domingo, 9 de agosto de 2015

Baño en tina


 
 
Florencia pasaba largas horas encerrada bañándose en la tina. Le gustaba el agua hirviendo.  

Desde afuera se escuchaba el agua que ella subía retenida en una esponja y luego arrojaba sobre su cuerpo para calmar los dolores que tenía en la espalda de tanto apretarla por la tensión que le causaba poner en orden su casa. Los cuatro niños no tenían el menor interés en mantener el orden de sus dormitorios ni el de la sala y todo lo dejaban tirado. Y por más que ella les pidiese, les rogase, les gritase, ellos continuaban dejando los muñecos en los rincones, la fruta mordida sobre los muebles, los patines estratégicamente colocados en los pasadizos como para que ella resbalase  y se rompiese una pierna. A veces se decía que era mejor que Alberto se hubiese marchado porque él era el más desordenado de todos, el rey del caos, dejaba sus papeles aquí y allá y luego pedía que ella se los encontrase, que era asunto de vida o muerte.  Hay en toda mujer un momento en el que se pregunta si  ha nacido para aquello que está realizando y ella no dejaba pasar un día sin que se preguntase si había sido criada y educada para deslizarse encorvada por la vida, estirando la mano para recoger y las piernas para ir y volver colocando  cada cosa en su lugar sabiendo de antemano que no durarían en su sitio ni un instante.  — ¿Y si dejo todo como está? Se preguntaba,— ¿si los panes con mantequilla y mermelada se quedaban ahí sobre la mesa de la sala y dejaba que apareciesen las hormigas y las cucarachas, aprenderían por fin los niños que se necesitaban orden y limpieza?

—¿Dónde había quedado su afición por la pintura, la beca que se había sacado que la había llevado a Barcelona a perfeccionarse en arte? ¿Las palabras que sus profesores pronunciaron cuando obtuvo el primer premio de su promoción al graduarse? ¿De qué le había servido todo eso?

Las horas que no pasaba en casa las pasaba trabajando como guía en un Museo, mostrando los cuadros de los pintores famosos, anhelando siempre que uno de los suyos estuviese algún día colgado en una de las paredes, aunque sea en la menos importante. Pero un día le dijeron que no la necesitaban más, que habían recibido quejas de que estaba siempre de mal humor, con la sonrisa torcida, y con esas ojeras que la entristecían, preferían tomar a una chica soltera, Lizzi, que acababa de llegar a la ciudad y venía muy recomendada.

Fue ese día en el que permaneció en el baño por más horas, por muchas, tantas que Jossy el hermano mayor llamó a su padre y le dijo que su mamá no contestaba a sus llamadas y que la puerta estaba trancada. Cuando descerrajaron la puerta se encontraron con el dibujo de su madre en la pared de la tina desaguada, tenía el ceño fruncido y la mirada muy asustada, la madre no estaba en ninguna parte, ni en el closet, ni en la ventana, ni detrás de la puerta. La única explicación que se les ocurrió es que se había escurrido por el desagüe y que se encontraba a enorme distancia de ellos y que no volvería más. Cecilia Bustamante de Roggero

Saul Steinberg fue un caricaturista e ilustrador estadounidense de origen rumano. Es conocido por sus trabajos

para The New Yorker.

 

 

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