Desde Lima, un relámpago de azul-cielo o azul-mar en nuestra mente o en nuestro corazón que ansían la belleza. Cuentos, poesía, música, cine, reflexiones, teatro, viajes, fotografía, entrevistas, danza y más.
jueves, 13 de febrero de 2014
Extracto sobre Tu y yo de Bertolucci
"Y es probable que el estreno de su nueva y hermosa criatura no esté destinado a ser un acontecimiento. Ya nada lo es, a excepción de esos mamotretos sin alma protagonizados por los efectos especiales, planos que no deben de durar más de cinco segundos y diálogos descerebrados. Cada vez existen menos distribuidoras y salas dispuestas a acoger un cine que no puede, ni sabe, ni quiere renunciar a la autoría, que no asegure la digestión rápida por parte del espectador, el atracón de palomitas y el inmediato olvido." Carlos Boyero
Tú y yo es la adaptación de una novela de Niccolò Ammaniti ( Que yo leí). http://cultura.elpais.com/cultura/2013/07/22/actualidad/1374526499_480964.html?rel=rosEP
Tú y yo es la adaptación de una novela de Niccolò Ammaniti ( Que yo leí). http://cultura.elpais.com/cultura/2013/07/22/actualidad/1374526499_480964.html?rel=rosEP
Los niños brujos
Los niños Brujos
Por Mario Vargas Llosa Para LA NACION
LONDRES
En noviembre de 2003, el señor Agbo, guardián de un bloque de edificios municipales de Hackney, un suburbio de Londres donde viven muchos inmigrantes, encontró, encogida en una escalera, tiritando, a una niña de ocho años. Iba descalza, semidesnuda, llena de cicatrices, heridas e hinchazones, y paralizada por el terror. A lo largo de las semanas siguientes, con ayuda de psicólogos y trabajadores sociales, la policía consiguió reconstruir su historia.
La niña, procedente del Congo o de Angola, había sido sometida a torturas sistemáticas los quince meses precedentes, por su madre, su tía Sita Kisanga, y un amigo de ésta, Sebastián Pinto, desde que una noche un hijo pequeño de Sita se despertó llorando y jurando que la niña se le había aparecido en el sueño y amenazado con llevárselo volando de vuelta al Congo. La familia concluyó que la niña estaba poseída por un espíritu maligno, un ndoki, y debía ser exorcizada. La hicieron ayunar tres días y luego procedieron a tratar de expulsar al demonio que la habitaba. La abofeteaban, la azotaban, le frotaban en los ojos ajíes picantes, le punzaron todo el cuerpo y la cara con la punta de un cuchillo, y la tuvieron muchos días encerrada en una bolsa de ropa en la que la amenazaban con tirarla al río o desbarrancarla desde el balcón del edificio. Al final, como el ndoki se resistía a marcharse, la expulsaron del hogar a puntapiés. Los médicos de la policía detectaron cuarenta y tres heridas en el cuerpo de la criatura.
El caso de esta niña, que no puede ser nombrada por razones legales, es apenas la punta de un iceberg. Richard Hoskins, profesor de religiones africanas en el King´s College de Londres, que ha investigado muchos años este tema en el Congo y que asesora a la policía británica en éste y otros cinco casos de exorcismos contra "niños brujos" sometidos a torturas y crueldades en las comunidades de inmigrantes, ha revelado que centenares de niños de origen africano desaparecen cada año en Inglaterra sin que las autoridades consigan averiguar las razones de su desaparición.
En parte por falta de efectivos para efectuar una vigilancia cuidadosa en aquellas comunidades y en parte por prudencia, dada la extrema susceptibilidad que existe en todo lo que concierne a las creencias y costumbres de las minorías étnicas, las autoridades reconocen su impotencia para frenar lo que parece un fenómeno en el que centenares o acaso millares de menores son sometidos en Gran Bretaña a indecibles brutalidades para exorcizarlos de los malos espíritus.
Hace poco más de tres años, se encontró en el Támesis el torso mutilado de un niño africano. El caso Adam originó una investigación en la que, entre otras cosas, la policía descubrió que de 300 niños africanos llegados al aeropuerto londinense de Heathrow en un período de tres meses, sólo dos de ellos pudieron ser localizados. De los 298 restantes no quedaba la menor huella. Por otra parte, varias asociaciones de protección a la infancia han señalado que cada año el número de niños de origen africano que deja de asistir a las escuelas en que están inscritos sin que medie la menor explicación es de varios millares. El profesor Hoskins sostiene que esas desapariciones revelan, además de las prácticas religiosas violentas que pueden terminar en crímenes, la existencia de redes bien establecidas que trafican con menores inmigrantes, vendiéndolos como esclavos domésticos o sexuales.
