jueves, 13 de febrero de 2014

Gabriel Fauré


Extracto sobre Tu y yo de Bertolucci

"Y es probable que el estreno de su nueva y hermosa criatura no esté destinado a ser un acontecimiento. Ya nada lo es, a excepción de esos mamotretos sin alma protagonizados por los efectos especiales, planos que no deben de durar más de cinco segundos y diálogos descerebrados. Cada vez existen menos distribuidoras y salas dispuestas a acoger un cine que no puede, ni sabe, ni quiere renunciar a la autoría, que no asegure la digestión rápida por parte del espectador, el atracón de palomitas y el inmediato olvido." Carlos Boyero
Tú y yo es la adaptación de una novela de Niccolò Ammaniti ( Que yo leí). http://cultura.elpais.com/cultura/2013/07/22/actualidad/1374526499_480964.html?rel=rosEP

Los niños brujos

Los niños Brujos

Por Mario Vargas Llosa  Para LA NACION


 LONDRES

En noviembre de 2003, el señor Agbo, guardián de un bloque de edificios municipales de Hackney, un suburbio de Londres donde viven muchos inmigrantes, encontró, encogida en una escalera, tiritando, a una niña de ocho años. Iba descalza, semidesnuda, llena de cicatrices, heridas e hinchazones, y paralizada por el terror. A lo largo de las semanas siguientes, con ayuda de psicólogos y trabajadores sociales, la policía consiguió reconstruir su historia.

La niña, procedente del Congo o de Angola, había sido sometida a torturas sistemáticas los quince meses precedentes, por su madre, su tía Sita Kisanga, y un amigo de ésta, Sebastián Pinto, desde que una noche un hijo pequeño de Sita se despertó llorando y jurando que la niña se le había aparecido en el sueño y amenazado con llevárselo volando de vuelta al Congo. La familia concluyó que la niña estaba poseída por un espíritu maligno, un ndoki, y debía ser exorcizada. La hicieron ayunar tres días y luego procedieron a tratar de expulsar al demonio que la habitaba. La abofeteaban, la azotaban, le frotaban en los ojos ajíes picantes, le punzaron todo el cuerpo y la cara con la punta de un cuchillo, y la tuvieron muchos días encerrada en una bolsa de ropa en la que la amenazaban con tirarla al río o desbarrancarla desde el balcón del edificio. Al final, como el ndoki se resistía a marcharse, la expulsaron del hogar a puntapiés. Los médicos de la policía detectaron cuarenta y tres heridas en el cuerpo de la criatura.

El caso de esta niña, que no puede ser nombrada por razones legales, es apenas la punta de un iceberg. Richard Hoskins, profesor de religiones africanas en el King´s College de Londres, que ha investigado muchos años este tema en el Congo y que asesora a la policía británica en éste y otros cinco casos de exorcismos contra "niños brujos" sometidos a torturas y crueldades en las comunidades de inmigrantes, ha revelado que centenares de niños de origen africano desaparecen cada año en Inglaterra sin que las autoridades consigan averiguar las razones de su desaparición.

En parte por falta de efectivos para efectuar una vigilancia cuidadosa en aquellas comunidades y en parte por prudencia, dada la extrema susceptibilidad que existe en todo lo que concierne a las creencias y costumbres de las minorías étnicas, las autoridades reconocen su impotencia para frenar lo que parece un fenómeno en el que centenares o acaso millares de menores son sometidos en Gran Bretaña a indecibles brutalidades para exorcizarlos de los malos espíritus.

Hace poco más de tres años, se encontró en el Támesis el torso mutilado de un niño africano. El caso Adam originó una investigación en la que, entre otras cosas, la policía descubrió que de 300 niños africanos llegados al aeropuerto londinense de Heathrow en un período de tres meses, sólo dos de ellos pudieron ser localizados. De los 298 restantes no quedaba la menor huella. Por otra parte, varias asociaciones de protección a la infancia han señalado que cada año el número de niños de origen africano que deja de asistir a las escuelas en que están inscritos sin que medie la menor explicación es de varios millares. El profesor Hoskins sostiene que esas desapariciones revelan, además de las prácticas religiosas violentas que pueden terminar en crímenes, la existencia de redes bien establecidas que trafican con menores inmigrantes, vendiéndolos como esclavos domésticos o sexuales.

Contrariamente a lo que a primera vista parecería, que el salvajismo de que hacen gala en las comunidades de inmigrantes los supuestos exorcistas ha sido importado con ellas del Africa, el profesor Hoskins asegura que no es así, que se trata de un fenómeno local, resultante de una perversa aleación de creencias y supersticiones primitivas y del fanatismo con que la miríada de iglesias evangélicas fundamentalistas informales se han implantado en el Reino Unido y reclutan prosélitos entre los inmigrantes.

De hecho, una de las torturadoras de mi historia, Sita Kisanga, pertenecía a una de estas microiglesias evangélicas de su barrio, llamada la Iglesia del Combate Espiritual, que promueve el exorcismo y cuyos pastores son todos exorcistas profesionales. Esta y otras congregaciones parecidas, surgidas de manera informal, como desprendimientos a menudo extravagantes y groseros de las iglesias protestantes tradicionales, para ganar una rápida aceptación entre los inmigrantes han incorporado a las doctrinas cristianas creencias y prácticas como la del ndoki y los rituales exorcistas cuya mezcla, según Hoskins, ha resultado explosiva. Según él, en las distintas comunidades étnicas que ha estudiado en el Congo muy rara vez se ejerce violencia contra los niños, y las ceremonias exorcistas, que abundan, suelen ser benignas.

