domingo, 12 de octubre de 2014

Esperando, un cuento de Osami Dazai


Un cuento de Osamu Dazai: Esperando 
Compartimos con ustedes este cuento que hicimos ABRA nuestro taller de lectura, y otros más.

(Traducción y nota de Pablo Figueroa)

Todos los días voy a la pequeña estación de tren a buscar a alguien. Quién es ese alguien, no lo sé.

Siempre paso por ahí después de hacer las compras en el mercado. Me siento en una fría banca, pongo la cesta de las compras sobre mis rodillas, y miro abstraídamente hacia los molinetes. Cada vez que llega un tren, una multitud de pasajeros es escupida hacia afuera desde las puertas de los vagones. La muchedumbre avanza en tropel hacia los molinetes, y las personas, todas con la misma cara de enojo, sacan los pases y entregan los boletos. Luego, sin mirar hacia los costados, caminan precipitadamente. Pasan por delante de mi banca, salen hacia la plaza que está frente a la estación, y se van cada uno por su lado. Yo sigo sentada distraídamente. ¿Qué sucedería si alguien sonriese y me hablase? ¡Ay no, por Dios! La mera posibilidad me pone tan nerviosa que me estremezco de sólo pensarlo, como si me hubieran echado agua fría en la espalda. No puedo respirar. Y sin embargo, continúo esperando a alguien todos los días. ¿A quién podría ser que estuviera esperando? ¿A qué tipo de persona? Pero quizás lo que estoy esperando no sea un ser humano. Odio a los seres humanos. En realidad les tengo miedo. Cada vez que estoy cara a cara con alguien diciendo cosas como “¿qué tal, cómo está?”, o “¡cómo refrescó!”, saludando sólo para cumplir, siento que soy la persona más falsa del mundo. Me pone tan terriblemente mal que quiero morirme. Y las personas con las que hablo se ponen a la defensiva sin razón, me hacen vagos cumplidos, y comentan sentenciosamente impresiones que no tienen en verdad. Su cautela mezquina me hace sentir triste: el mundo es cada vez más repugnante y no puedo soportarlo. La gente intercambia tensos saludos desconfiando unos de otros hasta cansarse, y así pasa la vida.

A mí no me gusta encontrarme con gente. Por eso, a no ser que hubiera una razón excepcional, nunca visitaba a amigos. Lo más cómodo ha sido para mí estar en casa con mi madre cosiendo, las dos solas, en silencio. Pero finalmente estalló la guerra[1], y el ambiente se puso tan tenso, que empecé a sentirme culpable de quedarme en casa todo el día sin hacer nada. Me sentía angustiada y no podía relajarme en absoluto. Quería hacer una contribución directa trabajando tan duro como pudiese. Perdí toda fe en la vida que había llevado hasta ese momento.

No soporto quedarme en casa en silencio. Sin embargo cuando salgo me doy cuenta de que no tengo ningún lugar adonde ir. Así que hago las compras, y al regresar, paso por la estación y me siento distraídamente en la fría banca. Tengo la ilusión de que alguien venga, pero si esa persona realmente apareciera, ¿qué haría? La idea me da pánico, pero estoy resignada. Si eso sucede, voy a entregarle mi vida: estoy preparada y ese momento marcará mi destino. Estos sentimientos de resignación y fantasías impudentes se entretejen de una forma muy extraña. La sensación me agobia de un modo sofocante. El mundo alrededor se enmudece; la gente que va y viene en la estación aparece pequeña y lejana, como si estuviera mirando por un telescopio al revés. La sensación es vaga, como si estuviera soñando despierta, como si no supiera si estoy viva o muerta. ¡Ay! ¿Qué cosa estoy esperando? Acaso yo no sea más que una mujer obscena. Todo eso del estallido de la guerra, lo de sentirme angustiada, de trabajar duro porque quiero ser útil, quizás sólo sea una mentira, una excusa noble para tratar de encontrar una oportunidad de materializar mis fantasías indiscretas. Me siento aquí con mirada perdida, pero en el fondo, dentro de mí puedo ver cómo flamea la llama de mis deseos obscenos.

