Habla, memoria
Por Juan Forn
Hay una historia entre Cézanne y Zola que siempre me fascinó: el padre de Zola muere, la familia llega a Aix-en-Provence en medio de penurias económicas, el niño Emile es encarnecido en la escuela, por nuevo, por pobre, por raro. Un solo compañero sale en su defensa, no le importa recibir una paliza de los demás por esa causa. El joven Zola le deja una canasta de manzanas en su puerta. Los dos muchachos se hacen amigos, leen a Virgilio, quieren ser artistas. Años después, cuando ya es un escritor de éxito, es Zola quien anima al tímido Cézanne a ir a París. Pero la amistad se malogra: Zola empieza a encontrar molestos los infortunios y las quejas de Cézanne, escribe una novela sobre un pintor incomprendido por su época y con eso hiere y aleja a su amigo. ¿Qué hace Cezanne entonces? Empieza a pintar sus famosas naturalezas muertas con manzanas: como devolviendo una por una aquellas de la canasta que el joven Zola le ofrendó en prenda de amistad, en los lejanos años de Aix.
Hay otra historia parecida, aunque más chiquita y con final opuesto, de otro de los impresionistas. El banquero y bon vivant Charles Ephrussi se fascina con una naturaleza muerta de Manet sobre un puñado de espárragos. Paga por el cuadro diez veces su valor, en un momento en que Manet no es todavía conocido y vive en la escasez. Al día siguiente llega a casa del banquero, y embalado toscamente, un cuadro precioso de un solo espárrago, con una nota que dice: “Creo que éste se cayó del puñado”. Quizá conozcan la historia, está en Proust. Es leyenda que los personajes de En busca del tiempo perdido están basados en gente que Proust conocía. Proust trabajó brevemente como secretario de Charles Ephrussi y le adjudicó algunos de sus rasgos a Charles Swann. Pero yo me enteré por otra vía de la historia de los espárragos, así como del episodio de las manzanas de Cézanne y Zola. Fue por un profesor de dibujo que tuve en sexto grado, un tipo que intentaba inútilmente abrir nuestras cabezas y se enfurecía cuando coloreábamos mariconamente nuestros dibujos para que no se nos gastaran los lápices: una vez me arrancó la hoja de la mano, se apropió de mi adorada caja de Caran D’Aches y fue consumiendo mis lápices y obligándome a sacarles punta y pasárselos de vuelta hasta que aquella hoja canson se convirtió en una masa vibrante, asombrosa, de color (hasta me pareció que pesaba el doble cuando me la devolvió) y mi caja de Caran D’Aches era una ruina.
Consiéntanme ahora otro viraje inesperado. Hay en Inglaterra un gran ceramista llamado Edmund DuWaal. Sólo hace piezas que puedan sostenerse en una mano y que parecen ideas platónicas más que objetos, aunque él es partidario ferviente de que esas piezas se usen, se toquen: cree que ciertos objetos conservan en sí el pulso de quien las talló, incluso el de quien las tuvo en su mano, como si emitieran “un murmullo existencial”. Durante sus largos años de estudio, el joven DuWaal recaló en Japón para estudiar el arte del laqueado. A lo largo de aquella estadía en Kioto, visitaba una vez a la semana a su adorado tío abuelo Ignatz, o Iggie, único hermano de la abuela de DuWaal, Elizabeth. El apellido de ambos hermanos era Ephrussi. La posesión más preciada del viejo Iggie, que vivía en Kioto junto a su joven amante japonés, era una colección de netsuke. Los netsuke son pequeñísimas piezas de marfil o madera talladas a mano que se usaban en el viejo Japón como borlas de las bolsas de tabaco o de dinero. Caben holgadamente en la palma de una mano. Cuanto más antiguas son, más historias cuentan.
El viejo Iggie tenía 264 piezas de netsuke. A lo largo de sus años en Japón no había sumado una sola pieza a su colección. La conservó tal cual la había recibido, y así iría a parar a manos de DuWaal cuando Iggie murió, en 1994. Durante aquellos almuerzos semanales en Kioto, Iggie le había contado distraídamente a DuWaal la historia de esa colección de netsuke, que era su manera de contar la historia familiar de los Ephrussi. Iggie había huido de Viena en 1938, por judío y por homosexual. Su hermana Elizabeth ya se había casado con un comerciante holandés llamado DuWaal y emigrado a Inglaterra, y fue la que posibilitó la huida de Iggie y del padre de ambos, Viktor. La madre su había suicidado “discretamente” cuando los Ephrussi perdieron todas sus posesiones a manos de los nazis. Al llegar a casa de su hija en Inglaterra, la única posesión que le quedaba a Viktor en el mundo era un reloj de bolsillo, de cuya cadena colgaba la llave de su biblioteca (los nazis le habían prendido fuego a los libros de esa biblioteca). La pérdida de su mujer y de su palacio en Viena fueron demasiado para él: no llegó a ver el final de la guerra. Cuando los aliados restituyeron el palacete a Elizabeth, ella descubrió que la doncella que los había criado a ella y a Iggie había permanecido como ama de llaves de la casa mientras albergaba a un jerarca de la Gestapo. Esa doncella recibió con lágrimas en los ojos a Elizabeth, la llevó a su humilde recámara y le mostró cómo había logrado ocultar en su colchón de paja las 264 piezas de netsuke que, en tiempos de gloria de la mansión, estaban en los aposentos de la señora de la casa.
Habían sido el regalo de bodas de Charles Ephrussi a Viktor, enviado desde París cuando Viktor se casó y se instaló a vivir en aquel palacio en 1913. Fue Charles quien inició a los impresionistas en el culto a lo japonés que estalló en Occidente a partir de 1870. Le llevó cuarenta años reunir aquellas 264 piezas. De cada par de netsuke que compraba, conservaba uno y le enviaba el otro a una dama casada, que era su amante. Cuando ella enviudó, la colección se unió. Cuando Charles estaba cerca de la muerte y su sobrino favorito le anunció que se casaba, le obsequió la colección. A Viktor le pareció tan incongruente con el resto de las obras de arte que albergaba la mansión que decidió ubicarla en los aposentos de su esposa, donde los niños Elizabeth e Iggie jugaban con los minúsculos netsuke mientras su madre se hacía peinar y enjoyar antes de cada velada. Sabiendo lo que significarían para Iggie, Elizabeth los hizo embalar y se los envió a Japón. Veinte años después, Iggie trató en vano de transmitir aquella historia al joven DuWaal. Pasaron otros veinte años, la colección volvió a surcar los mares, DuWaal escuchó finalmente el murmullo existencial de esas minúsculas piezas de marfil y se sentó a escribir la historia de su familia en un libro formidable (The Hare with Amber Eyes).