No sé si esto es ciencia estricta o ciencia matizada por la corrección política, pero, en todo caso, lo que parece cierto es que la manera como esos grupúsculos evangélicos informales que, sin el menor control ni registro del Estado, operan en los barrios marginales de las grandes ciudades europeas, predicando doctrinas fanáticas y delirantes, producen a veces consecuencias tan trágicas como la que se abatió sobre la niña de Hackney.

La globalización es un estado de cosas que funciona en todos los sentidos y en todas las direcciones. Lleva las buenas ideas y los conocimientos más modernos por todos los vericuetos del planeta y, al mismo tiempo, permite que las supersticiones más crueles y estúpidas, y los prejuicios y convicciones más anacrónicas salgan de los pequeños reductos donde sobreviven y vayan a contaminar e infectar sociedades y comunidades humanas que parecían haber dejado atrás la barbarie y avanzado de manera irreversible en la ruta de la civilización.

Siempre que llego a Inglaterra, luego de semanas o meses, siento una gran satisfacción, como si una gran bocanada de aire fresco me aligerara los pulmones. Puede tener mil problemas que resolver y otras tantas cosas que criticarle, pero la sociedad británica sigue siendo, para mí, un modelo de civismo, de racionalidad, de sensatez y pragmatismo político, de un patriotismo sano y no deformado por taras nacionalistas. Es estimulante y grato comprobar que el taxista, la empleada de la tienda, el cajero del banco, el boletero del tren, o el peatón al que uno detiene para averiguar una dirección, en vez de volcar sobre el cliente o despistado preguntón todo su malhumor y su frustración maltratándolo con groserías, son amables, todavía humanos. Rápidamente diré que no conozco ninguna otra gran ciudad en el mundo que me haya parecido, como Londres, estar tan cerca de esa palabra de escurridizo significado: la civilización.

Pues bien, en la más civilizada de las ciudades, vaya usted a saber cuántos niños padecen en estos mismos momentos el mismo martirio que la niña de Hackney y cuántos otros, venidos como ella del Congo, Angola y tantos otros países africanos son prostituidos o vendidos como esclavos por mafias inescrupulosas que, además, gracias a esos tráficos, amasan formidables fortunas. El profesor Hoskins explica que este tráfico se ha visto facilitado por la expansión del sida, que sólo en el Congo ha dejado huérfanos a decenas de miles de niños que viven en las calles de las aldeas o en el bosque y que son presas fáciles de las mafias que, con el pretexto de protegerlos, les fabrican papeles, les procuran padres adoptivos y los traen a Europa, a veces por medios legales y otros ilegales, donde los convierten en mercancías. La barbarie pura en el corazón mismo de la civilización.

¿Tiene un remedio pronto esta pavorosa realidad? En lo inmediato, ninguno, por desgracia. Ni las autoridades están en condiciones de añadir a sus filas los miles de miles de detectives y agentes que se necesitarían para ejercer una vigilancia más estricta en todas las comunidades y hogares que practican el exorcismo de los niños poseídos por el ndoki ni las organizaciones de derechos humanos, protección a la infancia y ayuda al inmigrante cuentan con los medios, ni con la activa colaboración de los vecinos de los barrios marginales, para poner fin en un futuro inmediato a esa plaga secreta.

El remedio, si viene, vendrá en el futuro, dentro del marco de una política de integración del inmigrante que, a la vez que facilite la adaptación de éste a su nuevo ambiente y lo familiarice con los derechos y deberes inherentes a un ciudadano de una sociedad democrática, le proporcione la ayuda indispensable para que esa reconversión cultural se lleve a cabo sin desgarramientos ni traumas. Para que eso llegue a ocurrir, pasarán todavía muchos años.

Y, entretanto, seguirán ocurriendo muchas barbaridades en el seno de la civilizada Londres (léase Europa). La historia de la niña mártir de Hackney ha tenido un final feliz, menos mal. Se ha recuperado de todas sus heridas y ahora rehace su vida en el hogar de unos padres adoptivos que, según la policía, la adoran. Sus tres torturadores, su madre, su tía Sita Kisanga y Sebastián Pinto, que han sido encontrados culpables por el tribunal de Old Bailey que los juzgó, recibirán en estos días unas condenas que los mantendrán algunos años en la cárcel.

¿Debemos alegrarnos de que, al menos esta vez, se haya hecho justicia? La verdad, no hay nada de qué alegrarse. Se ha hecho justicia en la forma, sin duda, pero, en el fondo, no lo creo. Lo probable es que esos tres infelices estén totalmente aturdidos y sin comprender nada de lo que les ocurre. Es evidente que ninguno de los tres quería hacerle el menor daño a la niña que brutalizaron; sus golpes y ferocidades iban dirigidos contra el ndoki que se había instalado en ella, un ser que sin duda los hacía vivir en el terror y envenenaba cada segundo de sus vidas. Ahora, rumbo a los calabozos, debe decirse que el ndoki ya no sólo se ha metido en el cuerpecito de esa criatura, que ahora sus miasmas y ponzoñas impregnan todo lo que los rodea, Londres, Europa, el mundo entero.