¿Pero, a quién diablos espero? No tengo en absoluto una idea clara, solamente una imagen vaga y confusa. Y sin embargo, continúo esperando. Desde el estallido de la guerra paso por aquí todos los días a la vuelta de las compras y me siento en esta fría banca a esperar. ¿Y si alguien me sonriera y me hablara? ¡Ay, no!, no es usted a quien estoy esperando. Entonces, ¿a quién? ¿Qué espero? ¿Un marido? No. ¿Un novio? No, para nada. ¿Un amigo? De ningún modo. ¿Dinero? Es ridículo. ¿Un fantasma? ¡Ay no, por favor!

Algo más apacible y alegre, algo maravilloso. No sé qué. Por ejemplo, algo como la primavera. No, no es eso. Hojas verdes. El mes de Mayo. El agua fresca y cristalina fluyendo a través de los campos de trigo. No, tampoco es eso. Ay, y sin embargo sigo esperando, con el corazón palpitante. Las personas pasan unas tras otras delante de mis ojos. No es aquello, ni esto. Con la cesta de compras en mis brazos, me estremezco y espero con todo mi corazón. Le pido a usted por favor que no me olvide. Por favor no olvide a la chica veinteañera que viene todos los días a la estación y regresa a su casa sintiéndose vacía. Por favor recuérdeme, y no se ría de mí. No voy a decirle el nombre de la estación. Aunque no lo haga, usted me verá algún día.

 




[1] Se refiere a la Segunda Guerra Mundial (N.T.)

 

En 1948, cuando Osamu Dazai se encontraba en la cúspide de su carrera literaria, decidió quitarse la vida junto con su amante, una joven viuda con quien había sellado un pacto de amor suicida. Para ello la pareja eligió un pintoresco canal del río Tama en el apacible suburbio de Mitaka en Tokio. En esa época del año las frecuentes y turbulentas lluvias del monzón hacían que los niveles de agua en los canales subieran considerablemente. Los cuerpos fueron encontrados en un recodo del rio unos días más tarde, justo cuando Dazai hubiera cumplido treinta y nueve años.

La idea de quitarse vida no era en absoluto nueva para el escritor: lo había intentado sin éxito en variadas ocasiones. Profundos traumas personales, una fuerte dependencia del alcohol, y desórdenes psíquicos que fueron empeorando a lo largo del tiempo, hicieron que el deseo de muerte ocupara un lugar preponderante en los pensamientos de Dazai. Esta obsesión con el suicidio se fusiona en su ficción literaria con un agudo e irónico sentido de crítica a la sociedad, otorgándole un carácter inseparable de lo autobiográfico.

Nacido con el nombre de Shuji Tsushima en 1909 en una pequeña ciudad de Aomori en el norte de Japón, Dazai fue el décimo de once hermanos de una familia acomodada. Su padre se encontraba a menudo fuera de la casa y su madre sufría problemas de salud crónicos, con lo cual el niño fue criado por tías y sirvientes. Su afición por las letras comenzó desde pequeño y en 1930 decidió ingresar al departamento de Literatura Francesa de la Universidad Imperial de Tokio.

Su paso inconcluso por la academia estuvo permeado del tumultuoso estado de cosas de la época y de sí mismo. Dazai se sintió fuertemente atraído por los ideales del marxismo y por el incipiente Partido Comunista de Japón, y a menudo manifestó su sentido de culpa por “haber nacido en la clase social equivocada”. Durante esta etapa temprana escribió una cantidad de cuentos cortos, y la experiencia adquirida a través del paradigma comunista se haría patente a lo largo de su carrera.