En un momento cerca del final describe lo que le produce tener esas desgastadas piezas de netsuke en su mano, lo que fueron para el bon vivant Charles y para el desafortunado Viktor y para el niño Ignatz y para el viejo Iggie, y no sé por qué a mí me hicieron acordar de repente, con nitidez total, en esa escena de mi niñez en que el profesor de dibujo depositó en mis manos mi venerada caja de Caran D’Aches con todos los lápices mochos y aquel dibujo perfectamente trivial, vuelto asombroso por la frenética, apasionada manera en que le había dado vida.
Desde Lima, un relámpago de azul-cielo o azul-mar en nuestra mente o en nuestro corazón que ansían la belleza. Cuentos, poesía, música, cine, reflexiones, teatro, viajes, fotografía, entrevistas, danza y más.
domingo, 8 de diciembre de 2013
domingo, 1 de diciembre de 2013
Sueños y desvelos
El martes pasado hablamos acerca de los sueños en ABRA nuestro taller. Leímos los sueños de Sergio Pitol y de Manuel Vicent y hablamos acerca de los nuestros. Acá entrego un texto mío que pertenece a un grupo que llamo "Pequeños textos", que habla de sueños y desvelos míos y de mi familia.
De sueños y desvelos ( de Pequeños textos) Inédito
"Cierra bien la puerta, hermano, dice la vieja canción de cuna, cierra bien la puerta hermano, será larga la noche."
Amanezco como si hubiera sobrevivido a una batalla: el pelo revuelto, el dolor en la espalda, la mirada extraviada, ese cansancio de siglos, si me preguntan algo no consigo articular palabra ni expresar aquello que deseo como si todavía no perteneciese a este mundo, como si aún tuviese que obedecer otras reglas, comunicarme en otro lenguaje, aceptar otras dimensiones. La noche sin duda ha sido larga.
&
Mi madre se desvelaba por las noches. En la oscuridad de su dormitorio convertía sus problemas en seres fantásticos. Alfiles y caballos de ajedrez vestidos de etiqueta, unos de blanco y otros de negro danzaban para ella una danza de muerte, se acercaban y alejaban ante sus ojos caballeros medievales con las bocas apretadas como si estuviesen cosidas se enfrentaban en una batalla en donde intentaban atravesarse con espadas de doble filo. Como si la hubiesen herido con la punta de una de las espadas, como si estuviese desangrándose, mi madre se despertaba en medio de la noche y rompía el silencio con un quejido que nos hacía acordar a los animales atrapados, sin escapatoria.
Mi padre la calmaba, escuchaba con paciencia los problemas que la atormentaban tratando de dar solución aunque sea aparente, a todos ellos. Aliviada mi madre recostaba la cabeza en la almohada y pronto dormía con aire feliz, como si estuviese asomada a la ventana de un tren. Si alguien la hubiese observado con detenimiento, hubiese podido ver en su rostro el paisaje que la llenaba de gozo.
Mientras, mi padre agobiado con los problemas trasladados por mi madre, sometido a esa ley que regía en su habitación: existía capacidad para que solo uno pudiese soñar, se disponía a presenciar la batalla, los caballos y los alfiles blancos y negros con las bocas cerradas herméticas, decididos a cruzar el cuerpo enemigo con la espada que mata.
&
Cada paso que intento dar en mi sueño demora y mi imagen queda congelada mientras desde lo alto alcanzo a ver mis alargadas piernas que cruzan una ciudad entera temiendo aplastar a sus liliputienses habitantes, como esa ilustración que recuerdo de ese gato que caminó siete leguas enfundado en botas rojas.
&
Una noche tras despertar a mi padre le anuncié que en esos instantes una tropa de soldados hacía añicos los vidrios de las ventanas de los altos de nuestra casa produciendo un estruendo que me aterrorizaba.
¿No escuchas los aviones que vienen dispuestos a bombardearnos Le pregunté.
Sin perder la seriedad, entre dormido y despierto, mi padre me respondió:
No te preocupes, ponte el casco y sigue luchando.
Corrí obediente a mi cama dispuesta a encasquetarme Y enfrentar la invasión de esos extraños , que si no se los detenía, llegarían otra vez hasta Cajamarca, causando iguales desgracias que las que mi abuela había relatado con ese tono terrible de voz que de más niña me había impresionado hasta las lágrimas al explicar los sufrimientos que había vivido durante la guerra con un país vecino-
Una vez en mi cama intenté inútilmente dormir ansiosa de representar mi papel de heroína de la patria. Al rato en la oscuridad de mi habitación pude ver la danza de los alfiles y caballos guerreros que ante mis asombrados ojos se desgarraban destrozándose.
De sueños y desvelos ( de Pequeños textos) Inédito
"Cierra bien la puerta, hermano, dice la vieja canción de cuna, cierra bien la puerta hermano, será larga la noche."
Amanezco como si hubiera sobrevivido a una batalla: el pelo revuelto, el dolor en la espalda, la mirada extraviada, ese cansancio de siglos, si me preguntan algo no consigo articular palabra ni expresar aquello que deseo como si todavía no perteneciese a este mundo, como si aún tuviese que obedecer otras reglas, comunicarme en otro lenguaje, aceptar otras dimensiones. La noche sin duda ha sido larga.
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Mi madre se desvelaba por las noches. En la oscuridad de su dormitorio convertía sus problemas en seres fantásticos. Alfiles y caballos de ajedrez vestidos de etiqueta, unos de blanco y otros de negro danzaban para ella una danza de muerte, se acercaban y alejaban ante sus ojos caballeros medievales con las bocas apretadas como si estuviesen cosidas se enfrentaban en una batalla en donde intentaban atravesarse con espadas de doble filo. Como si la hubiesen herido con la punta de una de las espadas, como si estuviese desangrándose, mi madre se despertaba en medio de la noche y rompía el silencio con un quejido que nos hacía acordar a los animales atrapados, sin escapatoria.
Mi padre la calmaba, escuchaba con paciencia los problemas que la atormentaban tratando de dar solución aunque sea aparente, a todos ellos. Aliviada mi madre recostaba la cabeza en la almohada y pronto dormía con aire feliz, como si estuviese asomada a la ventana de un tren. Si alguien la hubiese observado con detenimiento, hubiese podido ver en su rostro el paisaje que la llenaba de gozo.
Mientras, mi padre agobiado con los problemas trasladados por mi madre, sometido a esa ley que regía en su habitación: existía capacidad para que solo uno pudiese soñar, se disponía a presenciar la batalla, los caballos y los alfiles blancos y negros con las bocas cerradas herméticas, decididos a cruzar el cuerpo enemigo con la espada que mata.
