jueves, 6 de marzo de 2014

Paté de Fuá



Paté de Fuá es un grupo musical cuyo estilo puede definirse como una mezcla de tarantelas, dixieland, musette, tango y jazz. Es liderado por dos músicos argentinos, aunque ellos consideran a su proyecto como 100% mexicano.[1] Wikipedia

Leer es un placer


Ha compartido el álbum de Leer es un placer: Leila Guerriero: Una historia sencilla.

Lo comparto. Fue delicioso, ojalá lo disfruten como nosotros.

Nos visita Leila Guerriero con "Una historia sencilla" (Anagrama). Audio completo: http://bit.ly/1eQehFA


Papeles y más papeles

 
 
 
Una vez acompañé a una amiga a visitar a una bruja, una adivina de nuestro futuro. Desde tiempos inmemoriales, hemos deseado saber qué nos deparará el destino. Muchas mañanas al despertar me pegunto: ¿Y ahora qué viene? La bruja me dijo q...ue veía papeles y papeles. Y ahora tras muchos años puedo decir que era una bruja acertada. Vivo en un mar de papeles. Recortes, libros, cuadernos, cosas escritas por mí, folders que contienen entrevistas, cuentos, extractos de diferentes escritores. Cada vez es más difícil ordenarlos. Soy una acumuladora de papeles. Consigo romper unos cuantos cuando me decido a ordenar pero son más los que aparecen y forman parte de rumas, cajones, contenedores de plástico. A veces quisiera que desapareciesen para volver a empezar a coleccionarlos y ordenarlos de buena manera, pero sé que perdería un tesoro. Cada papelito encierra trozos de mi vida, respuestas a mis preguntas, mi opinión sobre determinado asunto, mis sentimientos, pequeñas historias, aquello que viví y que no quisiera olvidar. Mi abuela también coleccionaba papeles y cuando murió, pude ver lo que le interesaba, lo que estudiaba, lo que sentía.
 


Mujer fuera de serie

Toda una Lección de optimismo - Alice Sommer Herz 108 años

El rol de la literatura

viernes, 28 de febrero de 2014

Música del recuerdo: Al di la

Teníamos trece años y moríamos por enamorarnos, entonces  Emilio Perícoli lanzó su canción Al di la  y durante varias noches no dormimos y nos quedamos con los ojos pegados sobre el tocadisco que daba vueltas y nos entregaba con voz sensual  esa romántica canción acompañado por violines de fondo. En esa época solo se podía bailar pegado con el enamorado, pero la melodía de Al di la nos inclinaba sobre la pareja y moríamos por recostar la cabeza en el hombro del chico que nos tenía fascinadas.
Esta canción estaba incluida en la película Aventura en Roma con Suzanne Pleshette y Troy Donahue.los dos hermosos actores.


Corazón de Paris: Notre Dame

 Estar en Notre Dame es para mí estar en el corazón de Paris. Al costado del Sena, en la Isla de la Cité, admirando la belleza de esta Catedral que encierra tanta historia. Acá tenemos una explicación detallada de la construcción de una de las más bellas catedrales del mundo, de una de las ciudades  más bellas de la tierra.  Y claro como en el siguiente Post se habla del jorobadito. Me acordé del  Jorobado de Paris.

La oración del jorobadito

Busqué entre mis libros uno para prestárselo a una amiga . El autor: Gustavo Martín Garzo. El título: La princesa manca. Libro en donde los prodigios tienen lugar. Cuento fantástico basado en antiguas leyendas. Me gusta este escritor que siempre intenta devolvernos el placer de mirar la vida con ojos limpios. Entonces fui a la página de Gustavo Martín Garzo a ver sus últimos artículos que publica en el diario El País.  Este artículo que comienza con la historia del jorobadito, personaje que no ha existido en mi infancia, nos lleva a reflexionar ayudándose de Walter Benjamín. Hannah Arendt,al verdadero fin de la cultura, nuestro deseo de ser y de saber. Que lo disfruten.

La oración del jorobadito

La cultura no tiene que ver con el deseo de notoriedad, sino con el de ser y saber

           
 


