase que él tenía la costumbre de hurgar en sus cosas. Durante la cena, el mueblero se puso a observar a su mujer: por primera vez después de treinta años le venía a la cabeza la idea de que también ella debía guardar algo oculto, algo tan propio y tan profundamente hundido que, aunque ella misma lo quisiese, ni siquiera la tortura podría hacérselo confesar. El mueblero sintió una especie de vértigo. No era el miedo banal a ser traicionado o estafado lo que le hacía dar vueltas en la cabeza como un vino que sube, sino la certidumbre de que, justo cuando estaba en el umbral de la vejez, iba tal vez a verse obligado a modificar las nociones más elementales que constituían su vida. O lo que él había llamado su vida: porque su vida, su verdadera vida, según su nueva intuición, transcurría en alguna parte, en lo negro, al abrigo de los acontecimientos, y parecía más inalcanzable que el arrabal del universo.
Juan José Saer
Al abrigo
Un comerciante de muebles que acababa de comprar un sillón de segunda mano descubrió una vez que en un hueco del respaldo una de sus antiguas propietarias había ocultado su diario íntimo. Por alguna razón --muerte, olvido, fuga precipitada, embargo-- el diario había quedado ahí, y el comerciante, experto en construcción de muebles, lo había encontrado por casualidad al palpar el respaldo para probar su solidez. Ese día se quedó hasta tarde en el negocio abarrotado de camas, sillas, mesas y roperos, leyendo en la trastienda el diario íntimo a la luz de la lámpara, inclinado sobre el escritorio. El diario revelaba, día a día, los problemas sentimentales de su autora y el mueblero, que era un hombre inteligente y discreto, comprendió enseguida que la mujer había vivido disimulando su verdadera personalidad y que por un azar inconcebible, él la conocía mucho mejor que las personas que habían vivido junto a ella y que aparecían mencionadas en el diario. El mueblero se quedó pensativo. Durante un buen rato, la idea de que alguien pudiese tener en su casa, al abrigo del mundo, algo escondido --un diario, o lo que fuese--, le parecía extraña, casi imposible, hasta que unos minutos después, en el momento en que se levantaba y empezaba a poner en orden su escritorio antes de irse para su casa, se percató, no sin estupor, de que él mismo tenía, en alguna parte, cosas ocultas de las que el mundo ignoraba la existencia. En su casa, por ejemplo, en el altillo, en una caja de lata disimulada entre revistas viejas y trastos inútiles, el mueblero tenía guardado un rollo de billetes, que iba engrosando de tanto en tanto, y cuya existencia hasta su mujer y sus hijos desconocían; el mueblero no podía decir de un modo preciso con qué objeto guardaba esos billetes, pero poco a poco lo fue ganando la desagradable certidumbre de que su vida entera se definía no por sus actividades cotidianas ejercidas a la luz del día, sino por ese rollo de billetes que se carcomía en el desván. Y que de todos los actos, el fundamental era, sin duda, el de agregar de vez en cuando un billete al rollo carcomido.
Mientras encendía el letrero luminoso que llenaba de una luz violeta el aire negro por encima de la vereda, el mueblero fue asaltado por otro recuerdo: buscando un sacapuntas en la pieza de su hijo mayor, había encontrado por casualidad una serie de fotografías pornográficas que su hijo escondía en el cajón de la cómoda. El mueblero las había vuelto a dejar rápidamente en su lugar, menos por pudor que por el temor de que su hijo pensase que él tenía la costumbre de hurgar en sus cosas. Durante la cena, el mueblero se puso a observar a su mujer: por primera vez después de treinta años le venía a la cabeza la idea de que también ella debía guardar algo oculto, algo tan propio y tan profundamente hundido que, aunque ella misma lo quisiese, ni siquiera la tortura podría hacérselo confesar. El mueblero sintió una especie de vértigo. No era el miedo banal a ser traicionado o estafado lo que le hacía dar vueltas en la cabeza como un vino que sube, sino la certidumbre de que, justo cuando estaba en el umbral de la vejez, iba tal vez a verse obligado a modificar las nociones más elementales que constituían su vida. O lo que él había llamado su vida: porque su vida, su verdadera vida, según su nueva intuición, transcurría en alguna parte, en lo negro, al abrigo de los acontecimientos, y parecía más inalcanzable que el arrabal del universo.
Juan José Saer
¿Qué leen los escritores? Y un cuento de Claudia Piñeiro
Esta semana en ABRA nuestro taller leímos y comentamos cuentos de la joven escritora argentina Claudia Piñeiro. Acá en este video nos muestra sus libros favoritos.Pero primero leeremo uno de sus cuentos:
Salsa Carina
Se detiene frente a la góndola de conservas. Quiere hacer una rica salsa, la mejor que haya hecho. Aunque sea la misma de siempre. No cocina bien, pero sabe que preparando buenos acompañamientos cualquier plato mejora. Tres recetas alternó hasta el hartazgo en estos veinticuatro años de matrimonio. Veinticuatro años. Salsa de champiñones para las carnes, crema de puerros para los pescados y salsa de tomate Carina para las pastas. Se apropió de una receta de un viejo libro de cocina y la bautizó con su propio nombre, Carina. Una mentira piadosa. Se agrega al tomate vegetales picados en trozos muy pequeños: zanahorias, puerro, alcaparras. Ya los había cortado esa mañana, lo estaba haciendo cuando apareció Arturo en la cocina. Como todos los primeros sábados de cada mes, vendrían sus hijos, Marcela y Tomás, que ya vivían solos. Luego de varios desencuentros habían llegado a ese arreglo: el almuerzo del primer sábado del mes era sagrado. Por eso su asombro cuando Arturo le dijo que se iba. Por muy importante que fuera lo que tenía que hacer, nada cambiaba que lo hubiera dejado para después de comer.