Entrevista a Cortázar

Cortázar cumpliría 100 años. A los 30 años de su muerte se preparan muchos homenajes para celebrar a uno de los mejores escritores latinoamericanos. Yo siempre regreso a él.  Especialmente me gusta su lado lúdico, juguetón.

jueves, 6 de febrero de 2014

El joven que echaba chispas

El hombre que echaba chispas

 
 
Echaba chispas. Parecía un cuchillo que al frotarse con otro lanza pequeñas partículas de fuego. No había manera de esconder lo que le sucedía cuando montaba en cólera. Qué iba a hacer, había nacido rabioso. A lo que más miedo le tenía era a causar un incendio. Leía siempre en el periódico que  el incendio de esa casa hermosa que  quedaba en medio del bosque de San Isidro había empezado a arder por una pequeña chispa que saltó  del cordón del televisor.  De alguna manera era un poder, tenía capacidad para destruir, pero si bien era rabioso, en el fondo de su corazón era un muchacho que quería el bien de los demás. Contradicciones que tenemos las personas.  Entonces, cuando sentía que la rabia lo empezaba a invadir, se iba corriendo en busca de una ducha, o una piscina o una manguera para mojarse íntegramente y apagar el fuego que ya salía en chispas por todo su cuerpo como si fuese un fósforo o una luz de bengala. Si hablaba algo, sus palabras normalmente eran hirientes, las chispas podían hacer que la camisa de su interlocutor se prendiese y hasta podría ser acusado de asesino. Y matar  jamás era su intención.

Entonces subió a la parte más alta de la montaña, se construyó una pequeña casita y se dedicó a meditar.  Claro que le preocupaba que sus padres lo estuviesen buscando pero más importante que todo era conseguir calmar su cuerpo, dominarlo, acallarlo, enseñarle que el que juega con fuego, se quema. Felizmente su madre le había enseñado a meditar, así que cruzó sus piernas, colocó sus manos una sobre otra, cerró los ojos, se relajó y se puso a pensar en nada. De rato en rato aparecía en su mente un caballo, la luna que giraba, una playa de mar brava, gente que se le acercaba y ardía, pero él, repetía su palabra mágica, su mantra, que en este caso era  Ummmmm y respiraba y expiraba para pacificar su espíritu.  Varios animales vinieron a vivir con él. Algunos gruñían y a él casi se le escapaban chispas de mal humor, pero repetía el Ummmmmm y se sosegaba.  Ovejas, venados, lobos, y hasta un puma lo abrigaron en las noches de frío.  Por la mañana tempranito muchos y distintos pájaros lo saludaban y partían volando.

Pasaron tres meses antes de que decidiera  bajar de la montaña y encontrarse con sus padres y con sus amigos. Llevaba una sonrisa de ilusión en la cara en lugar de la cara agestada, y en vez de chispas, de su cuerpo salía un aire fresco que aliviaba a cualquiera  y las personas se sentían atraídas por él, que si bien llevaba una larga barba, caminaba dichoso para encontrarse con sus padres, a los que abrazó y besó porque los había extrañado mucho. Nunca más montó en cólera, nunca más saltaron chispas de fuego de su cuerpo y fue cada día más feliz.
 

El planeta amarillo

El planeta amarillo



 Había una vez,— nos contaba mi mamá,— un planeta muy lejano a la tierra, q...ue despedía una luz amarilla y triste. Durante las noches de luna llena si uno lo buscaba un rato entre las estrellas, podía verlo.
En ese planeta vivían unos hombrecitos tan pequeños que no alcanzaban ni el tamaño de un niño. Estos hombrecitos eran amarillos como su luz, como sus casas y plantas. Todo en el planeta era amarillo, salvo un árbol blanco, que crecía en medio de su mundo amarillo.
  Amarillo era el silencio, amarillas las preciosas mariposas que volaban sobre el agua amarilla que corría suavemente por sus acequias y amarilla era su esperanza. Hasta el viento era amarillo y amarillos eran todos sus campos.

Más importante que el color del planeta, era saber que sus habitantes, jamás reían. No sabían hacerlo. Nadie les había enseñado a sonreír y menos a lanzar una sonora carcajada llena de alegría. Los hombrecitos amarillos eran muy trabajadores y por supuesto que muy serios. Su vida estaba dedicada al trabajo, se levantaban muy temprano para ponerse a trabajar y trabajaban hasta que llegaba la noche. Cuando se metían a la cama, se dormían muy rápido sin soñar, y al día siguiente, se levantaban apurados, para seguir trabajando.
-¿Se imaginan?,— nos preguntaba mi mamá,— ellos no sabían saludarse con una sonrisa, no conversaban ni jugaban; en ese lejano planeta, no existían bromas ni cantos, ni siquiera sueños.
Nosotros tratábamos de imaginar sus caras frías, sus bocas como arrugas, casi borradas, sus ojos desgraciados y afligidos y nos llenábamos de pena.
Pero, felizmente el cuento seguía y en él sucedió que un día, mientras los hombrecitos amarillos construían puentes, casas y caminos y mientras las mujercitas amarillas lavaban, cocinaban y planchaban sin detenerse, sin mirarse, sin quererse, nació un nuevo hombrecito, en una casa que quedaba muy cerca del hermoso árbol blanco. Todos hubieran podido decir que se trataba de un niño común y corriente, porque era igual a cualquier otro niño del planeta, pero tenía algo muy especial, tenía una preciosa sonrisa en los labios.
El niño de la sonrisa cambiaría el planeta.
El día de su nacimiento, todos los hombrecitos y sus mujeres, corrieron a verlo maravillados y empezaron a cambiar la postura de sus labios moviendo la boca de un lado al otro para imitarlo, tratando de hacer una sonrisa como la del niño. Hicieron cientos de muecas, antes de conseguir algo que pareciera a una sonrisa. Entonces, se miraron extrañados y complacidos. ¡Eran tan hermosos y diferentes con su nueva sonrisa!
Ya no se vieron mas caras serias, ni duras, en el planeta amarillo. Siguieron trabajando, pero, de rato en rato, se miraban y recordaban que podían sonreír y sonreían llenos de alegría. —Ya era algo, ¿no?
El nuevo niño fue creciendo, hasta que una tarde, cuando todos terminaban de almorzar, el niño se rió, se rió fuerte, con ganas, cómo si hubiese escuchado algo muy divertido, y, entonces, otra vez se reunieron todos y lo rodearon para aprender a reír. Al cabo de un rato, contagiados por la risa del niño, los hombrecitos y sus mujeres, rieron sin parar y aplaudieron llenos de placer.

