domingo, 17 de julio de 2016

En otro amanecer, poema

En otro amanecer de Forough Farrokhzad Poeta irani.


Toda mi existencia es un verso oscuro
que se repite a sí mismo
y te lleva al amanecer de eternas primaveras
Yo suspiro por tí en este verso
En este verso te amarro
a los árboles, al agua y al fuego
Acaso es la vida
una calle larga por la cual cada día pasea una mujer
con su canasto?
Acaso es la vida
una cuerda con la cual un hombre se cuelga de una rama?
Tal vez es la vida
un niño que regresa de la escuela
La vida es tal vez prender un cigarrillo
en la letarga pausa entre dos momentos de amor,
o un caminante que confundido alza su sombrero
y con una sonrisa lerda dice " Buenos días"
a otro que lo adelanta
Acaso la vida es el momento contenido
cuando mi mirada sucumbe en tus pupilas
y mi emoción se mezcla con la sensación de la luna
y el descubrimiento de la oscuridad?
En un cuarto
tan grande como la soledad,
mi corazón, tan grande como el amor,
contempla los simples pretextos de la felicidad,
el hermoso marchitar de las plantas en maceteros,
el pequeño árbol que tú plantaste en nuestro jardín
y la canción de los canarios que colman la ventana
O...
Esta es mi suerte
Esta es mi suerte
Mi suerte es el cielo que se oscurece a través de las cortinas
Mi suerte es bajar por escaleras abandonadas
y encontrar algo en decadencia y exilio
Mi suerte es un penoso caminar por el jardín de los recuerdos
y la entrega de mi alma a la melancolía de una voz
que me dice:
amo tus manos
Yo planto mis manos en el jardín
Creceré
lo sé, lo sé
Y las golondrinas pondrán huevos
en mis manchadas y ahuecadas manos
En mis orejas cuelgo los aros
de un par de guindas rojas
y en mis uñas fijo hojas de dalias
Hay una calle donde los muchachos que me amaron,
con los mismos pelos alborotados,
cuellos largos y delgadas piernas,
todavía piensan en la sonrisa inocente de la niña
que una noche se la llevó el viento
Hay una calle que mi corazón
se ha robado de los barrios de mi infancia
El viaje de los sentidos a lo largo de la línea del tiempo,
e impregnar la línea seca del tiempo
con la forma de conscientes pensamientos
que regresan desde la fiesta de imágenes espejadas
De esta manera
alguien muere
y alguien permanece
***
En el torrente lastimoso de un arroyo que se va a dique
ningún pescador pescará una perla
Yo
conozco una triste sirenita
que se encuentra en el océano
y serenamente toca
su dolor de corazón con una flauta mágica
Una sirenita
que muere con un beso en la noche
y que nace con un beso al amanecer

W.A. Mozart: Davide penitente - Bartabas & Marc Minkowski

Un cuento para cada martes.

Un cuento para cada martes.
Las personas, algunas, nos buscamos una tarea y nos la imponemos durante largos períodos de nuestra vida.  Desde hace muchos años debo escoger al menos un cuento para trabajarlo en nuestro taller de lectura.  No se trata de un cuento cualquiera, debe capturar la atención de todos los participantes, debe ser entretenido, debe despertar nuestra curiosidad, debe poder hacernos reflexionar sobre las actitudes de los seres humanos enfrentados a diferentes estímulos o situaciones.  Este martes escogí un cuento de Haruki Murakami, escritor contemporáneo japonés, de su libro “El elefante desaparece” de reciente publicación. El cuento se llama” Nuevo ataque a la panadería”, y tiene como tema: el hambre.