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Cada paso que intento dar en mi sueño demora y mi imagen queda congelada mientras desde lo alto alcanzo a ver mis alargadas piernas que cruzan una ciudad entera temiendo aplastar a sus liliputienses habitantes, como esa ilustración que recuerdo de ese gato que caminó siete leguas enfundado en botas rojas.
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Una noche tras despertar a mi padre le anuncié que en esos instantes una tropa de soldados hacía añicos los vidrios de las ventanas de los altos de nuestra casa produciendo un estruendo que me aterrorizaba.
¿No escuchas los aviones que vienen dispuestos a bombardearnos Le pregunté.
Sin perder la seriedad, entre dormido y despierto, mi padre me respondió:
No te preocupes, ponte el casco y sigue luchando.
Corrí obediente a mi cama dispuesta a encasquetarme Y enfrentar la invasión de esos extraños , que si no se los detenía, llegarían otra vez hasta Cajamarca, causando iguales desgracias que las que mi abuela había relatado con ese tono terrible de voz que de más niña me había impresionado hasta las lágrimas al explicar los sufrimientos que había vivido durante la guerra con un país vecino-
Una vez en mi cama intenté inútilmente dormir ansiosa de representar mi papel de heroína de la patria. Al rato en la oscuridad de mi habitación pude ver la danza de los alfiles y caballos guerreros que ante mis asombrados ojos se desgarraban destrozándose.
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Zorba en plena calle
¿A ver quién se anima a ponerse a bailar en plena calle, juntarse con los demás a quienes no conocemos para entregarnos a esa música griega que tanto nos gusta, que nos trae a la mente la exuberancia y el amor a la vida de Zorba representado por Anthony Queen y a su amada Bubulina? Ya es tiempo de variar nuestra tendencia a ser tan reservados, tan cuidadosos de no hacer el ridículo, prefiriendo no hacer que hacer. Y lo digo empezando por mí.
Ricardo III : imperdible, de lujo
La vimos el viernes en la noche en el teatro La Plaza, adaptada y dirigida por Chela de Ferrari, nos pareció impecable, buenísimas actuaciones, un Ricardo III de Shakespeare absolutamente bien logrado.
Ricardo III lo interpreta Miguel Iza, acompañado por Sofía Rocha, Rómulo Assereto, Ricardo Velásquez, Paul Vega, Carlos Cano, Haydeé Cáceres, Pietro Sibille, Fiorella De Ferrari, Els Vandell y otros.
Muy buena escenografía.
Carlos Runcie Tanaka, ceramista
Encuentro en la casa un hermoso libro dedicado íntegramente a la obra de Carlos Runcie Tanaka uno de los artistas que más me interesa. El es ceramista y también realiza instalaciones para sus piezas consiguiendo comunicar mensajes de nuestra realidad. La historia, la geografía y el paisaje de la costa peruana han sido su principal inspiración.
La Fundación Wiese y AFP Integra son los auspiciadores de este bello libro.
Carlos Runcie ha sido escogido en diversas oportunidades para representar al Perú en diferentes bienales de arte contemporáneo y ha realizado infinidad de exposiciones tanto en el Perú como en Estados Unidos, Latinoamérica, Japón e Italia.
La Fundación Wiese y AFP Integra son los auspiciadores de este bello libro.
Carlos Runcie ha sido escogido en diversas oportunidades para representar al Perú en diferentes bienales de arte contemporáneo y ha realizado infinidad de exposiciones tanto en el Perú como en Estados Unidos, Latinoamérica, Japón e Italia.
Mujer silencio
MUJER SILENCIO
POR ELENA G. GOMEZ
Esperaba pacientemente a que todos tomaran asiento en el lugar que previamente se les había asignado.
La paciencia era una de las muchas cosas que había adquirido en estos últimos años, no había sido fácil, ni mucho menos, pero aún me resonaba en la cabeza las palabras de la Anciana Pappu: "Tranquila niña, no hay nada urgente en la vida. El hombre blanco vive corriendo de un lado para otro y entonces no se entera de nada, no escucha las voces y no es capaz de leer en los elementos, por eso comete error tras error y luego tiene que perder más tiempo rectificando sus errores que si se hubiera tranquilizado y pensado lo que tenía que hacer".
Parecía que todos habían ocupado su asiento, les miré uno a uno, y comencé a hablar...
"Aunque no estamos aquí para hablar de mí, es imprescindible que os ponga en antecedentes para que luego entendáis la razón de esta reunión. Hace 24 años hice realidad un sueño que tenía desde niña: viajar a Africa para poder estudiar las tribus más remotas, aquellas donde el hombre blanco aún no había realizado su absurda labor evangelizadora y, por tanto, destructora. Desde el primer momento que pisé la tierra africana supe que mi vida nunca volvería a ser igual, todo era distinto, el día, la noche, el calor, los colores. Durante los dos primeros años permanecí en zonas relativamente "civilizadas" adaptándome a las nuevas costumbres, pero un día me desperté inquieta, sabía que llevaba ya demasiado tiempo viendo un Africa construida por el hombre blanco y eso no era lo que yo buscaba, así que empecé a adentrarme en la selva y a conocer nuevas tribus cada vez más lejanas de la civilización, cada vez más puras. Un día llegué hasta Tribu Invisible. Lo primero que me sorprendió es que me aceptaron con facilidad, yo ya me había acostumbrado al tratamiento que me habían dado otras tribus, al rechazo y al temor inicial. Pero Tribu Invisible no era así, me acogieron como si fuera parte de ellos, como si me esperaran.
Durante todo el tiempo que pasé con la tribu fue cambiando mi comprensión de las cosas, desde la percepción del mundo real que me rodeaba hasta poder entrar en su conocimiento espiritual, un conocimiento que a diferencia de todas las religiones que aquí conocemos, se basa en la sencillez de la unión con uno mismo y con los demás.
Y me encontré con que aquella "atrasada tribu", desde el punto de vista del hombre blanco, nos llevaba años luz de evolución. Su sistema es muy sencillo, y cada uno, desde que nace, es parte de toda la tribu, no es educado sólo por su padre y por su madre, sino que recoge de todos los miembros y aprende desde muy pequeño que todo lo que posee pertenece a todos, aunque eso no implica que cada uno tenga sus cosas y las cuide. No hay problema de que unos tengan más que otros, ni tampoco hay envidias ni celos, porque se dicen siempre todo lo que piensan y nunca guardan nada en su interior, por eso tienen algo que en esta sociedad no existe y es confianza.