Carina elige dos latas de tomate y las pone dentro del carro donde ya están el frasco de alcaparras, dos botellas del vino tinto que le gusta a Arturo y las cajas de ravioles. Mira las latas dentro del chango, levanta una y después de inspeccionar la la descarta porque tiene una pequeña abolladura. La cambia por otra. Por qué escoger una lata abollada si la cobran igual que las sanas. Recuerda una frase que solía usar Arturo: no pagar gato por liebre. Pobre Arturo. Va hacia la línea de cajas, se para en aquella donde hay menos hombres. Los hombres hacen mal las compras, piensa, cargan de más y cuando pasan por la caja dudan, se dan cuenta de que no pesaron algunos alimentos, van a buscar algo que se olvidaron. Arturo nunca hizo las compras. Ni ella le reclamó. Ella no le reclamó nada en veinticuatro años de matrimonio. Él tampoco hasta esa mañana. Aunque lo de Arturo tampoco fue un reclamo. Reclama quien pide un cambio, una modificación. Él apenas informó, dijo pero no pidió nada. Ojalá hubiera pedido.
La última mujer delante de ella avanza y empieza a descargar sus compras. Carina mira la hora. A pesar de que le llevó tiempo limpiar la cocina, va a llegar bien. Los chicos no vendrán antes de las dos. Le dijo a Arturo: “¿Y qué les digo a los chicos?”. “Yo les voy a explicar”, le contestó él, “después”. Sí, claro, Arturo siempre después. Pero antes ella tendría que enfrentarlos y decirles por qué su padre había faltado al almuerzo de todos los primeros sábados. Trató de convencerlo de que se fuera después de comer. Pero él dijo que no, que ya tenía la valija lista. Ese no fue el punto, ni la valija lista, ni el almuerzo al que no asistiría. Hasta ahí ella estaba aturdida, pero entera. Él agregó que lo estaban esperando. Otra mujer. Y ese tampoco fue el punto porque siempre hay otra mujer. Pero entonces ella quiso saber qué. No le importaba ni quién ni por qué ni cómo. Qué. “¿Cómo qué?”, preguntó él. Carina le explicó: “¿Qué cosa de mí te hizo buscar otra mujer, alejarte?”. Él habló de generalidades, el tiempo que pasa, el amor que se desvanece, la cotidianeidad que arrasa con lo que se ponga delante. Sin embargo ella insistió, qué. No lo dejaría ir sin que él diera un motivo concreto. Y por fin él dijo, para que lo dejara ir. “Tu olor, olés mal”. Ella sintió un hachazo en el cuerpo. “Huele mal tu aliento, tu piel, tu pelo”. Esa confesión fue la que cortó el hilo que sostiene a las personas para que no pasen del deseo al acto. Así como ella sintió un hachazo en el cuerpo, tuvo el deseo de que un hachazo lo atravesara a él. Y aún empuñaba la cuchilla con la que acababa de cortar los vegetales.
Paga la cuenta, mete las bolsas en el chango y va al estacionamiento. No puede recordar dónde dejó su auto. Recorre la playa en un sentido y en otro. Un vigilador se le acerca: “¿La ayudo?, no se inquiete le pasa a mucha gente”. Pero ella claro que está inquieta, porque tiene que ir a su casa, terminar la salsa, decirle a sus hijos que su padre no almorzará con ellos. No quiere que ese hombre la acompañe. Él le pide las llaves, casi se las saca de las manos. Apunta a un lado y al otro hasta que por fin oyen el sonido de una alarma que se desactiva y ven luces titilando a unos metros de ellos. Carina da las gracias y se dispone a irse pero el hombre no deja que empuje el carro. Mientras avanzan, ella puede ver el hilo de sangre que chorrea del baúl. La sangre de Arturo. Mira al vigilador que todavía no parece haberse dado cuenta. “La ayudo a cargar”. Carina sabe que es en vano negarse. “En el baúl no, cargue todo en el asiento de atrás”, dice ella y se para sobre una pequeña mancha en el piso, ahí donde caen las gotas de sangre. El hombre baja la mirada: “¿Qué hizo señora?”. Ella está a punto de confesar, o de empujar el carro sobre él y salir corriendo, o de clavarle la cuchilla con la que mató a Arturo y lleva en la cartera. Pero entonces el hombre se sonríe y agrega: “Se ve que estaba muy distraída esta mañana”, mientras señala los pies de Carina. Recién entonces ella nota que lleva puesto un zapato marrón y otro negro.
Claudia Piñeiro es escritora argentina, su última obra es Un comunista en calzoncillos.
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