Contrariamente a lo que a primera vista parecería, que el salvajismo de que hacen gala en las comunidades de inmigrantes los supuestos exorcistas ha sido importado con ellas del Africa, el profesor Hoskins asegura que no es así, que se trata de un fenómeno local, resultante de una perversa aleación de creencias y supersticiones primitivas y del fanatismo con que la miríada de iglesias evangélicas fundamentalistas informales se han implantado en el Reino Unido y reclutan prosélitos entre los inmigrantes.
De hecho, una de las torturadoras de mi historia, Sita Kisanga, pertenecía a una de estas microiglesias evangélicas de su barrio, llamada la Iglesia del Combate Espiritual, que promueve el exorcismo y cuyos pastores son todos exorcistas profesionales. Esta y otras congregaciones parecidas, surgidas de manera informal, como desprendimientos a menudo extravagantes y groseros de las iglesias protestantes tradicionales, para ganar una rápida aceptación entre los inmigrantes han incorporado a las doctrinas cristianas creencias y prácticas como la del ndoki y los rituales exorcistas cuya mezcla, según Hoskins, ha resultado explosiva. Según él, en las distintas comunidades étnicas que ha estudiado en el Congo muy rara vez se ejerce violencia contra los niños, y las ceremonias exorcistas, que abundan, suelen ser benignas.
No sé si esto es ciencia estricta o ciencia matizada por la corrección política, pero, en todo caso, lo que parece cierto es que la manera como esos grupúsculos evangélicos informales que, sin el menor control ni registro del Estado, operan en los barrios marginales de las grandes ciudades europeas, predicando doctrinas fanáticas y delirantes, producen a veces consecuencias tan trágicas como la que se abatió sobre la niña de Hackney.
La globalización es un estado de cosas que funciona en todos los sentidos y en todas las direcciones. Lleva las buenas ideas y los conocimientos más modernos por todos los vericuetos del planeta y, al mismo tiempo, permite que las supersticiones más crueles y estúpidas, y los prejuicios y convicciones más anacrónicas salgan de los pequeños reductos donde sobreviven y vayan a contaminar e infectar sociedades y comunidades humanas que parecían haber dejado atrás la barbarie y avanzado de manera irreversible en la ruta de la civilización.
Siempre que llego a Inglaterra, luego de semanas o meses, siento una gran satisfacción, como si una gran bocanada de aire fresco me aligerara los pulmones. Puede tener mil problemas que resolver y otras tantas cosas que criticarle, pero la sociedad británica sigue siendo, para mí, un modelo de civismo, de racionalidad, de sensatez y pragmatismo político, de un patriotismo sano y no deformado por taras nacionalistas. Es estimulante y grato comprobar que el taxista, la empleada de la tienda, el cajero del banco, el boletero del tren, o el peatón al que uno detiene para averiguar una dirección, en vez de volcar sobre el cliente o despistado preguntón todo su malhumor y su frustración maltratándolo con groserías, son amables, todavía humanos. Rápidamente diré que no conozco ninguna otra gran ciudad en el mundo que me haya parecido, como Londres, estar tan cerca de esa palabra de escurridizo significado: la civilización.
Pues bien, en la más civilizada de las ciudades, vaya usted a saber cuántos niños padecen en estos mismos momentos el mismo martirio que la niña de Hackney y cuántos otros, venidos como ella del Congo, Angola y tantos otros países africanos son prostituidos o vendidos como esclavos por mafias inescrupulosas que, además, gracias a esos tráficos, amasan formidables fortunas. El profesor Hoskins explica que este tráfico se ha visto facilitado por la expansión del sida, que sólo en el Congo ha dejado huérfanos a decenas de miles de niños que viven en las calles de las aldeas o en el bosque y que son presas fáciles de las mafias que, con el pretexto de protegerlos, les fabrican papeles, les procuran padres adoptivos y los traen a Europa, a veces por medios legales y otros ilegales, donde los convierten en mercancías. La barbarie pura en el corazón mismo de la civilización.
¿Tiene un remedio pronto esta pavorosa realidad? En lo inmediato, ninguno, por desgracia. Ni las autoridades están en condiciones de añadir a sus filas los miles de miles de detectives y agentes que se necesitarían para ejercer una vigilancia más estricta en todas las comunidades y hogares que practican el exorcismo de los niños poseídos por el ndoki ni las organizaciones de derechos humanos, protección a la infancia y ayuda al inmigrante cuentan con los medios, ni con la activa colaboración de los vecinos de los barrios marginales, para poner fin en un futuro inmediato a esa plaga secreta.