Lo primero que hicimos en el taller fue hablar del Hambre en general, de nuestra hambre, si alguna vez lo habíamos sentido, en qué intensidad. Una de las participantes confesó que tiene hambre permanentemente y que piensa en comida todo el tiempo.
Luego hablamos de otras clases de hambre, de ese que inhabilita, que impide hacer cualquier otra cosa, pensar, crear, soñar. Leímos algunos textos, uno de ellos  nos dijo que un sexto de nuestra población mundial se muere de hambre y que daría la impresión de que estamos sumidos en un estado primitivo de desarrollo, que apenas hemos salido de la barbarie, que somos una civilización inferior.  El hambre, según Neruda, sería la medida del hombre.
El poeta Miguel Hernandez nos dice que el hambre es el primero de nuestros conocimientos. El niño llora pidiendo alimento a su madre.
Quien ha pasado hambre de niño, estará dañado de por vida, aseguramos, siempre tendrá temor de regresar a ese estado en el que se siente tanto el vacío, el  incendio del hambre.
Tener hambre es como tenazas,
Es como muerden los cangrejos,
Quema, quema, y no tiene fuego,
El hambre es un incendio frío. Pablo Neruda
Aquellos que tienen hambre pueden convertirse en peligrosos, desaparecen los límites, el conocimiento del bien y del mal.


“El hambre sigue al hombre como la sombra al cuerpo, y no hay esperanza de pan, ¡no la hay! El hambre ha borrado las facciones humanas; la gente no vive, se pudre en una miseria irremediable..." La Madre Máximo Gorki. ¿Cómo será verdaderamente sentir hambre?
Entonces llegamos a Knut Hamsun, escritor sueco, premio nobel de literatura en 1920 que escribiera un libro al que llamó “Hambre”. Lo curioso de su personaje es que a pesar de encontrarse en la peor de las miserias sigue manteniendo ideales y cordura.  Un personaje que masca madera para calmar el hambre como quien masca papel mojado o come galletas de barro.
De India Caida en el Mercado de Joaquín Pasos, poeta nicaragüense.
Ella se desmayó, la desmayaron.
Al lavarle el estómago los médicos
lo encontraron vacío, lleno de hambre,
de hambre y de misterio.
Hablamos del canibalismo, de la glotonería, de la fama que tiene nuestro país por su buena comida. Quedando todavía mucho más por hablar: los que no comen, los que no dejan comer.



Entramos por fin al texto elegido y Murakami nos acercó a una pareja de recién casados que se despierta entrada la noche con un hambre desesperado.  El texto es reflexivo y divertido, nos lleva a la acción obedeciendo una lógica original. Vemos el dominio de uno de los miembros de la pareja, los secretos guardados, el trabajo en equipo. El autor inventa propósitos a los personajes, ideas fijas que los hará moverse y cometer actos como los que nunca habían soñado.  Como no trabajan, no tienen pan y deberán robarlo pero la vida más bien le ofrece cambiarle su atención a la música (Wagner)  por el pan.  Entonces surge la maldición que habrá que romper con un nuevo asalto. Entonces se convierten en ladrones que someten a sus víctimas y con ello logran desaparecer ese hambre que parecía querer acompañarlos hasta la eternidad. Murakami intercala en su texto el mundo de la imaginación y el mundo de los sueños.  El hambre como situación límite, como detonante de historias y de acciones, como develamiento de la verdadera personalidad de los personajes. 

El tatuador de Tanizaqui

"Shisei (El tatuador / 1910)":

Era aquella una época en la que los hombres rendían culto a la noble virtud de la frivolidad, en la que la vida no era la áspera lucha que es hoy. Eran tiempos de ocio, tiempos en que los ingeniosos profesionales podían ganarse la vida sobradamente si conservaban radiante el buen humor de los caballeros ricos o bien nacidos y si cuidaban de que la risa de las damas de la Corte y de las gheisas no se extinguiese nunca. En las novelas románticas, ilustradas, de la época, en el teatro Kabuki, donde los rudo héroes masculinos como Sadakuro y Jiraiya eran transformados en mujeres, en todas partes, la hermosura y la fuerza eran una sola cosa. Las gentes hacían cuanto podían por embellecerse y algunos llegaban a inyectarse pigmentos en su preciosa piel. En el cuerpo de los hombres bailaban alegres dibujos de líneas y colores.

Los visitantes de los barrios de placer de Edo preferían alquilar portadores de palanquín que estuviesen tatuados espléndidamente. Entre los que se adornaban de este modo no sólo se contaban jugadores, bomberos y gente semejante sino miembros de la clase mercantil y hasta samurais. De vez en cuando se celebraban exposiciones y los participantes se desnudaban para mostrar sus afiligranados cuerpos, se los palmoteaban orgullosamente, presumían de la novedad de sus dibujos y criticaban los méritos de los ajenos.

