domingo, 12 de julio de 2015

La niña y los pájaros gigantes con sombrerito

En Facebook me gusta poner a veces una imagen para empezar un cuento, puede salir un cuento colectivo o varios cuentos.  En esta oportunidad la que hizo el cuento fui yo y ahora lo comparto con ustedes.                 

La niña y los pájaros gigantes con sombrerito
 

 
 

                    Todas las mañana la niña se despertaba con dolor de cabeza. Le dolía como si se le hubiese incrustado una bola de acero, le latía la sien y sentía una máscara aprisionándole la cara.
Demás esta contarles que tomó varias pastillas de las que tenía en casa, pero que ninguna le hizo el menor efecto. Entonces fue a un doctor, y a otro y a otro. Todos le pedían que sacara la lengua, le miraban los ojos, la hacían pestañear, se acercaba el médico pegando su ojo sobre el de la niña usando un aparato curioso, le tocaban la cabeza por partes, por delante y por detrás, por arriba y por abajo. Y luego se quedaban meditando un rato y escribían en su recetario el nombre de algún nuevo medicamento que debía tomar. Algunos fueron difíciles de conseguir y la niña tuvo que caminar muchas cuadras, tomar un ómnibus y hasta un avión para llegar al sitio en el que los vendían. Hizo gárgaras, inhalaciones, tomó jarabes y también se puso unas dolorosas inyecciones. Pero nada, nada de nada, el dolor de cabeza no cedía y ella estaba cada día más triste y compungida.
También decidió ponerle nombre al dolor, le puso Antonino. Y le habló como si se tratase de un amigo pidiéndole que se retirase, que la dejase en paz. Luego subió la voz y casi a gritos le dijo que estaba harta, harta, harta, me entiendes, que quería ser una niña como cualquiera, quería sonreír, estudiar y jugar. El dolor se hizo el indiferente, levantó los hombros y no le hizo ningún caso.
Entonces la niña se sentó en el fondo de su jardín y se puso a jugar con unas piedritas aguantándose el llanto porque a ella le molestaba llorar. Apareció un pájaro negro y se puso a buscar gusanitos justo junto a las piedras que la niña escogía.

       ¿Sabes pajarito? Dijo la niña- Tengo mucho dolor de cabeza y no me puedo curar.
               ¿Acaso sabes que los pájaros tenemos dolores de cabeza? Respondió el pajarito. Pensé que era un secreto nuestro.
               No, no lo sabía, dijo la niña.

               ¿Te duele mucho? ¿Cómo si se te hubiese incrustado una bola de acero en tu cabeza? ¿Te late la sien y sientes como si tuvieses una máscara en la cara aprisionándotela?
               ¡Si, si! Dijo la niña. Lo has adivinado. ¿Acaso lees la mente de las personas?
               No, lo que pasa es que a nosotros los pájaros nos duele así, idéntico que a ti. ¿Ahora te duele la cabeza?

               No, porque estoy usando el sombrero mágico.

 

Fue cuando la niña se dio cuenta de que el pajarito tenía sobre su cabeza un sombrero pequeñito.
¿Puedes conseguir uno para mí?
               No. Tienes que buscarlo tú misma. Tienes que ir al bosque en donde los pájaros gigantes y pedirle al más listo de ellos que
te de uno. Con eso se te quitará el dolor.
               ¿Seguro?
               Seguro.
               ¿Y por donde queda ese bosque?
               Por ahí. Dijo el pajarito señalando hacia adelante. Que tengas suerte. Y para despedirla se puso a cantar una dulce melodía que acompañó a la niña durante gran parte de su recorrido.
El camino era largo, largo, largo y parecía no tener fin, pero la niña no se cansaba caminando, ni se hacía tarde, ni se hacía noche, de rato en rato se le acercaban mariposas, hormigas, algunos insectos, un grupo de abejas estuvo junto a ella mientras ella caminaba y caminaba. Hasta que al fin se cansó.