El planeta amarillo. fue convirtiéndose en un planeta mágicamente feliz. Alguien, un día cantó y el planeta entero lanzó una canción de júbilo al universo.
Con las risas y los cantos, con la felicidad de los hombrecitos amarillos, el planeta fue llenándose de colores. El árbol blanco que crecía en medio del planeta, dejó de ser blanco, para transformarse en un árbol de todos los colores. Si uno lo miraba con atención podía ver en él, el marrón, el rojo, el verde, el azul, el morado, el celeste y el naranja.
Con los distintos colores, todas las cosas fueron distintas.

En las noches de luna llena, recordando este cuento, busco un rato en el cielo, entre las estrellas, hasta que encuentro ese planeta brillante lejano a la tierra que ahora también canta. (Cecilia Bustamante de Roggero)

Herman Schwarz, fotógrafo peruano

Fotografías de Herman Schwarz




Los tenores ya estan en nuestras tiendas

Flashmob

La ciudad (Constantin Kavafis)

 

La ciudad  

 

 
Dices: «Iré a otras tierras, a otros mares.
Buscaré una ciudad mejor que ésta
en la que mis afanes no se cumplieron nunca,
frío sepulcro de mi sentimiento.
¿Hasta cuándo errará mi alma en este laberinto?
Mire hacia donde mire, sólo veo
la negra ruina de mi vida,
tiempo ya consumido que aquí desperdicié.»

No existen para ti otras tierras, otros mares.
Esta ciudad irá donde tú vayas.
Recorrerás las mismas calles siempre. En el mismo
arrabal te harás viejo. Irás encaneciendo
en idéntica casa.
Nunca abandonarás esta ciudad. Ya para ti no hay otra,
ni barcos ni caminos que te libren de ella.
Porque no sólo aquí perdiste tú la vida:
en todo el mundo la desbarataste.
Constantin Cavafis
La ciudad, traducción de Ángel González que aparece en El embrujo de Shanghai, de Juan Marsé



Otra traducción, de Miguel Castillo Didier

Dijiste: "Iré a otra ciudad, iré a otro mar.
Otra ciudad ha de hallarse mejor que ésta.
Todo esfuerzo mío es una condena escrita;
y está mi corazón - como un cadáver - sepultado.
Mi espíritu hasta cuándo permanecerá en este marasmo.
Donde mis ojos vuelva, donde quiera que mire
oscuras ruinas de mi vida veo aquí,
donde tantos años pasé y destruí y perdí".

Nuevas tierras no hallarás, no hallarás otros mares.
La ciudad te seguirá. Vagarás
por las mismas calles. Y en los mismos barrios te harás viejo
y en estas mismas casas encanecerás.
Siempre llegarás a esta ciudad. Para otro lugar -no esperes-
no hay barco para ti, no hay camino.
Así como tu vida la arruinaste aquí
en este rincón pequeño, en toda tierra la destruiste
.

Una historia sencilla


Poema XX

Poema XX

PUEDO escribir los versos más tristes esta noche. 
Escribir, por ejemplo: " La noche está estrellada,  
y tiritan, azules, los astros, a lo lejos". 
El viento de la noche gira en el cielo y canta. 
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.  
Yo la quise, y a veces ella también me quiso. 
En las noches como ésta la tuve entre mis brazos.  
La besé tantas veces bajo el cielo infinito. 
Ella me quiso, a veces yo también la quería.  
Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos. 
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.  
Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido. 
Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella.  
Y el verso cae al alma como pasto el rocío. 
Qué importa que mi amor no pudiera guardarla.  
La noche está estrellada y ella no está conmigo. 
Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos.  
Mi alma no se contenta con haberla perdido. 
Como para acercarla mi mirada la busca.  
Mi corazón la busca, y ella no está conmigo. 
La misma noche que hace blanquear los mismos árboles.  
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos. 
Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise.  
Mi voz buscaba el viento para tocar su oído. 
De otro. Será de otro. Como antes de mis besos.  
Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos. 
Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.  
Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido. 
Porque en noches como ésta la tuve entre mis brazos,  
mi alma no se contenta con haberla perdido. 
Aunque éste sea el último dolor que ella me causa,  
y éstos sean los últimos versos que yo le escribo. 
 