Me contaron que las cosas no siempre habían sido así, que habían vivido etapas de mucha dificultad, de enfrentamientos entre ellos, de odios y de separaciones, hasta que un día llegó a la tribu una mujer, la Mujer Silencio.
Ella les enseñó que había muchos mundos y que cada uno de ellos era un mundo dentro de sí, y en esta diversidad estaba precisamente la clave de la evolución, del intercambio, del aprendizaje.
Les dijo que sólo si aprendían a escuchar las voces de su mundo podrían vivir de acuerdo con la Ley de la Vida y entonces dejarían la lucha y los conflictos y podrían realmente vivir.
También les dijo que todos los días caminaran un tiempo descalzos sobre la tierra, para que sintieran cómo la madre les cuidaba y les acompañaba, para que sintieran su fuerza entrando desde lo más profundo de su interior y, sobre todo, para que fueran generosos y justos como ella lo era.
Que cada día respiraran profundamente y llenaran su cuerpo de vida y dieran gracias por todo cuanto tenían y por todo lo que cada día podían aprender.
Pero sobre todo les habló de la responsabilidad que tienen para con los niños, porque ellos tienen que ser educados en la unidad, en el respeto hacia todo lo que les rodea.
Los niños tenían que saber reconocer el canto de los pájaros, subir a los árboles, comer de sus frutos, leer en las nubes, y ser fuertes y resistentes, capaces de superar el cansancio, el frío, el sueño. Que forjaran en ellos sueños, sueños que no tuvieran que ver con las posesiones sino con los valores que perduran por encima de las personas.
Mujer Silencio dijo que un día llegaría hasta la tribu una mujer que buscaría conocer los secretos del hombre. Ellos deberían recogerla y educarla como si fuese uno de sus niños, y un día ella se marcharía y llevaría un mensaje de la Mujer Silencio para el resto de los hombres blancos.
Yo soy la mujer que ella predijo y éste es el Mensaje de la Mujer Silencio que yo llevaré a todos los lugares de la Tierra:
"El hombre blanco vive prisionero del tiempo, pagando los errores del pasado o temiendo lo que le traerá el futuro. Suspirando por lo que vivió en el pasado o dejando para más adelante lo que tiene que hacer hoy. El problema del hombre blanco es que nunca vive el presente, porque vivir el presente requiere ser consciente de los actos, pensar antes de actuar, mirar lo que los demás necesitan y, sobre todo, conocerse a uno mismo".
Un día pregunté por qué se llamaba Mujer Silencio y ellos me contaron que la Mujer Silencio representa a la mujer que vive dentro de cada uno, a la madre, a la sustancia. Que los hombres la metieron en un rincón de sus mentes y que se negaron a escucharla, por eso es Mujer Silencio. Pero que cuando un hombre necesita hacer un cambio en su vida, cuando necesita conectar con su voz, entonces ella surge del silencio y comienza a hablarle.
Dicen que su Voz suena con tal fuerza que cuando se la escucha desaparece el miedo y la limitación, y se abre una nueva puerta en la vida, una puerta que conduce a lo desconocido, a la aventura, al encuentro de uno mismo".
POR ELENA G. GOMEZ
Esperaba pacientemente a que todos tomaran asiento en el lugar que previamente se les había asignado.
La paciencia era una de las muchas cosas que había adquirido en estos últimos años, no había sido fácil, ni mucho menos, pero aún me resonaba en la cabeza las palabras de la Anciana Pappu: "Tranquila niña, no hay nada urgente en la vida. El hombre blanco vive corriendo de un lado para otro y entonces no se entera de nada, no escucha las voces y no es capaz de leer en los elementos, por eso comete error tras error y luego tiene que perder más tiempo rectificando sus errores que si se hubiera tranquilizado y pensado lo que tenía que hacer".
Parecía que todos habían ocupado su asiento, les miré uno a uno, y comencé a hablar...
"Aunque no estamos aquí para hablar de mí, es imprescindible que os ponga en antecedentes para que luego entendáis la razón de esta reunión. Hace 24 años hice realidad un sueño que tenía desde niña: viajar a Africa para poder estudiar las tribus más remotas, aquellas donde el hombre blanco aún no había realizado su absurda labor evangelizadora y, por tanto, destructora. Desde el primer momento que pisé la tierra africana supe que mi vida nunca volvería a ser igual, todo era distinto, el día, la noche, el calor, los colores. Durante los dos primeros años permanecí en zonas relativamente "civilizadas" adaptándome a las nuevas costumbres, pero un día me desperté inquieta, sabía que llevaba ya demasiado tiempo viendo un Africa construida por el hombre blanco y eso no era lo que yo buscaba, así que empecé a adentrarme en la selva y a conocer nuevas tribus cada vez más lejanas de la civilización, cada vez más puras. Un día llegué hasta Tribu Invisible. Lo primero que me sorprendió es que me aceptaron con facilidad, yo ya me había acostumbrado al tratamiento que me habían dado otras tribus, al rechazo y al temor inicial. Pero Tribu Invisible no era así, me acogieron como si fuera parte de ellos, como si me esperaran.
Durante todo el tiempo que pasé con la tribu fue cambiando mi comprensión de las cosas, desde la percepción del mundo real que me rodeaba hasta poder entrar en su conocimiento espiritual, un conocimiento que a diferencia de todas las religiones que aquí conocemos, se basa en la sencillez de la unión con uno mismo y con los demás.
Y me encontré con que aquella "atrasada tribu", desde el punto de vista del hombre blanco, nos llevaba años luz de evolución. Su sistema es muy sencillo, y cada uno, desde que nace, es parte de toda la tribu, no es educado sólo por su padre y por su madre, sino que recoge de todos los miembros y aprende desde muy pequeño que todo lo que posee pertenece a todos, aunque eso no implica que cada uno tenga sus cosas y las cuide. No hay problema de que unos tengan más que otros, ni tampoco hay envidias ni celos, porque se dicen siempre todo lo que piensan y nunca guardan nada en su interior, por eso tienen algo que en esta sociedad no existe y es confianza.
Me contaron que las cosas no siempre habían sido así, que habían vivido etapas de mucha dificultad, de enfrentamientos entre ellos, de odios y de separaciones, hasta que un día llegó a la tribu una mujer, la Mujer Silencio.
Ella les enseñó que había muchos mundos y que cada uno de ellos era un mundo dentro de sí, y en esta diversidad estaba precisamente la clave de la evolución, del intercambio, del aprendizaje.
Les dijo que sólo si aprendían a escuchar las voces de su mundo podrían vivir de acuerdo con la Ley de la Vida y entonces dejarían la lucha y los conflictos y podrían realmente vivir.