Abrió los ojos y vio que un mono la estaba mirando. Se rascaba la cabeza, como se la rascan los monos y la miraba como quien mira a alguien desconocido, extraño, nunca visto.
               ¿Qué clase de animal eres? Preguntó el mono.
               No soy un animal, soy una niña.
Respondió.
               ¿Y qué haces por acá tan lejos de los otros niños?
               Es que un pajarito me dijo que aquí encontraría el bosque de los pájaros gigantes con sombreros pequeñitos.
               Ah, sí, queda acá a la vuelta. Puedes ir, pero ten cuidado con el tigre rojo. Es malo y no creo que le gusten las niñas.
               ¿Tigre rojo? ¿También es gigante?
               Si, es enorme y tiene unas garras y unos colmillos que asustan a cualquiera.  Lo que nadie sabe es que ese tigre sale disparado si escucha silbar. ¿Sabes silbar?

               No, dijo la niña.
               Y entonces el mono con gran paciencia le fue enseñando a la niña a silbar, le mostraba como debía poner la boca cerrándola redondita pero no del todo para que por ahí saliese el soplido y pudiese sonar.

        No es asunto fácil aprender a silbar pero la niña era empeñosa y trató y trató hasta que salió el primer sonido, y luego otro y otro hasta que silbó como si hubiera sabido silbar desde hacía tiempo, desde el día en el que nació.
               No debes tener miedo al tigre rojo. Si te lo encuentras solo silbas y él se irá.
               La niña le regaló un pequeño espejo que tenía en su bolsillo y el mono al verse en el espejo sonrió y se despidió agradecido de la niña. La niña también estaba agradecida.
               Caminó hasta la esquina y entró al bosque de grandes árboles pero no había ni un solo pájaro ni grande ni pequeño ni gigante. Estaba vacío de animales el bosque. Hasta que de pronto sintió un gran viento sobre su cabeza y el cielo se oscureció. Eran los pájaros gigantes que llegaban quien sabe de dónde, de dar un paseo, un vuelo rasante sobre alguna ciudad o cerca al mar.
               Todos rodearon a la niña y hablaron sin parar. La niña no entendía ni una palabra.
               ¿Qué dirán, que dirán? Se decía.
               En una de esas todos los pájaros voltearon la cabeza y se pusieron a temblar.
               Es el tigre rojo, dijeron, no nos deja en paz y se echaron a volar.
               Llegó el tigre, la niña silbó y silbó hasta que el tigre se trepó a un árbol temeroso del silbido y de la niña y desde ahí le dijo:
               ¿A ti también te duele la cabeza?
               Si, dijo la niña, pero la verdad es que con tanta aventura, no había vuelto a pensar en su dolor.
               ¿Te duele a ti?
               Creo que soy el tigre rojo que tiene más dolor de cabeza que todos los tigres rojos juntos.                Y esos pájaros que se van apenas yo vengo. Me han dicho que ellos podrán ayudarme a curar mi dolor.

       Ellos te tienen miedo.
               ¿A mi? Si soy el tigre rojo más manso del mundo. Los tigres rojos somos mansísimos, más mansos que una paloma o que un perrito cachorro recién nacido.
               Yo también te tenía miedo, por eso silbé.

               Si, los silbidos me asustan. Pero ahora que ya somos amigos, podré bajar. Trata de no ponerte a silbar por favor.
               Bajaron al fin los pájaros negros gigantes cada uno con su sombrerito. Y quien sabe porqué al ver a la niña junto al tigre rojo ya no tuvieron miedo y se pusieron todos a conversar.
               Apenas se enteraron que la niña venía desde tan lejos a buscarlos y que el tigre era más manso y bueno que una paloma llamaron al más listo de los pájaros negros gigantes para que les diera un sombrerito a cada uno y ser los entregase en una ceremonia especial para que nunca más les volviese a doler la cabeza.

       El tigre rojo y la niña, el con sombrero azul y ella con sombrero verde se tomaron del brazo y dejaron el bosque cantando una hermosa canción de despedida. Hubiesen visto a los pájaros negros gigantes haciéndoles adiós con las alas.
               Demás está decirles que luego de vivir tan preciosa aventura la niña nunca más volvió a tener ni siquiera un dolor de cabeza muy chiquito.