 

Concierto para una sola voz


Tenemos que narrarnos


Tenemos que narrarnos 

"Para vivir tenemos que narrarnos; somos un producto de nuestra imaginación. Nuestra memoria en realidad es un invento, un cuento que vamos reescribiendo cada día (lo que recuerdo hoy de mi infancia no es lo que recordaba hace veinte años); lo que quiere decir que nuestra identidad también es ficcional, puesto que se basa en la memoria. Y sin esa imaginación que completa y reconstruye nuestro pasado y que le otorga al caos de la vida una apariencia de sentido, la existencia sería enloquecedora e insoportable, puro ruido y furia. Por eso, cuando alguien fallece, como bien dice la doctora Heath, hay que escribir el final. El final de la vida de quien muere, pero además el final de nuestra vida en común. Contarnos lo que fuimos el uno para el otro, decirnos todas las palabras bellas necesarias, construir puentes sobre las fisuras, desbrozar el paisaje de maleza. Y hay que tallar ese relato redondo en la piedra sepulcral de nuestra memoria. 
Marie no pudo hacerlo, claro está, y por eso escribió ese diario. Yo tampoco pude, y quizá por eso escribo este libro". Rosa Montero "La ridícula idea de no volver a verlo."  Rosa Montero

Despertar artístico


jueves, 30 de enero de 2014

Similar a una casa de huéspedes

La casa de huéspedes
 


El ser humano es similar a una casa de huéspedes.
Cada día llega alguien nuevo a su puerta: una alegría, una decepción, algo difícil o doloroso se presentarán como visitantes inesperados.
Dales la bienvenida y acógelos a todos, incluso si es una muchedumbre de preocupaciones la que vacía tu casa de sus muebles. Trata a cada huésped honorablemente, ya que podría estar vaciándote para una nueva delicia.
Ve a la puerta de entrada y recibe con una sonrisa al pensamiento oscuro, a la vergüenza, a la malicia, e invítales a pasar.
Sé agradecido con cualquiera que venga, porque cada uno ha sido enviado como guardián del más allá. (Rumi) el poeta místico musulmán Yalal ad-Din Muhammad Rumi.

Carmen Consoli Lúltimo bacio


Keith Jarret Standards Trio


Despues del almuerzo



Este cuento lo trabajamos en nuestro taller ABRA. Cortázar es siempre magnífico. Espero les guste y lo interpreten. Lo he tomado de Ciudadseva que tiene una preciosa colección de cuentos.