Un posterior período de relativa calma llegaría cuando Dazai contrajo matrimonio con Machiko Ishihara en 1939. Fue durante estos años que escribió dos novelas enormemente exitosas tituladas El Ocaso (Shayo, 1947) e Indigno de ser humano (Ningen Shikkaku, 1948). Ambas obras expresan el profundo pesimismo del autor y su visión decadente del ser humano; las hondas heridas de una sociedad golpeada por la posguerra dejaban al desnudo la crisis de identidad y de valores de una cultura que parecía condenada inexorablemente a la autodestrucción.

Si bien Montse Watkins ha traducido al español las novelas arriba mencionadas, no disponemos aún de versiones en nuestra lengua del resto de los trabajos llevados a cabo por Osamu Dazai. Esta nueva traducción de un cuento corto titulado Esperando (Matsu, 1954) es apenas una colaboración a una tarea todavía por emprenderse.

 

Ozamu Dazai, un autor japonés

Las mujeres miserables de Osamu Dazai
Publicado en Lit Ar cor
Colegiala, Osamu Dazai
(Ed. Impediementa)
     Por Raquel Moraleja
  
Una chica joven, de familia pobre, se ve obligada a cometer un robo por amor. Una mujer mayor confiesa que una noche, muchos años atrás, se sintió fuertemente atraída por un hombre al que apenas conocía.
Un ama de casa narra su sufrimiento al descubrir que su marido tiene una amante. Una muchacha narra cómo empeoró su vida tras recibir un premio literario... Cuando recibí en casa el ejemplar de Colegiala, Enrique Redel, editor del sello independiente Impedimenta, me dijo que se trataba de "un libro magnífico", de una auténtica "delicia japonesa". La niña de la portada, inmóvil en su naif kimono floreado, con una mancha roja en sus labios mimetizados con el fondo níveo, me prometía que dentro se hablaba de mujeres como pocas veces había leído. Aún nacida dentro de una cultura, la occidental, que ha tardado siglos en devolverle a las mujeres el lugar equitativo en la sociedad que les era debido, no entiendes la abnegación por el silencio y el pudor de la mujer nipona, pero sí comprendes sus angustias, contradicciones e ilusiones. La niña de la portada podría ser feliz, pero se siempre ridícula, sucia y muy, muy miserable.
Leyendo todos los cuentos de Osamu Dazai (1909-1948), uno de los autores nacidos en el periodo Meiji japonés más conocidos junto a nombres como el Nobel Yasunari Kawabata (Mil grullas, Lo bello y lo triste) o Junichiro Tanizaki (Elogio de la sombra), no puedes evitar preguntarte -y dejo caer la bomba- hasta qué punto un hombre puede, no escribir a través de una voz femenina y conducirla y entenderla -que está claro que puede hacerse, y viceversa-, si no hacer suyos unos sentimientos y deseos y miedos que son únicamente femeninos porque así lo quiso la sociedad nipona. En esta edición de Impedimenta se agrupan catorce relatos del maestro del watakushi shoshetsu -estilo autobiográfico en primera persona-, cuyos protagonistas son siempre mujeres, casi todas jóvenes, que viven historias distintas pero que están unidas por un hilo invisible común. Antes, durante o inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial, las mujeres de Dazai se avergüenzan de sus propios pensamientos y anhelos, que creen obscenos, terribles, deshonrosos, y preferirían morirse antes que verlos expuestos al público. Todas sienten un profundo sentido del ridículo y una incapacidad por adaptarse y sentirse felices en una sociedad a la que, por otra parte, deben respetar por encima de todo. Se sienten feas, saben que son feas, y les parece única y justa causa para su desgracia. Pecan -porque todas las mujeres son así, o al menos eso dice Dazai- de mentirosas, arrastradas, avariciosas, lujuriosas y mentirosas. ¿Hablaría así una mujer de sus congéneres, por muy de principios del siglo XX que sea?
Hay algunos comportamientos que al lector le parecerán los propios de un maníaco si antes no se ha adentrado en la historia de la Cultura japonesa. El giri (cumplimiento del deber) contra el ninjo (las pasiones humanas) conducen la antropología y el arte japonés. Sentimientos como el honor, la rectitud, la fidelidad, la benevolencia, la piedad filial y la vergüenza propia son heredados de la filosofía neoconfuciana de la época samurái. Las mujeres, invisibles y despreciadas en la ie -la familia-, durante el shogunato, ni siquiera recibían el amor de sus maridos, pues era deshonroso que estos caballeros mostrasen sus emociones en sociedad así que reservaban sus caricias para las prostitutas de los akusho (lugares perniciosos) creados a instancia del gobierno militar del siglo XVII. Sabiendo todo ésto, el lector podrá empatizar -que no simpatizar- más con las mujeres desgraciadas de los relatos breves, claustrofóbicos, delicados y desquiciados de Osamu Dazai. Por otra parte, habiéndose intentado suicidar varias veces desde los 19 años hasta finalmente conseguirlo a los 38 -siempre acompañado de mujeres a las que acababa de conocer y que sí morían en las tentativas de muerte a las que él sobrevivía-, repudiado por gran parte de su familia, casado y separado varias veces, padre no reconocido del hijo accidental que tuvo con una admiradora, enganchado a la morfina y paciente de una institución mental, se puede entender la autodestrucción que destilan estos relatos, que huelen a podredumbre y a crisantemo. Como me prometió Redel, y ahora yo os prometo, una auténtica "delicia japonesa".
 