También les dijo que todos los días caminaran un tiempo descalzos sobre la tierra, para que sintieran cómo la madre les cuidaba y les acompañaba, para que sintieran su fuerza entrando desde lo más profundo de su interior y, sobre todo, para que fueran generosos y justos como ella lo era.
Que cada día respiraran profundamente y llenaran su cuerpo de vida y dieran gracias por todo cuanto tenían y por todo lo que cada día podían aprender.
Pero sobre todo les habló de la responsabilidad que tienen para con los niños, porque ellos tienen que ser educados en la unidad, en el respeto hacia todo lo que les rodea.
Los niños tenían que saber reconocer el canto de los pájaros, subir a los árboles, comer de sus frutos, leer en las nubes, y ser fuertes y resistentes, capaces de superar el cansancio, el frío, el sueño. Que forjaran en ellos sueños, sueños que no tuvieran que ver con las posesiones sino con los valores que perduran por encima de las personas.
Mujer Silencio dijo que un día llegaría hasta la tribu una mujer que buscaría conocer los secretos del hombre. Ellos deberían recogerla y educarla como si fuese uno de sus niños, y un día ella se marcharía y llevaría un mensaje de la Mujer Silencio para el resto de los hombres blancos.
Yo soy la mujer que ella predijo y éste es el Mensaje de la Mujer Silencio que yo llevaré a todos los lugares de la Tierra:
"El hombre blanco vive prisionero del tiempo, pagando los errores del pasado o temiendo lo que le traerá el futuro. Suspirando por lo que vivió en el pasado o dejando para más adelante lo que tiene que hacer hoy. El problema del hombre blanco es que nunca vive el presente, porque vivir el presente requiere ser consciente de los actos, pensar antes de actuar, mirar lo que los demás necesitan y, sobre todo, conocerse a uno mismo".
Un día pregunté por qué se llamaba Mujer Silencio y ellos me contaron que la Mujer Silencio representa a la mujer que vive dentro de cada uno, a la madre, a la sustancia. Que los hombres la metieron en un rincón de sus mentes y que se negaron a escucharla, por eso es Mujer Silencio. Pero que cuando un hombre necesita hacer un cambio en su vida, cuando necesita conectar con su voz, entonces ella surge del silencio y comienza a hablarle.
Dicen que su Voz suena con tal fuerza que cuando se la escucha desaparece el miedo y la limitación, y se abre una nueva puerta en la vida, una puerta que conduce a lo desconocido, a la aventura, al encuentro de uno mismo".
No me gustan las princesas
Una niña argentina que parece saber bien lo que le gusta y lo que no, se rebela al mundo de las princesas y no sueña ser una cuando crezca. Ella confía más en sí misma, está preparada para enfrentar y vencer lo que la amenace sin esperar la llegada del príncipe azul. Mejor dicho, imposible.
Netsukes
"Netsuke son esculturas en miniatura que se inventaron en el Japón del siglo XVII para servir una función práctica, los dos caracteres japoneses ne + tsuke significa "raíz" y "juntar". Las prendas japonesas tradicionales — túnicas llamado kosode y kimono — no tenían bolsillos; Sin embargo, los hombres que las llevaban necesitan un lugar para almacenar sus pertenencias personales, tales como pipas, tabaco, dinero, sellos o medicamentos, por eso los objetos personales se llevaban en pequeñas bolsas o cajitas múltiples (inro) que se sujetaban al cuerpo a través del cinturón (obi) con un cordón y un tope. Este tope, Netsuke, que empezó siendo una pieza simple de madera en los siglos XV-XVI, evolucionó en formas figurativas y, cuando el estilo occidental en el vestido se impuso en Japón a partir del siglo XIX, éstas se independizaron de su función y pasaron a convertirse en objetos de coleccionismo sobre todo en occidente.
http://vacioesformaformaesvacio.blogspot.com/2012/09/kaigyokusai-masatsugu.html)
Acá otros bellos Netsukes:
Cinema Paradiso - Yo-Yo Ma and Chris Botti
Cinema Paradiso es una película italiana estrenada en 1988 que expresa los sentimientos de una familia de escasos recursos de Italia. Escrita y dirigida por Giuseppe Tornatore. Con seis años de edad, Salvatore, conocido como Totó, descubre su amor por las primeras películas y pasa cada momento libre en el cine local Cinema Paradiso, donde desarrolla una amistad con el paternal proyeccionista, Alfredo, que siente compasión por el joven y a menudo le permite ver películas en la cabina de proyección.
Chris Botti (Portland, Oregón, 12 de octubre de 1962) es un trompetista y compositor estadounidense de jazz y smooth jazz
Yo-Yo Ma - es un cellista americano. Fue niño prodigio que tocaba el cello desde los cinco años.
Tres albumes ilustrados favoritos
Me envían este video que recibo con los brazos abiertos. Siempre deseando que haya similares álbumes hechos por artistas peruanos.
Richard Avedon, Oscuridad y luz
La fotografía nos deslumbra y si además nos la entrega un maestro como Avedón aún más.
Papageno, de la flauta mágica de Mozart
Muy bella interpretación de Papageno de la Flauta mágica de Mozart. Nosotros tuvimos la suerte de verla en Praga en un bellísimo teatro.
Aprender haciendo
El tema de la educación nos preocupa a todos. Leo que es en Finlandia en donde existe la mejor educación, si alguien quiere ser maestro debe dar un examen muy elevado y a los maestros se les considera sabios y se les consulta problemas complicados. Quisiéramos que haya en el Perú y en el mundo una educación que prepare mejores seres humanos, con valores, con verdaderos intereses, con vocación por su quehacer, por ansias de servir, aportar, colaborar. Sin embargo poco hacen los gobiernos tal vez porque los frutos de la educación demoran en madurar y ellos quieren algo que les de pronto aplausos y nuevos votos en próximas elecciones. No debemos dejar de decir en voz alta que la educación es lo más importante, lo más urgente, lo único que nos podrá transformar.
Muy buena entrevista que explica a los maestros cómo pueden enseñar.
domingo, 24 de noviembre de 2013
Por el día de la música
la flauta de Marsias .
Marsias, en una colina, a la caída de la tarde hace resonar su flauta. Sonido suave y elegíaco. Se le acerca un sátiro.
Sátiro.--¿Dónde aprendiste a tocar el carrizo, Marsias?
Marsias.--Encontré esta flauta cerca de una fuente. Allí la arrojó Minerva porque le fatigaba la respiración el modularla y temía malograrse la forma de los labios.