Después del almuerzo

Julio Cortázar
Después del almuerzo yo hubiera querido quedarme en mi cuarto leyendo, pero papá y mamá vinieron casi en seguida a decirme que esa tarde tenía que llevarlo de paseo.Lo primero que contesté fue que no, que lo llevara otro, que por favor me dejaran estudiar en mi cuarto. Iba a decirles otras cosas, explicarles por qué no me gustaba tener que salir con él, pero papá dio un paso adelante y se puso a mirarme en esa forma que no puedo resistir, me clava los ojos y yo siento que se me van entrando cada vez más hondo en la cara, hasta que estoy a punto de gritar y tengo que darme vuelta y contestar que sí, que claro, en seguida. Mamá en esos casos no dice nada y no me mira, pero se queda un poco atrás con las dos manos juntas, y yo le veo el pelo gris que le cae sobre la frente y tengo que darme vuelta y contestar que sí, que claro, en seguida. Entonces se fueron sin decir nada más y yo empecé a vestirme, con el único consuelo de que iba a estrenar unos zapatos amarillos que brillaban y brillaban.
Cuando salí de mi cuarto eran las dos, y tía Encarnación dijo que podía ir a buscarlo a la pieza del fondo, donde siempre le gusta meterse por la tarde. Tía Encarnación debía darse cuenta de que yo estaba desesperado por tener que salir con él, porque me pasó la mano por la cabeza y después se agachó y me dio un beso en la frente. Sentí que me ponía algo en el bolsillo.
-Para que te compres alguna cosa -me dijo al oído-. Y no te olvides de darle un poco, es preferible.
Yo la besé en la mejilla, más contento, y pasé delante de la puerta de la sala donde estaban papá y mamá jugando a las damas. Creo que les dije hasta luego, alguna cosa así, y después saqué el billete de cinco pesos para alisarlo bien y guardarlo en mi cartera donde ya había otro billete de un peso y monedas.
Lo encontré en un rincón del cuarto, lo agarré lo mejor que pude y salimos por el patio hasta la puerta que daba al jardín de adelante. Una o dos veces sentí la tentación de soltarlo, volver adentro y decirles a papá y mamá que él no quería venir conmigo, pero estaba seguro de que acabarían por traerlo y obligarme a ir con él hasta la puerta de calle. Nunca me habían pedido que lo llevara al centro, era injusto que me lo pidieran porque sabían muy bien que la única vez que me habían obligado a pasearlo por la vereda había ocurrido esa cosa horrible con el gato de los Álvarez. Me parecía estar viendo todavía la cara del vigilante hablando con papá en la puerta, y después papá sirviendo dos vasos de caña, y mamá llorando en su cuarto. Era injusto que me lo pidieran.
Por la mañana había llovido y las veredas de Buenos Aires están cada vez más rotas, apenas se puede andar sin meter los pies en algún charco. Yo hacía lo posible para cruzar por las partes más secas y no mojarme los zapatos nuevos, pero en seguida vi que a él le gustaba meterse en el agua, y tuve que tironear con todas mis fuerzas para obligarlo a ir de mi lado. A pesar de eso consiguió acercarse a un sitio donde había una baldosa un poco más hundida que las otras, y cuando me di cuenta ya estaba completamente empapado y tenía hojas secas por todas partes. Tuve que pararme, limpiarlo, y todo el tiempo sentía que los vecinos estaban mirando desde los jardines, sin decir nada pero mirando. No quiero mentir, en realidad no me importaba tanto que nos miraran (que lo miraran a él, y a mí que lo llevaba de paseo); lo peor era estar ahí parado, con un pañuelo que se iba mojando y llenando de manchas de barro y pedazos de hojas secas, teniendo que sujetarlo al mismo tiempo para que no volviera a acercarse al charco. Además yo estoy acostumbrado a andar por las calles con las manos en los bolsillos del pantalón, silbando o mascando chicle, o leyendo las historietas mientras con la parte de abajo de los ojos voy adivinando las baldosas de las veredas que conozco perfectamente desde mi casa hasta el tranvía, de modo que sé cuándo paso delante de la casa de la Tita o cuándo voy a llegar a la esquina de Carabobo. Y ahora no podía hacer nada de eso y el pañuelo me empezaba a mojar el forro del bolsillo y sentía la humedad en la pierna, era como para no creer en tanta mala suerte junta.
A esa hora el tranvía viene bastante vacío, y yo rogaba que pudiéramos sentarnos en el mismo asiento, poniéndolo a él del lado de la ventanilla para que molestara menos. No es que se mueva demasiado, pero a la gente le molesta lo mismo y yo comprendo. Por eso me afligí al subir, porque el tranvía estaba casi lleno y no había ningún asiento doble desocupado. El viaje era demasiado largo para quedarnos en la plataforma, el guarda me hubiera mandado que me sentara y lo pusiera en alguna parte; así que lo hice entrar en seguida y lo llevé hasta un asiento del medio donde una señora ocupaba el lado de la ventanilla. Lo mejor hubiera sido sentarse detrás de él para vigilarlo, pero el tranvía estaba lleno y tuve que seguir adelante y sentarme bastante más lejos. Los pasajeros no se fijaban mucho, a esa hora la gente va haciendo la digestión y está medio dormida con los barquinazos del tranvía. Lo malo fue que el guarda se paró al lado del asiento donde yo lo había instalado, golpeando con una moneda en el fierro de la máquina de los boletos, y yo tuve que darme vuelta y hacerle señas de que viniera a cobrarme a mí, mostrándole la plata para que comprendiera que tenía que darme dos boletos, pero el guarda era uno de esos chinazos que están viendo las cosas y no quieren entender, dale con la moneda golpeando contra la máquina. Me tuve que levantar (y ahora dos o tres pasajeros me miraban) y acercarme al otro asiento. «Dos boletos», le dije. Cortó uno, me miró un momento, y después me alcanzó el boleto y miró para abajo, medio de reojo. «Dos, por favor», repetí, seguro de que todo el tranvía ya estaba enterado. El chinazo cortó el otro boleto y me lo dio, iba a decirme algo pero yo le alcancé la plata y me volví en dos trancos a mi asiento, sin mirar para atrás. Lo peor era que a cada momento tenía que darme vuelta para ver si seguía quieto en el asiento de atrás, y con eso iba llamando la atención de algunos pasajeros. Primero decidí que sólo me daría vuelta al pasar cada esquina, pero las cuadras me parecían terriblemente largas y a cada momento tenía miedo de oír alguna exclamación o un grito, como cuando el gato de los Álvarez. Entonces me puse a contar hasta diez, igual que en las peleas, y eso venía a ser más o menos media cuadra. Al llegar a diez me daba vuelta disimuladamente, por ejemplo arreglándome el cuello de la camisa o metiendo la mano en el bolsillo del saco, cualquier cosa que diera la impresión de un tic nervioso o algo así.