El remedio, si viene, vendrá en el futuro, dentro del marco de una política de integración del inmigrante que, a la vez que facilite la adaptación de éste a su nuevo ambiente y lo familiarice con los derechos y deberes inherentes a un ciudadano de una sociedad democrática, le proporcione la ayuda indispensable para que esa reconversión cultural se lleve a cabo sin desgarramientos ni traumas. Para que eso llegue a ocurrir, pasarán todavía muchos años.
Y, entretanto, seguirán ocurriendo muchas barbaridades en el seno de la civilizada Londres (léase Europa). La historia de la niña mártir de Hackney ha tenido un final feliz, menos mal. Se ha recuperado de todas sus heridas y ahora rehace su vida en el hogar de unos padres adoptivos que, según la policía, la adoran. Sus tres torturadores, su madre, su tía Sita Kisanga y Sebastián Pinto, que han sido encontrados culpables por el tribunal de Old Bailey que los juzgó, recibirán en estos días unas condenas que los mantendrán algunos años en la cárcel.
¿Debemos alegrarnos de que, al menos esta vez, se haya hecho justicia? La verdad, no hay nada de qué alegrarse. Se ha hecho justicia en la forma, sin duda, pero, en el fondo, no lo creo. Lo probable es que esos tres infelices estén totalmente aturdidos y sin comprender nada de lo que les ocurre. Es evidente que ninguno de los tres quería hacerle el menor daño a la niña que brutalizaron; sus golpes y ferocidades iban dirigidos contra el ndoki que se había instalado en ella, un ser que sin duda los hacía vivir en el terror y envenenaba cada segundo de sus vidas. Ahora, rumbo a los calabozos, debe decirse que el ndoki ya no sólo se ha metido en el cuerpecito de esa criatura, que ahora sus miasmas y ponzoñas impregnan todo lo que los rodea, Londres, Europa, el mundo entero.
En noviembre de 2003, el señor Agbo, guardián de un bloque de edificios municipales de Hackney, un suburbio de Londres donde viven muchos inmigrantes, encontró, encogida en una escalera, tiritando, a una niña de ocho años. Iba descalza, semidesnuda, llena de cicatrices, heridas e hinchazones, y paralizada por el terror. A lo largo de las semanas siguientes, con ayuda de psicólogos y trabajadores sociales, la policía consiguió reconstruir su historia.
La niña, procedente del Congo o de Angola, había sido sometida a torturas sistemáticas los quince meses precedentes, por su madre, su tía Sita Kisanga, y un amigo de ésta, Sebastián Pinto, desde que una noche un hijo pequeño de Sita se despertó llorando y jurando que la niña se le había aparecido en el sueño y amenazado con llevárselo volando de vuelta al Congo. La familia concluyó que la niña estaba poseída por un espíritu maligno, un ndoki, y debía ser exorcizada. La hicieron ayunar tres días y luego procedieron a tratar de expulsar al demonio que la habitaba. La abofeteaban, la azotaban, le frotaban en los ojos ajíes picantes, le punzaron todo el cuerpo y la cara con la punta de un cuchillo, y la tuvieron muchos días encerrada en una bolsa de ropa en la que la amenazaban con tirarla al río o desbarrancarla desde el balcón del edificio. Al final, como el ndoki se resistía a marcharse, la expulsaron del hogar a puntapiés. Los médicos de la policía detectaron cuarenta y tres heridas en el cuerpo de la criatura.
El caso de esta niña, que no puede ser nombrada por razones legales, es apenas la punta de un iceberg. Richard Hoskins, profesor de religiones africanas en el King´s College de Londres, que ha investigado muchos años este tema en el Congo y que asesora a la policía británica en éste y otros cinco casos de exorcismos contra "niños brujos" sometidos a torturas y crueldades en las comunidades de inmigrantes, ha revelado que centenares de niños de origen africano desaparecen cada año en Inglaterra sin que las autoridades consigan averiguar las razones de su desaparición.
En parte por falta de efectivos para efectuar una vigilancia cuidadosa en aquellas comunidades y en parte por prudencia, dada la extrema susceptibilidad que existe en todo lo que concierne a las creencias y costumbres de las minorías étnicas, las autoridades reconocen su impotencia para frenar lo que parece un fenómeno en el que centenares o acaso millares de menores son sometidos en Gran Bretaña a indecibles brutalidades para exorcizarlos de los malos espíritus.