Instrucciones para subir una escalera de Julio Cortázar


Instrucciones para subir una escalera Julio Cortázar


Nadie habrá dejado de observar que con frecuencia el suelo se pliega de manera tal que una parte sube en ángulo recto con el plano del suelo, y luego la parte siguiente se coloca paralela a este plano, para dar paso a una nueva perpendicular, conducta que se repite en espiral o en línea quebrada hasta alturas sumamente variables. Agachándose y poniendo la mano izquierda en una de las partes verticales, y la derecha en la horizontal correspondiente, se está en posesión momentánea de un peldaño o escalón. Cada uno de estos peldaños, formados como se ve por dos elementos, se sitúa un tanto más arriba y adelante que el anterior, principio que da sentido a la escalera, ya que cualquiera otra combinación producirá formas quizá más bellas o pintorescas, pero incapaces de trasladar de una planta baja a un primer piso. Las escaleras se suben de frente, pues hacia atrás o de costado resultan particularmente incómodas. La actitud natural consiste en mantenerse de pie, los brazos colgando sin esfuerzo, la cabeza erguida aunque no tanto que los ojos dejen de ver los peldaños inmediatamente superiores al que se pisa, y respirando lenta y regularmente. Para subir una escalera se comienza por levantar esa parte del cuerpo situada a la derecha abajo, envuelta casi siempre en cuero o gamuza, y que salvo excepciones cabe exactamente en el escalón. Puesta en el primer peldaño dicha parte, que para abreviar llamaremos pie, se recoge la parte equivalente de la izquierda (también llamada pie, pero que no ha de confundirse con el pie antes citado), y llevándola a la altura del pie, se le hace seguir hasta colocarla en el segundo peldaño, con lo cual en éste descansará el pie, y en el primero descansará el pie. (Los primeros peldaños son siempre los más difíciles, hasta adquirir la coordinación necesaria. La coincidencia de nombre entre el pie y el pie hace difícil la explicación. Cuídese especialmente de no levantar al mismo tiempo el pie y el pie). Llegado en esta forma al segundo peldaño, basta repetir alternadamente los movimientos hasta encontrarse con el final de la escalera. Se sale de ella fácilmente, con un ligero golpe de talón que la fija en su sitio, del que no se moverá hasta el momento del descenso.

Ejercicio de imaginación

FRED STEIN | PHOTOGRAPHER  Hicimos este ejercicio en ABRA. Muchas respuestas, muchas historias. ¿Y tú, tienes alguna?