Como a las ocho cuadras no sé por qué me pareció que la señora que iba del lado de la ventanilla se iba a bajar. Eso era lo peor, porque le iba a decir algo para que la dejara pasar, y cuando él no se diera cuenta o no quisiera darse cuenta, a lo mejor la señora se enojaba y quería pasar a la fuerza, pero yo sabía lo que iba a ocurrir en ese caso y estaba con los nervios de punta, de manera que empecé a mirar para atrás antes de llegar a cada esquina, y en una de esas me pareció que la señora estaba ya a punto de levantarse, y hubiera jurado que le decía algo porque miraba de su lado y yo creo que movía la boca. Justo en ese momento una vieja gorda se levantó de uno de los asientos cerca del mío y empezó a andar por el pasillo, y yo iba detrás queriendo empujarla, darle una patada en las piernas para que se apurara y me dejara llegar al asiento donde la señora había agarrado una canasta o algo en el suelo y ya se levantaba para salir. Al final creo que la empujé, la oí que protestaba, no sé cómo llegué al lado del asiento y conseguí sacarlo a tiempo para que la señora pudiera bajarse en la esquina. Entonces lo puse contra la ventanilla y me senté a su lado, tan feliz aunque cuatro o cinco idiotas me estuvieran mirando desde los asientos de adelante y desde la plataforma donde a lo mejor el chinazo les había dicho alguna cosa.
Ya andábamos por el Once, y afuera se veía un sol precioso y las calles estaban secas. A esa hora si yo hubiera viajado solo me habría largado del tranvía para seguir a pie hasta el centro, para mí no es nada ir a pie desde el Once a Plaza de Mayo, una vez que me tomé el tiempo le puse justo treinta y dos minutos, claro que corriendo de a ratos y sobre todo al final. Pero ahora en cambio tenía que ocuparme de la ventanilla, que un día alguien había contado que era capaz de abrir de golpe la ventanilla y tirarse afuera, nada más que por el gusto de hacerlo, como tantos otros gustos que nadie se explicaba. Una o dos veces me pareció que estaba a punto de levantar la ventanilla, y tuve que pasar el brazo por detrás y sujetarla por el marco. A lo mejor eran cosas mías, tampoco quiero asegurar que estuviera por levantar la ventanilla y tirarse. Por ejemplo, cuando lo del inspector me olvidé completamente del asunto y sin embargo no se tiró. El inspector era un tipo alto y flaco que apareció por la plataforma delantera y se puso a marcar los boletos con ese aire amable que tienen algunos inspectores. Cuando llegó a mi asiento le alcancé los dos boletos y él marcó uno, miró para abajo, después miró el otro boleto, lo fue a marcar y se quedó con el boleto metido en la ranura de la pinza, y todo el tiempo yo rogaba que lo marcara de una vez y me lo devolviera, me parecía que la gente del tranvía nos estaba mirando cada vez más. Al final lo marcó encogiéndose de hombros, me devolvió los dos boletos, y en la plataforma de atrás oí que alguien soltaba una carcajada, pero naturalmente no quise darme vuelta, volví a pasar el brazo y sujeté la ventanilla, haciendo como que no veía más al inspector y a todos los otros. En Sarmiento y Libertad se empezó a bajar la gente, y cuando llegamos a Florida ya no había casi nadie. Esperé hasta San Martín y lo hice salir por la plataforma delantera, porque no quería pasar al lado del chinazo que a lo mejor me decía alguna cosa.
A mí me gusta mucho la Plaza de Mayo, cuando me hablan del centro pienso en seguida en la Plaza de Mayo. Me gusta por las palomas, por la Casa de Gobierno y porque trae tantos recuerdos de historia, de las bombas que cayeron cuando hubo revolución, y los caudillos que habían dicho que iban a atar sus caballos en la Pirámide. Hay maniseros y tipos que venden cosas, en seguida se encuentra un banco vacío y si uno quiere puede seguir un poco más y al rato llega al puerto y ve los barcos y los guinches. Por eso pensé que lo mejor era llevarlo a la Plaza de Mayo, lejos de los autos y los colectivos, y sentarnos un rato ahí hasta que fuera hora de ir volviendo a casa. Pero cuando bajamos del tranvía y empezamos a andar por San Martín sentí como un mareo, de golpe me daba cuenta de que me había cansado terriblemente, casi una hora de viaje y todo el tiempo teniendo que mirar hacia atrás, hacerme el que no veía que nos estaban mirando, y después el guarda con los boletos, y la señora que se iba a bajar, y el inspector. Me hubiera gustado tanto poder entrar en una lechería y pedir un helado o un vaso de leche, pero estaba seguro de que no iba a poder, que me iba a arrepentir si lo hacía entrar en un local cualquiera donde la gente estaría sentada y tendría más tiempo para mirarnos. En la calle la gente se cruza y cada uno sigue viaje, sobre todo en San Martín que está lleno de bancos y oficinas y todo el mundo anda apurado con portafolios debajo del brazo. Así que seguimos hasta la esquina de Cangallo, y entonces cuando íbamos pasando delante de las vidrieras de Peuser que estaban llenas de tinteros y cosas preciosas, sentí que él no quería seguir, se hacía cada vez más pesado y por más que yo tiraba (tratando de no llamar la atención) casi no podía caminar y al final tuve que pararme delante de la última vidriera, haciéndome el que miraba los juegos de escritorio repujados en cuero. A lo mejor estaba un poco cansado, a lo mejor no era un capricho. Total, estar ahí parados no tenía nada de malo, pero igual no me gustaba porque la gente que pasaba tenía más tiempo para fijarse, y dos o tres veces me di cuenta de que alguien le hacía algún comentario a otro, o se pegaban con el codo para llamarse la atención. Al final no pude más y lo agarré otra vez, haciéndome el que caminaba con naturalidad, pero cada paso me costaba como en esos sueños en que uno tiene unos zapatos que pesan toneladas y apenas puede despegarse del suelo. A la larga conseguí que se le pasara el capricho de quedarse ahí parado, y seguimos por San Martín hasta la esquina de la Plaza de Mayo. Ahora la cosa era cruzar, porque a él no le gusta cruzar una calle. Es capaz de abrir la ventanilla del tranvía y tirarse, pero no le gusta cruzar la calle. Lo malo es que para llegar a la Plaza de Mayo hay que cruzar siempre alguna calle con mucho tráfico, en Cangallo y Bartolomé Mitre no había sido tan difícil, pero ahora yo estaba a punto de renunciar, me pesaba terriblemente en la mano, y dos veces que el tráfico se paró y los que estaban