Hace poco más de tres años, se encontró en el Támesis el torso mutilado de un niño africano. El caso Adam originó una investigación en la que, entre otras cosas, la policía descubrió que de 300 niños africanos llegados al aeropuerto londinense de Heathrow en un período de tres meses, sólo dos de ellos pudieron ser localizados. De los 298 restantes no quedaba la menor huella. Por otra parte, varias asociaciones de protección a la infancia han señalado que cada año el número de niños de origen africano que deja de asistir a las escuelas en que están inscritos sin que medie la menor explicación es de varios millares. El profesor Hoskins sostiene que esas desapariciones revelan, además de las prácticas religiosas violentas que pueden terminar en crímenes, la existencia de redes bien establecidas que trafican con menores inmigrantes, vendiéndolos como esclavos domésticos o sexuales.
Contrariamente a lo que a primera vista parecería, que el salvajismo de que hacen gala en las comunidades de inmigrantes los supuestos exorcistas ha sido importado con ellas del Africa, el profesor Hoskins asegura que no es así, que se trata de un fenómeno local, resultante de una perversa aleación de creencias y supersticiones primitivas y del fanatismo con que la miríada de iglesias evangélicas fundamentalistas informales se han implantado en el Reino Unido y reclutan prosélitos entre los inmigrantes.
De hecho, una de las torturadoras de mi historia, Sita Kisanga, pertenecía a una de estas microiglesias evangélicas de su barrio, llamada la Iglesia del Combate Espiritual, que promueve el exorcismo y cuyos pastores son todos exorcistas profesionales. Esta y otras congregaciones parecidas, surgidas de manera informal, como desprendimientos a menudo extravagantes y groseros de las iglesias protestantes tradicionales, para ganar una rápida aceptación entre los inmigrantes han incorporado a las doctrinas cristianas creencias y prácticas como la del ndoki y los rituales exorcistas cuya mezcla, según Hoskins, ha resultado explosiva. Según él, en las distintas comunidades étnicas que ha estudiado en el Congo muy rara vez se ejerce violencia contra los niños, y las ceremonias exorcistas, que abundan, suelen ser benignas.
No sé si esto es ciencia estricta o ciencia matizada por la corrección política, pero, en todo caso, lo que parece cierto es que la manera como esos grupúsculos evangélicos informales que, sin el menor control ni registro del Estado, operan en los barrios marginales de las grandes ciudades europeas, predicando doctrinas fanáticas y delirantes, producen a veces consecuencias tan trágicas como la que se abatió sobre la niña de Hackney.
La globalización es un estado de cosas que funciona en todos los sentidos y en todas las direcciones. Lleva las buenas ideas y los conocimientos más modernos por todos los vericuetos del planeta y, al mismo tiempo, permite que las supersticiones más crueles y estúpidas, y los prejuicios y convicciones más anacrónicas salgan de los pequeños reductos donde sobreviven y vayan a contaminar e infectar sociedades y comunidades humanas que parecían haber dejado atrás la barbarie y avanzado de manera irreversible en la ruta de la civilización.
Siempre que llego a Inglaterra, luego de semanas o meses, siento una gran satisfacción, como si una gran bocanada de aire fresco me aligerara los pulmones. Puede tener mil problemas que resolver y otras tantas cosas que criticarle, pero la sociedad británica sigue siendo, para mí, un modelo de civismo, de racionalidad, de sensatez y pragmatismo político, de un patriotismo sano y no deformado por taras nacionalistas. Es estimulante y grato comprobar que el taxista, la empleada de la tienda, el cajero del banco, el boletero del tren, o el peatón al que uno detiene para averiguar una dirección, en vez de volcar sobre el cliente o despistado preguntón todo su malhumor y su frustración maltratándolo con groserías, son amables, todavía humanos. Rápidamente diré que no conozco ninguna otra gran ciudad en el mundo que me haya parecido, como Londres, estar tan cerca de esa palabra de escurridizo significado: la civilización.
Pues bien, en la más civilizada de las ciudades, vaya usted a saber cuántos niños padecen en estos mismos momentos el mismo martirio que la niña de Hackney y cuántos otros, venidos como ella del Congo, Angola y tantos otros países africanos son prostituidos o vendidos como esclavos por mafias inescrupulosas que, además, gracias a esos tráficos, amasan formidables fortunas. El profesor Hoskins explica que este tráfico se ha visto facilitado por la expansión del sida, que sólo en el Congo ha dejado huérfanos a decenas de miles de niños que viven en las calles de las aldeas o en el bosque y que son presas fáciles de las mafias que, con el pretexto de protegerlos, les fabrican papeles, les procuran padres adoptivos y los traen a Europa, a veces por medios legales y otros ilegales, donde los convierten en mercancías. La barbarie pura en el corazón mismo de la civilización.