Yo la recogí y sobre sus agujeros posé mi boca en amoroso gesto: Y ella me obedece dócilmente. En ella cantaré como los pájaros, imitaré el murmullo de los arroyos; los rumores del campo, el hálito de la brisa entre las ramas de los árboles. Soy ya un eximio tocador de flauta.
Sátiro.--Pero no podrás competir con la lira de Apolo. En las cuerdas de su instrumento él evoca el amor y la ternura, hace gemir el dolor y la melancolía.
Marsias.--Apolo no puede superarme en el arte de la armonía. Lanzará dardos de oro sobre el mundo, mostrará su belleza en su carro de luz, pero el sonido es mío. El sonido resuena gracioso y limpio --como agua de la fuente-- en este carrizo, que una diosa abandonó, y con él emocionaré el corazón de todos los habitantes de la comarca.
Sátiro.--No te envanezcas; Marsias. Los dioses suelen vengarse de quien los desafía. (Aparece Apolo. Lleva su lira).
Apolo.--¿Quién es el que modula la flauta en estos parajes?
Marsias.--Soy yo, Marsias, el pastor.
Apolo.--(Tomando la flauta).--Este es el instrumento que Minerva tocaba, olvidando la sabiduría, que es su atributo y su propiedad.
Marsias.--Yo lo encontré tirado, a la vera de las aguas, y con él, he de dar deleite a los hombres. Apolo.--(Templando suavemente su lira).--Eres vanidoso, Marsias. . . El arte exige sencillez y humildad. . . Los dioses no han otorgado el arte a los mortales para que se enorgullezcan.
Marsias.--Te desafío, Apolo. Yo tocaré mi flauta, tú la lira. Y los habitantes de estas regiones decidirán cual de los dos lo ha hecho con más pureza, emoción y gracia.
Apolo.--Acepto tu desafío, Marsias. Pero, ¿te sometes a mis condiciones, si salgo vencedor en este torneo musical?
Marsias.--Me someteré. No creo ser vencido por ti, Apolo. Siento que en mí habita el espíritu de la música. Euterpe me ha favorecido con sus dones, y ya me oirás . . .
Apolo.--Te oiré, Marsias. Jueces serán las ninfas, los faunos, los sátiros, y también los mortales de esta región, que ellos tienen un juicio muy certero.
Marsias.--No temo a su juicio. (Aparecen ninfas, sátiros, faunos y hombres. Forman círculo alrededor de Apolo y Marsias).
Apolo.--Preséntate el primero, Marsias. (Marsias, después de una leve modulación, hace resonar con plenitud su flauta. Se escuchan los gorjeos de las avecillas, el murmullo de la brisa, el grito alegre de los bebedores, la voz de un niño que llora, la risa de una joven. Todos oyen, hechizados).
Sátiro.--¿Podrá Apolo dominar en perfección a Marsias? Nunca ha resonado en esta comarca música tan bella. (Estallan aclamaciones y vítores de admiración al terminar de tocar Marsias.
Un hombre.--Ahora preséntate tú, Apolo, y haz escuchar las notas de tu, lira. (Marsias, en silencio, acaricia su flauta. Las ninfas lo miran con asombro. Hay un agitado rumor entre los presentes).
Un hombre.--Silencio. Va a comenzar Apolo. (Todos callan. Apolo templa levemente su lira. Después se levanta de las cuerdas del instrumento un preludio melancólico. Una profunda atención embarga a todos los oyentes. Las manos del dios hacen cantar a la lira. Es la historia de Ariana confiada, amorosa, abandonada en una isla desierta, llorando al infiel que la dejó. Y al enmudecer el instrumento, no estallan los aplausos. Todos lloran silenciosamente).
Apolo.--(Después de un momento).--Que los jueces pronuncien su veredicto.
Todos.(Unánimemente). --¡Apolo! ¡Apolo! Apolo ha vencido a Marsias. Si el pastor moduló, en su carrizo, seductoras armonías, si nos hizo oír todos los murmullos del agua, del campo, de la brisa, del bosque, Apolo nos ha hecho llorar. Para Apolo la gloria y el galardón. ¡Apolo vencedor!
Apolo.--¿Has oído lo que dicen los jueces, Marsias?
Marsias.--Sí. Tú me has vencido, Apolo. Pero cuando regreses de tu exilio al Olimpo, la flauta de Marsias hechizará a los hombres de esta comarca. Me someto a tus condiciones. Yo creía superarte, pero tú eres la música, misma. E1 premio te corresponde.
Apolo.--Bien. Tú has desafiado a un dios, Marsias, y mereces un severo castigo. Los mortales no han de alzarse contra los dioses.
Marsias.--Lo reconozco.
Apolo.--Prometeo, que robó el fuego sagrado, fue condenado al suplicio eterno de ser roído por un buitre. Tú, que has osado competir con el dios de la luz, con el padre de las nueve hermanas divinas, mereces un castigo similar al de Prometeo.
Todos.--Sé clemente ¡oh Dios!
Apolo.--No puedo ser clemente con el mortal que me ha desafiado, que ha creído, en su insensatez, poder competir con mi arte.
Todos.--Tú has venido desterrado a nuestro país, Apolo, y los mortales te han acogido como a un amigo. . Usa de misericordia.
Apolo.--Los dioses no sabemos de misericordia. Somos implacables en nuestra justicia. Si no fuéramos inmisericordiosos, los mortales se creerían iguales a nosotros. Te condeno, Marsias, a ser desollado. Todos.--¡Marsias va a ser desollado! Apolo, ten piedad . . .
Apolo.--Con tu piel haré un odre que será colgado de este pino. (Señala un pino).
Marsias.--Haz lo que quieras de mí, dios. . . Déjame despedirme de estos campos, donde resonó mi flauta, que yo, en mi osadía, creí que competiría con tu lira. Déjame mirar un instante el resplandor del cielo, la gracia de los prados, el color de las flores, el rostro de las ninfas. Déjame dar un adiós a mis compañeros y amigos, antes de cruzar el Aquerón y el Styx…
Apolo.--Pronuncia tu adiós, pastor. (Todos han callado y lloran).
Marsias.--(Hace sonar su flauta con doliente acento).--Sé que no se me olvidará. Que el nombre de Marsias, el tocador de flauta, perdurará en estas campiñas. (Deja su flauta cerca de un árbol). Y mi carrizo quedará solitario, solamente modulará cuando en sus agujeros penetre la brisa de la tarde…
Apolo.--¿Ya estás listo, Marsias? (Marsias inclina la cabeza, en señal de asentimiento. Apolo le indica que se apoye contra un pino, y de un lanzazo lo clava sobre el árbol. Luego un esclavo que ha aparecido, desuella al pastor con un cuchillo. Marsias muere sin exhalar un gemido. Un gran sollozo llena el ámbito del campo. Las ninfas, azoradas, exclaman: ¡Marsias, Marsias!" Apolo contempla la desollación del pastor, cuya piel le entrega el esclavo. El dios con ella forma un odre y lo cuelga de la rama del pino. Y desaparece seguido del esclavo).