Hubo un joven tatuador excepcionalmente hábil llamado Seikichi. En todas partes se le elogiaba como a un maestro de la talla de Caribun o Yatsuhei y docenas de hombre le habían ofrecido su piel como seda para sus pinceles. Gran parte de las obras que se admiraban en las exposiciones de tatuajes eran suyas. Había quienes podían destacarse más en el sombreado o en el uso de cinabrio, pero Seikichi era famoso por el vigor sin igual y el encanto sensual de su arte.

Seikichi se había ganado anteriormente el pan como pinto ukiyoke de las escuela de Tokoyuni y Kunisada y, a pesar de haber descendido a la condición de tatuador, su pasado era visible en su consciencia artística y su sensibilidad. Nadie cuya piel o cuyo aspecto físico no fuese de su agrado lograba comprar sus servicios. Los clientes que aceptaban tenían que dejar coste y diseño enteramente a su discreción y habían de sufrir durante un mes o incluso dos, el dolor atroz de sus agujas.

En lo profundo de su corazón, el joven tatuador ocultaba un placer y un secreto deseo. Su placer residía en la agonía que sentían los hombres al irles introduciendo las agujas, torturando sus carnes hinchadas, rojas de sangre: y cuanto más alto se quejaban más agudo era el extraño deleite de Seikichi. El sombreado y el abermejado, que se dice que son particularmente dolorosos, eran las técnicas con las que más disfrutaba.

Cuando un hombre había sido punzado quinientas o seiscientas veces, en el transcurso de un tratamiento diario normal, y había sido sumergido en un baño caliente para hacer brotar los colores, se desplomaba medio muerto a los pies de Seikichi. Pero Seikichi bajaba su mirada hacia él, fríamente. "Parece que duele", observaba con aire satisfecho.

Siempre que un individuo flojo aullaba de dolor o apretaba los dientes o torcía la boca como si estuviese muriéndose, Seikichi le decía: "No sea usted niño. Conténgase usted: ¡no ha hecho más que empezar a sentir mis agujas!" Y continuaba tatuándole, tan imperturbable como siempre, mirando de vez en cuando, de reojo, el rostro bañado en lágrimas del cliente.

Pero a veces, una persona de excepcional fortaleza encajaba las mandíbulas y aguantaba estoicamente sin permitirse ni un gesto. Entonces, Seikichi se sonreía y decía: "¡Ah, es usted hombre porfiado! Pero espérese. Pronto le empezará a temblar el cuerpo de dolor. Dudo que sea capaz de soportarlo…"

Durante mucho tiempo, Seikichi acarició el deseo de crear una obra maestra en la piel de una mujer hermosa. Semejante mujer habría de reunir tantas perfecciones de carácter como físicas. Un rostro encantador y un hermoso cuerpo no le habrían satisfecho. Aunque inspeccionaba cuantas bellezas reinaban en los alegres barrios de Edo, no encontró ninguna que satisficiese sus exigentes pretensiones. Transcurrieron varios años sin encontrarla y el rostro y la figura de la mujer perfecta continuaban obsesionándole. Pero no quiso perder la esperanza.

Una tarde de verano, durante el cuarto año de búsqueda, sucedió que Seikichi, al pasar por el restaurante Hirasei, en el distrito Fukagawa de Edo, no lejos de su casa, vio un pie desnudo de mujer, blanco como la leche, asomando por entre las cortinas de un palanquín que estaba partiendo. Para su experta mirada, un pie humano era tan expresivo como un rostro. Aquél era el colmo de la perfección. Dedos exquisitamente cincelados, uñas como las iridiscentes conchas del acantilado de Enoshima, bañada en las límpidas aguas de un manantial de montaña: se trataba, en fin, de un pie digno de ser nutrido por la sangre de los hombres, de un pie hecho para pisotear sus cuerpos. Seguramente, aquél era el pie de la única mujer que durante tanto tiempo, se le había ocultado. Ansioso por vislumbrar su cara, Seikichi empezó a seguir al palanquín. Pero, tras perseguirlo por callejuelas y avenidas, lo perdió por completo de vista.