¿Qué mira tras el muro? ¿Quién es el personaje que carga todos los días la escalera y sube, haga calor o frío, para quedarse ahí inmóvil mirando lo que sucede? ¿Es cómplice o testigo? ¿Tiene entre sus posibilidades la de entrar en la casa de al lado de una manera distinta que la de ser solo un fisgón?  Tenemos un cuento escondido. La imagen cuenta una historia o mil distintas.

Edward Elgar's Sospiri op. 70 - Sol Gabetta


domingo, 5 de octubre de 2014

La maravillosa Lucille Ball en clase de ballet

Esperábamos el día de la semana en el que daban "Yo amo a Lucy", maravillosa mujer, tan divertida, increíble comediante que nos hacía reír sin parar durante la media hora que duraba su show. Atrevida, torpe, siempre haciendo lo que no le correspondía, siempre tropezando. Acá un delicioso video.
 
 

 

La dicha, pequeño poema





¿Dónde la escondida dicha?
Reúno pétalos de flores como hojas que han cedido
Miro sin descanso los colores que se diluyen
En este solsticio lento de otoño
Aparece la rosa y me pregunto
Si es la dicha.

Para tí poema de Mia Couto


Para ti

 

Para ti

Deshojé la lluvia

Para ti desprendí el perfume de la tierra

Toque en nada

Y para ti fui todo

Para ti grité todas las palabras

Y todas me faltaron

En el minuto en el que grabé

El sabor del siempre

Para ti di mi voz

A mis manos

Abrí las yemas del tiempo

Asalté al mundo

Y pensé que todo estaba en nosotros

En ese dulce engaño

De ser dueños de todo

Sin que tengamos nada

Simplemente porque era de noche

Y no dormíamos

Descendía yo a tu pecho

Para buscarme

Y antes de que la oscuridad

Nos ciñese la cintura

Se nos quedaban los ojos

Viviendo de uno solo


Amando de una sola vida. Mia Couto

Escritor de Mozambique, de origen portugués , premio Camoes.

La hora de la muerte


                                                           La hora de la muerte


 


Cerca de mi casa vivía un señor ya muy viejecito al que ya le empezaba a fallar la cabeza.  Había sido lo que mi abuela hubiera dicho: una lumbrera. Una tarde cuando conversábamos me dijo que detestaba el radio, que a él le gustaba cuando tocaba música pero que la mayor parte del tiempo, hablaba y hablaba sin parar, incomodándolo, dándole dolor de cabeza. El vivía con su esposa bastante más joven que él, y con la hermana de su esposa. 

El cruzaba una avenida muy transitada protegido con su bastón que lo elevaba por encima de su cabeza haciéndome acordar a Don Quijote que enfrentaba con su lanza  molinos de viento confundiéndolos con gigantes. Los carros frenaban a su paso y él pasaba triunfador sorteando peligros y  desgracias.  Su esposa,  entre dientes le decía a su hermana :

 —¿Cuándo se lo recogerá el Señor? ¿Cuándo pasará a mejor vida?

Una mañana sentimos gran alboroto al frente de su casa, primero la ambulancia, luego la carroza fúnebre. ¿Había al fin descansado nuestro viejecito amigo? Mi madre se acercó a preguntar. Pero no, quien había fallecido era su cuñada, una holandesa de hermosos cachetes rosados y cuerpo amplio.

A los pocos meses, otra vez el alboroto, la ambulancia, la carroza. Ahora sí, dijimos todos en mi casa, bajando la cabeza tristes porque le teníamos aprecio.  Mi madre nuevamente salió a buscar la noticia para regresar sonriendo, era la esposa la que había fallecido, un infarto, algo súbito. Ahí fue cuando escuché esa sabia expresión: “Muerte deseada, muerte postergada”.  Y aprendí que no importa los años que se tengan o el estado en el que uno se encuentre para que un día la muerte nos toque el hombro para decirnos:

— ¿Partimos?  ( Cecilia Bustamante de Roggero de Pequeños textos).