Todos.--¡Marsias, tocador de flauta, armonioso cantor, hermano nuestro! ¡Ya no resonará tu canto en las tardes, para nuestro encanto, pero lo lloraremos siempre! (De las lágrimas de todos, surge, a la vera del pino, donde se balancea el odre, un río que corre con plañidero y musical murmullo. La flauta sola exhala un lamento. Cae la tarde. Suben al cielo, teñido de los colores del atardecer, las voces de "¡Marsias, Marsias!")
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Marsias, en una colina, a la caída de la tarde hace resonar su flauta. Sonido suave y elegíaco. Se le acerca un sátiro.
Sátiro.--¿Dónde aprendiste a tocar el carrizo, Marsias?
Marsias.--Encontré esta flauta cerca de una fuente. Allí la arrojó Minerva porque le fatigaba la respiración el modularla y temía malograrse la forma de los labios.
Yo la recogí y sobre sus agujeros posé mi boca en amoroso gesto: Y ella me obedece dócilmente. En ella cantaré como los pájaros, imitaré el murmullo de los arroyos; los rumores del campo, el hálito de la brisa entre las ramas de los árboles. Soy ya un eximio tocador de flauta.
Sátiro.--Pero no podrás competir con la lira de Apolo. En las cuerdas de su instrumento él evoca el amor y la ternura, hace gemir el dolor y la melancolía.
Marsias.--Apolo no puede superarme en el arte de la armonía. Lanzará dardos de oro sobre el mundo, mostrará su belleza en su carro de luz, pero el sonido es mío. El sonido resuena gracioso y limpio --como agua de la fuente-- en este carrizo, que una diosa abandonó, y con él emocionaré el corazón de todos los habitantes de la comarca.
Sátiro.--No te envanezcas; Marsias. Los dioses suelen vengarse de quien los desafía. (Aparece Apolo. Lleva su lira).
Apolo.--¿Quién es el que modula la flauta en estos parajes?
Marsias.--Soy yo, Marsias, el pastor.
Apolo.--(Tomando la flauta).--Este es el instrumento que Minerva tocaba, olvidando la sabiduría, que es su atributo y su propiedad.
Marsias.--Yo lo encontré tirado, a la vera de las aguas, y con él, he de dar deleite a los hombres. Apolo.--(Templando suavemente su lira).--Eres vanidoso, Marsias. . . El arte exige sencillez y humildad. . . Los dioses no han otorgado el arte a los mortales para que se enorgullezcan.
Marsias.--Te desafío, Apolo. Yo tocaré mi flauta, tú la lira. Y los habitantes de estas regiones decidirán cual de los dos lo ha hecho con más pureza, emoción y gracia.
Apolo.--Acepto tu desafío, Marsias. Pero, ¿te sometes a mis condiciones, si salgo vencedor en este torneo musical?
Marsias.--Me someteré. No creo ser vencido por ti, Apolo. Siento que en mí habita el espíritu de la música. Euterpe me ha favorecido con sus dones, y ya me oirás . . .
Apolo.--Te oiré, Marsias. Jueces serán las ninfas, los faunos, los sátiros, y también los mortales de esta región, que ellos tienen un juicio muy certero.
Marsias.--No temo a su juicio. (Aparecen ninfas, sátiros, faunos y hombres. Forman círculo alrededor de Apolo y Marsias).
Apolo.--Preséntate el primero, Marsias. (Marsias, después de una leve modulación, hace resonar con plenitud su flauta. Se escuchan los gorjeos de las avecillas, el murmullo de la brisa, el grito alegre de los bebedores, la voz de un niño que llora, la risa de una joven. Todos oyen, hechizados).
Sátiro.--¿Podrá Apolo dominar en perfección a Marsias? Nunca ha resonado en esta comarca música tan bella. (Estallan aclamaciones y vítores de admiración al terminar de tocar Marsias.
Un hombre.--Ahora preséntate tú, Apolo, y haz escuchar las notas de tu, lira. (Marsias, en silencio, acaricia su flauta. Las ninfas lo miran con asombro. Hay un agitado rumor entre los presentes).
Un hombre.--Silencio. Va a comenzar Apolo. (Todos callan. Apolo templa levemente su lira. Después se levanta de las cuerdas del instrumento un preludio melancólico. Una profunda atención embarga a todos los oyentes. Las manos del dios hacen cantar a la lira. Es la historia de Ariana confiada, amorosa, abandonada en una isla desierta, llorando al infiel que la dejó. Y al enmudecer el instrumento, no estallan los aplausos. Todos lloran silenciosamente).
Apolo.--(Después de un momento).--Que los jueces pronuncien su veredicto.
Todos.(Unánimemente). --¡Apolo! ¡Apolo! Apolo ha vencido a Marsias. Si el pastor moduló, en su carrizo, seductoras armonías, si nos hizo oír todos los murmullos del agua, del campo, de la brisa, del bosque, Apolo nos ha hecho llorar. Para Apolo la gloria y el galardón. ¡Apolo vencedor!
Apolo.--¿Has oído lo que dicen los jueces, Marsias?
Marsias.--Sí. Tú me has vencido, Apolo. Pero cuando regreses de tu exilio al Olimpo, la flauta de Marsias hechizará a los hombres de esta comarca. Me someto a tus condiciones. Yo creía superarte, pero tú eres la música, misma. E1 premio te corresponde.
Apolo.--Bien. Tú has desafiado a un dios, Marsias, y mereces un severo castigo. Los mortales no han de alzarse contra los dioses.
Marsias.--Lo reconozco.
Apolo.--Prometeo, que robó el fuego sagrado, fue condenado al suplicio eterno de ser roído por un buitre. Tú, que has osado competir con el dios de la luz, con el padre de las nueve hermanas divinas, mereces un castigo similar al de Prometeo.
Todos.--Sé clemente ¡oh Dios!
Apolo.--No puedo ser clemente con el mortal que me ha desafiado, que ha creído, en su insensatez, poder competir con mi arte.
Todos.--Tú has venido desterrado a nuestro país, Apolo, y los mortales te han acogido como a un amigo. . Usa de misericordia.
Apolo.--Los dioses no sabemos de misericordia. Somos implacables en nuestra justicia. Si no fuéramos inmisericordiosos, los mortales se creerían iguales a nosotros. Te condeno, Marsias, a ser desollado. Todos.--¡Marsias va a ser desollado! Apolo, ten piedad . . .
