jueves, 23 de febrero de 2012

El ciervo herido


De sangre y hierba y polvo coronado. Eielson
No una, ni dos, ni tres, metió las cuatro patas en el pantano porque venía huyendo, buscando un lugar para esconderse de quien había resuelto que sería su presa. Dio un brinco y cayó cautivo. Un fango espeso se adhirió a su piel produciéndole escozor y desesperación. Sólo le quedaba el hocico para tratar de liberarse de la sustancia que lo retenía pero sabía que si intentaba usarlo, ahí sí, estaría condenado a muerte. Llegaría el hombre con sus arcos y flechas, dispararía directo al corazón y entonces caería en ese líquido pegajoso y terrible. Desde lejos podía sentir al cazador flexionando las rodillas sobre la tierra, moverse delicado para acercarse lo más posible y evitar que huyese. Pero él no podía huir.
Entonces las nubes se volvieron negras, se oscureció de pronto el bosque. El ciervo deseó chillar o cantar pidiendo ayuda pero escogió el silencio para despistar a su enemigo. ¿De qué le servía su gracia, su belleza, la cornamenta erguida, su agilidad, haber sido algún día mensajero de los dioses?
Jamás llegó el cazador donde el ciervo y éste protegido por la oscuridad de la tarde, armado de infinita paciencia fue sacando delicadamente una a una las patas de ese barro que lo mantenía herido y luego dio un paso y luego otro, para cruzar el bosque y hallar a los otros ciervos, sus amigos.

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