¿Tiene un remedio pronto esta pavorosa realidad? En lo inmediato, ninguno, por desgracia. Ni las autoridades están en condiciones de añadir a sus filas los miles de miles de detectives y agentes que se necesitarían para ejercer una vigilancia más estricta en todas las comunidades y hogares que practican el exorcismo de los niños poseídos por el ndoki ni las organizaciones de derechos humanos, protección a la infancia y ayuda al inmigrante cuentan con los medios, ni con la activa colaboración de los vecinos de los barrios marginales, para poner fin en un futuro inmediato a esa plaga secreta.
El remedio, si viene, vendrá en el futuro, dentro del marco de una política de integración del inmigrante que, a la vez que facilite la adaptación de éste a su nuevo ambiente y lo familiarice con los derechos y deberes inherentes a un ciudadano de una sociedad democrática, le proporcione la ayuda indispensable para que esa reconversión cultural se lleve a cabo sin desgarramientos ni traumas. Para que eso llegue a ocurrir, pasarán todavía muchos años.
Y, entretanto, seguirán ocurriendo muchas barbaridades en el seno de la civilizada Londres (léase Europa). La historia de la niña mártir de Hackney ha tenido un final feliz, menos mal. Se ha recuperado de todas sus heridas y ahora rehace su vida en el hogar de unos padres adoptivos que, según la policía, la adoran. Sus tres torturadores, su madre, su tía Sita Kisanga y Sebastián Pinto, que han sido encontrados culpables por el tribunal de Old Bailey que los juzgó, recibirán en estos días unas condenas que los mantendrán algunos años en la cárcel.
¿Debemos alegrarnos de que, al menos esta vez, se haya hecho justicia? La verdad, no hay nada de qué alegrarse. Se ha hecho justicia en la forma, sin duda, pero, en el fondo, no lo creo. Lo probable es que esos tres infelices estén totalmente aturdidos y sin comprender nada de lo que les ocurre. Es evidente que ninguno de los tres quería hacerle el menor daño a la niña que brutalizaron; sus golpes y ferocidades iban dirigidos contra el ndoki que se había instalado en ella, un ser que sin duda los hacía vivir en el terror y envenenaba cada segundo de sus vidas. Ahora, rumbo a los calabozos, debe decirse que el ndoki ya no sólo se ha metido en el cuerpecito de esa criatura, que ahora sus miasmas y ponzoñas impregnan todo lo que los rodea, Londres, Europa, el mundo entero.
Entrevista a Cortázar
Cortázar cumpliría 100 años. A los 30 años de su muerte se preparan muchos homenajes para celebrar a uno de los mejores escritores latinoamericanos. Yo siempre regreso a él. Especialmente me gusta su lado lúdico, juguetón.
jueves, 6 de febrero de 2014
El joven que echaba chispas
El hombre que echaba chispas
Echaba chispas. Parecía un
cuchillo que al frotarse con otro lanza pequeñas partículas de fuego. No había
manera de esconder lo que le sucedía cuando montaba en cólera. Qué iba a hacer,
había nacido rabioso. A lo que más miedo le tenía era a causar un incendio.
Leía siempre en el periódico que el
incendio de esa casa hermosa que quedaba
en medio del bosque de San Isidro había empezado a arder por una pequeña chispa
que saltó del cordón del televisor. De alguna manera era un poder, tenía
capacidad para destruir, pero si bien era rabioso, en el fondo de su corazón
era un muchacho que quería el bien de los demás. Contradicciones que tenemos
las personas. Entonces, cuando sentía
que la rabia lo empezaba a invadir, se iba corriendo en busca de una ducha, o
una piscina o una manguera para mojarse íntegramente y apagar el fuego que ya salía
en chispas por todo su cuerpo como si fuese un fósforo o una luz de bengala. Si
hablaba algo, sus palabras normalmente eran hirientes, las chispas podían hacer
que la camisa de su interlocutor se prendiese y hasta podría ser acusado de
asesino. Y matar jamás era su intención.
Entonces subió a la parte más
alta de la montaña, se construyó una pequeña casita y se dedicó a meditar. Claro que le preocupaba que sus padres lo
estuviesen buscando pero más importante que todo era conseguir calmar su
cuerpo, dominarlo, acallarlo, enseñarle que el que juega con fuego, se quema. Felizmente
su madre le había enseñado a meditar, así que cruzó sus piernas, colocó sus
manos una sobre otra, cerró los ojos, se relajó y se puso a pensar en nada. De
rato en rato aparecía en su mente un caballo, la luna que giraba, una playa de
mar brava, gente que se le acercaba y ardía, pero él, repetía su palabra
mágica, su mantra, que en este caso era
Ummmmm y respiraba y expiraba para pacificar su espíritu. Varios animales vinieron a vivir con él.