Clarice Lispector: una frase


Había basado toda mi esperanza en llegar a ser lo que no era. Clarice Lispector

La piedra de la paciencia buen cine

Nada puede compararse a la felicidad que da encontrar una buena película en el cable. Un rato en el que nos transportamos a otro país, otra historia, desaparecemos por un par de horas y gozamos y sufrimos con esas vidas ajenas tan cercanas a nosotros. Y todo esto en la comodidad de nuestro cuarto.
Está la película completa en You tuve. Impresionante y hermosa película. La mujer musulmana sometida al esposo pero llena de ilusiones, deseos y sueños. http://peliculasonlinefhd.com/la-piedra-de-la-paciencia-ver-pelicula-completa-online-hd-en-espaol-latino/
Jean-Claude Carrière coescribe la adaptación de la novela de Atiq Rahimi, también guionista y director, que narra la historia de una mujer, en un país de Oriente Medio, que tiene que quedarse en casa a cuidar de su marido, herido en una reyerta y en estado de coma. La mujer, joven y con dos hijas, alterna el tiempo que pasa en la casa, evitando a las guerrillas que siguen luchando en la calle, con el tiempo que pasa con su tía, una mujer liberada que se queda a cargo de las niñas. (FILMAFFINITY)

You're BeautifuL - James BLunt (OfficiaL Music Video)


GOODBYE MY LOVER - James Blunt



es un cantautor de origen británico que alcanzó la fama en 2005 con su primer álbum Back to Bedlam y su sencillo «You're Beautiful». Su estilo es una mezcla de géneros musicales que incluyen: pop, rock yfolk con un matiz acústico. (Wikypedia)

Edward Weston fotógrafo

Edward Weston (24 de marzo de 1886 - 1 de enero de 1958) fue un fotógrafo estadounidense que se caracterizó por utilizar una cámara fotográfica de placas con un formato de 18 X 24 cm y emplear el primer plano en temas naturales para obtener formas poco corrientes.1( Wikypedia)









La alegría por Jose Antonio Marina


 

Un artículo de José Antonio Marina, sobre el hermoso tema de la alegría.

Si tuviera que elegir un estado de ánimo perfecto, me costaría decidir entre la alegría y el entusiasmo. Esto me hace pensar que entre ambos tiene que existir algún lazo subterráneo. Entusiasmo exhibe una etimología impresionante: en-theós. Sentirse como si uno estuviera habitado por un dios. Es una experiencia de energía, de vitalidad, de plenitud. La alegría tiene también esos componentes. Ortega y Gasset creía que está palabra derivaba de un término griego que significa “ciervo” y se preguntaba cómo había podido producirse esta relación. “Quien está alegre, salta, como los ciervos”, concluyó.

Cada palabra es una haz de referencias. Hoy voy a explorar la red de la alegría, y la semana próxima haré lo mismo con el entusiasmo. Quiero llamarles la atención sobre un hecho relevante. Casi todo lo que voy a decirles lo saben ya. Lo saben, pero no son conscientes de saberlo. Es una de las sorpresas que depara el lenguaje. Cualquier hablante de una lengua podría escribir un libro de gramática. Bastaría con que reflexionara sobre cómo lo usa de forma natural. Lo mismo ocurre con el léxico. Las palabras son tan conmovedoras porque incluyen un rico caudal de connotaciones. Al aprender una lengua estamos aprendiendo un mapa del mundo. Me gustaría que me enviaran palabras catalanas que designen la alegría.