La imagen pertenece al  ilustrador  Juan Carlos Palomino Macías

 

Frases tomadas de Rayuela de Cortázar


 
 
 
“Probablemente de todos nuestros sentimientos el único que no es verdaderamente nuestro es la esperanza. La esperanza pertenece a la vida, es la vida misma defendiéndose.”

“Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y los ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen  y los cíclopes se miran respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios apoyando apenas la lengua entre los dientes.”

“Cuando los amigos se entienden bien entre ellos, cuando los amantes se entienden bien entre ellos, cuando las familias se entienden bien entre ellas, entonces, nos creemos en armonía. Engaño puro, espejo para alondras. A veces siento que entre dos que se rompen la cara a trompadas hay mucho más de entendimiento, que entre los que están ahí  mirando desde afuera.”

“Lo que mucha gente llama amar consiste en elegir a una mujer y casarse con ella. La eligen, te lo juro, los he visto. Como si se pudiese elgir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio.”

 


Noches Mágicas 2012 - Sara Baras



Vino al Peru y la vi bailar. De niña había ido a clases de español con mi vestidito rojo con lunares blancos, había jugado con castañuelas y aprendido a levantar los brazos como quien recoge uvas de una parra, tenía algunas amigas que habían entregado horas y horas a este baile que tiene del duende gitano y en Andalucía había visto muy lindos espectáculos de bailarines y palmadas, pero cuando vi a Sara Bara sentí que estaba ante una verdadera artista que expresaba su existencia con quiebres, voladuras de falda, sus sentimientos ofrecidos para que nos lleguen al alma, totalmente imbuida del duende.

El fantasma de la madre de una escritora.

Milena Busquets  escribe en el diario El País

A partir de cierta edad y de unos cuantos muertos, lo único que hacemos es huir de los fantasmas. Primero tuve que convencerme de que mi madre no se había convertido en uno. Durante unos días, estuve (secretamente) convencida de que un gato negro que había visto desde la ventana, un día que me levanté a beber agua a las cuatro de la madrugada, era su reencarnación. El gato estaba inmóvil debajo de una farola y me miraba fijamente. Finalmente llegué a la conclusión de que no debía de ser mi madre porque:

1. Nosotros somos una familia de perros de toda la vida. Una vez, yo, como acto de rebeldía, recogí a un gato abandonado y, al cabo de pocos meses se tiró, literalmente, por el balcón (no se mató, pero nuestra relación ya no volvió a ser la misma, ahora vive con mi ex. La unión hace la fuerza). Mi madre, después de llorar un rato, por si acaso se había muerto el gato, me dijo: “¿Ves como no se puede tener gatos?”.

2. El gato no regresó. A la noche siguiente, me puse el despertador a las cuatro y estuve esperando, mirando por la ventana, pero no vino nadie. A las cinco volví a la cama. Mi madre tenía muchos defectos, pero la impuntualidad no era uno de ellos.

La segunda señal inequívoca que tuve de que no se había convertido en un ente sobrenatural fue un día mientras charlábamos (imaginariamente, claro). Yo me lamentaba de echarla de menos y ella me decía que me dejase de tonterías, que la vida me iba muy bien y que era de pésima educación ser tan desagradecida. Al final me dijo: “¿Qué más quieres?”. Y yo: “No sé, algo”.

Y justo en ese momento exacto, recibí un mensaje de un tío que no es que me gustara muchísimo, pero bueno, y pensé: “¡Ah! Esto sí que es una señal, me está diciendo que este tío, a pesar de tener las manos pequeñas y de ser un pelín cursi, es el hombre de mi vida”.

Entonces le respondí con gran entusiasmo (no del modo despectivo habitual) y nunca más me volvió a decir nada, ni una palabra. Y aunque todos en mi familia tenemos una cierta propensión al sadismo en las relaciones (resultado, creo, de ver tantas películas de Ingmar Bergman), mi madre nunca me hubiese lanzado a los brazos de un hombre cursi. La crueldad tiene un límite.

En fin, me voy corriendo a recoger a mi hijo a clase de ukelele. Este verano vamos a hacer cosas útiles, nada de perder el tiempo como cada año.
 