Algunos gruñían y a él casi se le escapaban chispas de mal humor, pero repetía
el Ummmmmm y se sosegaba. Ovejas,
venados, lobos, y hasta un puma lo abrigaron en las noches de frío. Por la mañana tempranito muchos y distintos pájaros
lo saludaban y partían volando.
Pasaron tres meses antes de que
decidiera bajar de la montaña y
encontrarse con sus padres y con sus amigos. Llevaba una sonrisa de ilusión en
la cara en lugar de la cara agestada, y en vez de chispas, de su cuerpo salía
un aire fresco que aliviaba a cualquiera y las personas se sentían atraídas por él, que
si bien llevaba una larga barba, caminaba dichoso para encontrarse con sus
padres, a los que abrazó y besó porque los había extrañado mucho. Nunca más
montó en cólera, nunca más saltaron chispas de fuego de su cuerpo y fue cada
día más feliz.
El planeta amarillo
El planeta amarillo
Había una vez,— nos contaba mi mamá,— un planeta muy lejano a la tierra, q...ue despedía una luz amarilla y triste. Durante las noches de luna llena si uno lo buscaba un rato entre las estrellas, podía verlo.
En ese planeta vivían unos hombrecitos tan pequeños que no alcanzaban ni el tamaño de un niño. Estos hombrecitos eran amarillos como su luz, como sus casas y plantas. Todo en el planeta era amarillo, salvo un árbol blanco, que crecía en medio de su mundo amarillo.

Amarillo era el silencio, amarillas las preciosas mariposas que volaban sobre el agua amarilla que corría suavemente por sus acequias y amarilla era su esperanza. Hasta el viento era amarillo y amarillos eran todos sus campos.
Más importante que el color del planeta, era saber que sus habitantes, jamás reían. No sabían hacerlo. Nadie les había enseñado a sonreír y menos a lanzar una sonora carcajada llena de alegría. Los hombrecitos amarillos eran muy trabajadores y por supuesto que muy serios. Su vida estaba dedicada al trabajo, se levantaban muy temprano para ponerse a trabajar y trabajaban hasta que llegaba la noche. Cuando se metían a la cama, se dormían muy rápido sin soñar, y al día siguiente, se levantaban apurados, para seguir trabajando.
-¿Se imaginan?,— nos preguntaba mi mamá,— ellos no sabían saludarse con una sonrisa, no conversaban ni jugaban; en ese lejano planeta, no existían bromas ni cantos, ni siquiera sueños.
Nosotros tratábamos de imaginar sus caras frías, sus bocas como arrugas, casi borradas, sus ojos desgraciados y afligidos y nos llenábamos de pena.
Pero, felizmente el cuento seguía y en él sucedió que un día, mientras los hombrecitos amarillos construían puentes, casas y caminos y mientras las mujercitas amarillas lavaban, cocinaban y planchaban sin detenerse, sin mirarse, sin quererse, nació un nuevo hombrecito, en una casa que quedaba muy cerca del hermoso árbol blanco. Todos hubieran podido decir que se trataba de un niño común y corriente, porque era igual a cualquier otro niño del planeta, pero tenía algo muy especial, tenía una preciosa sonrisa en los labios.
El niño de la sonrisa cambiaría el planeta.
El día de su nacimiento, todos los hombrecitos y sus mujeres, corrieron a verlo maravillados y empezaron a cambiar la postura de sus labios moviendo la boca de un lado al otro para imitarlo, tratando de hacer una sonrisa como la del niño. Hicieron cientos de muecas, antes de conseguir algo que pareciera a una sonrisa. Entonces, se miraron extrañados y complacidos. ¡Eran tan hermosos y diferentes con su nueva sonrisa!
Ya no se vieron mas caras serias, ni duras, en el planeta amarillo. Siguieron trabajando, pero, de rato en rato, se miraban y recordaban que podían sonreír y sonreían llenos de alegría. —Ya era algo, ¿no?
El nuevo niño fue creciendo, hasta que una tarde, cuando todos terminaban de almorzar, el niño se rió, se rió fuerte, con ganas, cómo si hubiese escuchado algo muy divertido, y, entonces, otra vez se reunieron todos y lo rodearon para aprender a reír. Al cabo de un rato, contagiados por la risa del niño, los hombrecitos y sus mujeres, rieron sin parar y aplaudieron llenos de placer.