El deseo de Seikichi, durante tanto tiempo contenido, se convirtió en amor apasionado. Una mañana, ya muy entrada la primavera siguiente, se encontraba en el balcón, adornado por los bambúes floridos, de su casa de Fukagawa contemplando una maceta de lirios omoto, cuando oyó a alguien junto a la puerta de su jardín. Por la esquina del seto interior apareció una muchacha. Le llevaba un recado de una amiga suya, gheisa del cercano barrio de Tatsumi.

- Mi ama me ha dicho que le entregue esta capa y dice que si tendría la amabilidad de decorar el forro - dijo la muchacha. Desató un paquete de ropa color azafrán y saco una capa de seda, de mujer (envuelta en un pliego de papel grueso en el que estaba impreso un retrato del actor Tojako), y una carta.

La carta repetía su amistosa petición y continuaba diciendo que su portadora empezaría pronto la carrera de gheisa bajo su protección. Esperaba que, sin echar en olvido los viejos vínculos, extendiese su protección a esta muchacha.

- Creo que es la primera vez que e veo - dijo Seikichi escrutándola con insistencia. Parecía no tener más de quince o dieciséis años, pero su rostro mostraba una belleza extrañamente madura, un aspecto de experiencia, como si ya hubiese pasado varios años en el alegre barrio y hubiese fascinado a incontables hombres. Su belleza reflejaba los sueños de generaciones de hombres y mujeres seductores que habían vivido y muerto en la vasta capital donde estaban concentrados los pecados y las riquezas de todo el país.

Seikichi le ofreció asiento en el balcón y estudió sus delicados pies, desnudos salvo unas elegantes sandalias de paja.

- Tu saliste del palanquín del Hirasei una noche de julio pasado, ¿no es cierto? - le preguntó.

- Supongo que sí - contestó ella, sonriendo ante la extraña pregunta -. Mi padre vivía todavía y me llevaba con frecuencia allí.

- Te he estado esperando durante cinco años. Es la primera vez que te veo la cara, pero recuerdo tu pie… Acércate un momento, tengo que enseñarte una cosa.

Ella se había puesto en pie para irse, pero la cogió de la mano y la condujo arriba, al estudio que daba a la orilla del río. Entonces sacó dos kakemonos y desenrolló uno ante ella.

Era una pintura de una princesa china, la favorita del cruel Emperador Chu de la dinastia Shang. Estaba apoyada en una balaustrada, en postura lánguida, la larga falda de su vestido de brocado floreado caía hasta la mitad de un tramo de escalones, su esbelto cuerpo soportaba con dificultad el peso de una corona de oro tachonado de coral y lapislázuli. Llevaba en la mano derecha una ancha copa de vino que inclinaba hacia los labios mientras contemplaba a un hombre que era conducido a la tortura en el jardín de abajo. Tenía las manos y los pies encadenados a un pilar hueco de cobre en cuyo interior iban a echar un fuego. La princesa y su víctima, la cabeza inclinada ante ella, los ojos cerrados, dispuestos a aceptar su destino, estaban representados con terrorífica verosimilitud.

Mientras la muchacha contemplaba la extraña pintura, sus labios temblaron y los ojos empezaron a chispearle. Poco a poco su faz fue adquiriendo una curiosa semejanza con la de la princesa. En la pintura, descubrió su yo secreto.

- Tus propios sentimiento están revelados aquí - le dijo Seikichi, complacido, mientras la miraba al rostro.

- ¿Por qué me muestras una cosa tan horrible? - preguntó la muchacha, mirándole. Se había puesto pálida.

- La mujer eres tú. Su sangre corre por tus venas. Después, extendió el otro kakemono.

Era éste una pintura titulada "Las Víctimas". En medio de ella, una joven estaba en pie apoyada al tronco de un cerezo: gozaba contemplando un montón de cadáveres de hombres que yacían a sus pies. Unos pajarillos trinaban sobre ella, cantando triunfalmente; sus ojos irradiaban orgullo y gozo. ¿Era un campo de batalla o un jardín de primavera? En este cuadro, la muchacha sintió haber encontrado algo escondido durante mucho tiempo en las tinieblas de su propio corazón.