 

 

El ultimo concierto Beethoven Opus 131 String Quartet No 14

Recuerdo haber visto esta película en un avión. ¿Adónde iría? Me habían hablado mucho de ella y fue un placer verla y me encantaría verla otra vez con tranquilidad.  Acá un concierto ejecutado por estos viejos maestros con grandes egos, pasiones y su gran amor por la música.  También pongo la dirección a un tráiler en español. Si no la han visto búsquenla, les encantará.
Dirigida por Yaron Ziberman, protagonizada por Philip Seymour Hoffman, Catherine Keener, Christofer Walken y Marck Ivanir.
A uno de los músicos le diagnostican una enfermedad que lo inhabilitará para tocar. Llevan toda la vida juntos y se apenan de que uno de ellos tenga Parkinson.  ¿Podrán seguir tocando juntos? ¿Se puede sustituir a un amigo y compañero de toda la vida?


https://www.youtube.com/watch?v=R8wfD08YXj4

Alberto Ruy-Sánchez / SinEmbargo / Collage de jacarandas ciudadanas


Los jacarandas más preciosos que yo haya visto los he visto en Buenos Aires. EL color violeta tiñe la ciudad y la llena de belleza. Acá el escritor y poeta mexicano Alberto Ruy Sánchez busca poesía de diferentes autores referidas al jacarandá. Que lo disfruten!

Richard Avedon Luz y socuridad.





Una exposición de Richard Avedon fotógrafo de New York.
 Una revista norteamericana afirmaba que sus fotografías de moda y sus retratos de moda y sus retratos habían ayudado a definir en Estados Unidos y porque no en el mundo durante el úktimo medio siglo, la imagen de belleza, elegancia y cultura. Wikipedia.

domingo, 5 de julio de 2015

Concierto de Mozart para flauta y orquesta Emmanuel Pahud

 



Emmanuel Pahud  es uno de los flautistas más destacados del mundo. Es solista de la Orquesta Filarmónica de Berlín además de Solista internacional. Ofrece conciertos a lo largo de todo el mundo y ha grabado la mayor parte del repertorio para flauta travesera. Emmanuel Pahud toca una flauta de oro de 14 kilates fabricada por Brannen Brothers, Boston. Wikipedia https://es.wikipedia.org/wiki/Emmanuel_Pahud
 

Luciano sobre raíces

 

De todos los árboles, que eran cientos, de todos los rincones del inmenso parque que era el mas grande parque que uno puede imaginar Luciano escogió ese árbol y ese rincón y se sentó entre las raíces y se abstrajo del mundo. Más allá un grupo de niños aprendía con un entrenador los juegos de los mayores y yo quise que se acercase a ellos, pero el permaneció entre las raíces ensimismado, dichoso, como si ese fuese su lugar, como si lo conociese. Con un pequeño bastón de madera estuvo jugando, recogiendo semillas, pronunciando palabras de su lenguaje todavía difícil de entender. Violeta y yo nos acercamos y encontramos nuestro sitio entre las raíces, el árbol era muy alto, pero lo que de verdad importaba eran las hermosas raíces crecidas durante tantos años. Pensé que el árbol podía ser un barco y que los tres partiríamos sobre sus raíces y que el árbol-barco podría llevarnos hasta París. Entonces pensé que también podría ser un árbol volador, que en cualquier momento, se desprendería para volar por el aire llevándonos entre sus raíces, flotando sobre las nubes hasta llegar a New York.

Para decir adios


Alejandra



 "Recuerdo mi niñez
cuando yo era una anciana
Las flores morían en mis manos
porque la danza salvaje de la alegría
les destruía el corazón.
Recuerdo las negras mañanas de sol
cuando era niña
es decir ayer
es decir hace siglos".




 
Madrugada

Desnudo soñado una noche solar.
He yacido días animales.
El viento y la lluvia me borraron
como a un fuego, como a un poema
escrito en un muro.