Covarrubias, en el primer diccionario de la lengua castellana, llama la atención sobre un sinónimo ­culto de alegría: leticia. Está emparentada con ­lato, amplio, abierto. Y el buen Covarrubias saca una conclusión de enamorado: “Alegría es apertura de ánimo para dejar entrar al objeto amado”. Tenía razón, porque lo contrario de esta expansión del ánimo es la angustia, la angostura, que experimenta la vida como intransitable. Henri Bergson, gran filósofo y gran escritor –ganó el premio Nobel de Lteratura– situó con precisión la alegría en el mapa de nuestros afectos. Según él, la naturaleza se ha tomado el trabajo de instruirnos sobre la significación de la vida y sobre el destino del hombre. “Ella nos advierte mediante un signo preciso que nuestro destino está alcanzado. Este signo es la alegría. Digo la alegría, no el placer. El placer no es más que un artificio imaginado por la naturaleza para obtener del ser vivo la conservación de la vida; nos indica la dirección en que la vida está lanzada. La alegría en cambio anuncia siempre que la vida ha triunfado, que ha ganado terreno, que ha alcanzado una victoria: toda alegría tiene un acento triunfal”.

La alegría no es sólo un estado de ánimo coyuntural, sino un rasgo de carácter. Hay personas alegres y hay personas tristes, depresivas, o pesimistas. Como educador me gustaría saber si es un rasgo innato o es un rasgo aprendido. Los niños nacen con distintos temperamentos, es decir, con diferentes pautas para reaccionar ante los estímulos. Hay niños vulnerables, temerosos, que parecen dotados de unas antenas especiales para captar todo lo amenazador que hay en su entorno. Son niños que tienen más sensibilidad para percibir los castigos que para disfrutar con los premios. Davidson, un gran neurólogo, considera que ese rasgo depende del modo de organización de los lóbulos frontales. Pero también dice que esas características pueden alterarse a lo largo del proceso educativo. Ese es mi campo actual de investigación. Si quieren ayudarme pueden contestarme ¿Conocen a algún niño que haya sido poco alegre desde que nació y luego cambiara? ¿Saben como lo hizo? Escriban a jamarina@movilizacioneducativa.net.

 

Los enormes beneficios de leer despacio

 
 