El planeta amarillo. fue convirtiéndose en un planeta mágicamente feliz. Alguien, un día cantó y el planeta entero lanzó una canción de júbilo al universo.
Con las risas y los cantos, con la felicidad de los hombrecitos amarillos, el planeta fue llenándose de colores. El árbol blanco que crecía en medio del planeta, dejó de ser blanco, para transformarse en un árbol de todos los colores. Si uno lo miraba con atención podía ver en él, el marrón, el rojo, el verde, el azul, el morado, el celeste y el naranja.
Con los distintos colores, todas las cosas fueron distintas.
En las noches de luna llena, recordando este cuento, busco un rato en el cielo, entre las estrellas, hasta que encuentro ese planeta brillante lejano a la tierra que ahora también canta. (Cecilia Bustamante de Roggero)
La ciudad (Constantin Kavafis)
La ciudad

Dices: «Iré a otras tierras, a otros mares.
Buscaré una ciudad mejor que ésta
en la que mis afanes no se cumplieron nunca,
frío sepulcro de mi sentimiento.
¿Hasta cuándo errará mi alma en este laberinto?
Mire hacia donde mire, sólo veo
la negra ruina de mi vida,
tiempo ya consumido que aquí desperdicié.»
No existen para ti otras tierras, otros mares.
Esta ciudad irá donde tú vayas.
Recorrerás las mismas calles siempre. En el mismo
arrabal te harás viejo. Irás encaneciendo
en idéntica casa.
Nunca abandonarás esta ciudad. Ya para ti no hay otra,
ni barcos ni caminos que te libren de ella.
Porque no sólo aquí perdiste tú la vida:
en todo el mundo la desbarataste.Constantin Cavafis
La ciudad, traducción de Ángel González que aparece en El embrujo de Shanghai, de Juan Marsé
Otra traducción, de Miguel Castillo Didier
Dijiste: "Iré a otra ciudad, iré a otro mar.
Otra ciudad ha de hallarse mejor que ésta.
Todo esfuerzo mío es una condena escrita;
y está mi corazón - como un cadáver - sepultado.
Mi espíritu hasta cuándo permanecerá en este marasmo.
Donde mis ojos vuelva, donde quiera que mire
oscuras ruinas de mi vida veo aquí,
donde tantos años pasé y destruí y perdí".
Nuevas tierras no hallarás, no hallarás otros mares.
La ciudad te seguirá. Vagarás
por las mismas calles. Y en los mismos barrios te harás viejo
y en estas mismas casas encanecerás.
Siempre llegarás a esta ciudad. Para otro lugar -no esperes-
no hay barco para ti, no hay camino.
Así como tu vida la arruinaste aquí
en este rincón pequeño, en toda tierra la destruiste.
Buscaré una ciudad mejor que ésta
en la que mis afanes no se cumplieron nunca,
frío sepulcro de mi sentimiento.
¿Hasta cuándo errará mi alma en este laberinto?
Mire hacia donde mire, sólo veo
la negra ruina de mi vida,
tiempo ya consumido que aquí desperdicié.»
No existen para ti otras tierras, otros mares.
Esta ciudad irá donde tú vayas.
Recorrerás las mismas calles siempre. En el mismo
arrabal te harás viejo. Irás encaneciendo
en idéntica casa.
Nunca abandonarás esta ciudad. Ya para ti no hay otra,
ni barcos ni caminos que te libren de ella.
Porque no sólo aquí perdiste tú la vida:
en todo el mundo la desbarataste.Constantin Cavafis
La ciudad, traducción de Ángel González que aparece en El embrujo de Shanghai, de Juan Marsé
Otra traducción, de Miguel Castillo Didier
Dijiste: "Iré a otra ciudad, iré a otro mar.
Otra ciudad ha de hallarse mejor que ésta.
Todo esfuerzo mío es una condena escrita;
y está mi corazón - como un cadáver - sepultado.
Mi espíritu hasta cuándo permanecerá en este marasmo.
Donde mis ojos vuelva, donde quiera que mire
oscuras ruinas de mi vida veo aquí,
donde tantos años pasé y destruí y perdí".
Nuevas tierras no hallarás, no hallarás otros mares.
La ciudad te seguirá. Vagarás
por las mismas calles. Y en los mismos barrios te harás viejo
y en estas mismas casas encanecerás.
Siempre llegarás a esta ciudad. Para otro lugar -no esperes-
no hay barco para ti, no hay camino.
Así como tu vida la arruinaste aquí
en este rincón pequeño, en toda tierra la destruiste.