Quién alumbraCuando me miras
mis ojos son llaves,
el muro tiene secretos,
mi temor palabras, poemas.
Sólo tú haces de mi memoria
una viajera fascinada,
un fuego incesante.


 
“Una flor/ no lejos de la noche/ mi cuerpo mudo/ se abre/ a la delicada urgencia del rocío.” (Amantes, de Los trabajos y las noches, 1965).
 
 
“Mi cuerpo mudo / se abre / a la delicada urgencia del rocío”;

 

“Nada más peligroso, / cuando se necesita ayuda, / que recibir ayuda”.





Diario de Alejandra Pizarnik 22/8/55

Cuando iba camino hacia la escuela, un soplo de esperanza me inundó. Me vi caminando, sintiendo, mirando y me dije: ¡Soy feliz porque estoy viva! ¡Soy feliz de poder caminar y desplazarme hacia donde quiero! ¡Soy feliz porque no estoy muerta, porque soy joven, porque crearé belleza, porque debo a la vida mucho, porque siento que me llama algo muy grande!

 
¿Por qué no me ubico en un lugarcito tranquilo y me caso y tengo hijos y voy al cine, a una confitería, al teatro? ¿Por qué sufro y me martirizo con los espectros de mi fantasía? ¿Por qué insito en el llamado? ¿Por qué me analizo? ¿Por qué no me olvido de mi alma y no estrujo el pañuelito húmedo leyendo Cuerpos y almas? ¿Por qué no me visto con elegancia y paseo por Santa Fe del brazo de mi novio? ¡Ah! Sé que la vida es muy breve. Sé que no soy eterna. Pero, en realidad, no veo la muerte. La veo lejana. Digo cuarenta años pero no los veo. Veo un espacio inmenso. Veo millares de días. Sé que hay tiempo. Sé que tengo tiempo. Sé que amo mi alma. Me amo a mí. Amo mi cuerpo y lo besaría todo porque es mío. Amo mi rostro tan desconocido y extraño. Amo mis ojos sorprendentes. Amo mis manos infantiles. Amo mi letra tan clara. (¡Qué extraño que mi letra sea legible!)

Es muy tarde. Estoy excitada. Deseo un cuerpo junto al mío. ¡Cualquiera! Cualquier sexo, cualquier edad. ¡Eso es lo de menos! Basta un cuerpo a quien tocar y que me toque. ¡Mi sangre galopa! ¡Ah! Deseo ferviente. Me disuelvo en deseos eróticos. Nada de amor. No. Nada de eso. ¡Sí! Lo que yo quisiera es vivir mi vida diurna entre libros y papeles y pasar las noches junto a un cuerpo. Ése es mi ideal. ¿Es lascivo? ¿Es lujurioso? ¿Es estúpido? ¿Es imposible? ¡¡¡Es mío!!! Y con eso basta. Pero, ¿dónde conseguir ese ser? Tendría que ser alguien como yo, que desee lo mismo que yo. ¡No existe! ¡Sé que no existe! Mi locura es única. ¡Mi originalidad! ¡Mi extremismo! ¿Qué será de mí? ¡No lo sé! ¡Sólo sé que no puedo más! ¡Que me muero de impotencia!
 
 

 

 

 

 

 
 



 

Un video sobre El matrimonio Arnolfini de Jan Van Eyck




Estudiando una pintura


MATRIMONIO ARNOLFINI. Pintura. Retrato de Giovanni Arnolfini y su esposa. (El matrimonio Arnolfini). Jan van Eyck (1390-1441 National Gallery. Londres. Primitivos flamencos