a nuestro lado en el cordón de la vereda empezaron a cruzar la calle, me di cuenta de que no íbamos a poder llegar al otro lado porque se plantaría justo en la mitad, y entonces preferí seguir esperando hasta que se decidiera. Y claro, el del puesto de revistas de la esquina ya estaba mirando cada vez más, y le decía algo a un pibe de mi edad que hacía muecas y le contestaba qué sé yo, y los autos seguían pasando y se paraban y volvían a pasar, y nosotros ahí plantados. En una de esas se iba a acercar el vigilante, eso era lo peor que nos podía suceder porque los vigilantes son muy buenos y por eso meten la pata, se ponen a hacer preguntas, averiguan si uno anda perdido, y de golpe a él le puede dar uno de sus caprichos y yo no sé en lo que termina la cosa. Cuanto más pensaba más me afligía, y al final tuve miedo de veras, casi como ganas de vomitar, lo juro, y en un momento en que paró el tráfico lo agarré bien y cerré los ojos y tiré para adelante doblándome casi en dos, y cuando estuvimos en la Plaza lo solté, seguí dando unos pasos solo, y después volví para atrás y hubiera querido que se muriera, que ya estuviera muerto, o que papá y mamá estuvieran muertos, y yo también al fin y al cabo, que todos estuvieran muertos y enterrados menos tía Encarnación.
Pero esas cosas se pasan en seguida, vimos que había un banco muy lindo completamente vacío, y yo lo sujeté sin tironearlo y fuimos a ponernos en ese banco y a mirar las palomas que por suerte no se dejan acabar como los gatos. Compré manises y caramelos, le fui dando de las dos cosas y estábamos bastante bien con ese sol que hay por la tarde en la Plaza de Mayo y la gente que va de un lado a otro. Yo no sé en qué momento me vino la idea de abandonarlo ahí; lo único que me acuerdo es que estaba pelándole un maní y pensando al mismo tiempo que si me hacía el que iba a tirarles algo a las palomas que andaban más lejos, sería facilísimo dar la vuelta a la pirámide y perderlo de vista. Me parece que en ese momento no pensaba en volver a casa ni en la cara de papá y mamá, porque si lo hubiera pensado no habría hecho esa pavada. Debe ser muy difícil abarcar todo al mismo tiempo como hacen los sabios y los historiadores, yo pensé solamente que lo podía abandonar ahí y andar solo por el centro con las manos en los bolsillos, y comprarme una revista o entrar a tomar un helado en alguna parte antes de volver a casa. Le seguí dando manises un rato pero ya estaba decidido, y en una de esas me hice el que me levantaba para estirar las piernas y vi que no le importaba si seguía a su lado o me iba a darle manises a las palomas. Les empecé a tirar lo que me quedaba, y las palomas me andaban por todos lados, hasta que se me acabó el maní y se cansaron. Desde la otra punta de la plaza apenas se veía el banco; fue cosa de un momento cruzar a la Casa Rosada donde siempre hay dos granaderos de guardia, y por el costado me largué hasta el Paseo Colón, esa calle donde mamá dice que no deben ir los niños solos. Ya por costumbre me daba vuelta a cada momento pero era imposible que me siguiera, lo más que quería estar haciendo sería revolcarse alrededor del banco hasta que se acercara alguna señora de la beneficencia o algún vigilante.
No me acuerdo muy bien de lo que pasó en ese rato en que yo andaba por el Paseo Colón que es una avenida como cualquier otra. En una de esas yo estaba sentado en una vidriera baja de una casa de importaciones y exportaciones, y entonces me empezó a doler el estómago, no como cuando uno tiene que ir en seguida al baño, era más arriba, en el estómago verdadero, como si se me retorciera poco a poco; y yo quería respirar y me costaba, entonces tenía que quedarme quieto y esperar que se pasara el calambre, y delante de mí se veía como una mancha verde y puntitos que bailaban, y la cara de papá, al final era solamente la cara de papá porque yo había cerrado los ojos, me parece, y en medio de la mancha verde estaba la cara de papá. Al rato pude respirar mejor, y unos muchachos me miraron un momento y uno le dijo al otro que yo estaba descompuesto, pero yo moví la cabeza y dije que no era nada, que siempre me daban calambres, pero se me pasaban en seguida. Uno dijo que si yo quería que fuera a buscar un vaso de agua, y el otro me aconsejó que me secara la frente porque estaba sudando. Yo me sonreí y dije que ya estaba bien, y me puse a caminar para que se fueran y me dejaran solo. Era cierto que estaba sudando porque me caía el agua por las cejas y una gota salada me entró en un ojo, y entonces saqué el pañuelo y me lo pasé por la cara y sentí un arañazo en el labio, y cuando miré era una hoja seca pegada en el pañuelo que me había arañado la boca.
No sé cuánto tardé en llegar otra vez a la Plaza de Mayo. A la mitad de la subida me caí, pero volví a levantarme antes que nadie se diera cuenta, y crucé a la carrera entre todos los autos que pasaban por delante de la Casa Rosada. Desde lejos vi que no se había movido del banco, pero seguí corriendo y corriendo hasta llegar al banco, y me tiré como muerto mientras las palomas salían volando asustadas y la gente se daba vuelta con ese aire que toman para mirar a los chicos que corren, como si fuera un pecado. Después de un rato lo limpié un poco y dije que teníamos que volver a casa. Lo dije para oírme yo mismo y sentirme todavía más contento, porque con él lo único que servía era agarrarlo bien y llevarlo, las palabras no las escuchaba o se hacía el que no las escuchaba. Por suerte esta vez no se encaprichó al cruzar las calles, y el tranvía estaba casi vacío al comienzo del recorrido, así que lo puse en el primer asiento y me senté al lado y no me di vuelta ni una sola vez en todo el viaje, ni siquiera al bajarnos: la última cuadra la hicimos muy despacio, él queriendo meterse en los charcos y yo luchando para que pasara por las baldosas secas. Pero no me importaba, no me importaba nada. Pensaba todo el tiempo: «Lo abandoné», lo miraba y pensaba: «Lo abandoné», y aunque no me había olvidado del Paseo Colón me sentía tan bien, casi orgulloso. A lo mejor otra vez... No era fácil, pero a lo mejor... Quién sabe con qué ojos me mirarían papá y mamá cuando me vieran llegar con él de la mano. Claro que estarían contentos de que yo lo hubiera llevado a pasear al centro, los padres siempre están contentos de esas cosas; pero no sé por qué en ese momento se me daba por pensar que también a veces papá y mamá sacaban el pañuelo para secarse, y que también en el pañuelo había una hoja seca que les lastimaba la cara.