En su libro Infancia en Berlín hacia 1930,Walter Benjamin recuerda la atracción que de niño ejercían sobre él desvanes, sótanos, escaleras y otros espacios olvidados de las casas. Allí vivían esos personajes que, en los cuentos, se dedican a hacer todo tipo de faenas a los moradores del lugar. Uno de ellos era un hombrecillo jorobado que aparecía cuando menos lo esperabas provocando un sin fin de desastres. “El Torpe te envía saludos”, le decía su madre cuando rompía algo o tropezaba por las escaleras. Y, en efecto, bastaba que el malicioso personaje anduviera cerca de ti para que los objetos dejaran de estar donde los habías puesto, los platos y tazas escaparan de tus manos para hacerse pedazos contra el suelo, se te olvidara hacer los deberes o te mancharas la ropa que acababan de ponerte. Por su causa, escribe Benjamin, “el jardín se convertía en jardincillo, mi cuarto en un cuartito y el banco en un banquillo. Se encogían y parecía que les crecía una joroba que las incorporaba por largo tiempo al mundo del hombrecillo”
Por lo demás, a ese hombrecillo no le podías ver y se limitaba a “recaudar de cualquier cosa que tocaba el tributo del olvido”. Adorno dice que las citas de las que constantemente se sirve Benjamin en sus trabajos “son como bandidos que saltan al camino para robar al lector sus convicciones”. El hombrecillo es uno de esos ladrones. Por eso no elige cualquier momento para aparecer, sino aquellos en los que el niño se expone más: cuando va a la despensa a probar a escondidas el dulce que ha preparado su madre, cuando descubre su sexualidad, cuando roba algo. De forma que esas imágenes que el hombrecillo va acumulando de cada uno de nosotros componen la otra historia de nuestra vida (¿la verdadera?). “Cuando bajo a la bodega / para escanciarme vinito, / hay un jorobadito allí / que lo quita del jarrito. / Cuando voy a la cocina / para hacerme la sopita, / hay un jorobadito allí / que me rompe la marmita. / Querido niñito, te lo ruego, / reza también por el jorobadito”. Rezar por alguien que nos hace faenas, decirle que no deje de visitarnos, ¿no resulta extraño que una madre le pida a su hijo que haga algo así?
Hannah Arendt, en su libro Hombres en tiempos de oscuridad, nos recuerda que la vida de Walter Benjamin estuvo presidida por eso que suele llamarse mala suerte. Nunca tuvo un trabajo que le permitiera vivir con seguridad y, a pesar de ser un pensador brillante, su carrera académica fue un completo desastre. Amó a tres mujeres y fue incapaz de comprometerse con ninguna; era judío, pero siempre tuvo problemas con los suyos; no tuvo una residencia fija y su obra más importante, El libro de los pasajes, es apenas una colección de citas o fragmentos que no llegaría a concluir. Nada le salió como lo planeaba. Incluso su muerte parece acaecida bajo el signo del perverso hombrecillo, pues si llega a Port Bou un día antes o un día después, hubiera podido emigrar a Estados Unidos como quería.
La vida de Franz Kafka transcurrió por derroteros semejantes. Sus indecisiones amorosas, sus problemas con el judaísmo, su obsesión por la escritura, por sacar adelante una obra que sin embargo nunca completa, que le relaciona con los márgenes, con lo más escondido y olvidado, habla de su incapacidad para vivir en el mundo y aceptar sus compromisos. Kafka quiere sustraerse al poder, luchar contra la ley opresiva del padre. Quiere, como sus personajes, hacerse cada vez más insignificante, cada vez más liviano y callado para poder escapar. De ahí su amor por los animales pequeños, por los espacios minúsculos, por los seres deformes y perseguidos; por todo lo que vive en los intersticios, en la frontera, abierto a un mundo prehumano. Su amor por los objetos inútiles, los insectos, los ratones, los perros; su concepción del escritor como alguien que debe desaparecer para llevar a cabo su obra. El inquilino de la vida desfigurada, le llamó Walter Benjamin.