 Pintura sobre tabla de roble. 82x60 cm, realizada al óleo, mediante pincel. El famoso cuadro de los Arnolfini nos presenta a la pareja en el momento de contraer matrimonio. Ambos personajes, retratados en primer plano, se sitúan en una estancia con suelo de madera, e iluminada por una ventana que se abre a la izquierda. A los pies de la pareja aparece un perro y, en un segundo plano pueden observarse la esquina de una alfombra y el dosel de una cama. En el centro de la composición figura una lámpara que cuelga del techo y, en la pared del fondo, un espejo en el que se refleja todo el contenido de la habitación. A su izquierda cuelgan unos rosarios y, sobre el marco, encontramos una inscripción en latín, en caracteres góticos, con el siguiente texto: "Johanes de Eyck fuit hic, 1434" (Jan van Eyck estuvo aquí, 1434). Giovanni Arnolfini aparece retratado en actitud seria, ricamente ataviado en color oscuro, con capa y amplio sombrero. Su mano derecha, levantada, parece jurar o bendecir, mientras la izquierda sostiene la de su esposa Giovanna, también ricamente vestida en color verde vivo, con velo blanco. Su abultado vientre, sobre el que apoya su otra mano, parece manifestar con claridad que se encuentra embarazada. Una suave luz envuelve la escena, dando de lleno en el rostro femenino, mientras se atenúa en torno al del mercader. El cuadro de los Arnolfini ha originado una gran controversia entre los historiadores del arte, por la gran cantidad de elementos simbólicos que incluye y la dificultad de interpretación de algunos de ellos, hasta el punto de que los especialistas debaten si la obra contiene realmente la escena de la celebración de un matrimonio, siendo como una especie de acta del mismo, o una ceremonia de exorcismo de una pareja que trata de alejar de sí el mal de no haber tenido descendencia. Entre los elementos simbólicos, destacan los siguientes: * Algunos de los objetos que figuran en el cuadro, así como la propia ambientación de la escena, aluden a la riqueza del mercader Arnolfini: la ropa, el mobiliario, la alfombra, la decoración de la estancia o la presencia de naranjas junto a la ventana lo que, dada su procedencia del sur de Europa, puede considerarse un verdadero lujo en la Flandes del siglo XV. * Los dos pares de zuecos (los de ella, junto a la cama; los de él, en primer plano, a la izquierda) relacionan a los esposos con el hogar y el hecho de que los supongamos descalzos alude a una idea de fertilidad, muy común en la época en la que el cuadro fue pintado. * Los colores predominantes son también claramente simbólicos: mientras el verde alude a la fertilidad, el rojo lo hace a la pasión.

 

http://www.juntadeandalucia.es/averroes/ceautrera/comentario_arnolfini.pdf

Siete noches borgianas





Borges dictó una vez en Buenos Aires siete conferencias sobre temas que le interesaban. Imagino la dicha de los asistentes oír y ver al maestro disertando durante una hora, cada una de las siete noches, paseando por lugares, ideas, pensamientos de otros sabios, profundizando en asuntos primordiales en la vida de los hombres. Esas conferencias están contenidas en un libro que se llama "Siete noches".En Abra nuestro taller de lectura habíamos leído La Ceguera y La Pesadilla. Hoy hicimos El Budismo y nos maravillamos con la belleza del texto. A mi me impresiono en especial que siendo ciego, sin poder escribir ni ver el texto, pudiese construir de la manera en la que lo consigue un texto tan bien estructurado, poético, preciso, tan hermoso y didáctico.

Es una felicidad que podamos participar en cierta medida de esas siete noches, qUe nos lleguen a cada uno sus palabras y que podamos hacerlas nuestras.

Cuando volvamos a es pequeño libro azul -es el color de la edición que tengo-  seguramente escogeremos Las Mil y una noches o tal vez La Cábala.
Conferencia sobre el budismo, video  https://www.youtube.com/watch?v=B9qdLUz2sj4

Lo que puede dar la madre


Hacer una lista de aquello que hemos recibido de nuestra madre implica un reconocimiento a esa mujer que aparte de habernos dado la vida nos ha dado una manera de vivir, el gusto por ciertas cosas, una modo de asir la felicidad y otro para reaccionar ante los grandes momentos. Milena Busquets hace su propia lista despertando en nosotros sus lectores, admiración por esa mujer que tanta falta le hace porque acaba de morir.
 


"Me diste el amor al arte, a los libros, a los museos, al ballet, la generosidad absoluta con el dinero, los grandes gestos en los momentos adecuados, el rigor en los actos y en las palabras. La falta total de sentido de la culpa, y la libertad, y la responsabilidad que conlleva.

