martes, 5 de octubre de 2010

Unos días en Estambul




Llegamos el día siguiente de Ramadám y toda la población había salido a la calle. Parecía la India, que no conozco pero imagino, pensaba que si por casualidad me caía me aplastaría la multitud. Nos ubicamos en Sultanahmet, perfecto sitio para poder visitar los monumentos históricos. Luego de subir a la terraza del hotel y ver desde ahí los volúmenes de Hagia Sophia y la mezquita azul ya estaba encantada. Todo era nuevo y distinto para mí y fui poco a poco atreviéndome, tomándole el gusto. La comida es deliciosa el sabor del cordero me encantó y sentarse en plena calle atendida por muchachos encantadores es tan agradable. Tomamos una guía una chica turca que hablaba con las justas el inglés pero que tenía la llave de Turquía, no hicimos una sola cola y visitamos los palacios y recorrimos el Bósforo sintiendo esa alegría de estar casi simultáneamente en Europa y Asia. Después del Ramadán vienen cuatro días de fiesta, el domingo nos dijeron que estaba cerrado el gran bazar y entonces lo alcanzamos a visitar el sábado un poco a las carreras, el bazar de las especies lo visitamos a nuestro regreso de Bodrum. En la mezquita nueva tuve una linda comunicación (como pudimos) con una mujer esas que tienen la cabeza tapada por pañuelos, tenía la mirada más abrazadora que haya visto y nos tomamos de la mano y claro, Mario nos tomó una foto. Los de Turquía fueron días agitados, subiéndonos al tranvía, a los barcos, conociendo la parte moderna, comiendo los Turquish deligts. Nos compramos 2 alfombras, unos cojines y unos collares para mi, Mario es experto en regateo así que el turco estaba al comienzo desesperado pero después ya feliz y también nos tomamos una foto con él. El idioma como dice Borges es un alemán suavizado. El Dolmabache me fascinó y el dios de los musulmanes nos pareció muy exigente, haciendo llamados por los altoparlantes. Conversamos largo rato en un muy buen español con un turco que resultó ser un curdo que quién sabe quería que entráramos a su tienda y tal vez nos desaparecía en algún sótano robándonos hasta la camiseta. Qué impresionante la danza de los Derviches, una ceremonia de concentración danzada, la música también consiguió ponernos en trance. La cisterna laberíntica nos entretuvo un buen rato con esas columnas y la medusa cabeza abajo. Qué raro. En el puerto Eminonu vimos el movimiento de tanta gente y el puente y la torre de Galata y después Taksim.
Al final de nuestra estadía en Turquía nos prometimos regresar ya no para ver monumentos si no para descubrir recovecos, relacionarnos más con la gente, acercarnos a su manera de vivir. Mario se hizo íntimo amigo de Benji, el joven que administraba el hotel. Son personas muy cálidas y acogedoras.
Ya he comprobado que los viajes en donde soy espectadora no me apasionan. Me gusta establecer relaciones, intercambiar opiniones, discutir sobre religión o gobierno. Y eso, en un país en el que no hay idioma que nos acerque es imposible. Lo que no quita que me sienta feliz de estar en lugares tan maravillosos que siempre había soñado con visitar. La misma palabra Estambul me tenía hechizada. La mezquita azul, qué nombre mágico. Como si todo perteneciese a las mil y una noches que me contaba mi padre. No me era difícil imaginar un sultán volando en su alfombra acompañado de sus visires.







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