Filosofía y literatura desaparecen de los planes, sustituidas por adoctrinamiento
Nuestro tiempo ha dado la espalda a ese mundo desfigurado y ha dejado de pedir al jorobadito que lo visite. En su ausencia, se crean Institutos de la Felicidad, se escriben manuales de autoayuda, se fundan seminarios de risoterapia y talleres de cómo educar a los bebés. El mundo se ha poblado de psicólogos, expertos en técnicas de relajación y charlatanes que hablan sin descanso de la necesidad de ser positivos, de no dejarse llevar por la melancolía y de la inutilidad del sufrimiento. Según ellos, la cultura debe ser lo más parecido a una fiesta de cumpleaños infantil, un espacio de diversión y juegos interminables. Pero “divertirse”, escribe Adorno, “significa siempre que no hay que pensar, que hay que olvidar el dolor, incluso allí donde se muestra. La impotencia está en su base. Es, en verdad, huida, pero no, como se afirma, huida de la mala realidad, sino del último pensamiento de resistencia que esa realidad haya podido dejar aún”.
Hace unos meses, y tras hablar de la lectura en un instituto, una chica levantó la mano y me preguntó atribulada qué pasaba si a alguien no le gustaba leer. Comprendí que se refería a ella misma, y que sufría al sentirse excluida de aquella vida de la que yo había hablado con tanto entusiasmo. Me bastó con ver la expresión de su rostro al decir aquello para saber que el jorobadito la visitaba. Era él quien se las arreglaba para que no le gustara leer, para hacer que le creciera una joroba. No todos los que leen reciben esa visita, ni mucho menos. Para que sea así tenemos que quedarnos sin voz, como le pasaba a aquella chica tan triste. Todos los grandes personajes de la literatura, los personajes, por ejemplo, de las obras de Dostoievski o de Faulkner, son como ella. Todos cargan algo, todos hacen cosas que no deben y sufren a causa de su joroba. ¿No es eso lo que nos sucede con nuestra sexualidad? ¿No es el sexo la joroba del cuerpo: su botín y su culpa?
“Perdemos al ganar. / Y, al saberlo, tiramos / nuestros dados de nuevo”, escribe Emily Dickinson en uno de sus poemas. ¿Qué tiene que ver esto con la concepción de la educación y la cultura como ganancia, rentabilidad o bien de consumo? En los planes de estudio desaparecen las asignaturas, como la filosofía y la literatura, que hablan del jorobadito y su pandilla y se sustituyen por otras que solo buscan adoctrinar a los niños. Todo se reduce a un interminable y tedioso culto a los exámenes, la autoridad y la eficacia. Sin embargo, la verdadera cultura no tiene que ver con el deseo de éxito o de notoriedad, sino con el deseo de ser y de saber. El verdadero lector no busca en los libros lo que le halaga o confirma, sino lo que le niega y disloca: busca lo que no tiene.
Leer es tirar los dados de nuevo. “Las músicas oídas son dulces, pero / más dulces son las no oídas”, escribe John Keats en su poema Sobre una urna griega. Leer es rezar al jorobadito para que aparezca y lo ponga todo patas arriba. No dar nada por hecho, ni siquiera que la cartera que dejamos al acostarnos en la mesilla vaya a estar por la mañana en el mismo lugar. Porque ¿acaso somos dueños de algo? ¿Lo somos de nuestras vidas y deseos? Un mundo abierto, poblado de encuentros inesperados y locas canciones, un mundo sin cosas es lo que nos promete el jorobadito. Por eso es importante que lo recemos cada noche, aun sabiendo que su visita nos complicará la vida. Tal gentuza es la verdadera pandilla de nuestro ángel de la guarda.
Gustavo Martín Garzo es escritor.

Otra historia



Me tocaba dentista, fui a la hora, no me podía atender. Ya me había hecho el ánimo de estar ahí una hora sufriendo un poco, tratando de relajarme y lo postergué para la otra semana. Entonces me iré de compras, me dije, porque ya no hay nada en la refri. Fue ahí en donde me encontré con una amiga querida. Conversamos entre cebollas y verduras, que alegría vernos, me contó, le conté, quedamos en vernos, le había gustado el libro que le había prestado, intercambiamos recetas prácticas y sencillas. Entonces, si la dentista me hubiera atendido, si en vez de decidir ir de compras, si la refri no estaba vacía, no nos hubiéramos encontrado. Así es todo, un paso más, un paso menos, y todo es distinto, otra historia.


Nos cruzamos con gente con la que podíamos haber tenido una relación, un minuto más, uno menos y  hubiéramos tropezado y otra hubiera sido nuestra vida. Fuimos a la fiesta a la que no queríamos ir pero allí estaba él y así empezó esa historia de amor. La vida juega. Alguien me dijo que cuando hacemos planes Dios se ríe y eso me hace imaginarme un Dios juguetón que nos mueve como muñequitos y a este lo pone junto a esta y a este otro lo saca para ponerlo  un poco más allá. El destino, la casualidad, el azar, en todo eso pienso y les paso la idea a ustedes para que también aprecien las coincidencias y agradezcan los buenos encuentros.

Las mujeres del sexto piso

Parte de tener suerte es creer que tienes suerte. Hay personas que dicen que nunca encuentran nada en la tele para ver, ninguna película buena, pues a mi me pasa todo lo contrario, basta con que tenga ganas, normalmente después de almuerzo, de ver una película que me entretenga, que me apasiones, que me de lo que solo el cine puede dar, esas emociones tan vivas que las sentimos como si estuviéramos ahí, junto con los personajes, que somos amigos suyos, que podemos contarles nuestros secretos y aconsejarlos y advertirles que sí, que ella está enamorada de él, que se anime a buscarla para que sean felices y bailen flamenco. Encantadora película la que me tocó ayer: Las mujeres del sexto piso, una comedia tan simpática, las españolas comiendo paella, dando palmas y bailando felices de la vida, empleadas de familia en Francia, añorando su España amada y todo lo que dejaron allá. El corazón contento que entusiasma y enamora al señor de la casa, un francés con una vida aburrida que se maravilla con esa otra vida que puede existir. Búsquenla, les deseo suerte y cuando la tengan o la encuentren, se acordarán de mi. (Está on line http://www.sucine.org/las-chicas-de-la-sexta-planta/ Está en español pero a mi me gustó mucho verla en francés.