Poema XX
Poema XX
PUEDO escribir los versos más tristes esta noche.
Escribir, por ejemplo: " La noche está estrellada,
y tiritan, azules, los astros, a lo lejos".
y tiritan, azules, los astros, a lo lejos".
El viento de la noche gira en el cielo y canta.
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Yo la quise, y a veces ella también me quiso.
Yo la quise, y a veces ella también me quiso.
En las noches como ésta la tuve entre mis brazos.
La besé tantas veces bajo el cielo infinito.
La besé tantas veces bajo el cielo infinito.
Ella me quiso, a veces yo también la quería.
Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos.
Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos.
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido.
Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido.
Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella.
Y el verso cae al alma como pasto el rocío.
Y el verso cae al alma como pasto el rocío.
Qué importa que mi amor no pudiera guardarla.
La noche está estrellada y ella no está conmigo.
La noche está estrellada y ella no está conmigo.
Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos.
Mi alma no se contenta con haberla perdido.
Mi alma no se contenta con haberla perdido.
Como para acercarla mi mirada la busca.
Mi corazón la busca, y ella no está conmigo.
Mi corazón la busca, y ella no está conmigo.
La misma noche que hace blanquear los mismos árboles.
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.
Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise.
Mi voz buscaba el viento para tocar su oído.
Mi voz buscaba el viento para tocar su oído.
De otro. Será de otro. Como antes de mis besos.
Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos.
Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos.
Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.
Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.
Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.
Porque en noches como ésta la tuve entre mis brazos,
mi alma no se contenta con haberla perdido.
mi alma no se contenta con haberla perdido.
Aunque éste sea el último dolor que ella me causa,
y éstos sean los últimos versos que yo le escribo.
y éstos sean los últimos versos que yo le escribo.
Tenemos que narrarnos
Tenemos que narrarnos
"Para vivir tenemos que narrarnos; somos un producto de nuestra imaginación. Nuestra memoria en realidad es un invento, un cuento que vamos reescribiendo cada día (lo que recuerdo hoy de mi infancia no es lo que recordaba hace veinte años); lo que quiere decir que nuestra identidad también es ficcional, puesto que se basa en la memoria. Y sin esa imaginación que completa y reconstruye nuestro pasado y que le otorga al caos de la vida una apariencia de sentido, la existencia sería enloquecedora e insoportable, puro ruido y furia. Por eso, cuando alguien fallece, como bien dice la doctora Heath, hay que escribir el final. El final de la vida de quien muere, pero además el final de nuestra vida en común. Contarnos lo que fuimos el uno para el otro, decirnos todas las palabras bellas necesarias, construir puentes sobre las fisuras, desbrozar el paisaje de maleza. Y hay que tallar ese relato redondo en la piedra sepulcral de nuestra memoria.
jueves, 30 de enero de 2014
Similar a una casa de huéspedes
La casa de huéspedes
El ser humano es similar a una casa de huéspedes.
Cada día llega alguien nuevo a su puerta: una alegría, una decepción, algo difícil o doloroso se presentarán como visitantes inesperados.
Dales la bienvenida y acógelos a todos, incluso si es una muchedumbre de preocupaciones la que vacía tu casa de sus muebles. Trata a cada huésped honorablemente, ya que podría estar vaciándote para una nueva delicia.
Ve a la puerta de entrada y recibe con una sonrisa al pensamiento oscuro, a la vergüenza, a la malicia, e invítales a pasar.
Sé agradecido con cualquiera que venga, porque cada uno ha sido enviado como guardián del más allá. (Rumi) el poeta místico musulmán Yalal ad-Din Muhammad Rumi.
Cada día llega alguien nuevo a su puerta: una alegría, una decepción, algo difícil o doloroso se presentarán como visitantes inesperados.
Dales la bienvenida y acógelos a todos, incluso si es una muchedumbre de preocupaciones la que vacía tu casa de sus muebles. Trata a cada huésped honorablemente, ya que podría estar vaciándote para una nueva delicia.
Ve a la puerta de entrada y recibe con una sonrisa al pensamiento oscuro, a la vergüenza, a la malicia, e invítales a pasar.
Sé agradecido con cualquiera que venga, porque cada uno ha sido enviado como guardián del más allá. (Rumi) el poeta místico musulmán Yalal ad-Din Muhammad Rumi.

Despues del almuerzo
Este cuento lo trabajamos en nuestro taller ABRA. Cortázar es siempre magnífico. Espero les guste y lo interpreten. Lo he tomado de Ciudadseva que tiene una preciosa colección de cuentos.
| Después del almuerzo Julio Cortázar | |
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