Apolo.--Con tu piel haré un odre que será colgado de este pino. (Señala un pino).
Marsias.--Haz lo que quieras de mí, dios. . . Déjame despedirme de estos campos, donde resonó mi flauta, que yo, en mi osadía, creí que competiría con tu lira. Déjame mirar un instante el resplandor del cielo, la gracia de los prados, el color de las flores, el rostro de las ninfas. Déjame dar un adiós a mis compañeros y amigos, antes de cruzar el Aquerón y el Styx…
Apolo.--Pronuncia tu adiós, pastor. (Todos han callado y lloran).
Marsias.--(Hace sonar su flauta con doliente acento).--Sé que no se me olvidará. Que el nombre de Marsias, el tocador de flauta, perdurará en estas campiñas. (Deja su flauta cerca de un árbol). Y mi carrizo quedará solitario, solamente modulará cuando en sus agujeros penetre la brisa de la tarde…
Apolo.--¿Ya estás listo, Marsias? (Marsias inclina la cabeza, en señal de asentimiento. Apolo le indica que se apoye contra un pino, y de un lanzazo lo clava sobre el árbol. Luego un esclavo que ha aparecido, desuella al pastor con un cuchillo. Marsias muere sin exhalar un gemido. Un gran sollozo llena el ámbito del campo. Las ninfas, azoradas, exclaman: ¡Marsias, Marsias!" Apolo contempla la desollación del pastor, cuya piel le entrega el esclavo. El dios con ella forma un odre y lo cuelga de la rama del pino. Y desaparece seguido del esclavo).
Todos.--¡Marsias, tocador de flauta, armonioso cantor, hermano nuestro! ¡Ya no resonará tu canto en las tardes, para nuestro encanto, pero lo lloraremos siempre! (De las lágrimas de todos, surge, a la vera del pino, donde se balancea el odre, un río que corre con plañidero y musical murmullo. La flauta sola exhala un lamento. Cae la tarde. Suben al cielo, teñido de los colores del atardecer, las voces de "¡Marsias, Marsias!")
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Un poema en prosa de Sandro Chiri
Mamá en ropa de baño
Poema en prosa de Sandro Chiri Jaime
He visto una foto de mi madre en la plenitud de la vida. Está con una ropa de baño negra y entera y me lleva entre sus largos y blanquísimos brazos a la orilla del mar. Yo tendré unos 8 meses y grito como un condenado a muerte. La escena es curiosa y conmovedora. La fotografía se guarda en una álbum familiar de tapa de cuero. En esos cartones se alberga la historia de una familia que alguna vez fue feliz. Algo de esa sonrisad resuena entre los corazones de mis hermanos cada que nos encontramos o llamamos por teléfono. Pero la fotografía que menciono me conmueve cada vez que la observo cada diez años. Ahora soy yo mayor que esa joven con su hijito llorón. Soy yo el que observa, el que se deleita, el que aprieta el botón. Es el click de ese instante el que nunca ha muerto, el que nunca desaparecerá. Bella, buena hembra, mi mamita, quien me dice, calla la boca, llorón, calla, corazoncito mío, que el mar no es solo para los barcos, que el mar de la vida es peor. I love you, ma. (23 de noviembre de 2013)
Poema en prosa de Sandro Chiri Jaime
He visto una foto de mi madre en la plenitud de la vida. Está con una ropa de baño negra y entera y me lleva entre sus largos y blanquísimos brazos a la orilla del mar. Yo tendré unos 8 meses y grito como un condenado a muerte. La escena es curiosa y conmovedora. La fotografía se guarda en una álbum familiar de tapa de cuero. En esos cartones se alberga la historia de una familia que alguna vez fue feliz. Algo de esa sonrisad resuena entre los corazones de mis hermanos cada que nos encontramos o llamamos por teléfono. Pero la fotografía que menciono me conmueve cada vez que la observo cada diez años. Ahora soy yo mayor que esa joven con su hijito llorón. Soy yo el que observa, el que se deleita, el que aprieta el botón. Es el click de ese instante el que nunca ha muerto, el que nunca desaparecerá. Bella, buena hembra, mi mamita, quien me dice, calla la boca, llorón, calla, corazoncito mío, que el mar no es solo para los barcos, que el mar de la vida es peor. I love you, ma. (23 de noviembre de 2013)
Dos mini cuentos de Juan José Arreola
Dos mini cuentos de Juan José Arreola, escritor mexicano
ACHTUNG! LEBENDE TIERE!
Había una vez una niña chiquita, chiquita, que daba mucha lata en el zoológico. Se metía en la jaula de las bestias dormidas y les tiraba la cola. El brusco despertar de los feroces era precisamente la salvación de la criatura que se escapaba corriendo.
Pero un día la niña fue a dar con un león flaco, desprestigiado y solitario que no se dió por aludido. La niña abandonó los tirones de cola y pasó a mayores. Se puso a hacerle cosquillas al dormido y le revolvió una por una todas las ideas de la melena. Ante aquella total ausencia de reflejos, se proclamó en voz alta domadora de leones. La fiera volvió entonces dulcemente la cabeza y se tragó a la niña de un solo bocado.
Las autoridades del zoológico pasaron un mal rato porque la noticia salió en todos los periódicos. Los comentaristas pusieron el grito en el cielo y criticaron las leyes del universo, que consienten la existencia de leones hambrientos junto a incompatibles niñas maleducadas.
LA JIRAFA
Al darse cuenta de que había puesto demasiado alto los frutos de un árbol predilecto, Dios no tuvo más remedio que alargar el cuello de la jirafa.
Cuadrúpedos de cabeza volátil, las jirafas quisieron ir por encima de su realidad corporal y entraron resueltamente al reino de los desproporcionados. Hubo que resolver para ellas algunos problemas biológicos que mas parecen ingeniería y de mecánica: un circuito nervioso de doce metros de largo; una sangre que se eleva contra la ley de la gravedad mediante un corazón que funciona como bomba de pozo profundo; y todavía, a esas alturas, una lengua eyéctil que va mas arriba, sobrepasando con veinte centímetros el alcance de los belfos para roer los pimpollos como una lima de acero.
Con todos sus derroches de técnica, que complican extraordinariamente su galope y sus amores, la jirafa representa mejor que nadie los devaneos del espíritu: busca en las alturas lo que otro encuentran al ras del suelo.
Pero como final mente tiene que inclinarse de ves en cuando para beber el agua común, se ve obligada a desarrollar su acrobacia al revés. Y se pone entonces al nivel de los burros.Juan José Arreola
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