Alegría entre amigas de toda la vida.

Ser compañeras de colegio y mantener la amistad durante toda la vida es una de las cosas maravillosas que nos suceden en esta vida. Risas, travesuras, confidencias, confianza, simpatía, abrazos, complicidad, hermanas para mi que no tengo hermanas. Algunas se van de viaje pero vuelven y celebramos su llegada, extrañamos a quien no está ya con nosotras y la recordamos y seguimos celebrando estar hoy aquí y juntas.

Un microrelato

La cueva
Cuando era niño me encantaba jugar con mis hermanas debajo de las colchas de la cama de mis papás. A veces jugábamos a que era una tienda de campaña y otras nos creíamos que era un iglú en medio del polo, aunque el juego más bonito era el de la cueva. ¡Qué grande era la cama de mis papás! Una vez cogí la linterna de la mesa de noche y les dije a mis hermanas que me iba a explorar el fondo de la cueva. Al principio se reían, después se pusieron nerviosas y terminaron llamándome a gritos. Pero no les hice caso y seguí arrastrándome hasta que dejé de oír sus chillidos. La cueva era enorme y cuando se gastaron las pilas ya fue imposible volver. No sé cuántos años han pasado desde entonces, porque mi pijama ya no me queda y lo tengo que llevar amarrado como Tarzán.
He oído que mamá ha muerto.
Fernando Iwasaki peruano que vive en España.

Despidiendo a Paco de Lucía

 Montreux Jazz Festival 2012



Yo quiero ser para voce

 La escuché en el radio, la música brasileña siempre me asombra, esa alegría que parece que nunca va a detenerse, los sentimientos a flor de piel y los recuerdos de la belleza de Brasil, sus playas, su luz, el verde de sus montañas. Y el romance que asoma en cada esquina. Ay, una siempre quiere volver a Brasil.

viernes, 21 de febrero de 2014

Odiseo y las sirenas


Lágrimas, mariposas y tortugas

Salió la noticia en el periódico y me emocionó como cada vez que descubro algún mágico misterio de la naturaleza. Que las mariposas beban las lágrimas de las tortugas me parece que puede inspirar a  hacer un hermoso dibujo, un bello cuento o simplemente imaginar la delicadeza de las mariposas y el contraste con la tortuga animal  tan antiguo y de cabeza de anfibio. No podríamos imaginar a la tortuga bebiendo las lágrimas de las mariposas. Sería absurdo y desproporcionado.
 
 
 
 
 
Difícilmente podríamos dudar de la perfección del engranaje que organiza el mundo natural. Pero más allá de su impecable diseño, lo cierto es que la naturaleza no se contenta con ser impecable, sino que lleva sus cualidades al mundo de la estética, la más bella de todas, e incluso coquetea con la poesía pura.
Ejemplo de lo anterior es un peculiar fenómeno que se ha documentado en la selva del Amazonas. Se trata de una fuente de nutrientes a la que abejas y en particular mariposas recurren: las lágrimas de las tortugas. De acuerdo con Phil Torres, miembro del Centro de Investigación Tambopata, con sede en Perú, las lágrimas de las tortugas contienen altos niveles de sodio, un mineral vital y que no abunda en la región amazónica.
Las tortugas obtienen grandes cantidades de sodio gracias a su dieta fundamentalmente carnívora, mientras que para los herbívoros la obtención de esta esencial sustancia resulta mucho más difícil. Además, no se descarta que las lágrimas contengan otros preciados nutrientes, que enriquezcan la dieta de los insectos. Y si bien aún no se determina si las tortugas obtienen algún beneficio de dicha  interacción –más allá de bloquear su vista y hacerlas presa fácil de los fotógrafos–, lo cierto es que bien podría tratarse de una de las más estéticas manifestaciones de simbiosis. Twitter del autor: @ParadoxeParadis

Mi hijo por Mark Strand

Mi hijo
(a la manera de Carlos Drummond de Andrade)


Mi hijo
mi único hijo,
el que nunca tuve
ya sería un hombre.

Se mueve
en el viento,
sin carne, sin nombre.
A veces

viene
y apoya la cabeza,
muy leve
contra mi hombro

y le pregunto,
Hijo,
¿dónde estás,
dónde te ocultas?

Y me contesta
con frío liento,
Tú nunca notaste
aunque yo te llamaba

y llamaba
y seguía llamando
de un lugar
más allá

más allá del amor,
donde nada,
todo,
quiere nacer.
Mark Strand Canada

Van Gogh en movimiento