También me regalaste la risa loca, la alegría de vivir, la entrega absoluta, la afición a todos los juegos, el desprecio de todo lo que hacía la vida más pequeña e irrespirable: la mezquindad, la falta de lealtad, la evidia, el miedo, la estupidez, la crueldad obre todo. Y el sentido de la justicia. La rebeldía.

La conciencia fulgurante de la felicidad en esos instantes el los que uno la tiene en la mano y antes de que eche a volar de nuevo."  Extracto de la Novela: "También esto pasará" De la escritora española Milena Busquets




view-source:http://www.rtve.es/alacarta/videos/para-todos-la-2/para-todos-2-entrevista-milena-busquets-tambien-esto-pasara/3081592/

Milena Busquets responde

                       

Muy buena entrevista a Milena Busquets joven escritora española    



http:// www.rtve.es/drmn/embed/video/3081592

"  

Esto tambien pasara




Milena Busquets, joven escritora española da título a su novela haciendo referencia a este antiguo relato:
También esto pasará. En la novela le escribe a su madre Esther Tusquets que acaba de morir, dejándola desolada.


Una antigua leyenda cuenta que un famoso rey decidió reunir a sus principales sabios y eruditos en un conclave para solicitarles un favor.

"Acabo de traer un gran anillo de mi última conquista" dijo el monarca; "es muy valioso y además me da la posibilidad que puedo guardar algo más valioso aun, en su interior. Necesito que ustedes, al final del día, me den una frase que sea lo más sabio que ningún mortal haya escuchado jamás. Quiero que arriben a una conclusión de sabiduría y luego lo escriban en un papel diminuto. Luego, yo guardare esa frase en mi anillo. Y si algún día, el infortunio permitiera que me encuentre en medio de una crisis muy profunda, abriré mi anillo y estoy seguro que esa frase me ayudara en el peor momento de mi vida".

Así que los sabios pasaron el resto del día debatiendo cual sería esa frase que resumiría toda la sabiduría que ningún humano había oído jamás.

Cuando cayó la noche, uno de los eruditos del reino, en representación de todos los demás, se acerco al rey con una frase escrita en un pequeño papel.
"Aquí esta, su Majestad. Solo tiene que guardarlo en su anillo y leerlo en caso que una gran crisis golpee su vida y su reino".

El monarca guardo el papel en su anillo y se olvido del tema.

A los pocos años, el reino era saqueado por los enemigos y el palacio reducido a escombros. El rey logro escapar entre las sombras y se oculto entre unas rocas, en las afueras de su devastada corte. Allí, observando un precipicio, considero la posibilidad de quitarse la vida arrojándose al vacío, antes de caer en manos enemigas. Fue cuando recordó que aún conservaba el anillo, decidió abrirlo, desenrosco el diminuto papel y leyó, “Esto también pasara”. El rey sonrió en silencio, y cobro ánimo para ocultarse en una cueva, en medio de la oscuridad, hasta que ya no corriera peligro.

La leyenda dice que veinte años después, el rey había recuperado todo su esplendor, a fuerza de nuevas batallas y conquistas. El trago amargo había quedado atrás, y ahora regresaba triunfante de la guerra, en medio de vítores y palmas de una multitud que no dejaba de ovacionarlo. Uno de los antiguos sabios que caminaba al lado del carruaje real, ya anciano, le susurro al rey, "Su majestad, creo que hoy también debería volver a mirar el interior de su anillo".

"¿Ahora?"

"Para que habría de hacerlo? No estoy en medio de una crisis, sino todo lo contrario", replico el rey.

"Es que esa frase no solo fue escrita para los momentos difíciles, sino también para cuando crea que todo lo bueno pareciera que ha de perdurar por la eternidad".

El rey, en medio de los aplausos, abrió el anillo y volvió a leer, “Esto también pasara”, y descubrió en ese mismo instante, que sentía la misma paz que tuvo cuando estaba a punto de quitarse la vida. El mismo sosiego, la misma mesura lo invadió por completo. Aquel día descubrió que la frase que los sabios le habían entregado era para leerla en las derrotas y por sobre todo, en los tiempos de victoria.