Los promotores de la lectura lenta buscan recuperar los hábitos de leer que imperaban antes de que la irrupción de Google, los smartphones y las redes sociales
Una vez a la semana, los integrantes de un club de lectura de Wellington, Nueva Zelanda, llegan a una cafetería, compran algo para beber y apagan sus teléfonos celulares. Se sientan cómodamente y leen en silencio durante una hora.
El objetivo no es hablar de literatura, sino escapar de los dispositivos electrónicos y leer en forma ininterrumpida. Se hacen llamar el Club de la Lectura Lenta y están a la vanguardia de un movimiento conformado por amantes de los libros que extrañan las costumbres de la era predigital.
Los promotores de la lectura lenta buscan recuperar los hábitos de leer que imperaban antes de que la irrupción de Google, los smartphones y los medios sociales empezara a fracturar nuestro tiempo y capacidad de atención. Muchos de ellos confiesan que acogieron el concepto tras darse cuenta de que ya no podían terminar de leer un libro.
“Ya no estaba leyendo novelas de ficción como antes”, dice Meg Williams, gerente de marketing de 31 años de un festival anual de arte que inició el club de lectura. “Estaba muy triste por haber perdido algo que me gustaba muchísimo”.
Quienes practican la lectura lenta mencionan una serie de beneficios, como una mayor capacidad para concentrarse, una disminución de los niveles de estrés y una mejor habilidad de escuchar y relacionarse con otras personas. El movimiento evoca el resurgimiento de otras labores tradicionales y que toman tiempo, como la “comida lenta” y tejer a mano, pasatiempos que sirven como una forma de contrarrestar un estilo de vida cada vez más acelerado.
Los beneficios de leer desde una edad temprana hasta avanzada la adultez han sido documentados. Un estudio realizado el año pasado entre 300 personas de la tercera edad y publicado en la revista especializada Neurology mostró que hacer actividades que desafían la mente de manera regular, como la lectura, desaceleraba la pérdida de la memoria en los últimos años de vida de los participantes.
Otro estudio publicado en la revista Science indicó que la lectura de literatura ayuda a entender los estados mentales y creencias de otras personas, una destreza considerada crucial a la hora de desarrollar relaciones. Además, una investigación publicada en Developmental Psychology en 1997 señaló que la capacidad de lectura durante el primer año escolar estaba estrechamente ligada a los logros académicos en el penúltimo año de educación secundaria.
No obstante, los hábitos de lectura han declinado en los últimos años en Estados Unidos. En una encuesta divulgada este año, cerca de 76% de los estadounidenses mayores de 18 años manifestaron que leyeron menos de un libro en los últimos 12 meses, una caída frente a 79% que respondió lo mismo en 2011, según el centro de estudios Pew Research Center.
Los intentos por reanimar el interés en la lectura han surgido en múltiples lugares. Grupos en Seattle, Brooklyn, Boston y Mineápolis han organizado las llamadas fiestas de lectura silenciosa, que ofrecen cómodas sillas, vino y música clásica.
Diana La Counte, del condado de Orange, California, formó hace unos años lo que denomina un grupo de lectura lenta virtual. Sus miembros comentan sobre un libro seleccionado en Internet, principalmente en Facebook. “Cuando descubrí que pasaba más tiempo leyendo Twitter que un libro, sabía que había llegado la hora de tomar cartas en el asunto,” asevera.
Las pantallas han cambiado nuestra forma de leer desde la secuencia linear de izquierda a derecha de antaño a una desordenada búsqueda de palabras e información importante.
Un estudio llevado a cabo en 2006 sobre el movimiento de los ojos de 232 individuos que veían una página web mostró que leían en forma de F. Pasaban rápidamente por la primera línea del texto, pero sólo llegaban a la mitad de los renglones siguientes. Después de un tiempo, hacían un movimiento vertical hacia la izquierda y hacia el final de la página.
Los científicos dicen que nada de esto es positivo para nuestra capacidad de comprensión. Leer un texto intercalado de enlaces genera un menor entendimiento que la lectura de un texto simple, como varias investigaciones han demostrado. Un estudio de 2007 en el que participaron 100 personas halló que una presentación multimedia que combinaba palabras, sonidos y fotos en movimiento generó un menor nivel de comprensión que un texto sin ningún adorno.
La lectura lenta representa un regreso al antiguo patrón linear y continuo, en un ambiente tranquilo y carente de distracciones. Sus partidarios recomiendan reservar entre 30 y 45 minutos del día para sentarse cómodamente lejos de los celulares y las computadoras. Muchos recomiendan tomar notas ocasionales para profundizar la compenetración con el texto.
Algunos de los proponentes más radicales de esta tendencia dicen que los libros impresos son superiores, en parte porque son más visibles en una casa y nos sirven de recordatorio de que hay que leer. Pero la mayoría sostiene que los lectores electrónicos y las tabletas funcionan igual de bien, en especial si se desconectan de la web.
Abeer Hoque, quien ha asistido a algunas fiestas de lectura silenciosa en Brooklyn, Nueva York, contempla leer un libro en su teléfono la próxima vez, pero planea desconectar la llegada de correos electrónicos y notificaciones de medios sociales, para no distraerse.
Cuando Williams, la gerente de marketing, que estudió literatura en la universidad, convocó a la primera reunión de su club de lectura en Wellington, dio consejos conducentes a una lectura productiva y cuadernos para anotar palabras y pasajes favoritos de la obra. Antes de comenzar cada reunión, el grupo respira lentamente durante algunos minutos y trata de despejar la mente antes de abrir el libro, como en una clase de yoga.

Blow Up, cine del recuerdo

Recuerdo cuando vimos la película, fascinados, era algo que escapaba totalmente a lo que habíamos visto. Misteriosa, sorpresiva, sobre todo estética. Y qué actores.  David Hemmings y una Vanessa Redgrave, tan jovencita. La escena de la sesión fotográfica acá en video es fabulosa.  





BLOW-UP (Michelangelo Antonioni, 1966.) Tenis silencioso

 Recordé esta escena maravillosa y que felicidad encontrarla. YouTube tiene maravillas para nosotros. Recordar es volver a vivir.