- Esta pintura muestra tu futuro - dijo Seikichi, apuntando a la mujer que había bajo el cerezo: la propia imagen de la muchacha -. Todos estos hombres arruinarán sus vidas por ti.

- Por favor, ¡te suplico que te lleves esto! - Se volvió de espaldas como para escapar a su tantálico hechizo y, temblando, se postró ante él. Finalmente, continuó diciendo: - Sí, admito que no te equivocas conmigo: yo soy como esa mujer… Así que, llévate eso, por favor.

- No hables como una cobarde - le dijo Seikichi, con sonrisa maliciosa -. Míralo más cerca. No durarán mucho tus escrúpulos.

Pero la muchacha se negaba a levantar la cabeza. Todavía postrada, con el rostro entre las mangas, repetía una y otra vez que estaba asustada y quería marcharse.

- No, tienes que quedarte: quiero convertirte en una verdadera belleza - le dijo, acercándose a ella. Llevaba bajo el kimono un frasquito de anestésico que había conseguido algún tiempo antes de un médico holandés.

El sol de la mañana brillaba sobre el río, enjoyando el estudio de ocho alfombras con su ardiente luz. Los rayos reflejados por el agua dibujaban temblorosas olas doradas sobre las mamparas corredizas de papel y sobre el rostro de la muchacha, que estaba profundamente dormida. Seikichi había cerrado las puertas y sacado sus instrumentos de tatuaje, pero durante un rato se limitó a sentarse, arrobado, saboreando hasta la saciedad su misteriosa belleza. Pensaba que jamás se cansaría de contemplar su sereno rostro semejante a una máscara. Precisamente como los antiguos egipcios habían embellecido sus magníficos campos con pirámides y esfinges, iba él a embellecer la impoluta piel de la muchacha.

En este momento, levantó el pincel que apretaba entre el pulgar y los dos dedos siguientes de la mano izquierda, aplicó su extremo en la espalda de la muchacha y, con la aguja que llevaba en la mano derecha, empezó a grabar un dibujo. Sintió que su propio espíritu se disolvía en la tinta negra de polvo de carbón con que le manchaba la piel. Cada gota de cinabrio Ryukyu con que iba mezclando el alcohol y atravesándola era una gota de su propia sangre. Veía en sus pigmentos los matices de sus propias pasiones.

Pronto llegó la tarde y, luego, el tranquilo día primaveral avanzó hacia su fin. Pero Seikichi no se detuvo en su trabajo, ni se interrumpió el sueño de la muchacha. Cuando un criado llegó de casa de la gheisa preguntando por ella, Seikichi lo despachó diciéndole que hacía tiempo que se había ido. Y horas más tarde, cuando la luna colgaba sobre la mansión del otro lado del río, bañando las casas de la orilla en una luz de ensueño, el tatuaje no estaba ni a medio hacer. Seikichi trabajaba a la luz de una vela.

Ni siquiera introducir una gota de colorante era un trabajo fácil. A cada pinchazo de la aguja, Seikichi daba un profundo suspiro y sentía como si se hubiese atravesado su propio corazón. Poco a poco, las marcas del tatuaje empezaron a adquirir la forma de una gigantesca araña hembra; y cuando el cielo nocturno empalidecía con la luz del alba, esta horripilante y malévola criatura había estirado sus ocho patas para abrazar por completo la espalda de la muchacha.

A plena luz del alba primaveral, las barcas habían empezado a bogar por el río, de arriba abajo, con los remos restallando en la quieta mañana; los tejados brillaban al sol y la neblina comenzaba a adelgazar sobre las blancas velas que se hinchaban con la brisa mañanera. Por fin, Seikichi dejó el pincel y contempló la araña tatuada. Esta obra de arte había sido el supremo esfuerzo de su vida. Ahora, cuando la hubo acabado, su corazón estaba atravesado de emoción.

Las dos figuras permanecieron quietas durante algún tiempo. Luego, las paredes de la habitación devolvieron el eco tembloroso de la voz baja y bronca de Seikichi:

- Para hacerte verdaderamente hermosa he vertido mi espíritu en este tatuaje. No existe hoy una mujer en el Japón que se pueda compara contigo. Tus viejos temores han desaparecido. Todos los hombres serán tus víctimas.

Como respuesta a estas palabras, un débil gemido escapó de los labios de la muchacha. Lentamente, empezó a recobrar los sentidos. A cada estremecida inspiración, las patas de la araña se agitaban como si estuviera viva.

- Tienes que sufrir. La araña te tiene entre sus garras.

Como respuesta, abrió ella los ojos levemente, con una mirada vacía.. La mirada se le fue avivando progresivamente, como la luna va encendiéndose por la tarde, hasta lucir esplendorosamente en su faz.

- Déjame ver el tatuaje - dijo, hablando como en sueños, pero con un dejo de autoridad en la voz -. Al darme tu espíritu, has tenido que hacerme muy bella.

- Antes tienes que bañarte para que aparezcan los colores - susurró Seikichi compasivamente -. Me temo que va a dolerte, pero se valiente otro poco.

- Puedo soportar cualquier cosa por la belleza.

A pesar del dolor que le recorría el cuerpo, sonrió.

- ¡Cómo pica el agua!… Déjame sola ¡espera en la otra habitación! No me gusta que un hombre me vea sufrir así.

Al salir de la tina, demasiado débil para poder secarse, la muchacha echó a un lado la compasiva mano que Seikichi le ofrecía y se dejo caer al suelo en una agonía, quejándose como presa de una pesadilla. El despeinado cabello le colgaba sobre el rostro en salvaje maraña. Las blancas plantas de sus pies se reflejaban en el espejo que había detrás de ella.

Seikichi estaba asombrado del cambio que había sobrevenido a la tímida y sumisa muchacha del día anterior, pero hizo lo que le había dicho y se fue a esperar en el estudio. Alrededor de una hora después volvió, cuidadosamente vestida, con el empapado y alisado cabello cayéndole por los hombros. Apoyándose en la barandilla del balcón, miró al cielo levemente brumoso. Le brillaban los ojos; no había en ellos ni una huella de dolor.

- Me gustaría ofrecerte también estas pinturas - dijo Seikichi, colocando ante ella los kakemonos -. Cógelas y vete.

- ¡Todos mis antiguos temores se han desvanecido y tú eres mi primera víctima! - Le lanzó una mirada tan brillante como una espada. Una canción de triunfo sonaba en sus oídos.

- Déjame ver de nuevo tu tatuaje - suplicó Seikichi.

Silenciosamente, la muchacha asintió y dejó resbalar el kimono de sus hombros. Precisamente entonces su espalda, esplendorosamente tatuada, recibió un rayo de sol y la araña se coronó en llamas.




Discurso de Emilio Lledó / Speech by Emilio Lledó

Purcell: Musiques pour Sainte Cécile | Marc Minkowski

Para las Cecilias.

De-Lovely Trailer de la película sobre Cole Porter

Enrique Vila-Matas. Instituto Cervantes

De-Lovely - The Music Of Cole Porter

Un hotel boutique en Máncora

Hotel Kichic : Cristina "Kiki Gallo" es la dueña de este hotel boutique que queda en Máncora. Todos nos habían hablado de él y caminamos unos tres kilómetros hasta encontrar esta bella casa, a la que llaman casa de luz, hotel de solo seis habitaciones. Luego de dar una vuelta por la hermosa casa, llenándonos los ojos con los objetos escogidos de exquisito gusto, comprados de segunda mano y vueltos a poner en valor, nos sentamos en la sala principal, con el mar al frente, un bosquecito a la derecha, y una perra que se nos acerca y se deja acariciar. Nos sirven un jugo de piña, kión y menta, que nos transporta a la paz. También tiene un restaurante y nos enteramos que ofrece clases de yoga. Nos imaginamos lo lindo que será de noche iluminado con velas. Se los cuento para que cuando vayan a Máncora no dejen de visitarlo y tal vez recomendarlo como un lugar secreto y mágico.

domingo, 3 de julio de 2016

Hija de un constructor

Hija de un constructor
Si parto de la idea de que nada de lo que recibimos es casual debo reconocer que no soy por gusto hija de un constructor. Las primeras lecciones que recibí tuvieron que ver con crear un espacio para que sea habitado.
Marcar con tiza blanca las zanjas en las que se armarían los cimientos, en donde reposaría sólida y segura la casa entera.
Crecí observando el trabajo de albañiles y peones, elaboraban mezclas, asentaban ladrillos. Aprendí el uso de la plomada que garantiza lo recto, el cincel que pule, los clavos que unen, el tarrajeo que recubre.
Entonces aprendí el éxito del trabajo en equipo, la paciencia, el ir añadiendo elementos, resolviendo dilemas, tomando decisiones hasta dar termino al propósito.
Entonces no es extraño que no me falten raíces, que prepare mis propias mezclas, que asiente como si estuviese tejiendo uno a uno mis ladrillos o mis adobes, o mis piedras. Aun puedo trepar por escaleras hechas de maderitas enclenques, con travesaños torcidos pero eficientes. Y a mi manera también armo mis techos y los recubro y les pongo una cruz y bebo para celebrar mi contento. Cecilia Bustamante de Roggero

Mia Couto, poeta de Mozambique



Uma única certeza
demora em mim:
o que em nós já foi menino
não envelhecerá nunca.
MIA COUTO
No poema "Declaração de bens"
Do livro "Tradutor de Chuvas"
Photo by © Manuel Vilches
"NIGER" Oasis de Timia
Una única certeza
Demora en mí:
El que en nosotros ya fue niño
No envejecerá nunca.
Mia Couto

En el poema "Declaración de bienes"
Del libro "traductor de lluvias"

Foto Por © Manuel Vilches
"Niger" Oasis de timia

El arte de los conversadores

En mi casa se reunían con frecuencia amigos de mis padres y pasaban largas horas conversando. Me encantaba que me dejaran estar por ahí, escuchándolos y fue ahí seguramente, donde fui formándome una manera de ser y de ver. Se hablaba de arte porque había pintores, escritores, críticos, poetas y también de política.  Soy testigo de la manera en la que se ha ido perdiendo el arte de la conversación, el deleite de escuchar al otro, la elección de las palabras como si se estuviese componiendo un poema, la broma, la lisura, el tono de voz melodioso o imponente. Todo eso se me quedó grabado y me conforma.  Hoy leyendo el artículo de Rosa Montero, me transporté a ese tiempo en donde la palabra era la dueña de la fiesta.  

El arte de los conversadores. Angela Mastreta, escritora mexicana.


Yo vengo de un tiempo humano, cada vez más remoto, en el que conversar era el don, el privilegio y la costumbre más encomiable. No sé si ese tiempo tuvo un lugar o si a lo largo de los siglos estamos distribuidos, aquí y allá, los habitantes de su espacio. Creo más probable esta segunda opción, la creo porque he aprendido a reconocer de lejos a los miembros de esta especie de secta cada vez más exigua que podríamos llamar los conversadores. No hay necesidad de trámites, ni de credenciales ni de registros para ser un buen conversador. La única seña necesaria está en la facilidad con que traban cercanía y descubren sus emociones, dudas, pesares y proyectos como quien desgrana un rosario. Impúdicos y desmesurados se vuelven invulnerables, porque todo lo suyo lo comparten. Y si un problema tienen, es el que los hace vivir corriendo el riesgo de derivar en chismosos. Nada tan despreciable para un conversador como un chismoso y, para su desgracia, nada más cercano a la vera del acantilado por el cual caminan. Antes que nadar, comer, dormir o cualquier otro placer parecido, los conversadores prefieren intercambiar palabras. Sólo los besos y sus prolongaciones son tan placenteros para un conversador como las palabras. Tal vez porque los besos están emparentados con las palabras, y el amor puede ser una conversación perfecta.


Jorge Eduardo Eielson lee sus poemas

Anular la humanidad del hombre - Entrevista a Primo Levi, 1982

Otros ojos para ver el Prado: La extracción de la piedra de la locura, d...

Henri Salvador - Jardin d'Hiver

Stan Getz & João Gilberto - Para Machuchar Meu Coração